El 10 de junio, en el marco de la inauguración de la Exhibición Aeroespacial Internacional (ILA, por sus siglas en alemán) en Berlín, el canciller alemán, Friedrich Merz, tuvo un momento de confusión. “Lufthansa –comenzó, antes de corregirse–. Perdón, ¿la Luftwaffe?, ¿la Bundeswehr?, se encuentra al mando del Eurofighter que nos sobrevolará en unos minutos”.1 El lapsus responde a la coyuntura del momento: con su nueva estrategia para la aviación, presentada ese mismo día, Alemania busca incrementar los “puntos de sinergia entre la investigación aeronáutica civil y militar”, apostando por las tecnologías de “doble uso” y las “economías de escala”2 [Lufthansa es la aerolínea civil de bandera, Luftwaffe es la Fuerza Aérea, y Bundeswehr son las Fuerzas Armadas en su conjunto].
Dos días después del colapso del proyecto francoalemán del Sistema de Combate Aéreo del Futuro (FCAS, por sus siglas en inglés) –una colaboración de 100.000 millones de euros entorpecida por los desacuerdos industriales–, la ILA brindaba a Berlín la oportunidad de exhibir su firme determinación de acelerar la militarización de su industria. Más allá de las conversaciones entre Diehl Defence y el fabricante ucraniano Fire Point con vistas a coproducir misiles de largo alcance, la exhibición dio lugar a una avalancha de acuerdos que involucraron tanto a los Länder [estados federales] como al gobierno federal, la división de Defensa de Airbus, Rheinmetall e incluso Israel Aerospace Industries. Por su parte, Mercedes-Benz cerró una alianza con la startup muniquesa Tytan Technologies para desarrollar drones interceptores: una nueva muestra de cómo los 750.000 millones de euros en gasto militar que se prometieron desde Berlín de aquí a 2030 impulsan a los fabricantes de automóviles en apuros a reconvertirse hacia el sector de la Defensa.
Tres años después de que el canciller Olaf Scholz anunciara el Zeitenwende (“cambio de era”) en febrero de 2022, la “gran coalición” liderada por su sucesor ratificó la creación de un fondo especial de 500.000 millones de euros para renovar las infraestructuras nacionales, al tiempo que liberó una gran parte del gasto militar de la regla constitucional del freno a la deuda. Las causas económicas de este giro militar-industrial se remontan más allá de la guerra en Ucrania y del aumento de los precios de la energía tras la destrucción de los gasoductos Nord Stream en setiembre de 2022. Lo cierto es que el “modelo renano”, emblemático de la República Federal de Alemania (RFA) y posteriormente de la Alemania reunificada tras 1990, se encuentra bajo presión desde la crisis del euro de la década de 2010.
En términos históricos, el crecimiento alemán ha estado impulsado por las exportaciones, sobre todo de autos, maquinaria y equipos industriales. La demanda interna siempre ha ocupado un segundo plano. Para preservar la competitividad del país frente a la intensificación de la competencia mundial, los sucesivos gobiernos apostaron por la reducción salarial y una política activa del mercado laboral. Tras la crisis financiera global de 2008, Alemania se benefició de las asimetrías dentro de la eurozona: la moneda común europea se mantuvo mucho más débil de lo que probablemente habría estado el marco alemán debido a la recesión en los países periféricos, lo que preservó el atractivo de las exportaciones alemanas a escala internacional. Entre la gran demanda de bienes industriales alemanes debido al desarrollo acelerado de China y las bajas tasas de interés del Banco Central Europeo (BCE), que permitía solicitar préstamos a muy bajo costo, Berlín logró durante toda la década siguiente combinar el equilibrio presupuestario con un crecimiento continuo impulsado por las exportaciones.
Grietas en el patrón
Sin embargo, ya a partir de 2010, el modelo comenzó a dar muestras de fragilidad. En 2013, mientras Alemania registraba un rendimiento económico superior al del resto de la eurozona, su tasa de inversión cayó por debajo del nivel de 1999. El país también se quedó rezagado respecto de sus vecinos europeos en materia de salarios reales y consumo de los hogares. En paralelo, debido a que Pekín comenzó a fabricar lo que hasta entonces importaba de Alemania, la demanda china disminuyó de forma significativa. En 2025, Berlín registró por primera vez un saldo comercial negativo con China en el sector de bienes de capital. Durante el primer semestre de 2025, las exportaciones alemanas a China cayeron más de un 14 por ciento en comparación con el primer semestre de 2024 –la baja alcanzó un 36 por ciento en el sector automotor y un 11 por ciento en el de maquinarias–, mientras que las importaciones procedentes del país asiático fueron en aumento.
