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Ilustración: Ramiro Alonso

La pinza y el águila

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El ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben Gvir, pidió de forma pública matar entre “30 y 40 personas” cada noche en Gaza.1 El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cambió de forma unilateral el nombre del lago Ontario, al que rebautizó como Lago de América. “Solo nos falta un océano”, dijo dejando la duda de si sería el Atlántico o el Pacífico, o tal vez ambos.2 Dos pinzas articuladas, la del sector más radical del gobierno de Israel y la de Washington, que se accionan juntas, como palanca. Los que se opongan al atropello de Washington o a la ilegalidad de Tel Aviv3 serán desautorizados con la etiqueta de antisemitas o comunistas.

La ultraderecha brasileña intentará, en las elecciones de octubre, aprovechar este principio de ventaja mecánica que le da la herramienta trumpista. Tratará de crimparse a Trump como quien se hace uno con una fibra óptica que viene llena de un contenido prefijado: negacionismo climático, guerra cultural, desprecio a la soberanía y a los derechos sociales. Si se piensa en lo que ocurrió en Colombia y Argentina, parece que nadie puede detener ese cableado ideológico que avanza sobre la región. En Brasil, sin embargo, es posible que la norma sea diferente. ¿Será? La respuesta a esa duda parece estar, una vez más, en manos de Luis Inácio Lula da Silva. En manos de que la mano herida de Lula logre movilizar el número suficiente de votos como para volver a ganar.

Futuribles

El problema que presenta la comodidad de plegarse a estos descaros, sean los muchos de Washington o el de Ben Gvir y su llamado a la limpieza étnica, no es el futuro inmediato. Ese que es casi presente y se puede resolver en una urna un día de elecciones. El riesgo lo tienen con el futuro largo, el que se suele llamar historia. Es posible sospechar que, en términos de registros históricos, el apartheid y el genocidio sufrido por los palestinos serán recordados como uno de los hechos más vergonzosos de la primera mitad del siglo XXI. Y las entusiastas muestras de apoyo a Tel Aviv por parte de la derecha latinoamericana serán una mancha vergonzosa para sus colectividades políticas. Asunto sin importancia para formaciones sin historia, como es el caso de la argentina La Libertad Avanza, pero de mayor preocupación para partidos con vocación de perdurar.

Así, las fotos de las delegaciones de legisladores en invitaciones de Estado en tiempos de apartheid y genocidio pueden ser tan incómodas mañana como hoy resultan las condecoraciones recibidas de parte de Adolf Hitler o de Benito Mussolini en los años 1930.

Viriles apretones de manos y pechos henchidos acompañaron el momento en que Luis Alberto de Herrera recibió la Gran Cruz de la Orden de la Corona de Italia. Fue durante la estadía en Roma del líder histórico del Partido Nacional, quien, tras reunirse con Benito Mussolini en julio de 1937, lo consideró una “figura extraordinaria”, y llamó a su política un “formidable movimiento anímico, cívico, patriótico y social”. El historiador José Pedro Barrán calificó esa ferviente visita de Herrera como “el instante de mayor acercamiento ideológico de los conservadores uruguayos al fascismo italiano”.4

En ese capítulo también podría colocarse la condecoración de Adolf Hitler a Martín Echegoyen, mandatario del país en tiempos del colegiado y presidente del Honorable Directorio del Partido Nacional durante 30 años. A Echegoyen le cabe la dudosa honra de haber sido servidor de dos dictaduras: ministro de Gabriel Terra en los años 1930 y cabeza del Consejo de Estado en 1973. Fue como personero del terrismo que recibió en 1938 la Orden del Águila Alemana, en reconocimiento al acercamiento con el gobierno nazi que dio lugar a la represa de Rincón del Bonete.

Si Terra, sostenido con el andamiaje riverista, coqueteaba con el nazismo y el entorno de Herrera lo hacía con la Italia fascista, varios de sus contemporáneos en sus mismos partidos tuvieron comportamientos opuestos. También colorado era Baltasar Brum, que se quitó la vida en protesta por el golpe de su correligionario, y también eran blancos Wilson Ferreira Aldunate y Carlos Julio Pereira, connotados opositores a la dictadura militar nacida tras el golpe de Estado de 1973.

Huella digital

Volviendo a Herrera y Echegoyen, no hay fotos virales del momento en que se recibieron las condecoraciones de la infamia. Podría decirse, como relativa disculpa, que aún no se conocía la enorme dimensión de los crímenes que aquellos poderes europeos cometerían. Disculpa relativa, ya que esos resultados anidaban de forma diáfana en las políticas explícitas que el nazismo anunciaba desde antes incluso de llegar al poder.

Sí hay fotos, y grabaciones de video, y entusiastas posteos en redes sociales, de quienes hoy se alinean con genocidios actuales. Esas imágenes de los presidentes de Argentina, Javier Milei, y de Colombia, Abelardo de la Espriella, por citar solo dos ejemplos, resultarán una huella difícil de borrar cuando la historia hable de Gaza o de Cisjordania. 

Por ahora parecen apenas parte del contexto que dice que América Latina vive una explosión de apoyos a Israel por parte de sus derechas. Paradojal, si se piensa que fueron las derechas las que sostuvieron el antisemitismo en tiempos de la Shoah, como se conoce al exterminio de seis millones de judíos por parte de la Alemania nazi. Pero lógico, si se toma en cuenta la triple alianza entre el gobierno de Israel, el de Estados Unidos y los procónsules de Donald Trump en esta región.5 Un movimiento de pinza que ahora apunta hacia Brasil.

Con lógica o sin ella, lo cierto es que la historia los registrará.

Roberto López Belloso, director de Le Monde diplomatique, edición Uruguay.


  1. Deutsche Welle, 16-8-26. 

  2. BBC, 27-8-2026. 

  3. “La UE redobla las críticas por los asentamientos israelíes en Cisjordania: ‘Son ilegales según el derecho internacional’”, El País, Madrid, 23-8-2026. 

  4. José Pedro Barrán, “El Pensamiento Conservador Laico y sus Prácticas. Uruguay 1900-1933”, Estudios Sociales, Vol. 33, N° 1, 2007. 

  5. Cristophe Ventura, “Tiempo de procónsules”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, julio de 2026.