Avanzan en fila, como si se dirigieran a la batalla, los hombres camuflados y armados, sus rostros cubiertos. Algunos van a pie, otros a caballo. Las botas pisan un pasto muy verde y las palmeras ondean en el viento. La escena tiene algo de videojuego pero es la vida real: es el 7 de julio de 2025 en MacArthur Park, un parque de Los Ángeles frecuentado por migrantes. La cámara sube y revela camiones blindados que cortan las calles circundantes. Casi no hay residentes a la vista.
A unos 3.000 kilómetros hacia el noreste, Terese mira ese video del parque sitiado con estupor. Al igual que Los Ángeles, Minneapolis, donde ella vive, es una ciudad con una alta población migrante (14%, unos 60.000 habitantes), y junto con Chicago y Nueva York es considerada una «ciudad santuario», porque limita la cooperación con los agentes federales de inmigración para proteger a los indocumentados. Ella tiene un cargo estatal como supervisora de enfermería en nueve colegios secundarios y trabaja con migrantes a diario. Desde allí atienden cualquier tema de salud: «Si viene un alumno y tiene fiebre, lo ayudamos; si viene una alumna y quiere ponerse un DIU, también», le explica a Lento. Cuando miró ese video de Los Ángeles, Terese temió lo peor: que esa violencia y ese control se trasladaran a su estado, apodado justamente Minnesota Nice, en homenaje a la cortesía y la simpatía de su gente.
Tenía razón en preocuparse: desde que asumió otra vez la presidencia, a principios de 2025, Donald Trump reiteró su compromiso de llevar a cabo «la mayor operación de deportación» en la historia de Estados Unidos. Prometió expulsar a millones de «criminales», aunque el único crimen de la mayoría de las personas deportadas sería estar en una situación migratoria irregular. En ese marco, su administración se enfocó en las ciudades santuario. Además de enviar a los agentes de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), el gobierno estaba dispuesto también a poner las fuerzas militares al servicio de la agenda migratoria federal.
A diferencia de las otras ciudades santuario, Minneapolis es un lugar donde las personas suelen conocerse, tocar un timbre cuando alguien se muda al barrio y sacarle la nieve de la vereda a un vecino que no puede hacerlo. También es una ciudad ya tristemente familiarizada con la brutalidad de los supuestos agentes de seguridad, el lugar donde un uniformado sostuvo a George Floyd contra el pavimento con su rodilla por nueve minutos, hasta matarlo, en marzo de 2020.
No era descabellada la idea de que después de Los Ángeles, Minneapolis pudiera ser un próximo blanco del gobierno de Trump. Terese quería estar preparada y se anotó en una formación ICE Watch (Observadores de ICE) en una sede del sindicato de maestros y profesores para conocer sus derechos constitucionales y aprender las estrategias para observar y documentar de manera segura los operativos. El evento juntó a unas 40 personas, de 18 a 70 años de edad, con bastante participación de maestros y profesores preocupados no solo por sus alumnos, sino también por las familias de ellos: uno de cada tres menores en la ciudad tiene por lo menos un progenitor migrante.
«Sé testigo y documentá los abusos del ICE. No obstruyas ni toques a los agentes. Mantené una distancia segura de aproximadamente tres metros. Pediles el número de placa. Preguntales qué están haciendo y, si corresponde, si tienen una orden judicial firmada para el operativo. Sabé distinguir entre la orden judicial y la orden de captura administrativa, que no les otorga el mismo poder. Filmá todo. Si el agente te dice que te alejes, hacele caso, aclarando en voz viva “ok, me estoy alejando”, pero sin apagar la cámara. Si está la persona que van a secuestrar, tratá en lo posible de averiguar su nombre y pediles que te pasen algún contacto para que puedas avisar al amigo o al familiar de su secuestro».
El comandante general del ICE, Gregory Bovino (en el centro), flanqueado por agentes federales durante una protesta contra el ICE frente al edificio federal Bishop Whipple, el 15 de enero.
Foto: Octavio Jones, AFP
Silbidos antifascistas
Parte del trabajo del activismo era alertar a los demás sobre lo que se venía. A algunos de sus amigos, como a Karine, les parecía precipitada la insistencia de Terese. No es que Karine no estuviera al tanto del peligro que corrían los inmigrantes desde la llegada de Trump, pero, para su propia tranquilidad mental, mantenía cierta distancia de las noticias sobre la ciudad y el mundo. A principios de diciembre, agentes del ICE empezaron el despliegue por la ciudad. Una tarde, al volver desde su trabajo, Karine tuvo que frenar de golpe en la salida de la autopista por una cola de autos. Quiso asomarse a ver qué pasaba y en ese preciso instante le pasaron por al lado dos camionetas enormes, una a cada lado, a toda velocidad. Un poco más adelante, el chillido en seco de los frenos. Cuando finalmente los autos avanzaron, casi tímidos, Karine se topó con la realidad que hubiera querido evitar: hombres con chalecos antibalas con armas largas y vehículos blindados.
