Hace muchísimos años que las escenas de violencia física, en teatro y en cine, se ensayan y se preparan con algún tipo de especialista que garantiza que puedan representarse de una manera creíble, segura y cómoda para las personas involucradas. Nadie discute la presencia de los coreógrafos de lucha. Pero cuando se trata de escenas de intimidad, desnudez, sexo simulado o violencia psicológica intensa, a veces se sigue creyendo que el actor o la actriz debe poder lidiar con eso como si actuar se tratara de aguantar.
Así se reproducen dinámicas que pueden dar lugar a situaciones complejas. A veces son malentendidos o incomodidades que se generan por las desigualdades de poder. En el peor de los casos, son abusos, violaciones y traumas. Este margen de error tan peligroso durante años estuvo sujeto nada más que a la discreción y la voluntad de las personas involucradas.
«Un set es un recorte de la sociedad, entonces es un lugar donde se dan las mismas dinámicas de poder y desigualdad. La coordinación de intimidad es un rol que se encarga de minimizar esas dinámicas para que las personas puedan trabajar de forma segura». Eso dice Eleni Kolukizian, educadora sexual y coordinadora de intimidad uruguaya. Tati Rojas, directora de actores y de casting y también coordinadora de intimidad argentina, dice: «Las escenas más complejas son las que generan momentos incómodos o te hacen recordar traumas que no tenemos por qué recordar para trabajar. Como equipo técnico también estamos expuestos. Los actores y las actrices ponen el cuerpo en la escena, pero todos dentro del set también están poniendo el cuerpo a la hora de representar una escena que puede poner en juego la vulnerabilidad».
Necesidad y resistencias
El rol del coordinador de intimidad es relativamente nuevo en la industria. Está mucho más asociado a lo audiovisual que a lo escénico. En palabras de la actriz y directora de casting Chiara Hourcade, «fue una respuesta necesaria a los abusos de poder. Con los movimientos que fueron saliendo a la luz, se hizo evidente. Gracias a las luchas de actrices, se hizo imprescindible este rol para que cada persona pueda trabajar con tranquilidad y que la producción respete también los límites de cada uno».
A pesar de que ya viene instalándose con fuerza en los últimos años, todavía hoy algunas personas del medio malinterpretan la función al entenderla como una policía de la moral o una especie de censura. Los directores y las directoras a veces sentían que los coordinadores de intimidad venían a «pasar por encima de su trabajo». Rojas comenta que muchas actrices se habían malacostumbrado a estar incómodas y ahora agradecen su presencia, que la mayoría de los actores también se sienten más cómodos con ella en el equipo y que para las nuevas generaciones es indiscutible la necesidad de ese rol.
La actriz uruguaya Noelia Campo asegura que le parece muy bueno que haya aparecido esta figura: «A veces los actores no tenemos los mismos límites a la hora de vincularnos con el otro. La visión y el entendimiento de un tercero me resultan esenciales a la hora de respaldar al jugador más vulnerable de la escena y que eso no vaya en contra del resultado artístico».
De a poco, la dirección fue entendiendo que la presencia de un coordinador de intimidad también tiene una función artística, creativa. «Después, cuando ven que la toma salió bien, se dan cuenta de que es un laburo artístico y que además les ahorraste tiempo y dinero», dice Rojas. Pero a pesar de esto, a veces se sigue pensando este rol como un mero protocolo legal que las productoras contemplan para ahorrarse problemas, y las personas que lo practican no siempre son reconocidas por su trabajo y la formación específica que tienen para hacerlo.
Un síntoma de salud
Alfonso Tort, actor uruguayo, al ser consultado por el vínculo entre la actuación y la intimidad, afirma: «Mi rol desde la actuación es poner el cuerpo al servicio de lo que se cuenta, siempre y cuando se haya pasado por conversaciones e intercambios en los que se puede acordar hacia dónde ir o cómo filmar». Esas conversaciones se volvieron más permeables y posibles desde que existe la figura del coordinador de intimidad.
