Los sueños son una de las vivencias más intrigantes de la existencia: sustancia intangible, fantástica incoherencia, celebración inconsciente. En ellos participamos en un aparente sinsentido en el que se despliegan escenas, aparecen rostros conocidos y ajenos, casas, ríos, secuencias desordenadas, argumentos llenos de saltos y elipsis, superficies inciertas, desnudos, caídas, vuelos.
El sueño desplaza certezas, desarticula clasificaciones, hace fracasar los dogmas. En él habitan la paradoja y lo imposible. Y quizá por eso, en todas las épocas de la historia de la humanidad el sueño ha sido misterioso y este misterio provocó diversas interpretaciones: fue considerado mensaje de los dioses, presagio, visión, fenómeno natural, expresión del sujeto, manifestación corporal, inconsciente puro, materia de creación, actividad cerebral. Todo esto y más, siempre enigmático.
La filósofa y psicoanalista francesa Anne Dufourmantelle (París, 1964-Ramatuelle, 2017) escribió un libro dedicado enteramente al sueño: Inteligencia del sueño. Fantasmas. Apariciones. Inspiración (Nocturna, 2020). Ella le otorga al sueño una forma de inteligencia, una potencia que altera nuestra relación con lo posible. Para Dufourmantelle, el sueño no es solo el cifrado de un deseo que espera ser descifrado. «El genio especial del sueño no tiene límite. Su traducción de tiempo en espacio es de una creatividad que a menudo desborda ampliamente las capacidades del soñador. Entonces hay que suponerle una inteligencia soberana». La autora se pregunta: «¿Qué sabe un sueño que nosotros no sabemos?».
Posee una creatividad que desborda las capacidades del soñador, dice. Porta un saber que nos resulta ajeno. Artistas de todos los tiempos se vieron atraídos por esta potencia misteriosa y creativa del sueño.
Traducciones traidoras
Durante cuatro años Georges Perec, poeta, novelista, ensayista y miembro referente de Oulipo (Ouvroir de littérature potentielle, Taller de Literatura Potencial), anotó sus sueños. En 1968 registró cinco, en 1969 siete, en 1970 25 y en 1971 llegó a 70. Al inicio escribió sin saber el motivo, con el tiempo creyó que estaba desarrollando una «autobiografía nocturna» en la que buscaba captar su propia historia. Esperaba que esos sueños le contaran algo sobre él y lo transformaran. La cámara oscura, publicada en 1973, fue el resultado de este proyecto y allí quedaron registrados 124 sueños. En el prólogo, escrito varios años después, Perec se pregunta por qué transcribir los sueños si sabemos que al hacerlo los traicionamos. La idea de traición aparece luego de 1971, cuando empieza terapia y su analista no presta atención a aquellos relatos surgidos de su fiebre de transcripción. «Estaban empaquetados con demasiado cuidado, demasiado pulidos, demasiado limpios, demasiado claros en su misma extrañeza, y me parece que puedo decir hoy que mi análisis no comenzó hasta que conseguí expulsar de él estos sueños-caparazón», escribe en el capítulo «El sueño y el texto», que forma parte de su obra póstuma Nací (1990).
Perec concluyó que el sueño, al ser escrito, pulido y corregido, le crea una caparazón a la sustancia onírica y traiciona la materia del sueño, por lo que no hay modo de acceder a sus misterios por este camino. Esa traducción es una traición. Si alguna vez fueron descifrables sus sueños, dice, fue cuando pudieron convertirse en una voz balbuceante, en dudas, palabras buscadas, sensaciones y no ya frases perfectas, calibradas, tituladas y fechadas.
¿Las palabras que fijan el sueño en un texto escrito dejan una huella opaca de la experiencia onírica? Es cierto que hay un pasaje de lenguas cuando el sueño se vuelve relato. Cómo contar esta experiencia, cómo transmitir con palabras una imagen, una atmósfera, una sensación corporal, los saltos de escenarios, los aconteceres absurdos, sin que en ese pasaje se produzca una transformación.
