«El análisis no es solo cuestión de palabras, olvido de nombres y lapsus. La sensación irrumpe allí como elemento no narrativo: un permanente olor a pastelitos quemados o a humo de tabaco al despertar de un sueño recurrente», sostiene el psicoanalista Marcelo Real en su tesis doctoral, Micropolíticas de la sensación. Análisis de lo inconsciente y psicodelia, pronta para entrar en imprenta en su traducción al francés.
A las nueve de la noche de un viernes, el doctor en Filosofía por la Universidad de París 8 y doctor en Psicología por la Universidad de la República nos pregunta: «¿Pongo algo de música?».
En su doble condición de anfitrión y DJ amante de la electrónica, elige una playlist en su computadora que mezcla ritmos maquinables amables y vibras del reggae.
Su mesa ratona está ocupada casi por completo por una edición enorme de Alicia, de Lewis Carroll, que incluye los dibujos originales de los dos libros: Alicia en el País de las Maravillas y Alicia a través del espejo. «Este otro lo descubrí de casualidad en una librería en un viaje a Córdoba», dice y señala Las visiones, del argentino Ezequiel Black. La textura de la tapa imita el terciopelo y el interior, que tiene por completo fascinado a su dueño, es una explosión de colores y formas libres recopiladas como el cuaderno de viajes de su autor, alimentado durante «una década de ceremonias con plantas sagradas en diferentes regiones de América Latina».
Un búho, tres dados y una tortuga de idéntico tamaño adornan una biblioteca en la que también resaltan dos imágenes de William Burroughs. En una de ellas el escritor estadounidense es una convincente silueta dibujada y en la más conocida, perteneciente a El hombre invisible, reposa sobre una manta a cuadros.
«Para mí William Burroughs es alguien clave en muchos aspectos e influyó en la investigación sobre la sensación que luego derivó en mi tesis de doctorado», cuenta sobre un tema que lo obsesiona desde hace más de una década.
¿Cuándo descubriste a Burroughs?
Estaba laburando en un centro de rehabilitación de drogodependencia, justo antes de graduarme, y no sé cómo llegó a mis manos pero empecé a leerlo. Fue con Junkie, su primer libro, y hablaba de lo que él llama «el virus de la droga». Construye toda una teoría general sobre lo que se podría traducir como «falopa». Y en ese sentido, el de concebir la droga como virus, dice que ese virus te toma por completo y te hace saber lo que no querés. O sea, ya no se trata de la sustancia. Hay toda una cosa alrededor: palabras, instituciones, discursos de la calle. Y una de las cosas más interesantes que plantea es que ese discurso propio de una falopa es tan potente que no es necesario drogarse para alcanzar los efectos de la sustancia. Por ejemplo, alguien que está en rehabilitación por cocaína puede empezar a decir «cómo pega tal cosa» y de golpe comienza a sentir lo mismo que si hubiera inhalado. Por eso en muchas instituciones de rehabilitación se prohíbe el uso de esa jerga propia de la droga, porque arrancás por expresar algo de lo que sentís y podés llegar a decir cualquier cosa que ni siquiera te imaginabas. Por ahí llegué a esta cuestión de la sensación, porque me di cuenta de toda la dimensión sensible que está en juego en todas esas experiencias.
En Micropolíticas de la sensación. Análisis de lo inconsciente y psicodelia, una de las cosas que decís es que con los sueños, además de interpretarlos con el objetivo de buscarles un significado, se puede hacer mucho más.
Claro. Se dice que a Sigmund Freud en La interpretación de los sueños se lo lee al revés. Supongamos que alguien sueña con un paraguas. Siguiendo esa línea clásica de qué significa esa imagen, la interpretación más burda es que el paraguas tiene forma de falo. Y por ahí no tiene nada que ver con lo fálico. Eso puede estar o no, pero no funciona así. Hay algo sensible alrededor del sueño. Antes de dormir uno siente cosas. Todo se enrarece una vez que cae la noche. «El sueño alucina», dice Freud. Pero no es algo que sale de un espejo, estás dentro de ese mundo. Por eso estoy releyendo Alicia en esa clave de lo sensible, del sentido, pero no desde la significación. Hay un texto de Gilles Deleuze, Lógica de sentido, editado a fines de los sesenta, que resulta fundamental. Muchos han tomado la lectura de Alicia por esta vía. Lewis Carroll era un matemático, un lógico, venía de ese lugar. Sin embargo, escribe esa historia para niños e inventa un universo con una lógica muy particular y que rompe con la lógica habitual. El sentido y el sinsentido ahora conviven. Esa línea fue muy fuerte en los sesenta y tuvo sus efectos, digamos, incluso a través de lecturas de Freud y Jacques Lacan, y en el sueño pasa lo mismo. Lewis Carroll juega con eso. Alicia se queda dormida y cae en esa madriguera y cambia todo y empieza otra cosa. Fijate el sentido y el sinsentido de las palabras en el poema «Jabberwocky». Al principio es inentendible y en un momento dice: «¡Cuidado». En esa época se jugaba mucho con el sinsentido. Ese poema aparece en Alicia a través del espejo, cuando vuelve a entrar en ese mundo y todo funciona al revés. En nuestro mundo también todo funciona al revés, pero imaginate el horror de Alicia al encontrarse con ese monstruo, el Jabberwocky.
