No sueño, no me interesa hacerlo, odio hablar de sueños. Pero leo mucho sobre ellos y, sin quererlo, me volví coleccionista de sueños ajenos. Y, por supuesto, voy a escribir, ahora mismo, sobre soñar y no soñar.

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Me acuerdo, por ejemplo, de que Luis Buñuel soñaba con su padre sentado en la mesa, comiendo despacio, casi sin hablar, y que en el sueño él le decía a alguien a su lado —su madre o una de sus hermanas— que a nadie se le escapara la verdad de que su papá estaba, en realidad, muerto. Sé que Charlotte Beradt cuenta, en el libro en el que reúne sueños recolectados en Alemania entre 1933 y 1939, que algunas personas soñaban que estaba prohibido soñar. Recuerdo estos versos de Juana Inés de la Cruz: «El sueño todo, en fin, lo poseía; / todo, en fin, el silencio lo ocupaba». «¡He tenido el más curioso de los sueños!», dice la niña en Alicia en el País de las Maravillas. Sé que Emil Szittya, que recolectó sueños en Francia durante la Segunda Guerra Mundial, cuenta la historia de un exdetenido en el campo de Drancy que relataba que, mientras que por el día tenía siempre dolor de estómago, durante las noches soñaba que devoraba un plato delicioso que era, según él, su único consuelo, incluso cuando lo que comía en sueños siempre le había dado asco en la vigilia. Recuerdo que en setiembre de 1970, Georges Perec tiene un sueño del que solo retiene una palabra: Marseille. Recuerdo este pasaje de Marosa di Giorgio: «En el sueño, ella sacaba, otra vez, un ala. Y de ahí a la realidad. La otra ala, las plumas; y en la mano no sé qué, un pollito o una fresia». Recuerdo el sueño de niño de Robert Louis Stevenson, que según su madre soñó con un ruido de plumas que escribían. Sé que la noche del 19 al 20 de marzo de 1943 Michel Leiris soñó que, dentro del sueño, se sentía increíblemente cansado y que el sueño, que parecía que iba a terminar, lo llevaba a un nuevo nivel de inconsciencia en lugar de a la vigilia: justo cuando está a punto de gritar de pavor, aparece Z..., que lo tranquiliza. «No era un sueño», asegura y nos desestabiliza el narrador de La metamorfosis. Me acuerdo de que Adolfo Bioy Casares anotaba, con felicidad, cada vez que soñaba con su padre, tras su muerte, incluso si la conversación se interrumpía al despertar.

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Hay una línea que une mi disgusto por Los Redondos y los sueños.

Ya de niño, y a pesar del entusiasmo de mi padre, me cansaba la discusión que giraba, eterna, sobre qué quería decir tal metáfora, a qué se refería el Indio con aquel inusual adjetivo, qué profundo mensaje escondía esa letra que, en principio, me parecía tan sencilla. La discusión por el sentido, la fiebre interpretativa, me sacaba de quicio. Me parecía poco productiva, me aburría. Y lo mismo me pasaba con los sueños, esa manía por desentrañar sus imágenes, que, en el mejor de los casos, eran meramente delirantes y, en el peor, tediosas, con el perdón de los libros de Freud que llenan los estantes de mi madre. Acaso porque yo casi no sueño o —como me corrigen los psicoanalistas— casi no recuerdo los sueños que seguramente tenga cada noche, sentía —y siento— rechazo por estas historias increíbles, de significado velado.

Así, tengo involuntariamente grabadas en la memoria —junto a las letras de las canciones de Oktubre («¡No lo soñé!») y Luzbelito («Nunca pudo llorar ni soñar al dormir»)— aquellas mañanas angustiosas de vacaciones en las que todos se juntaban en la mesa del desayuno a contar sus maravillosas noches oníricas y yo no podía más que, resentido, conjeturar que inventaban, que era imposible que al inconsciente se le ocurrieran cosas tan coloridas y fabulosas, que no podía ser y que qué monótono, qué angustioso de oír cuando todo lo que yo tenía para ofrecer, como mucho, era el recuerdo de otro día normal en la escuela, otro resto diurno, para seguir con la jerga, apenas modificado, indigesto.

Durante años intenté, frustrado, consolarme pensando que mis ensoñaciones pasaban más bien durante el día, que era —y soy— un fantasioso que todavía puede hundirse, en plena luz, en mundos extraordinarios. Pero no era lo mismo: en mis sueños diurnos siempre hay algo de control, una determinada lógica, cierta fortaleza de la razón que sus contrapartes nocturnas no tienen, desatadas como caballos en la planicie de la invención delirante.

Pero el problema del «mensaje» persistía, porque los sueños aburridos, rutinarios, burocráticos que recordaba muy de vez en cuando también eran pasibles de ser analizados, puestos bajo la lupa freudiana, diseccionados con paciencia y diverso grado de talento.

Decididamente, los sueños no me interesan.

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Escribo esto y quedo estancado. El sueño no me inspira.