Podemos preguntarnos, también, si realmente existe primero un sueño puro y después unas palabras que vienen a deformarlo o si aquello que llamamos «sueño» ya está atravesado por operaciones de lenguaje.
Apelamos a la memoria, con esos retazos diurnos lo narramos y en ese intento introducimos un nuevo orden. En cada pasaje algo se pierde, se modifica, se selecciona, pero también algo se crea. La traición podría ser un accidente en la escritura del sueño, porque necesariamente se produce una transformación. Roman Jakobson, en Sobre los aspectos lingüísticos de la traducción (1959), cuando piensa en la traducción de la poesía habla de «transposición creativa». En la poesía, como en el sueño, no solo significa lo que las palabras dicen; también significan el sonido, el ritmo, las semejanzas fonéticas, las relaciones entre unas palabras y otras, la estructura gramatical, por eso en poesía solo es posible la transposición creativa.
«Estas palabras del sueño crean otra lengua donde las ocurrencias, la elipsis, las repeticiones, las metáforas, las alusiones forman un texto que se nos presenta como un enigma claro, pero sobre todo como un tesoro del ser», escribe Dufourmantelle. «Las palabras que dicen del sueño son extrañas al sueño, pero dicen al soñante».
Un tesoro inteligente que desborda nuestra comprensión, pero nos habla y lo hablamos.
Potencia creativa
Hay un tiempo sin tiempo en el sueño. Una medida desmedida. Una creatividad que desborda las capacidades del soñador, que crea a partir de un secreto íntimo. Jorge Luis Borges, en «La pesadilla», una conferencia pronunciada en el Teatro Coliseo de Buenos Aires en 1977, dijo que los sueños son una obra estética, quizá la expresión estética más antigua. En ellos somos el teatro, el espectador, los actores y la fábula. Y sí, somos creadores, directores de una orquesta que no conocemos, pero nos llegan sus melodías. Son nuestras esas escenas, esa sonoridad, y, sin embargo, qué ajenas.
Franz Kafka también escribió sus sueños. Los transcribió a lo largo de su vida dispersos en diarios, cartas, cuadernos, legajos, narraciones. El libro Sueños (Errata Naturae, Madrid, 2010) compila 65 sueños ordenados cronológicamente y numerados con una referencia a los textos originales en los que se localiza cada uno. El 2 de octubre de 1911, Kafka escribió:
Cuando despierto, los sueños se agolpan a mi alrededor, pero me cuido bien de no examinarlos. Al amanecer suspiro sobre la almohada, sabiendo que, por esta noche, toda esperanza ha desaparecido. Pienso en todas aquellas noches a cuyo término me parecía ser extraído del sueño más profundo y despertaba con la sensación de haber estado encerrado en una nuez.
Se cuida de no examinarlos. No busca interpretar ni conocer los contenidos que laten en el sueño. No. En el prólogo los editores escriben que Kafka prefería recopilar las figuras y las ideas absolutamente singulares y extrañas de sus sueños «y en lugar de someterlas a la hermenéutica del domador y el aro del concepto, las dejaba proliferar y amplificarse libremente, hablando su propio “lenguaje”. Daba comienzo así a un proceso creativo que, partiendo del imaginario onírico, se enfrentaría al orden establecido y férreo de los significados».
No hay una intención interpretativa en cuanto búsqueda de comprensión de sí en Kafka, pero les otorga un gran valor a los contenidos oníricos como material creativo. Advierte una potencia en el sueño.
