¿Terroristas comunistas en Estados Unidos? Sí, de hecho es el gran tema que moviliza al Partido Republicano. El asesinato, en diciembre de 2024, del director de una compañía de seguros; el del influencer de extrema derecha Charlie Kirk, en setiembre de 2025, y la sorprendente elección, dos meses más tarde, de un socialista, Zohran Mamdani, como alcalde de Nueva York, acontecimientos dispares que no anuncian, a priori, ni la destrucción de Wall Street ni una reedición de la toma del Palacio de Invierno. Pero, en el país del macartismo y de las generalizaciones más descabelladas, la suma crea un clima. Y brinda materia prima para una campaña.
Stephen Miller había marcado la pauta durante el funeral de Kirk. En lugar de intentar unir al país en rechazo a un asesinato político, el asesor especial del presidente de Estados Unidos aprovechó el drama para demonizar aún más a todos los adversarios de Trump. Y para hacerles saber que habían “despertado al dragón” ultraconservador. Violento, lleno de odio y escalofriante, su discurso de homenaje desentonó todavía más porque el de la viuda de la víctima citaba el Evangelio y las palabras de Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Con respecto al asesino de su marido, la señora Erika Kirk incluso había añadido: “A este hombre, a este joven, le perdono”.
Miller, artífice de la política de inmigración de Trump, ignora por completo la misericordia. Sus discursos retoman la retórica fascista hasta tal punto que sus adversarios bromean diciendo que parecen traducidos del alemán. Cuando tomó la palabra ante un estadio de Arizona abarrotado y ante los dirigentes del país que habían acudido al homenaje –presidente, vicepresidente, secretario de Estado, etcétera–, Miller no se anduvo con rodeos: “Somos la tormenta. Nuestros enemigos no pueden comprender nuestra fuerza, nuestra determinación, nuestra resolución, nuestra pasión. [...] La luz vencerá a las tinieblas, prevaleceremos sobre las fuerzas del mal. No pueden imaginar el ejército que se levanta porque defendemos lo que es bueno, virtuoso y noble. Y ustedes, que fomentan el odio contra nosotros, ¿qué tienen? No tienen nada, no son nada. Son el mal, son la envidia, son la codicia, son el odio. No son nada. No pueden construir nada, producir nada, crear nada. Nosotros somos los que creamos, los que elevamos a la humanidad. Creían que podrían matar a Charlie Kirk, pero lo han hecho inmortal. [...] Estamos del lado de Dios. A mi amigo, a mi hermano Charlie, le prometo esto: te haremos sentir orgulloso. Vamos a terminar el trabajo”. ¿Era solo el sermón de un fundamentalista exaltado? Lo que vino después demostraría que no.
Seis semanas más tarde, la victoria de Mamdani puso de manifiesto el auge en Estados Unidos de una izquierda capaz de triunfar en la ciudad más grande del país. El asesinato de Kirk, cometido por un individuo sin afiliación ideológica concreta, no se prestaba a un uso político evidente. En cambio, el triunfo municipal de un socialista declarado, de un antiimperialista sonriente y brillante en la metrópoli más rica del mundo, tenía un alcance singular. Sobre todo, porque le siguieron varias réplicas electorales en Michigan, Colorado y Minnesota, donde, en las primarias demócratas, se impusieron los candidatos que ponían de relieve el apoyo a Palestina, la oposición a la instalación de centros de datos para la inteligencia artificial (IA) y la exigencia de una seguridad social sanitaria. El enemigo, al que Miller había presentado como incapaz de “construir, producir, crear”, no era, por tanto, un “lobo solitario” sin futuro, sino un ejército de militantes de izquierda decididos a derrocar al establishment demócrata derrotando a varias de sus figuras más destacadas. Steve Scalise, líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, comparó la situación con la “toma del poder bolchevique” en el partido contrario. En definitiva, el comunismo: ese es el enemigo. El desenlace de esta película era aún más fácil de adivinar, ya que todo el mundo en Estados Unidos conoce la trama.1
En particular, Trump. Su mentor político cuando aún no era más que un joven promotor inmobiliario neoyorquino fue un tal Roy Cohn. Este conoció al futuro presidente tras haber asesorado al senador republicano Joseph McCarthy, famoso en la década de 1950 por su caza de “comunistas” reales o imaginarios. Cohn había sido fiscal en el juicio que condenó a Ethel y Julius Rosenberg, el famoso matrimonio acusado por espionaje, a la silla eléctrica. Enseñó a su joven discípulo los trucos de la exposición mediática, la ingratitud y el acoso judicial.2
Trump recurre con mayor facilidad a las técnicas de la caza de brujas, sobre todo porque dos de sus predecesores en la Casa Blanca, Richard Nixon y Ronald Reagan, las utilizaron ampliamente para abrirse camino en la escena pública. El primero, arremetiendo contra un alto funcionario, Alger Hiss, acusado de espionaje a favor de la Unión Soviética. El segundo, denunciando a sus colegas –autores o actores comunistas– ante la Comisión de Actividades Antiamericanas. La misma comisión que prohibió a Charlie Chaplin, Orson Welles, Arthur Miller, Dashiell Hammett, Jules Dassin y tantos otros ejercer su profesión, llegando incluso a enviarlos a la cárcel.