Antes del surgimiento de los movimientos que dieron lugar a esta aparición, las escenas sexuales muchas veces eran improvisadas, los actores trabajaban bajo la presión de las jerarquías en el set y por eso los consentimientos eran difusos y ambiguos. La presencia de un coordinador de intimidad habilita un diálogo con todos los departamentos (elenco, dirección, producción, vestuario, sonido, fotografía). Permite encontrar un sentido común de lo que se narra y acordar la manera de hacerlo. Provee mediación profesional para cualquier eventualidad que pueda surgir. «No matamos gente de verdad, el actor no tiene que estar en pedo para hacer de un alcohólico. Es lo mismo: el actor tiene que tener el terreno libre y tranquilo para utilizar su herramienta y hacer lo que el personaje necesita en una situación íntima de una manera artística, creativa. Si no está incómodo, actúa mejor. No es necesario sufrir para actuar», dice Rojas.
Kolukizian, en la misma línea, agrega: «No todas las personas manejan libremente el lenguaje en relación con la sexualidad; hay pudor, hay vergüenza. Nosotros venimos a despejar ese velo y poder hablar con palabras claras, profesionales, describiendo las actividades sexuales, nombrando las partes del cuerpo por su nombre. Eso aliviana mucho porque lo hablamos de forma tan natural que le bajamos varios grados de presión».
La coordinación de intimidad en los espacios de trabajo es un síntoma de salud no solo en lo relativo a los derechos laborales, también en relación con lo artístico. Si pensamos las obras no solo como resultados, sino también como procesos creativos, el aporte que pueden hacer las personas formadas en esto no es solo protocolar. También permiten que tengamos conversaciones que doten de claves de lectura y sentidos nuevos a las maneras en las que narramos y somos narrados. Además de permitirnos trabajar con comodidad para poder enfocarnos, puede posibilitarnos pensar en otras maneras de representar la sexualidad y aportar a la construcción de narrativas más diversas sobre lo íntimo.
El #MeToo y la formalización del rol
El término #MeToo no nació en Hollywood ni en 2017. Fue creado en 2006 por la activista estadounidense Tarana Burke, que trabajaba con adolescentes afroamericanas sobrevivientes de abuso sexual en comunidades vulnerables.
El movimiento se vuelve mundial en octubre de 2017 cuando el diario The New York Times publica una investigación de las periodistas Jodi Kantor y Megan Twohey sobre los abusos sexuales que el productor de cine Harvey Weinstein había estado cometiendo durante décadas. Pocos días después, The New Yorker publicó otra investigación, de Ronan Farrow, que incluyó más testimonios y evidencia sobre cómo el acoso, la agresión sexual y las violaciones eran hechos naturalizados y solapados por estructuras de poder en la industria del cine. La nota expuso que el patrón no era eventual, sino estructural. Se sostenía con silenciamiento sistemático, acuerdos de confidencialidad y represalias profesionales.
Después de esas primeras publicaciones, el 15 de octubre de 2017, la actriz Alyssa Milano publicó un tuit invitando a quienes hubieran sufrido acoso o abuso sexual a responder con #MeToo y la respuesta fue inmediata. En las primeras 24 horas el hashtag se usó más de 500.000 veces en Twitter y millones de veces en otras plataformas. Salieron a la luz testimonios en países de todo el mundo y comenzó a haber cada vez más denuncias. Algo que empezó como un trabajo activista en un territorio específico se transformó en un movimiento global contra el abuso sexual y el acoso laboral.
