Ilustración: Ramiro Alonso

Carlos Bianchi: en Uruguay hay un “relato escéptico sobre el futuro” y falta una “coalición” que impulse una transformación

El economista e investigador sostuvo que el país enfrenta desafíos estructurales de largo plazo y carece de un “relato nacional que agrupe un movimiento de transformación”

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Carlos Bianchi es doctor en Economía, magíster en Historia Económica y profesor de la Universidad de la República. Investigador nivel II del Sistema Nacional de Investigadores y actual presidente de la Red Latinoamericana de Economía del Aprendizaje, la Innovación y los Sistemas de Desarrollo de Competencias, ha dedicado buena parte de su trayectoria al estudio de los sistemas de innovación, las políticas de ciencia y tecnología y los desafíos del desarrollo en América Latina. Consultor de varios organismos internacionales, respondió al Cuestionario Futuria de la diaria con una reflexión sobre las perspectivas de Uruguay, la necesidad de construir una visión compartida de futuro y los desafíos de impulsar transformaciones estructurales en un contexto de creciente incertidumbre.

Si hoy tuviera que explicarle al mundo en qué punto está Uruguay en materia de agregación de valor mediante conocimiento e innovación, ¿cómo lo definiría? ¿Qué indicadores describen la situación del país?

Yo definiría que en los últimos 20 años, incluyendo el período del boom de los commodities y la posterior caída de la tasa de crecimiento, Uruguay tuvo muy pocos cambios en la estructura productiva orientados hacia sectores basados en innovación y conocimiento. Seguimos siendo una economía dependiente de algunos productos, principalmente en el sector transable de las exportaciones.

Los exportadores dependen de sectores basados en recursos naturales, que, si bien han tenido cambios técnicos muy importantes y agregación de valor, siguen siendo un mercado que se determina por precios externos, cuya variabilidad hace que, como especialización económica en términos de valorización, sea muy escasa.

Creo que los indicadores son el tipo de exportaciones, el peso de los commodities basados en recursos naturales en nuestra canasta de exportaciones y el bajo peso de las exportaciones de alto contenido tecnológico, a los que se pueden agregar datos de innovación en los que, más allá de algunos cambios que son fluctuantes, sigue observándose un núcleo reducido de empresas innovadoras y, principalmente, que la mayoría de ellas lo hacen a través de la adquisición de conocimiento externo.

¿Qué se debería modificar en el sistema innovador para cambiar la matriz productiva?

Es una pregunta súper difícil. Yo creo que hay que orientar un cambio de la matriz productiva a mediano y largo plazo. No puede pensarse que esto va a ser algo fácil y repentino; hay que orientar la matriz hacia sectores que tengan dinamismo del lado de la oferta, es decir, que tengan capacidad, mediante innovación, de crear nuevos productos y que puedan llegar a mercados donde los bienes nacionales estén diferenciados y puedan obtener mejores precios. A su vez, que sean mercados que tengan una demanda creciente o una perspectiva al menos estable. Es decir, mercados capaces de demandar más a medida que crece su ingreso.

En ese sentido, creo que el cambio de la matriz productiva se debe orientar principalmente a un proceso de modernización tecnológica de las empresas. No se puede modificar la matriz productiva sobre la base de nuevas empresas tipo startups; están muy bien y hay que impulsarlas, pero en ninguna economía del mundo ocupan el primer lugar. Creo que es fundamental un proceso de modernización tecnológica en la matriz productiva actual; ese es un paso necesario para estimular desde los sectores tradicionales la demanda de innovaciones tecnológicas desde servicios especializados u otro tipo que puedan producir empresas locales.

¿Qué sectores poco conocidos por el público presentan mejor potencial?

Honestamente, no sé hasta qué punto estos sectores son poco conocidos por el público. Creo que algunos sí tienen visibilidad, como la posibilidad de diversificar el sector forestal no solo a través de la pulpa, sino también mediante la producción de madera, lo que permitiría agregar valor y generar encadenamientos productivos.

También aparece la metalmecánica especializada de nicho, en particular en segmentos intermedios desarrollados por pequeñas empresas, sobre todo en el litoral. Y, por otro lado, están los sectores como el de las vacunas o el de las tecnologías de la información.

¿Cómo ve la relación entre la academia y el sistema innovador?

Es un vínculo difícil en el mundo, son actores que no necesariamente tienen lógicas convergentes. Para que exista convergencia entre los intereses y las lógicas de esos sectores es necesario construirla, y en Uruguay está lejos de ser creada. Además, hay un problema y es que existen rispideces entre la academia y algunos sectores que han impulsado la política de innovación en los últimos años, lo que ha dificultado esta relación.