Las camionetas habían partido del Whipple Building, un edificio federal brutalista a varios kilómetros de la ciudad que en enero de 2026 ya se convertiría en el centro operativo de lo que se anunciaría como Operation Metro Surge, un despliegue de fuerzas federales que a la postre sería el operativo más grande de la historia de Estados Unidos. A toda hora salían y entraban las camionetas, casi siempre con chapas de otros estados, casi siempre modelos que los activistas pronto supieron identificar.
Para ese entonces Terese ya formaba parte de las redes comunitarias que se habían formado en la aplicación de mensajería Signal. «Elegite un alias, un nombre de guerra, para evitar que sepan más de vos de lo que ya saben». Había redes para los observadores como Terese, generalmente por zona geográfica. Al ver una camioneta con matrícula de otro estado que pareciera sospechosa, podrían pasar el número de chapa al grupo y alguien se fijaría en la base de datos informal que se iba armando con la ayuda de los activistas que se turnaban para estar en la salida de garaje del edificio Whipple anotando las chapas de todos los vehículos. «Si se confirma que el vehículo es del ICE o igualmente lo sospechás, seguilo a ver a dónde se dirige y estate listo para avisar a todos si frena». Al alertar sobre una operativa —casi infaliblemente un arresto o, como lo llamaban los activistas, un secuestro—, salían todos los que estaban en las cercanías. La idea era formar una masa humana de observadores, como se habían entrenado en su momento. Terese, que vive en el barrio Victory, estuvo primero en un canal de Signal para toda la zona norte de Minneapolis, pero pronto se hizo evidente que el trabajo era hiperlocal: tenían que crear canales con un rango de tan solo unas cuadras para garantizar que en caso de que el ICE llegara a un sitio específico, los que vieran la alerta pudieran llegar al sitio en de cinco a siete minutos. Porque, además de tensos y violentos, los secuestros solían ser rápidos.
Ahora que se había topado con el ICE, a Karine le vino una necesidad imperiosa de hacer algo. Resultaba imposible evitar las noticias cuando transcurrían en las calles. Las ráfagas de frío, crueles aun para quienes llevaban una vida en Minnesota, sumaban a la desolación. En boca de todos, palabras de guerra: ocupación, invasión, secuestro, asedio. En charlas con Protect Rogers Park, un grupo proinmigrante de Chicago, les recomendaron usar silbatos para alertar de la presencia del ICE. El protocolo del silbato se diseminaba en redes: «Tres pitidos cortos si el ICE está presente. Pitidos largos si están en medio de un secuestro». Lo adoptaron de inmediato: imprimieron silbatos en impresoras 3D y los regalaron en cafés, tiendas, supermercados.
Poner el cuerpo
En Instagram, Karine empezó a seguir a personas que filmaban redadas y secuestros dentro de su barrio. Decidió hacer la formación de observadora, pero por Zoom. Cuando se unió a la reunión, los cuadritos con las caras se empezaron a multiplicar por toda la pantalla: unas 4.000 personas de todo el país se habían unido a la llamada. Pero después de saber cómo poner el cuerpo, a Karine le costaba imaginarse en ese rol. Además, en los canales de ICE Watch de Signal en los que había logrado entrar, el volumen de mensajes era imposible de sostener: después de trabajar, abría el canal y se encontraba con miles de mensajes no leídos. Tendría que encontrar algún otro modo de ser parte, de resistir. Para ese momento ya había inmigrantes que no salían de sus casas y parte de la resistencia se enfocaba en juntar todo lo que esas personas podrían necesitar y organizar entregas. Además de en escuelas e iglesias, las donaciones se acumulaban en espacios destinados a otros fines: cafés, un refugio para animales, un sex shop. Empezaron a aparecer carteles en las entradas de los restaurantes y las tiendas: «Todos bienvenidos excepto el ICE». En ciertos negocios, cuando se corría la voz sobre alguna redada que culminaba en el secuestro de uno o más trabajadores, los vecinos se presentaban para embolsar las compras o servir las mesas, lo que necesitara el local para poder abrir. Por donde uno mirara también había otros carteles, algunos pintados a mano, otros impresos: en las ventanas de los autos, frente a las casas y hasta en las manos de las estatuas de la ciudad: «ICE OUT», «Fuck ICE», «Abolish ICE». Y en español también: «Chinga la migra». Otros llevaban una imagen que se había vuelto el logo no oficial del movimiento de protección mutua entre vecinos: el colimbo grande, el ave emblemática de Minnesota, con las alas en alto.
