Una nieta descubre que su abuela tiene un cuarto secreto. La abuela vive en Melo, pero cuando viene a verla a Montevideo, se queda en un apartamento. Ese apartamento tiene dos baños. En uno de esos baños hay una puerta oculta. Si encontrás la puerta y la abrís, entrás. Adentro hay ropa, zapatos, cosas. «Como si fuese un vestidor del tamaño de un cuarto». Ahí es donde la abuela guarda sus secretos. Las cosas que nunca le mostró a nadie más de la familia. Y la nieta los está descubriendo.

La nieta se despierta. Pasa el tiempo. En otro sueño, vuelve al apartamento donde se queda su abuela. Vuelve a entrar al baño de la puerta oculta. La encuentra, la abre y entra otra vez al cuarto secreto. Mira y toca los secretos de su abuela una vez más. Se da cuenta de que algo no le cierra y se pregunta si ese cuarto existe. No sabe si existe pero sí sabe que ha estado varias veces en ese lugar.

Se despierta de vuelta. Entreabre los ojos y se pregunta lo mismo que se preguntó en el sueño: ¿ese cuarto existe? ¿Los secretos de la abuela existen? ¿Conoce una forma de conocerlos o la inventó con la imaginación mientras dormía? ¿Soñar varias veces con el mismo lugar es una forma de recordar?

«A mí me pasa eso de querer entender y hay veces que eso demora. Hay veces que demora en llegar ese entendimiento. Y lo que hay antes del entendimiento es una madeja de cosas que suceden a la vez».

Eso dice Camila Ferrari una tarde de setiembre en su casa, en Cordón, mientras toma un té de rooibos, después de contar su sueño recurrente. Está atardeciendo. Dice que no toma mate ni café de noche porque si no, no duerme. Viene de un ensayo teatral.

Este año, además de estar grabando su segundo disco, está haciendo algo que nunca antes había hecho: actuar. Va a estrenar una obra en octubre, en la Sala Verdi, en la que actúa y canta algunas canciones de sus discos anteriores y otras nuevas. La obra se llama Mi amiga fantasma. Ahí Camila cuenta que hace 15 años, cuando tenía 20, invocó una fantasma que se quedó a vivir en su casa y se volvió su mejor amiga. Pero la fantasma no crece y ella sí fue creciendo. Y ahora, con 35, siente que tiene que soltarla, devolverla al vacío. Pero soltarla no es tan fácil, porque la ama. Lo que el espectador va a ver en la obra es el proceso musical desde el que la suelta.

Dice que se animó a hacer teatro porque le gusta salir de su zona de confort y poner el cuerpo en desafíos difíciles. Dice que está aprendiendo mucho con la repetición porque los músicos no repiten tantas veces lo mismo cuando ensayan. Dice que hacer canciones para el espectáculo le mostró una manera nueva de componer, porque nunca antes había hecho canciones a partir de palabras que ya sabía que iba a usar.

«Por ejemplo, para la canción de Mi amiga fantasma sabía que quería tener una referencia a la bicicleta, otra a los ojos de Clari, la otra actriz, que me encantan; también quería referirme de alguna manera a los retiros creativos que hicimos con el equipo, entonces aparecen las acacias. Sabía ciertos conceptos que quería que estuvieran. Y ahí los metés en una licuadora y empiezan a decir cosas. No sé cómo hago, pero en algún momento toma forma».

Maneras de decirse algo

Para Camila componer canciones tiene una parte onírica y una racional. Entiende la parte onírica como una suerte de invocación. Dice que es como decirse a sí misma: «“Si pienso en estas cosas, ¿qué invoco?, ¿qué frases me salen?”. Y después hay un pulido más. Las armonías se re piensan, las progresiones de acordes se deciden».

