Lento Reportaje

Delia Colque Quillca.

Foto: Enrique García Medina

El reverso de la esperanza

Durante el siglo pasado, Argentina fue un territorio de sueños migrantes. Pero nada queda de aquellas políticas públicas integradoras que recibían a toda pompa a los europeos pobres en el Hotel de Inmigrantes. Desde hace décadas la migración es fundamentalmente femenina y latinoamericana y está marcada por la discriminación y la explotación. El gobierno libertario redobló la apuesta con un discurso xenófobo y aranceles para extranjeros. La cronista Lala Toutonian analiza el presente desde una mirada histórica, en conversación con la activista migrante Delia Colque Quillca, sobreviviente de trata laboral.

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El 17 de mayo de 1911, el presidente argentino Roque Sáenz Peña cortó una cinta frente a un edificio de 90 metros de largo, todo hormigón armado y azulejos blancos, levantado con la fe todavía intacta de los Estados que creen en su propio porvenir. Adentro esperaban camas con piezas de cuero en lugar de colchón, fáciles de desinfectar, pensadas para un cuerpo que llega sucio de barco y de hambre; una cocina que daba de comer cinco días gratis; una oficina que preguntaba, con la delicadeza torpe de quien no sabe cómo nombrar la ternura, qué sabía hacer el recién llegado, para poder ofrecerle un lugar en el mapa. El Hotel de Inmigrantes fue, durante 42 años, el escenario de una hospitalidad calculada y sin embargo real: por sus pasillos pasó más de un millón de personas y el Estado argentino, el mismo que hoy levanta aranceles, entonces pagaba pasajes desde Génova y Vigo. La Ley Avellaneda de 1876 no era generosidad pura: era una maquinaria demográfica al servicio de un país que necesitaba brazos y además, sobre todo, que esos brazos fueran blancos. Alberdi lo había resumido con la crueldad limpia de las fórmulas que se vuelven destino: gobernar es poblar.

Poblar con quién, callaba la frase, y en ese silencio empezaba ya la herida.

Ciento catorce años después alguien baja de un micro en el barrio Liniers, cruza a pie un puente en la frontera con Bolivia y aterriza en Ezeiza con una valija y la dirección de un pariente anotada en un papel que ya se dobla y se desdobla tantas veces que empieza a romperse por donde más se lo quiso cuidar. No hay hotel. No hay oficina de colocación, no hay cama con cuero desinfectado esperando a nadie. Lo que hay, desde 2024, es un arancel: para la residencia, para el hospital público, para anotar a un hijo en la universidad. El decreto 584/2024 encareció los trámites migratorios con la misma lógica con que se sube el precio de una entrada cuando en el fondo se desea que el teatro se vacíe; el decreto 366, de mayo de 2025, le sumó un límite temporal a la espera, un reloj administrativo cuya alarma final es la expulsión. Es casi una inversión geométrica de la ecuación de 1876: donde hubo un Estado que salía a buscar gente a los puertos europeos, hay ahora un Estado que administra, arancel por arancel, la manera en que la gente se queda afuera de su propio deseo de quedarse.

Migrantes de la comunidad boliviana y paraguaya en la Villa 1-11-14, en el barrio Flores, en Buenos Aires.

Conviene, sin embargo, desconfiar de la nota fácil, esa que necesita una sociedad monstruosa para que la historia rime prolijamente. El censo de 2022 dice que la población extranjera en la Argentina se mantiene en 4,2%, casi igual que en 2010: no hay invasión, hay la sensación de una invasión, que es una criatura completamente distinta y mucho más argentina que cualquier estadística. La encuesta Voices!/UADE de 2023 medía 66% de opinión positiva hacia los migrantes y en el ranking global de preocupaciones de Ipsos de 2025 la inmigración ocupaba en el país el puesto 16 sobre 20, casi al final de la lista de fantasmas que nos inventamos para no mirar los reales. Lo que existe, entonces, no es una sociedad que odia en bloque, sino un aparato discursivo —gubernamental, mediático— que arma el odio como quien monta una escenografía y que lo hace, como siempre, justo cuando la crisis necesita un cuerpo sobre el cual descargarse. En los noventa hubo dos oleadas parecidas. La xenofobia, en la Argentina, no es una convicción profunda: es un síntoma cíclico, y los síntomas, cuando se los mira de cerca y con algo de piedad, siempre delatan algo distinto de lo que dicen que delatan.