Afiches en memoria de Renee Good y Alex Pretti, el 12 de febrero.
Foto: Stephen Maturen, Getty Images, AFP
Karine les escribió a organizaciones que solicitaban voluntarios y empezó a pedir para entrar en otros canales de Signal destinados a la asistencia mutua. Para ese entonces, los administradores de los canales verificaban la identidad de cada persona para evitar infiltraciones, pero los días pasaban y no encontraba cómo ser útil, a quién ayudar. Karine vive desde 2004 en una casa de más de 100 años ubicada en una calle tranquila arbolada en el noreste de la ciudad. El año pasado, la pareja que vivía enfrente se mudó y ella supo, al poco tiempo, que la casa se había alquilado nuevamente. Se quería presentar a los vecinos nuevos. Un día vio a un hombre de aspecto latino salir de la casa, pero no tuvo tiempo de presentarse. Otro día vio a otro hombre entrar. Un par de semanas más tarde, a un tercer hombre. ¿Cuántos vivían ahí? De repente, a mediados de diciembre, al salir de su casa vio a uno de los hombres afuera, cruzó la calle por impulso y le preguntó si podía entrar. Por suerte Karine sabía un poco de español, porque Pedro —el primero de los vecinos que conoció— hablaba muy poco inglés. Se presentó y le preguntó por él y por los otros que vivían allí. Al igual que sus cinco compañeros, Pedro, un ecuatoriano de unos 40 años, no tenía papeles para estar en Estados Unidos. Karine le dio su teléfono y se ofreció para lo que él y sus compañeros necesitaran.
Pedro le escribió a los pocos días. Trabajaba a tiempo completo en dos restaurantes, turno de la mañana en uno y turno de la tarde-noche en el otro, y quería saber si Karine lo podía llevar y traer al trabajo cuando estuviera disponible. Si un agente del ICE para un auto, solo puede pedirle identificación a quien conduce. Karine aceptó de inmediato. Ahora tocaban otras reglas del juego. «No manejes con los vidrios bajos. No prendas el Bluetooth para que no te escuchen. Si un agente te para, bajá el vidrio pero no te bajes del vehículo. Antes de salir, chequeá con la red de tu barrio para estar al lado de cualquier operativa, y si pasás por otra zona de la ciudad enviá un mensaje a tu canal a ver si el administrador puede conectarse con los de ese barrio para darle la luz verde a tu salida».
Renee y Alex
Mientras tanto, cada vez que sonaba una alerta en su barrio, Terese se apresuraba a llegar al lugar del operativo del ICE y enfrentarse con los hombres camuflados. El invierno no daba tregua y salir de observador requería de capa tras capa de abrigo. Para ese momento, la mayoría de los colegios que Terese supervisaba había dado la opción a los alumnos de conectarse desde casa; en South High School, un colegio con muchos estudiantes somalíes, unos 300 jóvenes habían dejado de asistir. Pero el 7 de enero, un día de sol en que la temperatura trepó por encima de los 0 grados, hubo un operativo en una de las secundarias que ella supervisa para arrestar a un trabajador social en el horario escolar. Terese justo estaba de patrulla. Hubo enfrentamientos frente al colegio y agentes del ICE les tiraron gas pimienta a quienes se acercaron. «No entiendo por qué emplearon tanta violencia y de forma tan veloz, sobre todo contra los que observábamos y en cada oportunidad», dijo Terese.
Más tarde ese mismo día, la noticia corrió por la ciudad como un viento helado: un agente federal había matado a Renee Nicole Good, poeta y madre de tres hijos, quien se arrimó con el auto a un operativo del ICE. Cuando un agente le dijo que se bajara del vehículo, ella se quiso ir y ahí le dispararon tres veces; uno de los tiros fue a la cabeza.
Al día siguiente, Terese llegó al hospital con un dolor punzante en el pecho y palpitaciones. Como enfermera, sabía bien lo que podrían significar esos síntomas, pero no era un ataque cardíaco, sino la angustia de encontrarse en una ciudad sitiada. Una semana más tarde, un agente del ICE le dispararía a un hombre hondureño que hacía delivery y la siguiente, el 24 de enero, en otro enfrentamiento entre observadores y agentes fue asesinado Alex Pretti contra el pavimento después de recibir varios disparos de otro agente federal. Al igual que Terese, Pretti fue enfermero antes de morir a manos del ICE.
