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Ilustración: Horacio Guerriero

Laterales | 100 años de oscuridad

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Hace justo un siglo, a comienzos de 1926, en la revista italiana Gerarchia, Benito Mussolini le daba la bienvenida al nuevo curso político del país con una de las definiciones más acertadas de su propio movimiento, al excluir cualquier clase de disidencia o pensamiento que no fuera el suyo. Era un arma poderosa de quien actuaba como un payaso y gobernaba como un césar.

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Escribía Mussolini: “El Fascismo no admite heterodoxias. El Fascismo venció porque siempre cortó de raíz tendencias, corrientes e incluso simples diferencias: su bloque es monolítico. El Fascismo gana y ganará mientras conserve este espíritu ferozmente unitario y esta religiosa obediencia, esta disciplina ascética. Fe, pues, no relativa sino absoluta”.1

El Duce condujo a Italia a la mayor catástrofe de su historia. Aliado con el canciller alemán Adolf Hitler, quiso asumir papeles mesiánicos e intentó restaurar los esplendores de un imperio. Triunfó al comienzo y fracasó al final. Apresado cuando huía en tren rumbo a Berlín, acabó fusilado por un grupo de partisanos y su cadáver colgado cabeza abajo y ultrajado en una plaza de Milán.

Pero ese no fue el fin de su historia. La sombra del Duce aún oscurece buenos tramos de la política internacional. Sus ideas son reivindicadas por dirigentes jóvenes, sostenidas a pie firme por destacados intelectuales, algunos de ellos con una sinceridad que asusta y otros con piruetas retóricas. La actual presidenta del Consejo de Ministros de Italia, Giorgia Meloni, quien “hunde sus raíces” en las ideas de Mussolini, es un buen ejemplo. El historiador italiano Mimmo Franzinelli lo ha explicado en varios libros con gran claridad.2

El arma favorita de Mussolini para hipnotizar a la gente fue su palabra, la oratoria magistral que empleaba una y otra vez con idéntico resultado. Eso y el garrote: la represión contra sus opositores, ya fueran de izquierda o de derecha, enemigos o amigos. Él siempre mentía, era un hechicero mentiroso.3 Usaba palabras comprensibles para todos, empleaba metáforas que sonaban irreprochables; se valía de su antigua militancia socialista para conquistar corazones de obreros y campesinos.

Era, en todo sentido, la contracara de las actuales izquierdas: en sus ideas y en su léxico, en sus formas de comunicación, en su habilidad para transmitir ideas con firmeza y sencillez. Con estupor, muchos contemplamos la tibieza, por no decir el temor balbuceante, con el que algunas izquierdas “condenan” la incursión de Estados Unidos en Venezuela, las amenazas a Colombia, el estrangulamiento de Cuba, el afán de quedarse con Groenlandia, los amagues para anexar Canadá, la guerra descontrolada en Medio Oriente. En cuanto a Venezuela, es cierto que la “causa Maduro-Delcy” es difícil de defender, pero una invasión, aunque dure cuatro horas, es una intervención inadmisible en cualquier escenario, y más en el volátil panorama actual. Un bombazo puede ser el final.

En Estados Unidos se debate si el presidente Donald Trump representa una nueva forma de fascismo, si su ideología está o no emparentada con el pensamiento de Mussolini y en qué puede derivar su forma autoritaria de gobernar. Una de las observaciones más lúcidas al respecto la formuló el académico británico Ben Worthy, quien ha señalado una especie de negacionismo en muchos estadounidenses porque les repugna aceptar la idea de que un fascista sea el presidente en “la tierra de los libres”.4

El común de la gente creía que el fascismo era cosa del pasado, que los nuevos autoritarismos no calificaban para esa definición, y que las dictaduras que se implantaron en distintos lugares (en Latinoamérica, por ejemplo) no eran propiamente fascistas, sino apenas autocracias “bananeras”, como si lo uno anulara lo otro. Pues ahora, aunque hay teóricos que discrepan de la caracterización,5 se ve cómo el pensamiento fascista resurge y se instala en el país más poderoso del planeta, con la opción nuclear encima de la mesa.

Trump voltea a sus más fieles escuderos si se atreven a criticarlo, y lo hace como si fueran escoria del enemigo. Ese comportamiento es un calco del que expresara Mussolini en la revista Gerarchia en 1926. Han pasado 100 años y todo parece indicar que volvemos al comienzo de aquella oscuridad que condujo a la última guerra mundial y a las hecatombes de Hiroshima y Nagasaki. Desde ya hay que advertir que nuestra especie, si es condenada a 100 años de oscuridad radiactiva, no tendrá una segunda oportunidad sobre la tierra.

Fernando Butazzoni, periodista.


  1. Fragmento del artículo “Viatico per il 1926”, firmado por Benito Mussolini, revista Gerarchia, Milán, enero de 1926, pág. 3 (trad. de FB). 

  2. Franzinelli es considerado una de las mayores autoridades académicas acerca del fascismo. Ha publicado numerosos libros sobre aspectos particulares de la época y del propio Mussolini. 

  3. Antonio Scurati: M. Il figlio del secolo, Milán, Bompiani, 2018. 

  4. Ben Worthy, “The Fascism of Donald Trump”, Political Insight, setiembre de 2025. 

  5. Ver, por ejemplo, Emilio Gentile, ¿Quién es fascista?, Alianza, Madrid, 2019. 

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