Los que llegan hoy —27% son paraguayos, 17,5% son bolivianos, 8,4% son venezolanos, según el mismo censo— tampoco son los mismos que llegaban en el barco. La corriente migratoria actual tiene, a diferencia de la europea de las primeras décadas del siglo XX, un predominio femenino: no es el hombre que viaja solo a hacer la América para que después se le una la familia, sino la mujer que viaja sola primero y que arrastra detrás de sí, como una cola de cometa, la posibilidad, siempre condicional, siempre amenazada, de una reunificación futura. Un estudio del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas dice que casi la mitad aspira a quedarse. Otro, del Instituto Interdisciplinario de Economía Política, dice que el salario informal puede valer menos de la mitad que el formal y que la costura y el servicio doméstico, oficios de manos de mujer, son los que concentran esa informalidad. Detrás de cada estadística hay una biografía que esta no sabe nombrar y que solo puede contarse despacio, con el cuidado de quien maneja algo que todavía respira.

Yo tengo una.

Migrantes de la comunidad boliviana y paraguaya en la Villa 1-11-14, en el barrio Flores, en Buenos Aires.

Un primer sueño

Delia Colque Quillca nació en Bolivia y llegó a la Argentina en 2005, a los 23 años, no por un proyecto sino por una fuga. Así lo cuenta ella:

—Mi papá era muy violento, muy machista. Sobre todo con mi mamá, y conmigo también: violencia física, violencia psicológica. Lo peor era que mi mamá siempre se llevaba la peor parte. La mandó dos veces al hospital y teníamos miedo de que terminara matándola. Un día llegué, vi lo que pasaba y me puse a discutir con mi papá. Ahí rompimos la relación padre-hija. Esa noche me echó de la casa. Yo le dije: «No, me voy, pero no porque vos quieras que me vaya. Me voy porque ya no quiero saber nada de esta casa».

Es la frase de alguien que todavía necesita creer que se está yendo por decisión propia y en ella está ya el primer sueño, el que dura menos de un día. Al siguiente la llama un tío, hermano de su madre, con una oferta que suena a salvación de manual:

—Me dijo: «Mirá, Delia, yo vuelvo a la Argentina, si querés podés trabajar conmigo, te voy a pagar en dólares, vas a ganar 300». Me decían: «No vas a gastar en techo, no vas a gastar en comida, no vas a gastar en pasajes, vas a poder ahorrar, vas a poder mandarle plata a tu familia». O sea, me pintaron todo muy lindo. Trescientos dólares. Hasta ese momento yo nunca había ganado ni 100, así que para mí era muchísimo.

Esa manera de pintarlo todo muy lindo tiene casi la misma cadencia con que en 1911 un cartel en un puerto europeo prometía tierra y trabajo a un campesino calabrés o gallego. El sueño migratorio no cambió de forma en un siglo: cambió de vendedor.