Mientras dice esto, el sol está cayendo. Entrecierra los ojos, que se hacen todavía más chicos detrás de los lentes gruesos. «Soñar sería como ese primer vómito, esa primera exhalación de canción. Una cosa sin mucho pienso, sin mucha forma. A veces queda así, pero a veces es necesario darle cierta forma, cierta estructura, para que también pueda dialogar con otras personas». Entonces hace una pausa, suspira y mira por la ventana, como si quisiera pensar más lento: «No sé, estoy pensando en varias cosas a la vez. A veces ese primer borrador de canción no tiene ningún sentido, pero sí, ¿no? Hay cosas re lindas que salen de eso que también se abre a que cualquiera le pueda dar la interpretación que le parezca. Cuando quedan más parecidas a ese primer impulso, en general son canciones más abiertas. Después hay otro proceso que es de pulir, de pensar, de revisar la letra. Eso está bueno porque te permite construir estructuras». Le da un sorbo al té y sigue: «Como que en principio veo estas dos maneras de componer, que es una más onírica y otra mucho más racional, pero cuando estás componiendo siempre se mezclan en algún momento las dos. El sueño es el primer impulso, después tratar de darle forma a eso es una manera de entenderse más a una misma. En algunos momentos, durante el proceso, escribís y componés cosas que son una bosta. Por eso no he podido componer tan libremente como cuando estoy sola».

Para ella, los sueños también son maneras de decirse algo. Cree que por eso sueña más cuando tiene miedo o se siente en una encrucijada. Sospecha que cuando estamos más ordenados soñamos menos. Y cuenta que intenta grabar y escribir lo que sueña, porque le sirve para hacer música.

«Hace poco soñé con una canción y es una canción que va a ir en mi disco. Fue la primera vez que me pasó. Ya me había pasado varias veces de soñar con canciones y en el sueño decir “qué temazo” y no acordarme cuando me despierto. O me despierto, la grabo en el teléfono y un par de horas después la escucho y digo “esto es una cagada”. Pero esta vez me pasó que me desperté con algo pegado, lo grabé y después estuve todo el día con eso sonando en la cabeza y me gustó, entonces ese mismo día lo hice canción». El tema se llama «Rayo verde» y va a salir en su disco nuevo, en marzo o abril del año que viene.

De los bordes, el disco de 2022, también tiene muchas canciones que suenan oníricas, y termina con una que se llama «Sueño gris». Esa canción empieza con un audio confuso en el que se escucha respiración, una puerta que se abre, un saxofón que parece llegar a través de una radio lejana; se la escucha a ella tararear a lo lejos algo parecido a lo que después va a ser la canción, se siente el rugido metálico suave del roce de las manos en el mástil de la guitarra y recién a los 28 segundos aparece su voz en primer plano cantando «sueño gris, no se ve. Tú y yo, otra vez». Al final hay otro tarareo y luego una exhalación, un hilo de aire saliendo del cuerpo, y no se sabe si la canción es circular, si empezó por el final y en realidad terminará donde empieza. Es un procedimiento que hace sentido con la manera en que comienza el disco. La primera canción se llama «Un final» y arranca como si la hubieras agarrado por la mitad. Y también tiene una canción que se llama «La mitad», pero no está a la mitad del disco, es la anteúltima, antes de «Sueño gris». En esa canta «la mitad es aire que no tengo y que busco con mil ansias de sanar [...]. Me traigo el canto aquí en mi pecho, para desarmarme así en canción».

Foto del artículo 'Canción pregunta'

Escuchar a Camila Ferrari tiene algo de déjà vu, de esa sensación extraña de estar viviendo algo y creer que ya lo viviste aunque no te des cuenta de cuándo. Parecido a lo que cuenta que le pasó en el sueño sobre el cuarto secreto de su abuela. Lo soñó más de una vez y por eso mientras sueña a veces siente que recuerda.

«En realidad soñé con la melodía de “Rayo verde”. Cuando sueño, sueño melodías. Después les pongo letra y acordes. Y también la parte de la letra por momentos viene más asociada a lo onírico, porque son cosas más fonéticas, no tanto palabras. Son más como fonemas. Capaz que uno de esos sí es una palabra y si me gusta, me quedo con eso y trato de construir algo alrededor. Me cuesta abandonar los fonemas después cuando hago la letra; a veces no entran en la rima o la oración y me cuesta muchísimo cambiar algo a i para que rime si cuando lo soñé terminaba en a, por eso a veces quedan así».