Asimismo, hay un problema estructural, que es que en América Latina suele haber un desbalance entre la oferta del conocimiento y la demanda. Por razones sistémicas, es más fácil desarrollar las capacidades de investigación impulsando a la academia que fomentar la demanda creando un sistema innovador que busque generar valor.

La estructura económica de Uruguay no está especialmente basada en la innovación, por ende, hay un problema de demanda fundamental. También hay un problema de oferta, es decir, hay que orientar la creación de conocimiento hacia la solución de problemas nacionales. Pero el problema central es la creación de demanda.

A mi juicio –hay enorme cantidad de literatura sobre este tema–, la política pública es esencial porque la clave es llevar adelante un proceso de modernización tecnológica de sectores tradicionales que mejoren la productividad, y que esto luego impacte en el crecimiento económico, eventualmente en la distribución y en el ingreso per cápita. Uno de los problemas que tienen muchos de esos sectores tradicionales es que no identifican los problemas tecnológicos. Por ende, no pueden formular una demanda al sector académico. En fin, creo que es un problema de ambas partes, como toda pareja, pero considero que el foco de la política y lo que mueve la balanza está del lado de la demanda, desde el sistema productivo público y privado.

¿Qué rol juega el interior del país en el cambio de la matriz productiva?

Es fundamental. Yo no soy para nada especialista en esto, pero creo que es bastante evidente que el interior del país tiene un rol fundamental en la producción de bienes exportables, que son fundamentales para el desarrollo de la economía nacional. Creo que hay casos interesantes de desarrollo de servicios y manufactureros en torno a esos bienes, pero en particular hay un enorme territorio que se está despoblando, lo que genera serios problemas de desarrollo, que no son estrictamente temas de innovación. La inversión en sectores dinámicos radicados en el interior del país puede favorecer el asentamiento y después la atracción de personas de alta calificación. Eso haría que Uruguay fuera territorialmente un país más equilibrado, al tratar de compensar el desbalance demográfico y de capacidades; no obstante, más allá de los esfuerzos públicos y privados de fortalecer la oferta de enseñanza en el interior y la radicación de algunos emprendimientos económicos importantes, sigue habiendo un desbalance enorme.

¿Qué trabajos corren el riesgo de desaparecer en Uruguay antes de que estemos listos para reestructurar la cadena de valor?

Sobre este tema, lo que conozco son estudios relativamente viejos, de hace cinco o seis años para Uruguay. Después existen trabajos sobre digitalización, incorporación de inteligencia artificial, que podrían tener un efecto de sustitución fuerte en trabajos rutinarios.

Son trabajos muy exploratorios, incluso los más avanzados, porque no solo depende de la posibilidad técnica de cambiarlo, sino de los aspectos institucionales vinculados a la protección del empleo y a la defensa de los puestos de trabajo o de la empleabilidad de los trabajadores. Yendo específicamente a la pregunta, creo que los principales trabajos que corren el riesgo de desaparecer son los rutinarios, que son fácilmente reemplazables, como puede ser la interacción en comercio de retail, algunos servicios, algunos procedimientos de manufactura o incluso actividades agropecuarias como la automatización de los tambos y demás.

Carlos Bianchi (archivo, marzo de 2026).

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Tengo la impresión de que en el caso de Uruguay este riesgo no aparece asociado a un sector de actividad. Quiero aclarar que no es para nada evidente que una reestructuración de la cadena de valor sea con crecimiento del empleo. De hecho, hemos tenido en el pasado algunos movimientos de cambio estructural en los que ha habido ganancia de eficiencia con pérdida de empleo. Creo que un tema central de política orientada al cambio estructural es cómo lidiar con ese posible efecto de desaparición de puestos de trabajo.

¿Qué desigualdades estamos subestimando hoy que podrían convertirse en la principal fuente de conflicto o de atraso en el futuro?

El viejo problema de la heterogeneidad estructural es un problema de desigualdad fundamental. Es posible que, teniendo en cuenta el tipo de tecnologías que lideran la innovación en este momento, principalmente las vinculadas a la digitalización y a la rapidez con que cambian sus aplicaciones, podría profundizar la brecha entre empresas de alta productividad y aquellas de baja productividad.

La productividad se vincula directamente, más allá de que después hay espacios de negociación en los Consejos de Salarios, con las remuneraciones de los trabajadores y de los empresarios. Un problema podría ser la acentuación de una brecha entre sectores de alta productividad respecto de pequeñas empresas que operan principalmente en el mercado interno. Por eso insisto con que es fundamental impulsar la modernización de los sectores tradicionales.

¿Qué políticas públicas vinculadas a tecnología deberíamos promover en forma urgente?