Vuelvo a un pasaje de los Cuadernos de infancia de Norah Lange, en los que cuenta que padece de mi misma «pobreza onírica» (así la llaman en algunos de los artículos científicos que estuve leyendo en estos días): «Susana me describía sus sueños con tal entusiasmo que, al separarnos, yo me acostaba con la pesadumbre de que, mientras ella iba al encuentro de algo dichoso, yo me quedaría adentro de la noche». Quedarse adentro de la noche: qué placer y qué tortura. «Si no sueñas», le dice su hermana, «es lo mismo que si estuvieras muerta». Ella se preocupa: «Pero yo nunca había soñado y me causaba cierta aprensión convivir con personas extrañas mientras permanecía acostada, sin mover un brazo, sin abrir los ojos, sin decir una palabra. Desde entonces traté, sin embargo, de neutralizar ese temor y seguí sus consejos, textualmente. Antes de dormirme pensaba en alguna persona, en algún accidente, en alguna escena callejera, y me aferraba a una imagen procurando arrastrarla conmigo a esa oscuridad de la cual emergía, a la mañana siguiente, como si me hubiese muerto algunas horas».

Debo confesar que me gusta su idea de dormir, la intensidad de un ensayo para la muerte.

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Me quedo con esta «pobreza», con este no soñar o con ese soñar sin fantasía que me aqueja. Lo rastreo en la literatura científica.

Lo que Freud llama Tagesreste son, literalmente, los restos de la jornada, el material bruto que el sueño reelabora. Su tesis en La interpretación de los sueños es que ese resto no basta por sí solo, sino que necesita ser invertido por un deseo inconsciente. En su imaginería económica, el resto diurno es el empresario que aporta la idea, mientras que el deseo inconsciente es el capitalista que pone el dinero inicial. Un sueño hecho de puro resto, como los que muchas veces tengo, sin elaboración, es un sueño sin capital. Pierre Marty y Michel de M'Uzan, por su parte, describieron en 1963 lo que llamaron «pensamiento operatorio», un pensamiento pegado a lo concreto, factual, sin fantasía. Su correlato nocturno, que Marty llamó más tarde «sueño operatorio», es el nombre de mi padecimiento.

Hurgo ahí: no sale nada bueno. Los pobres de sueños, dicen, no estaríamos metabolizando bien nuestras jornadas; padeceríamos, tal vez, de problemas para identificar lo que sentimos. No me convence. Sé lo que siento, ahora mismo, mientras leo estas cosas: hastío.

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En una película, Discépolo dice: «La gente quiere soñar, pero no quiere dormir». A mí, sin embargo, me encanta dormir, y así como tengo mi lista de sueños famosos también tengo otra de obras con gente durmiendo.

Pienso ahora en el grabado de Jean-Michel Moreau que vi hace unos meses, hecho a partir de una obra de Jean-Baptiste Greuze, que se llama La filosofía dormida y representa a Anne-Gabrielle Babuty, esposa del pintor, posando en lo que parece ser un fauteuil à la reine estilo Luis XV. Comparada con el más célebre Capricho de Francisco de Goya, conocido como El sueño de la razón produce monstruos, realizado unos 20 años después, las diferencias llaman la atención: la «filosofía», en el retrato de Greuze, parece tranquila, con su perrito, su pesado vestido, su brazo relajado, la cara despejada, los pies prolijamente calzados, mientras que el durmiente de Goya está claramente incómodo, torcido, con el pelo desordenado, protegida su cara apenas por sus brazos, las piernas cruzadas, apoyado sobre una superficie dura, en un banco sin respaldo, además de, por supuesto, estar asediado por monstruos voladores, murciélagos, lechuzas. Ana me dice que nunca entiende del todo el nombre de ese grabado, y yo tampoco. Sin embargo, a riesgo de contradecir mi diatriba contra la interpretación, prometo buscarle la vuelta.

Hace un tiempo escribí sobre un dibujo preparatorio del grabado, titulado Ydioma universal. El Autor soñando, mucho más simple que el posterior, pero igualmente efectivo. En esta imagen, el personaje, identificado como el artista mismo, duerme sobre un cubo en el que se inscribe la frase que le da nombre al grabado y, como en su sucesor, a su dormir lo acompañan monstruos nocturnos: una lechuza y un murciélago en primer plano y otros seres voladores indefinidos más atrás. En ambos, a su lado reposa un lince despierto, de ojos abiertos y con las orejas atentas, que, como comenta Manuela Mena, funciona como un «símbolo de agudeza visual y por tanto de sutileza intelectual», utilizado «desde Cesare Ripa, a principios del siglo XVII, como compañero de la Fantasía, mientras que en el siglo XVIII simboliza también la Razón y la mirada analítica propia de la Ilustración, que es capaz de hacer visible lo invisible». Me entusiasma esta doble condición del lince despierto —como el perrito en la ilustración de Greuze— en la que fantasía y razón aparecen hermanadas, porque, como explica López de Ayala, «la fantasía abandonada de la razón produce monstruos, y unida con ella es madre de las artes». Así es, creo, como se puede entender mejor el título enigmático, porque esta Razón sería precisamente ese idioma universal que supera la división babélica de las lenguas.