Alemania atraviesa ahora un período de estancamiento económico: su crecimiento se encuentra paralizado desde el primer trimestre de 2022. Como corolario de la escalada de los precios de la energía, la producción de las industrias de mayor consumo energético se desplomó más de un 15 por ciento, y la producción industrial general cayó un 9,5 por ciento. Además, en el segundo trimestre de 2026, el número de empresas en cesación de pagos alcanzó su nivel más alto en 20 años.
El impulso militar-industrial que se promovió en respuesta a esta situación marcó una ruptura para el país, poco acostumbrado a las políticas de estímulo de la demanda. Es cierto que a finales de la década de 1960 la Globalsteuerung (gestión de la demanda global) del poderoso ministro de Economía socialdemócrata Karl Schiller incluyó medidas presupuestarias contracíclicas, pero nunca se puso en duda el sacrosanto principio ordoliberal de estabilidad monetaria ni el dominio de los mercados. Se trató entonces de intervenciones limitadas, presentadas como parte de la continuidad del orden económico de la posguerra.
Lo novedoso
El “cambio de era” se diferencia de las experiencias pasadas en dos aspectos. En primer lugar, el propio estímulo tiene repercusiones geopolíticas, ya que el incremento del presupuesto de Defensa redefine la posición alemana dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) al vincular más estrechamente su industria con la arquitectura de seguridad atlántica y al exacerbar las tensiones con Rusia. En segundo lugar, el gasto público compensa de manera directa la desaceleración de las exportaciones: el hecho de rearmarse, invertir en infraestructura y en la coordinación militar-industrial brinda una red de contención a una economía estancada. En junio, el Bundesbank reconoció que solo una “política fiscal expansionista” podría prevenir la caída del producto interno bruto (PIB) alemán en los próximos meses.3 En tiempos de Schiller ocurrió lo contrario: fue el aumento de las exportaciones lo que le permitió a Alemania salir de la recesión de 1966-1967.
En el plano estratégico, el rearme arrastra a Berlín a un escenario de confrontación hispano-atlántica cada vez más extenso, que abarca desde el mar Báltico hasta el Pacífico, pasando por el Mediterráneo oriental, el mar Negro y el golfo Pérsico. En Rostock, la Commander Task Force (CTF) Baltic, el nuevo centro de mando naval de la OTAN descrito por la Bundeswehr como una “expresión visible del ‘cambio de era’”, reúne a personal proveniente de una docena de países de la Alianza –en flagrante violación del Tratado de Moscú firmado en setiembre de 1990, que prohíbe el despliegue de tropas extranjeras en los nuevos Länder–.4
Por el momento, Ucrania es el principal beneficiario de la ayuda militar alemana y el más directamente vinculado a este nuevo régimen militar-financiero con más de 55.000 millones de euros desembolsados o asignados entre el inicio de la guerra y principios de 2026.5 El apoyo de Tel Aviv es de otra índole. A juzgar por las respuestas del gobierno a las preguntas de los parlamentarios, la exportación de armas a Tel Aviv aumentó de manera drástica en 2023 hasta alcanzar un total de al menos 652 millones de euros entre octubre de 2023 y marzo del presente año.6 Esas ventas continuaron a lo largo de la guerra de aniquilación llevada a cabo por Israel en Gaza, de sus invasiones en Líbano y del ataque franco-estadounidense contra Irán en febrero. Asimismo, los submarinos de la clase Dolphin fabricados por las firmas alemanas HDW y ThyssenKrupp, constituyen desde hace tiempo un componente clave de la capacidad nuclear de segundo ataque de Israel.
Estas consecuencias geopolíticas son, precisamente, las que vuelven tan contradictorio el intento de reactivación mediante el rearme. Es cierto que la contratación pública genera una demanda adicional, pero la ruptura con Moscú, la dependencia del gas natural licuado estadounidense y el cierre prolongado del estrecho de Ormuz debilitan la economía dado que encarecen los precios de la energía y de otros insumos. Aunque los gastos militares puedan llegar a frenar la caída por un tiempo, no lograrán recrear las condiciones que propiciaron el éxito industrial previo de la República Federal. Por el contrario, las erosionan.
Escenario complejo
Una segunda dificultad radica en el estado de deterioro de la Bundeswehr: falta de personal, lentitud en los suministros, equipos que van quedando obsoletos, falta de preparación para el combate. “El ejército convencional más poderoso de Europa” con el que sueña el canciller Merz dista mucho de estar en condiciones de operar. De este modo, el “cambio de era” no implica solo un incremento del gasto, sino también una reestructuración de la totalidad de las fuerzas armadas. Esto ya se ha traducido en el retorno al servicio militar bajo una modalidad voluntaria, al mismo tiempo que se evalúa un posible restablecimiento de la conscripción obligatoria –una medida sumamente impopular en el país–. Estos objetivos podrían entrar en conflicto con las prioridades de la economía civil, incluso aunque el gobierno mantenga de manera deliberada la confusión entre ambas esferas.
