Máxima pureza. De Fernando Butazzoni. Alfaguara; Montevideo, 2026. 208 páginas, 990 pesos.
Es verdad que Máxima pureza, la historia de infierno y purgatorio de un consumidor de pasta base, que Butazzoni pone en espejo con su propia adicción al alcohol, podría estibarse en la biblioteca de “memorias de adictos”. No tanto en el mismo estante que ocupan las Confesiones de un inglés comedor de opio (1821), de Thomas De Quincey, sino cerca del cónsul de Malcolm Lowry en Bajo el volcán (1947), aunque sin estar exactamente al lado. Se puede pensar en La cura (1997), de Gabriel Peveroni, cruzado con los acordes de “En la palmera”, esa canción del santafesino Higinio Mena que tan bien interpreta José Carbajal en su disco Entre putas y ladrones (1990). Un poco The Cure y otro poco El Sabalero. Y, de nuevo, no sería así del todo, porque, siendo de una honestidad brutal, no hay nada de festivo ni de hiperbólico en este libro de Fernando Butazzoni. Un libro que no podría haber tenido mejor tapa que esa foto de su casi homófono Leo Barizzoni. Virtuoso ejercicio de profundidad de campo que capta la esencia de la cuestión.
Cada trabajo de Butazzoni es un placer para sus lectores y una pesadilla para la crítica. ¿Es un novelista político, como auguraba El tigre y la nieve (1986)? ¿O alguien que narra para ajustar cuentas con su pasado político, como podría sugerir Una historia americana (2017)? ¿Estamos ante un periodista que escribe novelas, o viceversa? Si su libro anterior, Tierra mínima (2024), podía ser considerado a grandes rasgos un “gran reportaje”, Máxima pureza se ajustaría más al territorio de la crónica, pero sin ajustar del todo.
Pese a ser profundamente sincero y tener las raíces bien prendidas en lo real, este libro no es crónica, sino novela. Para sostener esta afirmación basta con citar a ese narrador del final, sentado en el asiento trasero de un auto mientras nos dice que va a inventarse una escena breve, quizá menor o quizá decisiva, en la que no tomó parte y que nunca tuvo la impudicia de preguntarles a sus personajes cómo transcurrió. Y siendo novela, Butazzoni hace con Máxima pureza un notable texto periodístico acerca de las adicciones y del submundo de la pasta base. Desde la más rabiosa actualidad, toma uno de los temas “de agenda” y construye un texto sin tiempo. Acompaña la deriva de una persona real y la va moldeando como personaje. A veces Ignacio, a veces Nachito, casi siempre Nacho. Onettianamente, el cambio de nombre transmite una deriva vital (no en vano el autor desliza el concepto de “los otros” de Juan Carlos Onetti, en un breve detalle ensayístico que no conspira contra el carácter trepidante del relato, sino que le da espesor). Si bien esas herramientas de la novela van acercando el bochín al meollo del asunto, el punto de llegada es sólidamente periodístico. Hay que agregar que el texto se sale de sus límites físicos y se sigue escribiendo en las entrevistas que Butazzoni y Nacho han ido dando durante la campaña de promoción. Ahí se puede buscar la conclusión que el libro no da y que será siempre provisoria. Butazzoni, que hasta ahora hizo periodismo escribiendo novelas, aquí lo sigue haciendo, pero le agrega un gesto performático a posteriori. El rizo resulta un hallazgo.