Aguantate la tensión

Lo que Camila encuentra en común entre la música y los sueños es que ambos dejan aparecer una forma de pensamiento y emoción que no necesita pasar primero por el concepto. Y que casi siempre desborda el concepto también después. «Está mezclado todo, lo racional, lo emocional, lo sensible», dice Camila. «Como que te vas haciendo terreno en una cosa que no sabés bien qué es».

Para intentar explicarlo de una manera más técnica, acude a lo que entiende que son los tres componentes de la composición: la armonía, la melodía y la letra. «A veces se retroalimentan entre sí. Una progresión armónica, o sea, un conjunto de acordes, puede inspirar determinada melodía. Esa melodía, por cómo es, inspira determinados fonemas que después se transforman en palabras. Y después el significado de esas palabras quizás transforma la melodía o la armonía. Son como tres actores que se intercomunican entre ellos».

Ante la pregunta de por qué sus primeras canciones suenan abiertas y fragmentadas, pareciera que arrancan empezadas o se desvanecen antes de acabar, Camila tiene una respuesta racional: «Hay una cosa que para mí es muy clara de la música, que no hay que saber de teoría o entender de armonía para percibirlo, que tiene que ver con la tonalidad. Hay acordes en los que uno siente que llega a un final, hay una conclusión de algo o hay como cierta gravedad alrededor de ese acorde. Muchas de las canciones de mi primer disco no terminan en esos acordes, terminan en otros, y por eso se siente que no tienen un final muy concluyente. Yo las hice así sin saber, no había estudiado armonía todavía, no fue que intencionalmente quise que terminaran así, pero sí, muchas de mis canciones terminan en esos tipos de acordes más abiertos, que son finales más abiertos en cierta manera».

Entonces sonríe. Algo se ablanda en su cara, aparece otra inocencia. «Esos acordes te dan ganas de resolver, se genera una tensión que te da ganas de resolver, y para mí terminarlo ahí es como decir: “Aguantate la tensión”. ¿Cuántas cosas no se resuelven en la vida? Para mí son canciones pregunta. No te están diciendo algo, más bien te están diciendo: “¿Y esto para dónde va?”. Eso me gusta».

El sueño era estar bien

«En todos esos primeros trabajos hay mucha cosa abierta, y sí, fue una cosa mucho más onírica ahora que pienso. Fue como “esto salió así”. Su belleza es esa, la de la crudeza que no pasó por tanta racionalidad. No pienso que lo que estoy haciendo ahora es mejor, pero sí que me gusta más en este momento de mi vida. Cuando hice esos primeros temas estaba en una crisis existencial».

Además de cantante, Camila Ferrari es ingeniera química y trabajó muchos años de eso a horario completo, poniendo la música en segundo plano porque creía que su profesión le iba a dar mayor seguridad. Cuando estaba acercándose a los 30 años empezó a sentir que la seguridad económica no era lo que más le importaba, se separó de su pareja del momento y tomó la decisión de poner la música en el centro. Y entonces, la pandemia. Su primer EP, Caer (2021) y De los bordes (2022) surgen en ese contexto: el de una crisis existencial personal ocurriendo al mismo tiempo que una crisis sanitaria y social generalizada.

Foto del artículo 'Canción pregunta'

«Si bien cuando compuse esos temas como que ya había pasado la cresta de la ola de la crisis, después de las crisis siempre viene un vacío, ¿no? En mi experiencia, por lo menos, después de los momentos más críticos, las cosas se ordenan y tomás las decisiones que tenés que tomar, pero no es que la vida es increíble y todo fluye. Ese vacío es como un momento para encontrarse con una misma. De rearmar. Después de estar tantos años peleando contra algo que no era, no se acomoda todo de un día para el otro. Esos temas los compuse en ese vacío. Igual creo que si salieron es porque también había cierta tranquilidad en lo profundo de mi ser. Desde ahí pudo salir todo esto».

