La imagen decrépita de Daniel Ortega anunciando que Nicaragua no volverá a tener elecciones no fue el único ataque a la democracia ocurrido en julio. Menos de una semana antes, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, había dado el pistoletazo de salida a la persecución política contra un enemigo imaginario en la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político. Si la paradoja de Ortega –anunciar el fin de las elecciones el día en que se celebraba el aniversario del derrocamiento de una tiranía– es de extrema gravedad, la paradoja de Rubio –intentar salvar la democracia mundial desde el país que vive el proceso más extremo de deterioro democrático en décadas– tiene la gravedad agregada del daño hemisférico potencial que contiene.
Ante la ausencia de un “terrorismo político” real en la región, los antecedentes de Estados Unidos muestran que los “Congresos anticomunistas” de los años 1950 fueron el marco ideológico de la cacería de opositores que terminó con decenas de miles de desaparecidos y asesinados (incluidos militantes de partidos y organizaciones sociales que antes de los quiebres institucionales actuaban en la legalidad) en las dos décadas siguientes. No solo ocurrió durante las dictaduras. También sucedió en momentos formalmente democráticos, como en la Colombia de 1986, cuando se produjo el “genocidio contra la Unión Patriótica”, partido político legal al que le asesinaron o desaparecieron a 5.700 cargos y militantes, entre los cuales se contaban dos candidatos presidenciales, seis parlamentarios y decenas de alcaldes.
Los enunciados de Rubio se producen en un contexto de autocratización creciente de Estados Unidos –según informes académicos– y de cambios en la configuración de las estructuras de poder del país, por ejemplo, con una imbricación inédita entre las empresas estratégicas y el Estado. El modelo de Palantir llevando las riendas de ciertas áreas del Pentágono dan a la Defensa de ese país occidental un rostro que se parece más al de China –gobierno y sectores productivos estratégicos obedeciendo a una misma directiva ideológica– que al que quiere tener Occidente. Esto, con el agravante de la presión permanente de los aranceles como herramienta para erosionar la soberanía de los otros países, la intervención en los procesos electorales ajenos, la constante agresión al derecho internacional y la capacidad real de incidir en el ánimo y el comportamiento de las sociedades mediante las grandes tecnológicas que controlan las redes sociales, la inteligencia artificial, los mercados predictivos y los data centers.
Es verdad que una parte de esa realidad no es nueva. Para ver a Washington como un riesgo hemisférico ni siquiera es necesario recurrir a las invasiones de la primera mitad del siglo XX ni al apoyo al terrorismo de Estado en los años 1970 y 1980. Pero ahora sus problemas se están solidificando y se corre el riesgo de un efecto arrastre, como está ocurriendo sobre Argentina o Ecuador. Ya en 2016 el índice de The Economist había dado al país del norte el carácter de “democracia defectuosa”. En el reporte de 2025 Estados Unidos cayó aún más. Del puesto 28 se desplomó al 34 (Bloomberg, 12 de abril). Uruguay está en el puesto 12 y es una de las escasas 26 democracias plenas del mundo (algo que el sistema político uruguayo debería cuidar, en lugar de importar lógicas polarizantes del trumpismo y de la Argentina de Javier Milei).
La Universidad de Gotemburgo, de Suecia, fue incluso más dura con la calificación de Estados Unidos. Los académicos suecos titularon su reporte global 2026 con una pregunta: “¿El fin de la era democrática?”. Se trata de un trabajo que afirma manejar 32 millones de datos que abarcan 202 países y territorios desde 1789 hasta 2025, con la participación de más de 4.200 académicos y expertos, “que permite medir más de 600 atributos distintos de la democracia”. En vez de “democracias plenas” los suecos utilizan el concepto de “democracias liberales” –en las que se elige con transparencia y se goza de todas las libertades–, de las cuales hay solo 31 en el mundo. Uruguay es una de ellas (puesto número 13 en el índice global, aunque con una alerta muy significativa: está en el puesto 42 en el subíndice de componente igualitario). Estados Unidos (puesto 51 en el global, 94 en el componente igualitario) no está considerado una democracia liberal, sino una “democracia electoral” con episodios de autocratización.
El reporte sueco indica que desde hace 25 años estamos viviendo la tercera ola de autocratización, con India y Estados Unidos como los abanderados más evidentes: “El análisis muestra que la ola actual no tiene precedentes en cuanto a duración, alcance y magnitud, superando incluso a la de la década de 1930 en todas estas dimensiones”. En el caso de Estados Unidos, el deterioro iniciado en 2023 y medido en 2025 fue tan pronunciado que lo sitúa entre los diez países que más han retrocedido hacia la autocratización “en solitario”. Es decir, que no están “empujados” por un proceso regional como podría ocurrir en algunas zonas africanas.
El desbarranque tiene nombre propio: Donald Trump. Bajo su presidencia, indica el estudio, el nivel de democracia en Estados Unidos ha descendido hasta situarse en un rango comparable al de 1965. Se caracteriza “por una extralimitación del Poder Ejecutivo que socava el Estado de derecho, junto con una represión e intimidación de gran alcance contra los medios de comunicación y las voces disidentes”. Lo malo no es solo lo que ocurre, sino la velocidad a la que sucede este proceso que directamente llaman un “desmantelamiento” de la democracia. Las restricciones al Poder Legislativo son las peores en más de 100 años, y la libertad de expresión se sitúa en su nivel más bajo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Aunque los componentes electorales permanecen estables, “existen indicios de amenazas a la integridad de las elecciones de mitad de mandato de 2026”.
Desde ahí, desde ese lugar de enunciación es que Washington dicta normas de conducta para los demás países.
Roberto López Belloso, director de Le Monde diplomatique, edición Uruguay.