En cuanto a la confusión del título, por supuesto, pienso que es posible porque el español tiene una misma palabra para dos cosas: «tengo sueño» y «tengo un sueño» son frases muy distintas, que usan, sin embargo, el mismo sustantivo. Mientras que otras lenguas los separan, en español sueño, en singular, puede significar tanto «dormir» (de hecho, esa es la primera acepción que da el diccionario) como el producto onírico en sí. El sueño de la razón, de esta manera, es su descuido, el momento en el que baja la guardia y las bestias aparecen. La ambigüedad, sin embargo, está ahí, desde el nombre inicial del aguafuerte, Sueño 1, que nos hace pensar que cuando la razón sueña, a menudo tiene pesadillas.

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Miro ahora, en la pantalla de mi celular, una fotografía del artista egipcio Youssef Nabil, un autorretrato dormido entre las raíces impresionantes de un árbol en Los Ángeles.

La técnica me atrae: Nabil saca la foto y la colorea a mano, en un gesto retro que le da a la imagen un fascinante tono artificial, una cierta saturación que solo puedo clasificar como onírica. Porque, claro, aunque sueñe poco, sueño. Sueño algo. La otra noche soñé, por ejemplo, que veía una escena graciosa y pensaba en mandarles la imagen a mis amigas. Después, ya cerca de la mañana, soñé que era un niño y le decía a mi madre que no podía dormir. Ella me respondía: «No estás despierto en serio, estás solo despierto con la mente y yo ya le dije que se duerma».

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Al día siguiente, sabiendo que estoy escribiendo esto, un amigo me manda la lista de los significados de los sueños según la quiniela uruguaya.

El número 352 es el que le corresponde a «madre e hijo». Recuerdo que Suzanne Doppelt, gran escritora con la que iniciamos la editorial Forastera, está obsesionada con la smorfia napolitana. Pruebo suerte ahí: 16 para «hablar a la madre» (seguridad y protección), 39 para «ver a la madre» (buenos augurios), 52 para «madre» a secas. Me gustan estos significados fijos, este diccionario de sueños que pone, de algún modo, orden en el caos. Me parece más rico que los devaneos de Jung.

El nombre, ya, es asombroso: smorfia me hace pensar en Morfeo. Leo que en un principio había 90 significados codificados, que siguieron creciendo con el tiempo. La madre, el 52, por supuesto, está ahí desde el principio.

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Si el sueño de puro resto, como sostiene Freud, es un sueño sin capital, la lotería es lo que da esa dimensión incluso al más pobre de los inconscientes. Suzanne escribió, hace años, un artículo sobre la smorfia. Refiere ahí a su relación con el lotto, la pasión napolitana que la Iglesia intentó prohibir con fruición desde su introducción en 1682. La lotería era, para las autoridades eclesiásticas, «una máquina de guerra contra el trabajo», escribe Suzanne, que sumiría al pueblo en el ocio, la miseria, la mentira, a la que se acusó, sobre todo, de «forjar lazos incontrolados con lo sobrenatural». Todo intento es, sin embargo, vano: la smorfia, ciencia oculta, manual inspirador de las noches y los días, como una variante lúdica de la cábala, sobrevive, y las apuestas también. Según la poeta, el nombre, más que a Morfeo, hace referencia a la «contorsión de la cara», a la mueca. Hoy, es un libro de más de 37.500 términos que funcionan como «gran espejo del universo». Así lo entiendo.

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Vuelvo a Lange. Un año después de la conversación con su hermana, la niña cae enferma y tiene su primer sueño, un sueño de fiebre. Tan poco habituada está a esto, que al despertar piensa que se trata de un recuerdo de algo vivido.

Luego, al darse cuenta de su verdadera naturaleza, le cuenta a Susana: «Anoche soñé que el tordillo de papá dormía delante de la puerta. De lo demás no recuerdo nada, pero sé que había algo detrás del caballo». Dice la smorfia: caballo atado, 66, «peligro de aprovechamiento»; puerta de la casa, 64, «mejor fortuna». Es claramente ambigua, en este caso. «Susana», sigue contando Lange, «me miró como si fuera discípula suya y me dijo, condescendientemente: —Esta noche soñarás otra vez y te irás acostumbrando...».

Así que hay cura para nuestro mal.

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El tema, no obstante, es que no quiero curarme.

Porque en mi sueño sin sueño, algo vela. Acaso el lince o el carlino en el regazo de la filosofía, o la aventura del silencio que sigue más allá de mí escribiéndose, en una quietud de maniquí en el fondo de un escaparate oscuro.

No tengo miedo a la noche vacía: la acepto, la celebro, voy a su encuentro.

Francisco Álvez Francese (Montevideo, 1992) es crítico literario, escritor, traductor y editor. Colaborador habitual de la diaria y Lento, reside desde 2018 en París, donde está haciendo un doctorado sobre Jules Supervielle y Felisberto Hernández. Es autor del poemario Los restos del naufragio (2019), el ensayo literario La noche americana (2020), la novela breve Las invasiones (2023) y Luz prestada, ensayos sobre poesía diurna (2025).