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León XIV y el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, en el Vaticano el 7 de mayo.

Foto: Sin datos de autor / Vatican Media / AFP

Némesis de Trump

El papado de Prevost desordena etiquetas.

Si katholikós significa universal, el papa León XIV le está dando un sentido laico a ese término, incluso aunque no se lo haya propuesto. Ni tan lejos de la Teología de la Liberación como Francisco, pero tampoco tan cerca.

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El papado de Francisco fue un revulsivo para la iglesia católica que no llegó a completar una transformación completa. Quizá su estilo en cierta forma irreverente y, sobre todo, su conexión con la teología del pueblo (entre el pensamiento de Alberto Methol Ferré y la acción de una parte de los “curas villeros” peronistas), hizo de Francisco un papa de transición. Quien le sucediera podía desandar camino y retornar al pastor en formato tradicional o dar un salto realmente transformador. Cuando Robert Prevost recibió el humo blanco de sus colegas cardenales, pareció generar dos sensaciones iniciales: su nacionalidad estadounidense podía interpretarse como un retroceso respecto de un papa del sur global y no optar por el nombre pastoral de Francisco II sugerir una señal de ruptura. Sin embargo, quien profundizara un instante en los antecedentes de Prevost podía dudar de esa primera impresión. Ahí estaba la larga tarea pastoral en Perú como una latinoamericanidad de adopción indudable, coronada por la obtención de la ciudadanía peruana en 2015. También la propia elección del nombre, que auguraba la intención de entroncar con la doctrina social de la iglesia de León XIII.

Si la teología del pueblo, que abrazó Francisco, fue en cierto modo un intento de domesticar la teología de la liberación lavando de marxismo la “opción preferencial por los pobres”, no debe olvidarse que uno de los pensadores centrales de esta última fue Gustavo Gutiérrez, sacerdote peruano. En el libro en que Prevost se presenta al mundo, ya como papa, León XIV se refiere a Gutiérrez, a quien conoció directamente: “La teología de la liberación, desde la perspectiva de Gustavo Gutiérrez, por ejemplo, es empezar a mirar a través de los ojos de los pobres y con los pobres para entender cómo Dios está en y entre nosotros”. Aclarando, de inmediato, que esto “no significa necesariamente que estés promoviendo la ideología marxista, aunque algunos la hayan etiquetado así”.1

El sacerdote canadiense John Lydon, colega del futuro León XIV en Perú, describió con claridad el impacto de ese país en 1985, cuando arribó el joven Robert Prevost: llegar ahí es verse “inmerso en el desastre y la pobreza del pueblo”.2 Además de las carencias económicas, estaba la violencia del conflicto interno con Sendero Luminoso y el terrorismo de Estado de la represión que se extendió mucho más allá de los límites que hubiera implicado el combate a la guerrilla. Prevost se implicó en la defensa de los derechos humanos y -algo que para una mirada uruguaya tiene un eco especial- en la recolección de firmas reclamando su respeto al gobierno de Alberto Fujimori. El convento de San Tomás de Villanova difundió una foto de Prevost encabezando una marcha en Trujillo en los años 1980, tras una pancarta donde se lee: “Si quieres la Paz, trabaja por la Justicia”.

La frase es de un papa, pero no de quien dirigía la iglesia en ese momento, Juan Pablo II, declarado enemigo de la teología de la liberación, sino de Pablo VI, autor de la encíclica Populorum Progressio (1967). Ese documento, que denunciaba la brecha entre países ricos y pobres, no puede calificarse de puerta al cambio revolucionario, ya que, si bien reconocía que era “grande la tentación de rechazar con la violencia tan grandes injurias contra la dignidad humana” negaba “la insurrección revolucionaria”. Salvo, en una salvedad que fue aprovechada por los curas sandinistas para justificar su apoyo al levantamiento contra Anastasio Somoza, “en caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país”. Las salvedades, que son muchas, no impiden situar la acción global del papa Luis XIV casi como una némesis del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Paradoja de que, en momentos en que el poder terrenal de la iglesia católica está más erosionado que nunca, su pontífice sea visto, incluso por los que no profesan su religión, como un líder global que puede plantar cara al líder del país militarmente más intimidante del mundo.

Rafael Trejo, periodista.


  1. Elise Ann Allen, León XIV. Ciudadano del mundo, misionero del siglo XXI, Debate, 2025. ↩

  2. Justin McLellan, “From Peru to Peter's chair: How Latin America formed a US pope, National Catholic Reporter”, ncronline.org, 6-11-2025. ↩