La estafa empezó en la frontera, antes incluso de pisar suelo argentino. El propio tío les sacó los documentos —a Delia y a otras chicas que viajaban con ella— con el argumento de que él se encargaría del trámite migratorio y ahí mismo, en ese cruce, los 300 dólares prometidos se convirtieron en 300 pesos, que ya no eran lo mismo ni de lejos. Delia lo cuenta sin adornos:

—Nos estafaron por completo. Llegamos a la frontera y nos hicieron bajar. No era solo yo, había otras chicas. Nos sacaron los documentos, nos dijeron que no se iban a encargar del trámite migratorio, que solo nos los devolvían para mostrarlos y después nos los volvían a sacar. Y ahí, en la frontera, nos dijeron: «Ay, chicas, no les vamos a pagar 300 dólares, les vamos a pagar 300 pesos». Antes el dólar y el peso valían lo mismo. Estábamos por cruzar y nos miramos entre nosotras y cada una dijo: «Bueno, no hay vuelta atrás, ya estamos acá, tampoco tenemos plata para volver». Lo primero fue una gran decepción. Ya el corazón roto, antes de cruzar la frontera siquiera.

Ese corazón roto antes de pisar suelo argentino es una llave que abre toda la herida. El sueño, en este relato, no se quiebra en el desengaño lento de la vida cotidiana en un país ajeno: se rompe en el umbral, en el segundo exacto en que el pie todavía no tocó la tierra prometida.

Delia Colque Quillca.

El pasaje y la estadía que no iban a pagar tuvieron que pagarlos. Aprender a usar las máquinas de coser también lo pagaron con el trabajo de meses. No fue trabajo, fue esclavitud dura y pura.

¿Escapar a dónde?

Lo que siguió tiene el nombre técnico «trata laboral» y el nombre cotidiano, doloroso en su literalidad, «esclavitud doméstica»: un taller textil en Gregorio de Laferrere, jornadas de siete de la mañana a nueve de la noche —a veces hasta las 11 o la una de la madrugada, según el castigo del día—, ningún día libre real porque el fin de semana se destinaba a limpiar la casa de los patrones, que eran, además, sus propios tíos, y los domingos a vender en la feria sin paga extra.

—No teníamos tiempo libre. El horario era de siete de la mañana, de lunes a viernes, y los sábados de siete a una. Ese era el trato. Pero los sábados, después del trabajo, teníamos que limpiar toda la casa de mi tía, lavar la ropa. Lo nuestro, nuestra ropa, lo hacíamos después de terminar todo eso. Y después ya no fue solo el sábado hasta el mediodía: trabajábamos todo el fin de semana, hasta las nueve de la noche, por el mismo sueldo. No es que nos aumentaran. Y los domingos nos llevaban por turnos a la feria, porque tenían su puesto. Las ferias empezaban de madrugada. Salíamos de casa a las tres de la mañana, volvíamos a las siete de la tarde, dormíamos un par de horas y otra vez a la máquina. Y no nos pagaban aparte por ir a vender. Encima terminaron acusándonos de robar plata. ¿Y de dónde íbamos a sacar esa plata si no íbamos a ningún lado? O sea, vivíamos en la misma casa donde estábamos encerradas.

La bienvenida ya había avisado de qué se trataba:

—Cuando bajamos de la camioneta de mi tío vino la familia de su pareja y uno de ellos dice: «Ah, sus nuevas esclavas». Lógicamente me molestó, pero yo no conocía a nadie, ni siquiera a mi propio tío, hacía años que no lo veía. La única confianza que tenía era que era hermano de mi mamá, que era un familiar.

La frase, dicha en un tono casi festivo, tiene la precisión fría de un diagnóstico. Y Delia sabe explicar por qué mujeres:

—Nos preguntábamos: pero ¿por qué mujeres? Porque las mujeres no se escapan, las mujeres no se pelean, no los enfrentan. Las mujeres son sumisas y calladas. Por eso preferían traer mujeres. Y mejor todavía si eran del campo y hablaban solo aimara, su lengua materna. Así les resulta mucho más fácil. Nosotras también éramos sumisas, pero no tanto, porque podíamos discutir. Yo ya era militante en la universidad, participaba en mi facultad, así que tenía otra mentalidad. Iba poniendo mis límites.

