En cierto momento, termina el asfalto y empieza el camino de tierra. Hay un escalón en el terreno. El auto salta. De un lado, contra el mar, están las dunas. Del otro, un bañado seco, poblado de vegetación retorcida que conoce la abundancia de agua durante pocos meses al año. Eso si no viene la seca eterna y la carcome, la resquebraja sol tras sol hasta que claudica, como ahora. Unos árboles retacones, coronados por hojas largas y finas, florecen desafiantes tras el paso del último incendio.
No se alcanza a ver el océano desde el camino, pero saben que está ahí, es la razón del viaje. Vienen agolpados en un auto viejo que avanza rumbo al sur. Cañas de pescar, tablas de surf, una bicicleta rodado doce, el perro que vuela de una ventanilla a otra, incansable. Los hijos, esa masa de ojos inyectados de asombro, piel blanda e inocencia que bien sabe codearse con la ferocidad. Parecen chicos, entre cinco y ocho años, un poco más, un poco menos. La niña no ha perdido el doblez rollizo que se forma en el lugar donde el brazo encaja en la mano. El mayor, las rodillas clavadas en el asiento de su madre, que maneja, ya no tiene redondez en los rasgos, el primer paso hacia la desilusión de ser adulto. Observan el paisaje entre los bolsos, la carpa, ollas, una silla plegable para cada uno, linternas, repelente, el paquete de galletas que tarde o temprano va a terminar en el piso. Los adultos, adelante, cargan la certeza de saber lo que hacen.
Pero ¿qué están haciendo?, se pregunta el padre apenas nota, en el retrovisor, que el asfalto queda atrás, envuelto en una nube de polvo. Avanzan por varios kilómetros. Cada vez es más notorio. A lo lejos, frente a ellos, una columna de humo. Es en las montañas, del otro lado del río, debe de pensar el hombre para tranquilizarse. Así, un nuevo incendio nubla el reflejo azul del bosque. Demasiado aire entra por la ventanilla abierta. No evidencia el olor a chamuscado: el viento lo empuja en dirección al continente. Siempre ocurre eso después del mediodía.
***
Meses atrás, ella soñó con ese lugar, aunque levemente diferente: los colores más eléctricos, una cantidad desmedida de pelícanos, planeando como escuadrones pesados sobre el agua, por fin agua, inundando las partes bajas. El verde de los bañados era tan chillón que no parecía verdadero. Artificioso, decía ella, que observaba desde un helicóptero. Querían que se casara con el piloto, los insistentes.
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¿Dónde estarán los pelícanos?, piensa la mujer al pasar por la laguna donde se juntaban esos pájaros en el pasado. Buches amplios, los ojos glotones atentos a cualquier desecho que les tirara un pescador. La última vez que vinieron eran dos, ella y él, no había hijos ni tampoco planes que los incluyeran. A pesar de que se esfuerza, no recuerda detalles de la laguna, hoy reseca.
Inclina el volante a la izquierda y entran por fin al camping. Tras varias vueltas por el parque, eligen un sitio entre los árboles, cerca de la playa, lejos de los baños, que suelen apestar en verano. Los niños salen corriendo hacia el mar, lo mismo que el perro. La madre los sigue mientras el hombre, que está meando contra un árbol, se queda quieto; parece ensimismado, con ganas de volverse a su casa.
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El padre de los niños no sueña, o cree que no sueña, según le dice ella.
—Demorás tanto en dormir que estás cansado e imposible acordarte después —osa explicarle, además.