La diferencia entre el presente y ese momento la hace pensar en la forma distinta en que está componiendo. «El disco este que estoy haciendo ahora tiene mucha más estructura. Me divertía también embarcarme en una cosa así, que tenga un poco la fuerza de la repetición que estoy descubriendo en el teatro también. Me gusta que venga un verso, después un puente, después un estribillo, que después se repite con otra impronta. Dentro de esos límites surgen otras maravillas».

Sus primeras canciones salían de una crisis. Las nuevas traen otra fuerza, otra seguridad. «Yo creo que este disco surgió más desde una certeza», dice terminando el té. «Como desde otro momento de mi vida, más adulta, más segura de lo que estoy haciendo. Un poco más segura por lo menos. Bastante más certeza de lo que estoy haciendo con mi vida, poniendo las prioridades en su lugar, entender más para qué hago todo esto».

Cuando trabajaba de ingeniera química, pensar en poner la música en el centro de su vida no era como un sueño. «El sueño era estar bien, tener una vida tranquila y un sistema nervioso equilibrado», dice. La música nunca fue un fin, siempre fue el medio.

Cómo canto yo

Componer puede parecerse a soñar, pero cantar no. Para Camila Ferrari se parece más bien a meditar. «Cuando estoy cantando como que no estoy pensando, es como estar meditando; nunca pude meditar mucho pero siento que se parece, como vaciar tu mente de pensamientos intrusivos por un momento».

Y ante la pregunta de qué siente en el cuerpo cuando canta, habla de placer. «Me da mucho placer generar un sonido que me guste. No sé por qué es. He pensado mucho en por qué me genera tanto placer cantar. Pienso que no puede ser que me guste tanto escucharme a mí misma, no se puede reducir a eso. Es una sensación física muy placentera. Esa sensación física me trae mucho al presente».

Aunque no haya pensamiento con lenguaje, sí hay pensamiento del cuerpo al cantar. Eso para Camila es otra diferencia entre el canto y el sueño. «Cuando estamos soñando no hay mucho control sobre lo que está sucediendo; cuando estoy cantando, si bien estoy tranquila porque hay mucho hábito construido, sí estoy controlando a dónde quiero que vaya mi voz, qué cosas quiero que haga. De hecho, cuando siento mayor placer en el cuerpo es cuando la comunicación entre las ideas que se me ocurren en el cerebro de lo que quiero cantar y lo que efectivamente estoy cantando están totalmente alineadas. El placer viene de poder hacer lo que quiero, de poder cantar como quiero cantar».

Cantar, como meditar, no es un trance pasivo, es un acto de atención. Y el entrenamiento de hacerlo asiduamente puede ser también una forma de conocimiento. «La gente piensa que cantar es como algo que pasa, pero hay mucho laburo previo y una tiene que aprender a manejar su instrumento», dice Camila y hace una salvedad: «Hay un entrenamiento técnico, pero la técnica vocal rígida no tiene tanto sentido para mí. ¿Cómo algo puede ser de una sola manera? Habiendo tantos cuerpos, tantas emociones, tantas edades distintas. Las personas son distintas entre ellas».

Reflexionar sobre la voz al cantar la lleva a pensar en la intimidad. «La voz es algo tan íntimo, tan parte de tu cuerpo, tiene tanto que ver con cómo te expresás. Yo no quiero cantar parecido a algo. Quiero encontrar mi voz, ir escuchando cómo va cambiando con el tiempo, con lo que me pasa. Fui influenciada por muchas cantantes muy distintas, para mí la pregunta es “¿cómo canto yo?”. Suena cursi, pero eso es lo que me gusta de cantar, preguntarme cómo canto yo».