Pero ni Terese ni Karine ni el pueblo de Minneapolis se iban a achicar. Volvió el frío con insistencia pero hubo cada vez más personas en las formaciones de observadores, cada vez más donaciones en los sitios de ayuda mutua y cada vez más alias en los canales de Signal. Los activistas hacían vigilia frente al edificio Whipple no solo para controlar los vehículos, sino también para brindar ropa abrigada y asistencia a los pocos que liberaba el ICE después de descubrir que no eran «ilegales» —a veces sin zapatos, sin abrigo y sin teléfono celular, en medio de la noche y sin disculpa alguna—. En Northside Peace Park armaron un altar en honor a Renee y Alex hecho de esculturas de hielo con flores adentro. «Porque teníamos que reclamar el hielo [ice] como nuestro». Terese asistía a las protestas en su rol de enfermera y lavaba ojos después del gas pimienta. Un día respondió a una alerta en su barrio y cuando llegó, encontró con gran alivio que no era un secuestro, sino una situación mucho más mundana: una camioneta del ICE tenía una goma pinchada y tuvieron que frenar para cambiarla. Se bajaron del vehículo unos cuatro agentes: dos cambiaban la goma y los otros dos los flanqueaban con sus armas. Terese formó un círculo con los otros vecinos y juntos les lanzaron tantos insultos que aquello casi que se volvió una fiesta: «¿Qué le vas a contar a tu hijo, eh? ¿Que estuviste del lado equivocado de la historia?». «¡Pero qué va a tener hijos ese hijo de re mil putas! ¿Quién tendría un hijo con un matón?». Soltaban carcajadas y su respiración se hacía vapor. La presión popular surtió efecto: Terese dice que nunca vio a nadie tardar tanto en cambiar una goma. Había otros momentos para descostillarse, como los videos en los que agentes del ICE —muchos no acostumbrados al nivel de frío y nieve local— se resbalan sobre el hielo e iban al piso, algo doblemente hilarante en inglés, pues los del ICE se caían sobre el ice.
Operativo de agentes del ICE en un barrio predominantemente hispano, el 16 de diciembre de 2025, en Chicago, Illinois.
Foto: Scott Olson, Getty Images, AFP
Mientras, Karine buscaba a Pedro y lo llevaba al trabajo, al barbero, al supermercado ecuatoriano, donde un día la sorprendió con un pan de leche. Karine tenía el español bastante olvidado y muchas veces se quedaban en silencio durante los viajes, pero también hubo momentos de conexión. «La gente aquí es muy buena», le dijo Pedro un día. «En Ecuador la gente no es tan buena. Dios te ha enviado».
Diez días después del asesinato de Alex Pretti, el llamado «zar de la frontera», Tom Homan, anunció que retirarían a unos 700 agentes de la ciudad. El fin de la Operation Metro Surge se anunció la semana siguiente. Poco a poco, los estudiantes empezaron a volver a los colegios que supervisa Terese y hasta las calles de los negocios de inmigrantes dejaron de ser espacios fantasma de la ciudad. Karine se tomó unos días de vacaciones en Puerto Rico. En la ventana de una casa de la isla vio un cartel que decía «En esta casa apoyamos a la comunidad migrante» y le vino de golpe un orgullo por ser parte de su ciudad, por pensar que el mensaje que habían enviado con sus cuerpos desde Minneapolis, y a pesar de tanto frío, había llegado tan lejos. «La sensación de que todo el mundo nos estaba mirando», dice con asombro.
Ahora que los mensajes del canal de Signal sobre operativas del ICE se redujeron un poco, Terese tiene un poco más de tiempo para los subcanales que surgieron de los grupos de lucha: uno de intercambio de semillas para el jardín, otro del Club de Gritos, donde los miembros se juntan en una plaza o un parque para lanzar alaridos liberadores —no sin avisar previamente a los grupos del barrio sobre la reunión, para que nadie se asuste—. Pero, si bien ahora se escuchan menos silbatazos y hay cierta quietud por las calles, y a pesar de la primavera, que ya se siente en el aire, ni Terese ni Karine piensan que la lucha ha terminado. Todavía hay agentes en las calles, menos armados e incluso algunos vestidos de civil. Las amenazas cambian, lo cual también requerirá ciertos cambios de táctica.
A no bajar los brazos. «Me asombra la manera en que se unió la comunidad y con cuánta rapidez», dice Terese. «Nadie está libre hasta que no estemos todos libres y nos protejamos entre todos». Para ella, los cambios a encarar van mucho más allá que esto. «El modelo de mundo actual que vivimos no es sostenible pero Minneapolis nos ha dado un atisbo de lo que podría llegar a ser», dice Terese.
Wendy Gosselin es traductora de español especializada en ciencias sociales y guiones cinematográficos. Nacida en Estados Unidos, está radicada en Buenos Aires hace más de 20 años, donde toma mate y baila tango, pero nunca perdió su acento.