Una de las cosas que rescatás de la obra de Freud es cuando dice que en el sueño el miedo es real.
Dice Freud, citando a Salomon Stricker, que cuando soñás que te roban, los ladrones son imaginarios, pero el miedo es real. O sea, se siente miedo, y esa es una sensación muy fuerte. En Freud hay todo un plano de su obra que tal vez sea el más difundido, aquello del sueño conectado a un deseo reprimido. ¿Y cómo se interpreta eso? Supongamos que alguien sueña con un ser querido que falleció. Una cosa es cuando la persona se despierta con angustia por ese sueño y otra, si no sintió nada en particular. O sea, se interpreta de manera diferente. Y eso es un dato, porque lo sensible cambia todo. El sueño puede generar risa, terror, dolor o nada. Es un dato más del sueño. El sentido va a cambiar de acuerdo con lo que se sienta.
Entiendo que una de las cosas que planteás es que expresar en palabras eso que sentiste durante un sueño, con determinada profundidad y desde determinado lugar, puede transformar esa angustia en algo parecido a una sanación, pero desde otro lugar distinto al de la interpretación.
Hoy en día es un ejercicio de la sensibilidad, un ejercicio de la sensación. No se trata solamente de generar un nuevo sentido a tu vida o nuevas significaciones. Lo que viviste lo resignificás gracias a que lo ponés en palabras. Pero, además, tus sensaciones se pueden ampliar; tu campo de sensibilidad en realidad. Hay gente que lo consigue a través de drogas, como amplificadoras de la sensibilidad, pero también está el análisis y hay muchos otros caminos. El tema de las sensaciones es tan groso que incluso Freud, que arma todo ese edificio argumental sobre la interpretación de los sueños, dice que lo que no puede explicar es la sensación de angustia. Y sigue siendo un enigma.
¿Se siente distinto cuando soñamos, se siente igual que cuando estamos despiertos?
Cuando soñamos no solo se sienten cosas, sino que cambian las condiciones en las cuales se sienten. No se siente algo, una cosa u otra cosa. Se siente de forma diferente. Y eso es lo que a mí me interesa hoy en día. Como te decía, hay distintas formas de aproximarse a esa manera de sentir: el análisis es una de ellas, la experiencia onírica es otra, y también hay que pensar en el arte, la escritura y la experiencia psicodélica. En los sueños, la manera, la forma de sentir cambia, y eso es lo más potente.
Solo el hecho de saber que vas a soñar de antemano te puede asustar.
Dormir puede ser un drama. No solo para los niños, también para los adultos. Genera muchas cosas y a veces se evita, o se tienen que hacer mil cosas para poder dormir: tomar esto y lo otro, hacer esto y lo otro, estar en compañía o en soledad, en un lado o en el otro, hasta poder conciliar el sueño. Vuelvo a mi experiencia en el centro de rehabilitación. Alguien me decía que cuando consumía una determinada droga sentía como si estuviera escuchando lo que pasaba a su alrededor pero debajo del agua, y lo mismo puede pasar en un sueño. O podés sentir esa sensación en vigilia sin consumir nada.
Con una música.
Sí, claro. Con la vida. De repente ves una arañita en una pared, enloquecés y empezás a sentir millones de cosas. Como te decía, en muchas experiencias de rehabilitación de drogodependencia, por ejemplo, se intenta controlar que nada se desborde: «No hables así, no hablas asá, porque la cosa se puede disparar».
En los ochenta, Deleuze escribe otro libro fundamental: Lógica de la sensación, y esa lógica también rompe con la lógica habitual. Aclaro: con la lógica habitual me refiero a la que tenemos aprendida, por ejemplo, en relación con la identidad: «Yo soy yo y vos sos vos, sin dudas. Esto es una taza y yo soy otra cosa».
En el sueño todo eso se rompe, pero lo importante es que no sucede solamente en la vida onírica; sucede en la vida misma. Lo que pasa es que hacemos como si eso no existiera. En un sueño te podés ver a vos mismo desde otra perspectiva y podés ser dos cosas al mismo tiempo. Y también pasa en la vida real, cuando consumís algo, y en una sala de operaciones. Alguien se ve desde arriba en una cirugía y puede suceder así de la nada. Se rompen el principio de no contradicción y del tercero excluido, eso de que algo no puede ser al mismo tiempo una cosa o la otra desaparece. Y por eso el sentido no es lineal.
Y decís que lo mismo rige para las sensaciones en un sueño. Hablás de diferentes intensidades.
Claro. Porque solemos pensar, por ejemplo, que el placer es lo opuesto al displacer o al malestar o el dolor. Y, sin embargo, a veces es indiscernible.
En el sexo, el sueño y en muchas experiencias, se llega a un grado de intensidad que en un momento decís: «¿Qué es esto? ¿Es placer? ¿Es dolor? ¿Está bien? ¿Está mal? ¿Qué miércoles es?». Te puede generar placer que te peguen con un palo y, por alguna razón, te puede dar asco el aroma de un perfume que se supone que es de los mejores del mundo. Todo eso funciona de otra manera durante el sueño.