El impacto del movimiento fue generando cambios en las formas de trabajo. Los estudios y las productoras empezaron a aplicar códigos de conducta y protocolos contra el acoso. Hubo nuevas políticas propiciadas por los sindicatos de actores. Los consentimientos específicos comenzaron a ser documentados. Y fue surgiendo, en este proceso, la figura de los coordinadores de intimidad. En Estados Unidos, Inglaterra y Canadá aparecieron sitios especializados donde formarse y recibir la certificación oficial que permite trabajar en ese puesto. En América Latina y el Río de la Plata todavía hay muy pocos lugares de estudio formales y en sus comienzos el rol tuvo que ver con la necesidad de las grandes productoras y plataformas de contar con alguien para eso.
Kolukizian no tenía demasiado vínculo con el cine ni con el teatro, pero fue requerida en 2020 para hacer ese trabajo por su formación como educadora sexual. «La coordinación de intimidad llegó a mí, yo no la salí a buscar. Mis primeras experiencias fueron más bien autogestionadas, y luego al año siguiente tuve la posibilidad de hacer la formación completa en el exterior y así obtener la información y la certificación que me habilitan a trabajar como coordinadora».
La experiencia de Rojas fue similar. Ella fue convocada para el rol por una plataforma porque trabajaba como directora de casting y de actores. También dice que debió autogestionarse la información hasta que tuvo la oportunidad de estudiar y certificarse. Coincide con Kolukizian en que, si bien el surgimiento de esta figura tiene que ver con la lucha de las mujeres, su trabajo es transversal. «Quizá es un poco utópico lo que digo, porque claramente las mujeres somos las que hace siglos venimos siendo abusadas y por nosotras es que surge este rol de cuidado, pero es un trabajo para todas las personas, porque todas se merecen laburar de esta manera».
«Los primeros años fueron los más complejos y una tenía que focalizarse en que había un bien mayor que estaba cuidando. Había que persistir en entender que era algo que recién iniciaba, que las personas estaban conociendo e implicaba cambios, pero que iba a haber un momento en el que lo íbamos a haber conseguido. Ese momento está cada vez más cerca», agrega Kolukizian.
En el teatro todavía no es tan habitual, pero la necesidad es la misma. Stefanie Neukirch, actriz de la Comedia Nacional, lo entiende así y lo extiende también a lo artístico: «Me parece fundamental la presencia de un coordinador de escenas íntimas. Cualquier escena íntima que desnude tu alma requiere una mirada que te esté acompañando. El teatro es un zoom sobre absolutamente todo lo que nos pasa. Si lo que estamos haciendo nos hace sufrir o abre un trauma que no tenemos resuelto, eso es lo único que vamos a narrar».
Cómo se hace
Conversar, hacer acuerdos de consentimientos específicos y dejarlos por escrito, ensayar, estar en el set, reducir al mínimo la improvisación, prestar atención a que las jerarquías laborales no se traduzcan en abusos de poder, aportar una perspectiva especializada para construir representaciones de la intimidad más diversas y reales. Así podría resumirse, a grandes rasgos, qué hace un coordinador de intimidad. Cómo se hace en la práctica es algo que Kolukizian y Rojas saben explicar desde la experiencia.
«Arranca cuando recibimos un guion. Lo estudiamos, lo desglosamos, buscamos todos aquellos momentos en los que reconocemos que tienen situaciones de intimidad o que por la forma en que pueden ser filmados pueden desembocar en una situación de intimidad. Hacemos todo un desglose y lo presentamos a la producción. Luego tenemos una reunión con el equipo de dirección en la que le preguntamos cuál es su idea creativa para cada escena. Por ejemplo, si hay desnudez, ¿cuál es el grado de desnudez que la dirección espera? ¿Cómo la pensó? ¿Cuál es la narrativa, qué se quiere contar con eso? Recogemos esa información y empezamos a tener reuniones con cada uno de los actores y actrices para contarles de qué va esto. Ahí es donde se pone lindo, porque las personas actuantes reciben toda esta información mucho antes de arrancar a filmar, no un día antes o en el momento, como sucedía. Estas instancias de diálogo son fundamentales y a partir de ahí articulamos con todos los otros departamentos involucrados —de arte, de vestuario y demás— para poder preparar las escenas con base en lo que conversamos», dice Kolukizian.