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Escalan las rocas, se equilibran y saltan de una a otra. Encuentran una poza honda alimentada por las olas. La misma en la que el hombre y la mujer se bañaban antes. El niño se zambulle desde una roca alta. Su hermana baja hasta el borde y le pide que la ayude a entrar. Una muralla de piedra separa la poza del mar abierto. Cientos de anémonas y algún que otro erizo tapizan las paredes de esa piscina natural. Los hermanos nadan sin tocar los bordes. Van y vienen con la marea. Flotan, como si fueran focas o lobos de mar. Demasiado elásticos para ser tortugas. La madre los mira, absorta en pensamientos tenues. Allá lejos, contra las dunas, el perro corre cientos de metros en redondo. Ya en la arena, los hermanos juntan caracoles y cualquier cosa que hayan traído las olas. Encuentran unos seres parecidos a una anémona, pero compactos, que escupen agua a intervalos regulares. Les meten los dedos dentro, sin asco. Cuando se cansan del agua, del viento, labios morados, la madre los seca, los abraza. Vuelven caminando despacio, atraviesan las dunas. El padre ya armó el campamento, puso la carpa, el toldo sostenido por los árboles, improvisó una mesa para la cocina, prendió la fogata y ahora ahuyenta los mosquitos con la camiseta, que revolea con la mano.
—¿Sabés qué vimos
—¿Qué vieron?
—Aménomas.
—¿Cómo?
***
Son las once y el silencio crece a su alrededor. Cenaron unas sobras frente a la fogata. La mujer puso a dormir a los niños y no salió más de la carpa. Él la esperó un rato largo, pero ahora ya no la espera, sentado en la silla bajo un árbol, no aquel en el que meó, sino otro, al que se le sale la corteza por el calor del mediodía y ahora larga un tufo punzante. Todo se resquebraja o se deshace en ese lugar. Escucha los ronquidos débiles y espaciados de los tres. También el sonido callado del mar. Hace un rato prendió la radio del auto en la estación de los bomberos. Al parecer, el fuego avanza en las montañas. Se alimenta del calor y la sequedad, como es previsible. El hombre cambió de estación cuando escuchó esto último, en un intento por abstraerse. Enseguida, sin querer, empezó a sentir el olor del bosque quemado. Llegó de a poco, una nube tenue, un picor leve en la nariz.
El hombre se levanta y camina rumbo a la ruta. Los demás campamentos están callados. El cansancio de la playa que se mezcla con el hartazgo de las convivencias obligadas, más comida grasienta y cerveza caliente. Fogatas ya oscuras. Niños y adultos que sí sueñan, piensa. Perros ovillados junto a la puerta de la carpa. Bicicletas en señal de abandono. Un kayak apenas apoyado en un árbol, a punto de caer.
Al llegar a la ruta, mira hacia el sur y ve el reflejo del fuego en medio de la oscuridad. Neto, definido, como no es posible verlo durante el día. Centros amarillos, casi blancos, serpentean el reborde de una montaña. Las llamas naranjas, encima, marcan el contorno de lo que deben de ser árboles carbonizados. Estarán a unos ocho, diez kilómetros, calcula. Un río en el medio, se tranquiliza, quizás.
Vuelve al campamento, camuflado entre los árboles a esta hora, echa agua a la hoguera y entra a la carpa. Sin hacer ruido, se acuesta a un lado de la madre y los niños. Son una masa de piernas y brazos. Pasan los minutos, pasan las horas. Observa la parte más alta del entretecho, donde los mosquitos tratan de entrar a devorarlos, sin éxito. El zumbido es constante, al igual que el olor a chamuscado que viene de la montaña. De pronto, la niña solloza, se agita, y la madre, sin despertarse, la atrae contra sí.
—Ustedes son mis adultos —se acuerda de que pronunció, gravemente, su hija en la cena mientras succionaba un tallarín.
—¿Tus padres querrás decir?
—Mis adultos.
***
El día empieza con demasiado calor sobre los campamentos. Con los rayos rectos, blanquecinos, hierve el plástico de las carpas. Desesperado, el hombre siente el ahogo y sale al exterior. Un dolor agudo le taladra la sien. Mira alrededor y hay una capa de humo, fina, grisácea, que se detuvo sobre ellos. Sin que se dieran cuenta. Está exhausto. Durmió solamente unas horas; cerró los ojos cuando el sol estaba por salir. Pica el calor. Ya hay café hecho, ya está todo el mundo preparado para ir a la playa.