Algunos dicen que ansiolíticos como el alprazolam modifican la forma de soñar. ¿Qué visión tenés sobre eso?
En toda esa experiencia farmacológica hay una paradoja muy fuerte. Lo mismo puede ser un veneno y un remedio a la vez. Esos dos planos para mí son fundamentales, porque el alprazolam funciona en los dos registros: en el del sentido y en el de la sensación. Y en esos dos registros puede ser remedio y veneno a la vez. Te puede anestesiar o te puede despertar. Por eso se experimenta tanto con los psicofármacos, como con cualquier droga. De repente te fumás algo y te morís de la risa o te viene una persecuta, y la droga puede ser la misma.
Siguiendo tu razonamiento, de alguna forma decís que la posibilidad de ampliar el campo sensorial puede convenir.
Hay peligros y riesgos en todo esto, porque las experiencias de máxima intensidad son una oportunidad para dar un vuelco, un giro, para hacer un clic. Pueden salir muy mal o muy bien. En un sueño también puede haber una oportunidad, en una pesadilla, en un sueño recurrente. El análisis puede ser un puntapié para una posible modificación de la sensibilidad. Yo le digo así. En determinado momento algo que irrumpe. Y aunque sea de una intensidad máxima que trastoca la vida y te arruina, puede ser una oportunidad. Hay alguien que usa la imagen de un pájaro que te picotea la ventana. Es como una posibilidad de transformación, digamos así, de mutación subjetiva, de mutación sensible. Pero hay que bancársela, ¿no?
¿No es para cualquiera?
Hay quienes prefieren evitarlo. Ponerte en un análisis también tiene consecuencias. Se puede abrir un abanico de sensaciones y siempre hay que ver si es el mejor momento para abordar esa experiencia. Su revista se llama Lento. Bueno, el tema de la velocidad es clave. Ir demasiado lento o demasiado rápido puede derivar en una catástrofe o en que pierdas una oportunidad.
¿Dónde fue a parar el poder de la palabra? ¿Para vos cambió su estatus?
Lo que pasa es que para mí hablar no es solamente enunciar contenidos o sentidos. El lenguaje, antes que nada, es sensible. Al hablar sentís cosas. Está la boca, los sonidos, el eco, la intensidad. Yo ahora estoy hablando y se me nota el entusiasmo, pero no sería lo mismo si te hablara en otro tono. Esa intensidad genera cosas en el cuerpo, no solamente un sentido. Es el impacto que te toca o no te toca, porque de repente lo que yo te estoy diciendo te resulta indiferente y a otro le vuela la cabeza.
Se desprende de lo que decís que tanto en un análisis más convencional como en una terapia con sustancias psicodélicas la presencia de otra persona es fundamental.
Hay muchos caminos, digamos. Las posibilidades son varias. Encontrar la velocidad que le resulta a cada uno, el modo, la forma y con quién tiene que ver. Y en eso también se juega lo sensible. Te pasa o no te pasa, te llega, te llama o no. Y no solo eso, sino que el ambiente alrededor va a influir de alguna manera.
Desde la fisiología se dice que el sueño regula las funciones del organismo. ¿Qué pensás sobre eso?
Yo estoy en otro viaje. Para mí la sensación no se reduce al cerebro. No abordo el tema de esa manera. O sea, nunca fue así, la filosofía nunca lo tomó solamente desde esa perspectiva. El pensamiento no está en el cerebro. El pensamiento está, para algunos, en los pies. Hay personas que escuchan voces en la punta de los pies. En todas estas experiencias, las drogas, el sueño, el psicoanálisis, la música o la poesía, hay un desarreglo de los sentidos, una desorganización de los sentidos. De hecho, hay sentidos que se experimentan sin los órganos, porque no hay una lógica de la anatomía. Vos podés escuchar con los pies. Y no es una metáfora. En la locura, a veces, sucede que alguien siente voces que le hablan desde los pies. Entonces, el oído puede escuchar con la mano. Se desprende todo lo sensible en esa desorganización de las sensaciones, porque no están atadas a los órganos. Y eso pasa en experiencias muy variadas y en los sueños también. Se da una discordancia, digamos, de lo sensible. Por ejemplo, pensamos que el olfato tiene que ver con la nariz o la mente, pero existe lo que llaman «sinestesia». Vos podés oler un sonido o ver el color de un sonido. En el sueño pasa. En la vida cotidiana pasa.
Tenemos una noción muy limitada de todas las sensaciones. Dicen que los sentidos son cinco. Hay otros que quizás estén por crearse con las nuevas tecnologías. Hay un sinfín de experiencias de este tipo que se tachan de locura, pero que suceden, y alguien podrá decir esto y lo otro, pero volvemos a lo del principio: el miedo en el sueño es real.
Federico Medina (Montevideo, 1976) es cronista, psicólogo y periodista cultural en la diaria y el portal de la librería Escaramuza.