La sumisión, en la lógica de quien explota, se mide en grados de vulnerabilidad lingüística: cuantas menos palabras propias tiene alguien para nombrar lo que le pasa, menos posibilidades tiene de resistirlo. Un año exacto duró el encierro, con un intento de fuga fallido, el miedo a la Policía, el miedo a no tener documentos, el miedo a caer en algo peor, esa aritmética perversa de quien no tiene con qué comparar su propio dolor, y con un castigo posterior que estiró la jornada hasta las tres de la madrugada.

—¿De qué hablaban entre ustedes, las chicas? —De que queríamos escaparnos. Mis tíos siempre nos decían: «Si se van de acá sin documentos, la Policía las va a agarrar y las va a deportar». En ese momento ya estaba vigente la nueva Ley de Migraciones, la 25.871, pero nosotras no lo sabíamos, no teníamos la información. Así que nos escapamos con una de las chicas y estuvimos afuera todo el día. Pero con ese miedo: no teníamos documentos, no conocíamos a la gente, no conocíamos el lugar. Nos decíamos: «Si nos agarra la Policía o si vamos a caer en otro lugar peor, terminamos volviendo al taller». Cuando volvimos, la situación fue todavía más compleja. Nos castigaron: ya no trabajábamos hasta las nueve de la noche sino hasta las diez, las 11, las 12, la una, las dos, las tres de la mañana, hasta que nos decían que fuéramos a dormir. Y a las cinco empezábamos de nuevo.

Al cumplirse el año, el trato original también se cumplió: la devolvieron a Bolivia. Con la plata ahorrada, su familia había podido escapar de la casa paterna, y ese dato —que la fuga de Delia sirvió, después de todo, para algo, aunque el costo haya sido un año entero de vida robada— es quizás el único lugar de la historia en que el sueño, aunque mutilado, alcanza a cumplir una función.

—Mi mamá ya estaba mejor. A los tres meses empecé a mandar plata y toda mi familia se fue de la casa. Desde ahí empecé a pagar el alquiler. Mi intención era juntar plata y mandársela a mi familia, y por suerte pude. Uno de mis hermanos tuvo un accidente, otro tuvo otro accidente, y aunque yo podía ahorrar, terminé mandándoles el dinero a ellos.

Delia quiso quedarse en la Argentina y no la dejaron; volvió a Bolivia un mes y regresó de todos modos a Argentina, esta vez por sus propios medios, a probar de nuevo, esta vez con otros parientes, esta vez sin promesa de dólares y, sobre todo, a pesar de los sueños rotos del primer viaje. Hizo cursos de locución y de periodismo —no la carrera universitaria de Comunicación Social que ella misma había dejado en La Paz para ponerse a trabajar—, porque el estudio, en su casa, ya había sido un territorio en disputa.

—¿Tu papá tenía con tus hermanos la misma relación que con vos?

—No tanto... Bueno, sí, había privilegios. A mí me sacó del colegio. Me decía: «Sos mujer, ¿para qué vas a seguir estudiando?». Yo seguí por mi cuenta. Por suerte mi mamá me aseguraba el techo y la comida, pero todo lo demás corría por mi cuenta. Trabajo desde los 12 años, desde chiquita. Soy muy independiente.

Muchachos bolivianos esperando entrar a una obra en construcción en el barrio San Cristóbal de Buenos Aires.

La comunidad como salida

En un centro educativo poblado mayoritariamente de bolivianos Delia encontró algo que se parece bastante a lo único que puede efectivamente reparar un sueño roto: no la reparación del sueño original, sino la construcción paciente de otro, colectivo, con nombre propio: Simbiosis Cultural, también la editorial Retazos, el programa de radio La gran mentira, un título que es, en sí mismo, una lectura crítica lúcida y hasta tierna de la experiencia migratoria, el espacio de video Ojo bolita, el diario que ella no eligió bautizar pero que igual sostuvo con sus propias manos. De la explotación textil no salió una fuga individual: salió una comunidad entera.