El 3 de julio, víspera de la fiesta nacional por la independencia, ante el Monte Rushmore y los rostros esculpidos en piedra de cuatro ilustres presidentes estadounidenses,3 Trump retomó esta tradición, a modo de conmemoración del 250° aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Dedicó casi una cuarta parte de su discurso al “resurgimiento de la amenaza comunista”, desplegando para la ocasión todas las facetas de su arte de la lítote: “El comunismo es un peligro mortal para la libertad estadounidense. Más grave aún de lo que fueron la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, Pearl Harbor o el 11 de setiembre. Es la muerte, la tiranía y la encarnación del Mal. [...] No aman a Dios y no quieren a Dios. No aman la religión y no quieren la religión. Pero no dejaremos que ganen. [...] Podés ser leal a Karl Marx, o podés ser leal a Estados Unidos”. Imitando quizá el estilo de Miller, el presidente de Estados Unidos añadió que el “Partido Comunista estadounidense”, cuya existencia sin duda la mayoría de los estadounidenses acababa de descubrir, estaba compuesto por “inmigrantes ilegales, delincuentes y todos aquellos que no quieren trabajar”. Desde entonces, Trump está tan orgulloso de ese discurso que lo menciona o lo cita en sus actos de campaña a favor de los candidatos republicanos. A veces añade nuevos detalles bastante jugosos, como el hecho de que “los comunistas quieren volar el Monte Rushmore”.4
Propaganda de extrema derecha
Estas invenciones, que podrían dar pie a nuevas medidas liberticidas o a la impugnación de los próximos resultados electorales, no están destinadas únicamente al consumo interno. Y dado que, según el presidente de Estados Unidos, “nuestros antepasados estadounidenses no derramaron su sangre en Midway y en Normandía para que una banda de ladrones, radicales y lunáticos vinieran a saquear nuestra nación”. Ante sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) durante la cumbre de Ankara, el 8 de julio, mientras estos lo colmaban de elogios, recordó: el comunismo significa a la vez la promesa de “un alquiler gratuito de por vida, pero la miseria más absoluta y la suciedad al cabo de 12 meses”, “asesinatos por todas partes”, “un desastre”. La prueba de ello se habría demostrado “desde hace miles de años bajo diversos nombres”. “Ya saben, da igual que se les llame radicales, socialistas o comunistas, no hay gran diferencia”.
Arremeter contra el comunismo en la cumbre de una organización militar de la que Moscú es el adversario designado no es algo obvio, ya que los dirigentes rusos detestan esta ideología tanto como los de Washington, Berlín o París. Quizá una razón más local explique, entonces, la animosidad de Trump, así como su referencia a los precios de los alquileres: el anuncio de la creación en Nueva York de un impuesto sobre las “segundas residencias” que gravaría a los propietarios de viviendas secundarias con un valor superior a cinco millones de dólares. Según Mamdani, este impuesto, destinado en parte a financiar la protección social de la infancia, está “especialmente concebido para los más ricos entre los ricos que invierten su fortuna en el mercado inmobiliario neoyorquino sin vivir allí”. La medida enfureció a un viejo promotor inmobiliario neoyorquino cuyo contrato de arrendamiento en la Casa Blanca expira en enero de 2029: “¡El alcalde Mamdani está destruyendo Nueva York!... Estas políticas de impuestos, impuestos, impuestos son tan malas”.5
Cuando le contó su enojo a un amigo multimillonario, este aconsejó al presidente que calificara de “yihadistas” a esos políticos de izquierda que, según las palabras de Trump, “se hacían elegir por todas partes, no han tenido éxito y vienen de países en quiebra para decirnos cómo gobernar el nuestro”.
La conferencia de Rubio
“Comunista”, “yihadista”, “terrorista”: todas ellas son acusaciones muy habituales en una guerra política que recurre constantemente a la generalización, a la descalificación y a la acusación de traición. A esta caza de brujas le faltaba una base intelectual y un acto fundacional. Una conferencia organizada el 16 de julio por el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, le aportó una consagración internacional.
Destinada a “luchar contra el resurgimiento del terrorismo de izquierda”, esta reunión congregó en Washington a 66 Estados, entre ellos los 27 de la Unión Europea. Dos meses antes se había hecho pública la “Estrategia antiterrorista de Estados Unidos”. Rompiendo con las anteriores, el documento no mencionaba ni una sola vez el terrorismo de extrema derecha. De hecho, solo existirían “tres tipos principales de grupos terroristas”: “los narcoterroristas y las bandas transnacionales”, “los islamistas” y “el terrorismo de izquierda, incluidos los anarquistas y los antifascistas”.6 No obstante, se daba prioridad a la “neutralización de los grupos violentos no religiosos cuya ideología sea antiamericana, radicalmente trans y anarquista”. Un prólogo del presidente Trump aclaraba el significado del término neutralización: “Si les hacen daño a estadounidenses o tienen la intención de hacerlo, los mataremos”.