Vasos comunicantes
Los surrealistas fueron, quizá, quienes mayor supremacía adjudicaron a los sueños en sus procesos creativos. André Breton fue uno de los más grandes reivindicadores del sueño. En el Primer Manifiesto del Surrealismo (1924), propone otorgar prioridad a la actividad onírica. Proclama que de ningún modo puede quedar limitada al paréntesis de la noche. Imagina una futura reunión de esos dos estados aparentemente contradictorios, sueño y realidad, en una realidad más amplia: la suprarrealidad. Desea que el sueño se filtre en la vigilia, altere sus reglas, abra paso a lo maravilloso y se convierta en potencia creadora y revolucionaria. Es radical, espera que surja aquello que late en el sueño y sea parte de la vida consciente. En Los vasos comunicantes (1932), un libro híbrido entre ensayo, autobiografía, relato de sueños, reflexión poética y política, propone establecer una continuidad entre sueño y vigilia, borrar barreras. En la primera parte del libro discute las teorías del sueño, especialmente las de Freud, y analiza sueños propios. Empieza hablando sobre los sueños y termina construyendo una escritura errática, automática, que se comporta como el sueño. Un encuentro fortuito, una mujer que aparece, una calle, un objeto, una coincidencia inesperada. En el libro, a través de la escritura, los vasos empiezan a comunicarse.
Esta es una escritura muy distinta a la de Perec y a la de Kafka. Escribir a partir del sueño tiene infinidad de posibilidades.
El tercer capítulo del libro de Dufourmantelle se titula «La inteligencia creadora». Allí describe el sueño como «primer intercesor», porque hace el pasaje entre el mundo interior y lo que nuestra razón puede aceptar. Y lo vincula con la inspiración, el daimón de Sócrates. Pues, bajo la figura del genio poético, «inspiración» es el nombre que hemos dado a eso que nos atraviesa, nos convoca, nos habita. La inspiración no es una musa ajena, es ese mismo enigma interno que es tan nuestro como extraño. Si el sueño es una experiencia nocturna de esa inteligencia creadora, la inspiración podría ser una de sus formas diurnas, dice la autora. Para Dufourmantelle, sueño e inspiración comparten la estructura de la intercesión. Son mensajeros de esta «inteligencia soberana» cuya creatividad «desborda ampliamente las capacidades del soñador».
Huéspedes y anfitriones
«¿Qué puede el sueño?», se pregunta reiteradamente Dufourmantelle. Interceder, responde. «Ser el vector de una inteligencia a la cual tenemos que intentar darle hospitalidad». Somos huéspedes del sueño, seamos también anfitriones. Su inteligencia está íntimamente vinculada con lo inesperado. Lo inesperado introduce una torsión en el tiempo y fractura la continuidad con la que la conciencia organiza la existencia. El sueño procede de esa fractura: hace aparecer imágenes que no obedecen enteramente al yo y puede abrir salidas allí donde parecía no haberlas. Por eso la inteligencia del sueño es también una inteligencia creadora. Sueño y creación comparten la capacidad de producir una forma nueva a partir de elementos que ya existían, pero cuya relación no había sido percibida. No reproducen la realidad: la reconfiguran. El sueño trae lucidez. La pregunta es si somos capaces de alojar su extrañeza, de dar lugar a lo inesperado, de aceptar que una parte de nosotros piensa sin nosotros, crea imágenes que nos exceden, desordena el tiempo, inventa palabras, hace regresar a los muertos, ensaya transformaciones y construye figuras para aquello que todavía no sabemos representar.
Quizá la inteligencia del sueño no consista en poseer una respuesta secreta acerca de quiénes somos, sino en mantener abierta la pregunta.
Virginia Mórtola (Montevideo, 1975) es psicoanalista, escritora y tallerista. Magíster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil por la Universidad Autónoma de Barcelona. Creadora y responsable del portal de literatura infantil y juvenil Túquiti. Docente de Literatura Infantil en la Universidad Católica del Uruguay. Autora de varios libros, además antologó y prologó La existencia está en otra parte (Fin de Siglo, 2024), en el que 25 escritores y escritoras nacionales escribieron a partir de un sueño.