—Empecé a estudiar en un centro educativo donde la mayoría éramos bolivianos. Ahí conocí a gente que vino a apoyarme y nos apoyamos entre varios jóvenes, sobre todo con la directora. Creo que eso me ayudó muchísimo. De ahí me vino la idea de empezar a hacer cosas y denunciar este tipo de abusos hacia las costureras bolivianas. Y entre nosotras armamos una red para poder salir de esa forma de trabajo, para conseguir lugares donde nos pagaran mejor y, de a poco, mejorar nuestra situación.

Delia habla con firmeza, con conocimiento, sin victimizarse. Es una mujer íntegra, segura de sí misma y sus convicciones. Es hija y es madre. Una leona, dirán. Y como tal, una feminista militante.

Pero tengamos en cuenta el momento actual argentino: desde el gobierno se ha legitimado el odio al diferente, al que no es un par, y la violencia se ha desatado. Pero tampoco es nueva la xenofobia en este país.

—«Bolita de mierda» me gritaban por las calles de Laferrere —dirá Delia en un momento.

Y sin embargo la discriminación no desapareció con las organizaciones: siguió, con nombre y apellido de institución pública.

—Viví varias situaciones de discriminación, racismo y xenofobia. Estaba embarazada y en el hospital, en la admisión, me dijeron: «Acá no la podemos atender porque no tiene DNI». Yo dije: «Sí, me pueden atender». Pero la otra no quiso, porque no quería. Fueron varias veces ese tipo de situaciones. Por suerte mi pareja tenía obra social; hicimos el certificado de convivencia y eso me dio la posibilidad de tener la suya.

La obra social de quien fuera su pareja terminó salvando lo que el sistema público le negó. Hoy Delia tiene un hijo de 17 años, nacido acá, y sigue trabajando en costura.

—Sigo trabajando en costura. La verdad es que estamos pasando un momento muy malo. El textil es uno de los sectores más golpeados.

Milita en la colectiva feminista Ni Una Migrante Menos, en Migrantada en Acción y en Tejido Migrante, la red más amplia, que organiza el festival Dignidad Migrante. Antes de todo esto, también fue parte del Bloque de Trabajadorxs Migrantes.

—Sigo acá resistiendo por mi hijo —dice, y la frase cierra, con una ternura que nadie hubiera podido calcular desde un escritorio, el círculo abierto en 1911: la hospitalidad que el Estado le negó Delia se la construyó a pulso, con otras mujeres migrantes, por fuera del Estado y a pesar de él. Ahí, exactamente ahí, en ese gesto minúsculo y enorme de sostenerse entre mujeres, está quizás la única forma de hospitalidad que no depende de ningún decreto.

Entre el edificio de azulejos blancos del puerto y el taller clandestino de Laferrere hay 114 años y existe, sobre todo, una misma estructura que vuelve disfrazada cada vez: alguien promete un país que recibe y el país que efectivamente aparece, ayer con oficinas de trabajo gratuitas, hoy con aranceles y decretos de expulsión, nunca termina de coincidir con la promesa. La diferencia no está en la intensidad de la ilusión, que es siempre la misma, del mismo tamaño exacto en cada época; está en quién administra el desengaño: antes lo administraba un Estado que al menos fingía que quería poblar; hoy lo administran, cada vez más, el mercado informal, la trata, la letra chica de un decreto que fija plazos para expulsar a quien todavía está haciendo la fila con la valija en la mano y la dirección de un pariente en un papel que se rompe de tanto doblarse.

El sueño argentino no murió: cambió de dueño, y el nuevo dueño cobra entrada. Pero también, en algún lugar de Laferrere, alguien sigue resistiendo por su hijo, y eso —contra todos los decretos— todavía no tiene precio.

Lala Toutonian (Buenos Aires, 1970) es periodista cultural, gestora, escritora, traductora y editora especializada en rock y sus subgéneros. Además milita por el reconocimiento del genocidio armenio.

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