Para mí es la formación de capacidades de la primera infancia. Son políticas que no están dentro del campo habitual de la innovación, pero es clave garantizar el crecimiento de las personas para el desarrollo de su capacidad; eso supone alimentación y vivienda.

Después están las políticas educativas. Somos un país de poca gente, la mayoría de la población es adulta mayor. Precisamos nuevas generaciones muy productivas para mantener los niveles de vida.

Se necesitan políticas de modernización tecnológica para los sectores tradicionales y para el aumento de la productividad. También son necesarias políticas innovadoras más audaces, y estas requieren una planificación estratégica de inserción en mercados internacionales de alto valor. Es muy importante, a mi juicio, que esto esté vinculado con el tejido productivo nacional.

¿Qué relatos sobre el futuro dominan hoy en Uruguay?

Yo, francamente, no sé cuáles dominan. Voy a responder esta pregunta más como una persona de 49 años, profesor universitario. Tengo la impresión de que existe un relato bastante escéptico sobre el futuro de Uruguay. Creo que entre las organizaciones, los partidos políticos, el gobierno, existe un pragmatismo de corto plazo y que eso es un problema.

Honestamente, yo me siento parte de eso, creo que el proyecto de Uruguay como país a largo plazo enfrenta algunos desafíos muy grandes, demográficos, productivos, y me da la impresión de que existe cierto escepticismo fuerte y no aparece un relato nacional que agrupe un movimiento de transformación.

Un proceso de cambio estructural también es un proceso de destrucción creativa, es decir, de creación de cosas nuevas que necesariamente deben reemplazar otras cosas, aunque las hagan las mismas personas. Son procesos de destrucción y, por ende, de conflicto.

Para que eso se pueda llevar a cabo y se gestione el conflicto que es inherente al cambio estructural, se requiere lo que muchos autores han denominado “coaliciones de apoyo sostenidas”, es decir, proyectos nacionales donde diferentes actores piensan diferente. Seguramente existen conflictos importantes, pero se necesita una coalición con un relato de futuro y un acuerdo concreto de cómo se va a procesar esa destrucción y creación que permita sostener el proceso con vaivenes, con cambios en los acentos específicos.

Creo que estamos muy lejos de eso en Uruguay, que existe poca atención a este tema y, por ende, mucha distancia en poder conformar una coalición de apoyo a partir de diferentes puntos de vista.

¿Cuál es la imagen que Uruguay debe proyectar hacia afuera?

Qué difícil esta pregunta. Creo que se proyecta como un país estable donde los conflictos se solucionan democráticamente, al menos esto es lo que transmitieron, por ejemplo, muchos de los que integraron la delegación que recientemente acompañó al presidente a China.

Esa imagen de Uruguay, que a veces se traduce en términos económicos simplificados como estabilidad institucional, yo creo que es fundamental. Lo que tenemos que hacer real es la idea de que Uruguay es un país que combina capital natural, principalmente pradera y algunos sectores agrícolas, y alto capital humano. Creo que es relativamente cierto lo del capital natural. Lo otro es un mito que heredamos de una narrativa del siglo XX que se ha ido deteriorando. Somos un país de muy bajo capital humano, debemos fortalecerlo de manera crítica. Debemos crear una imagen realista en torno a eso. Estamos en problemas y tenemos que construirlo, es fundamental.

Bianchi recomienda

Dos libros para pensar la economía del conocimiento y el desarrollo tecnológico

Bianchi recomendó dos obras para profundizar en la relación entre conocimiento, innovación y desarrollo económico: Los dones de Atenea: los orígenes históricos de la economía del conocimiento, de Joel Mokyr, y Revoluciones tecnológicas y la periferia: comprender el desarrollo global desde una perspectiva regional, de Eduardo da Motta e Albuquerque.

Sobre el libro de Mokyr, Bianchi destacó que se trata de la obra en la que el autor desarrolla los argumentos que posteriormente fundamentaron el reconocimiento que recibió con el Premio Nobel. “La explicación de la articulación entre conocimiento fundamental o abstracto y aplicado es fundamental”, señaló.

Respecto del trabajo de Albuquerque, publicado en 2023, el economista resaltó que aporta una mirada desde la periferia sobre las revoluciones tecnológicas y los paradigmas tecnoeconómicos que han marcado la evolución del capitalismo. “Plantea que la evolución del sistema capitalista global se caracteriza por las ondas difusoras de conocimiento desde el centro a la periferia”, explicó Bianchi, quien valoró especialmente el aporte de la obra para comprender cómo las formas de apropiación del conocimiento moldean las trayectorias de desarrollo y las relaciones entre centros y periferias en la economía mundial.

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