El terreno de la conferencia de Washington había sido despejado de cualquier objeción incómoda para el país anfitrión, ya que el Ministerio de Justicia estadounidense eliminó hace un año de su página web un estudio de 2024 que establecía que, desde 1990, los extremistas de derecha habían cometido cinco veces más atentados y provocado siete veces más muertes que la extrema izquierda en Estados Unidos.7 Un recordatorio que se ha vuelto perjudicial, ya que el único terrorismo que le interesa políticamente a Rubio debe poder vincularse a Irán o, mejor aún, a la “tentacular red de inteligencia y propaganda del régimen cubano, que ha permitido crear la extrema izquierda en nuestro país y en nuestro hemisferio”.8
El 16 de julio, el discurso del secretario de Estado condenó, por lo tanto, la (antigua) violencia de los tupamaros uruguayos, los montoneros argentinos, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), del Sendero Luminoso peruano, de la Fracción Armada Roja alemana y de las Brigadas Rojas italianas, y la relacionó con el asesinato de Kirk y con la muerte en Lyon, hace unos meses, del militante neonazi Quentin Deranque. Sin embargo, ni una sola palabra sobre las decenas de miles de víctimas de las dictaduras de extrema derecha latinoamericanas (a menudo apoyadas por Estados Unidos) ni de los 69 jóvenes militantes de izquierda suecos asesinados por el supremacista blanco Anders Breivik en la isla de Utøya, ni siquiera de sus 168 conciudadanos asesinados en 1995 por otro supremacista de extrema derecha, Timothy McVeigh.
Ante todos los secuaces de Estados Unidos que habían acudido a la invitación del Departamento de Estado, Rubio expuso la anatomía del comunismo y de la “izquierda radical”: “Es una revuelta de los peores contra los mejores, de los débiles y los cobardes contra los buenos. La perpetran aquellos que no pueden construir, que no pueden crear y que pretenden vengarse de sus propias insuficiencias destruyendo a quienes sí pueden”. El resultado es “un mundo sin creatividad, sin ambición, sin héroes, sin milagros”. ¿Es suficiente? No, ya que “el comunismo concibe un mundo sin Dios”.
Solo faltaba Miller. Tras detallar también él las consecuencias de una posible derrota de sus amigos de extrema derecha –“el gulag”, por supuesto–, lamentó que la izquierda pudiera beneficiarse de las libertades públicas para “proteger su violencia de una sanción penal”. Porque, según él, cuando “tu civilización es tu hogar, debes defenderla con tanta pasión como si un enemigo se encontrara en tu casa, allí donde vive tu familia”. Al observar fotos de militantes antifascistas, Miller habría descubierto el rostro del “enemigo”: personas que “no son normales, totalmente deformadas en su aspecto, su vestimenta y sus modales”.
Hemos preguntado al Ministerio de Asuntos Exteriores sobre la contribución de Francia a esta operación de propaganda de extrema derecha disfrazada de conferencia internacional. Los colaboradores del ministro Jean-Noël Barrot nos confirmaron que Francia “estuvo representada por el enviado especial para la lucha contra el terrorismo. Esta reunión se inscribía en el marco de la nueva estrategia antiterrorista de Estados Unidos, publicada en mayo de 2026”.9 También quisimos saber si se habían celebrado consultas entre los participantes antes o después de la cumbre, si la conferencia había sido interesante y si tendría repercusiones. Respuesta del Quai d’Orsay [Ministerio de Asuntos Exteriores]: “No haremos más comentarios”.
Serge Halimi, integrante de la redacción de Le Monde diplomatique. Director del periódico entre 2008 y enero de 2023. Traducción: Redacción de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.
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“La obsesión por la subversión en Estados Unidos”, Le Monde diplomatique, febrero de 1988; Richard Hofstadter, “El estilo paranoico en la política”, Le Monde diplomatique, setiembre de 2012. ↩
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Kai Bird y Susan Goldmark, “The mentor: How Rohn Cohn taught Donald Trump everything”, The New Yorker, 3-8-2026. ↩
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George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln, Theodore Roosevelt. ↩
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Discurso pronunciado en Marietta, Georgia, 22-7-2026. ↩
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Julia Rock, Zehra Munir y Amelia Pollard, “New York City’s super-rich complain about Mamdani’s tax on second homes”, Financial Times, 16-4-2026. ↩
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Casa Blanca, “Estrategia antiterrorista de Estados Unidos”, 2026. ↩
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Es decir, 227 atentados y 520 muertos atribuibles a la extrema derecha, y 42 atentados y 78 muertos atribuibles a la extrema izquierda. Ver “What NIJ research tells us about domestic terrorism”, Instituto Nacional de Justicia, archive.is/1t1rm, 4-1-2024. ↩
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Inauguración de la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, Departamento de Estado de Estados Unidos, 16-7-2026. ↩
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NdR: La participación del embajador de Uruguay en Estados Unidos, Daniel Castillos, fue calificada desde la fuerza política de gobierno como “error político” y dio lugar a explicaciones confusas de la cancillería (la diaria, 25-7-2026). ↩