Para Camila, la técnica es una herramienta para recuperar la inocencia. Y encontrar una forma propia de cantar no es un regodeo autorreferencial, sino una buena manera de comunicarse con los demás. Como si el vínculo genuino con el otro que escucha se encontrara desde la honestidad de lo que te hace sentir cómodo. «También es confiar en el interior propio, decir “no me siento bien cantando así y así sí me siento bien”. Yo no estoy tan interesada en una técnica rígida, sino más en cantar cómoda. El canto tiene que ser algo que te sea cómodo, no tiene que ser un esfuerzo, una cosa que moleste. Lo que es importante es escucharse grabada, para escuchar cómo te escuchan los demás, porque nosotros nos escuchamos también por adentro de nuestro oído. Entonces, si queremos cantar, tenemos que ser conscientes de lo que se está escuchando para afuera. A veces es distinto a lo que uno siente».

Foto del artículo 'Canción pregunta'

Ya es de noche en Cordón y la conversación deriva en una cita de Leda Valladares, la musicóloga autora de «Cantando las raíces», que dice: «Cantar no es gobernar un caudal aéreo o melódico. Es algo profuso y subterráneo. Caer en concavidades desconocidas y volver a la superficie con fuegos y metales, con picos y planicies, con savias y arenas».

Al escuchar la cita, Camila exhala. Suspira. Como si en ella el aire expresara todavía antes de ser palabra. «En esos momentos de cantar como quiero, se alinean los astros y todo acontece. Se me suspende el tiempo. Hay algo del éter. No hay imágenes, no hay pensamientos. Cada gramo de mi ser está como puesto ahí en ese sonido. Y vuelvo con esa paz. Con el placer de haber podido estar así».

Más cerca de lo que pensamos

La música de Camila Ferrari se parece a los sueños porque construye acontecimientos que desbordan el lenguaje. Se demora en las sílabas, desborda de aire las vocales, hace vibrar de una manera muy singular el roce de la lengua en el paladar en las consonantes. Sus canciones pregunta generan una desorientación amable que tiene que ver con la impredecibilidad. No poder predecir lo que va a venir funciona como una invitación a conectar con el deseo.

«A mí a la hora de hacer melodías me gusta mucho jugar con lo impredecible, que el cerebro no pueda anticipar tanto dónde va a caer la melodía. Hay algo de lo experimental que invita a abrirse de otra manera para escucharlo. La música más mainstream genera esa cosa conclusiva. Al experimentar, el viaje está en generar otra sensación, como esas películas raras que no tenés claro qué sentís después de verlas; no es que quedaste “contenta” o “triste”, a veces ves algo y simplemente te deja confundida. Me gusta que pueda pasar eso con la música. Esa confusión puede ser una suspensión de lo conocido para conectar con vos misma de otra forma».

Entonces, hacia el final de la conversación sobre la música y los sueños, Camila se permite soñar: «Me gustaría seguir siendo bastante parecida a lo que soy ahora y que me vaya mejor en lo que hago, por una cuestión de tranquilidad mental en cuanto a lo económico».

Cierra los ojos unos segundos y los vuelve a abrir sonriendo: «Mi sueño es un día hacer un Teatro Solís con mis canciones».

Y porque los sueños también son un ejercicio colectivo, continúa soñándose en comunidad. «Y me gustaría soñar con un mundo con bastante más empatía que el de ahora. Más empatía con los niños, que están ahí, viviendo situaciones que alimentan su manera de ser y ver el mundo. Más empatía entre todos. Yo entiendo que como uruguaya me es difícil ponerme en el lugar de otra persona en otro continente, en otro territorio, pero trato de ejercitarlo. Es difícil siendo varón ponerse en el lugar de una mujer, pero hacer el ejercicio está bueno. Estamos más cerca de lo que pensamos».

Gustavo Kreiman (Córdoba, 1991) escribe y hace teatro. Sus últimos trabajos como director y dramaturgo fueron El plan de las plantas y Díptico de los padres. Como periodista cultural entrevista a artistas y gestores. Ideó y conduce el programa Atardecer naranja, en el que conversa sobre procesos creativos con diversos referentes culturales.