El planeta se calienta rápido, los hielos se derriten, los glaciares desaparecen, inmensas praderas y bosques se incendian. Los veranos en muchas regiones llevan a las poblaciones de esos lugares a soportar olas de calor con temperaturas de 45 o más grados centígrados. Los inviernos son más cortos y feroces que nunca, y los veranos más largos y calurosos. Muchos animales emigran desde sus lugares habituales hacia territorios menos hostiles. El sol mata. Los humanos mueren por miles a causa de insolaciones y golpes de calor. En 2025 solo en Europa occidental fallecieron, a causa de las llamadas “olas de calor”, unas 16.500 personas.
Las lluvias, cuando llegan, son de una intensidad devastadora, provocan inundaciones que no solo arrasan con ciudades y pueblos, sino que causan deslaves y degradan los suelos. Después vienen las sequías y esa degradación se profundiza. El mar de Aral está seco, el glaciar Perito Moreno retrocede, el lecho del Mediterráneo es un cementerio africano, el desierto de Atacama un basurero de ropa europea. El Día de los Humedales, establecido en 1971, no ha impedido que en el último medio siglo haya desaparecido una tercera parte de las ciénagas y pantanos del mundo por efecto de la acción humana, con la consecuente extinción de miles de especies.
Alguna gente se pregunta por qué Dios o dios, el que sea, permite todo eso. La mayoría, en cambio, se dedica a planificar sus vacaciones, que incluyen confortables viajes en aviones devoradores de combustibles fósiles. Muchos militantes ecologistas vuelan de un continente a otro con notable frecuencia, quizá sin percatarse de que cada viaje en avión entre Nueva York y Londres consume la energía equivalente a media hectárea de bosque (unos 500 árboles adultos). En la Europa meridional, los habitantes de las urbes se quejan por la invasión de turistas, que llegan cual plaga de langostas a pasar sus vacaciones, dejan muchos euros, pero convierten la vida cotidiana de los vecinos en un infierno. Ya es un hecho sin discusión que la temperatura de la atmósfera no para de aumentar, lo que provoca una subida en el nivel del mar. Entre 1900 y 2016 las aguas oceánicas han crecido unos 20 centímetros. Puede parecer poco, pero el ritmo se acelera varios milímetros por año. En algunas regiones del planeta el nivel del mar puede subir hasta dos metros en los próximo 80 años. Hay países insulares que desaparecerán en el corto plazo (las islas Maldivas son el ejemplo más notorio), grandes ciudades que serán anegadas (Miami, Bangkok, Shanghái, entre otras) y cientos de millones de personas que serán desplazadas por ese motivo.
Las calamidades no harán más que acumularse hágase lo que se haga, ya que poner freno a la producción actual de bienes y servicios supondría cortar los medios de subsistencia de miles de millones de personas en todo el planeta, desde humildes sherpas nepalíes hasta taxistas neoyorquinos. Imaginen a China sin sus chirimbolos tecnológicos vendidos a precio de ganga en todas partes. Sería el caos. La economía mundial caería como un castillo de naipes. Igual caerá cuando este cambio climático que ya vivimos se acelere un poquito y más y obligue a éxodos masivos y al abandono de territorios que, hasta hace unos años, eran habitables.
Ante este panorama, que suena apocalíptico porque lo es, la respuesta de la humanidad ha sido insignificante, casi nula. Los combustibles fósiles ya retomaron su carrera expansiva. Las guerras se suceden, Elon Musk quiere ir a Marte, Donald Trump se desvela por el ballroom de la Casa Blanca y Vladimir Putin por la puntería de sus misiles hipersónicos. Los pueblos pobres, que son la mayoría, sienten que no pueden hacer nada, y los ricos creen que ellos sí se van a salvar.
Por ahora, ni la ciencia ni la fe parecen capaces de sacar a la especie humana de este letargo suicida. La encerrona nos afecta a todos, pues, aunque muchos quieren cambiar, otros muchos tratan de impedirlo para seguir alimentando a sus familias y no morir de hambre. El mundo entero se halla en el brete. De seguir así, el final será catastrófico; y si se detienen o ralentizan las colosales fuerzas productivas ya desatadas, también lo será. Una trampa perfecta montada por nosotros mismos, los humanos. Una evolución cultural de cientos de miles de años que agoniza por nuestra insanable estupidez. Tal cual escribiera Schiller, contra ella no pueden ni los propios dioses.
Fernando Butazzoni, periodista y escritor.