Las implicaciones para Europa son igualmente inciertas. Durante 80 años, los vecinos de Alemania aceptaron su dominio económico, en parte porque el país carecía de poder militar. Al buscar de modo abierto asumir el liderazgo europeo en este ámbito –aunque sea solo en calidad de lugarteniente de Washington una vez que Estados Unidos concentre sus fuerzas en Asia Oriental–, Berlín pone en tela de juicio ese acuerdo tácito.
Por último, no hay garantías de que esta nueva economía de la seguridad vaya a estar a la altura de la que pretende reemplazar: ¿puede el aún modesto sector de las tecnologías de Defensa generar niveles de empleo y producción comparables a los de la industria automotriz, la química, la pesada o las máquinas herramienta? A la luz de los indicadores actuales, hay una única certeza: el nuevo orden social alemán será más hostil, estará más militarizado y resultará más represivo que el de la antigua república exportadora.
Ficha
La Bundeswehr
Si bien Bundeswehr es el nombre en alemán para Fuerzas Armadas, en español ese sustantivo se escribe precedido por el determinante “la”. Podría traducirse, de manera literal, como Defensa Federal. Incluye el ejército de tierra (Heer), la armada (Marine) y la fuerza aérea (Luftwaffe). Tiene también un área de ciberespacio e información (Cyber und Informationsraum, o CIR).
Actualmente la Bundeswehr, según su página web oficial, cuenta con más de 266.000 personas, 185.196 efectivos en uniforme y 81.193 civiles. De los uniformados, 63.974 son del ejército, 28.666 de la aviación, 15.835 de la marina, 13.686 del CIR y el resto de unidades o departamentos de apoyo.
En cuanto a la oficialidad, Alemania cuenta con 220 generales y almirantes, 15.670 oficiales de estado mayor y 23.390 oficiales (cifras redondeadas) en todas las fuerzas.
Entre el personal civil hay 486 capellanes repartidos en alrededor de 100 parroquias militares protestantes y 80 católicas, a las que desde 2021 se sumó la capellanía militar judía. La web de la Bundeswehr no registra capellanes de religión musulmana ni de otras creencias distintas a las tres anteriormente mencionadas.
Joshua Rahtz, historiador. Traducción del inglés: Élise Roy. Traducción del francés: Paulina Lapalma.
Punto uy
A diciembre de 2019, las Fuerzas Armadas uruguayas contaban con 26.319 efectivos, lo cual, comparado con las alemanas, implicaba tres veces más militares según el tamaño de la población. Mientras que Uruguay tiene 6,5 militares por cada 1.000 habitantes, Alemania tiene 2,2. El país europeo se encuentra en una etapa de “preparación para la guerra” (Kriegstauglichkeit) ya que, según su ministro de Defensa, Boris Pistorius, podría estar ante la hipótesis de una posible confrontación con Rusia en 2029 (Reuters, 11-5-2026). Eso llevó a Berlín a buscar que sus militares en activo crezcan a 280.000 en 2035. De alcanzar esa meta, si lo comparamos con el número actual de militares uruguayos, Uruguay tendrá el doble de militares cada 1.000 habitantes que Alemania, sin estar en ningún escenario bélico similar al que se plantea el gobierno alemán.
Según Ámbito (18-5-2026), Uruguay es el país latinoamericano con mayor gasto militar per cápita (577 dólares), el doble que Colombia, país que tiene actividad guerrillera en su territorio, y cinco veces más que Brasil, la principal potencia sudamericana. La mayor parte de ese dinero se utiliza en remuneraciones del personal.
-
“‘Germany will lead the next era of aviation and space technology’, declara Merz en la ILA 2026”, DWS News, 10-6-2026 (lapsus en el minuto 6:25). ↩
-
“Luftfahrtstrategie der Bundesregierung”, Ministerio Federal de Defensa, Berlín, junio de 2026. ↩
-
“Forecast for Germany: Energy price shock fuels inflation and slows the economic recovery”, Deutsche Bundesbank, informe mensual, Fráncfort del Meno, junio de 2026. ↩
-
Ver Florian Warweg, “‘Nato-Hauptquartier’ Rostock: Bricht CTF Baltic den Zwei-plus-Vier-Vertrag?”, Ostdeutsche Allgemeine, Dresde, 31-5-2026; “Commander Task Force Baltic Established”, bundeswehr.de, 21-10-2024. ↩
-
Canciller federal de Alemania, “So unterstützt Deutschland die Ukraine”, 24-4-2026. ↩