—¿Por qué tengo que usar protector?
—Así no te quemás la piel.
—Y si ando con sombrero y camiseta que me tapan.
—Ponete igual, por favor.
Mientras le pasa protector solar al niño, la mujer detiene la vista en el hombre como si no lo hubiera visto antes, como si fuera un perro que apareció de pronto en el campamento, buscando comida. Enseguida vuelve a los aspectos prácticos de las vacaciones:
—Evacuaron el camping de la montaña, vino a decir el guardabosques. Que acá difícil que llegue, tenemos el río en el medio. Pero viste que esa familia se está yendo. Me dijeron que el año pasado estaban acá en el incendio de diciembre y que los mandaron evacuar tarde, casi no zafan. Querían que nosotros también nos fuéramos.
—Para que no podamos contarles que al final no pasó nada —dice él y nadie se ríe. Después mira en dirección a los que se van. Sus hijos hacen lo mismo. Una familia observa a la otra. Bolsos, cañas de pescar, tablas, bicicletas, carpas llenas de tierra, otro perro, aunque de esas razas que caben dentro de una cajita portátil. Un campamento desarmado.
—Nosotros bajamos ahora, ¿venís después? —ofrece ella y sale caminando a la playa con los niños, las tablas, las cañas y una cesta con comida.
***
Ocurre lo que tiene que ocurrir. La familia pasa horas en la playa. Brilla el mar. Hay olor a calor. El sol deshidrata más y más las plantas junto al camino, calienta la arena, que a las doce del mediodía ya no se puede pisar. Se refugian bajo la sombrilla, los cuatro, apretujados. Cierran los ojos para ver de lejos. Rumbo al sur, el humo impregna el horizonte. La mujer toma sol de espalda. Él la mira, observa los pocos lunares, la lisura de la piel encorvada hacia abajo, la marca de una cicatriz profunda. Cuando se cansa del sol, de fritarse sin tapujos, se les une bajo la sombrilla. La niña tose seco, reclama por el olor a chamuscado. Nadie la escucha. Siguen yendo al mar, puntuales.
El hombre, de pronto, se recuesta, se ovilla contra la mujer. En las narinas, junto al humo, siente el perfume del protector solar, del jabón más atrás. Sin saberlo, va quedando dormido. Ella lo sabe y evita moverse para no despertarlo. Les indica a los niños que no hagan ruido.
—Se durmió, miren —susurra y los tres se dignan a observarlo.
Y entonces, en una secuencia que pasa por imágenes que nada más surgir se pierden, el hombre sueña. Fuegos artificiales que explotan y caen sobre una ladera de pasto. Bajan lento, uñas incandescentes. El fuego come ansioso lo que vive. Llega el momento de evacuar, la normalidad no se sostiene. En eso vienen unos bomberos diminutos con mangueras y apagan el incendio, ágiles. Él abraza al hijo, que lo observa entre triste y desconcertado.
—¿Qué pasa que soñamos todos lo mismo? —pregunta entonces el niño.
El hombre se despierta de pronto. Solamente se acuerda de la pregunta. Más nada. La única señal del incendio es la columna de humo que crece despacio y sin pausa, grisácea contra el azul del bosque, todavía lejos, en la montaña.
Rosario Lázaro Igoa (Salto, 1981) es traductora literaria y escritora. Tiene un doctorado en Estudios de la Traducción por la Universidad Federal de Santa Catarina, Brasil. Ha publicado los libros de ficción Mayito, Peces mudos y Cráteres artificiales y el libro de crónicas Hasta el sol y todas las ciudades en el medio (Criatura Editora). Este cuento se publicó originalmente en la antología curada por Virginia Mórtola La existencia está en otra parte (Fin de Siglo).