Rojas, por su parte, agrega que para ella es importante considerar a todo el equipo presente en el set y que está bueno que su trabajo no solo se centre en el elenco, ya que cualquier trabajador involucrado puede sentir incomodidad o presión al tener que participar en este tipo de escenas. «Como equipo técnico estamos expuestos a un montón de cuestiones que hasta ahora no había lugar para decirlo o pedir un reemplazo, a cualquiera le puede pasar que no quiera presenciar una escena que le recuerde un trauma o le incomode. Todos en el set están poniendo el cuerpo».
Hay algunos protocolos que, afortunadamente, ya son bastante indiscutidos. Las escenas se ensayan y coreografían previamente según límites y acuerdos conversados. Las personas presentes en el set se reducen al mínimo indispensable, los monitores quedan habilitados solo para los profesionales estrictamente necesarios para esa escena y nadie más tiene autorización para verlos ni para acceder al material. Los movimientos de los actores y la posición de las cámaras suceden en función de lo acordado —con protectores genitales o barreras realizadas para cada cuerpo y situación de manera específica— y los coordinadores están presentes para garantizarlo; luego también acompañan el proceso de posproducción, para asegurarse de que lo que se va a ver en la pantalla se corresponda con los consentimientos establecidos.
Felipe Ipar, actor y coach de actores en teatro y cine, afirma que cuidar el comportamiento general en los espacios de trabajo es fundamental. Los ensayos y los sets —aún más— son lugares en los que hay mucha gente trabajando al mismo tiempo. «Hay que cuidar la dinámica, que al decir “corte” estén las batas prontas, que el actor se pueda cubrir, que no haya gente innecesaria mirando los cuerpos». Hourcade coincide y habla de la importancia de «generar un ambiente donde no se naturalice la exposición, que todos sepamos que estamos haciendo una escena íntima».
Esto para la coordinación tiene un nombre: setear el tono de trabajo. La existencia de este rol permite hacer un seguimiento especializado, porque la intimidad es algo que cada persona vive diferente. Hourcade cuenta: «Me ha tocado hacer escenas que para mí fueron jugadas. Lo que para los otros capaz que no era tanto, para mí sí lo era. No todos tenemos los mismos miedos, vergüenzas ni formas de pensar. Todos tenemos que entender de límites; entender cuáles son los planos, qué se va a ver».
Kolukizian comparte otro concepto fundamental para pensar la representación de estas escenas y también la sexualidad en un sentido más amplio: «Los consentimientos son específicos, no generales». El consentimiento es algo que opera para cada situación en cada momento determinado y no se puede «dar por hecho» nada con base en algo que haya sucedido en el pasado, aunque haya sido recién.
Para poder hacer esto es que los coordinadores de intimidad tienen que estar formados en educación sexual, perspectiva de género y diversidad corporal y sexual y estar capacitados para gestionar la dinámica del set, el consentimiento y la comunicación de límites de manera continua y para coreografiar las escenas íntimas. También tienen que contar con nociones y herramientas psicológicas para la gestión de traumas, el cuidado emocional. Es un trabajo que está siendo muy requerido y no hay tantas personas con posibilidad de formarse en el extranjero y obtener una certificación oficial.
Kolukizian y Rojas piensan que los desafíos de su profesión tienen que ver con que su rol sea reconocido y legitimado como un derecho laboral para todos los profesionales y artistas involucrados. En Uruguay ya se está trabajando en la redacción de un protocolo que aplique a nivel nacional. En Argentina la industria artística está siendo atacada políticamente y diezmada a nivel económico, por lo que en este momento es difícil pensar en incorporar un rol más a los equipos.
Gaia Marichal, actriz trans que participa en una obra en la que hace un desnudo, aporta un testimonio muy revelador en este sentido: «Cuando estoy en la playa siento cierta incomodidad con mi cuerpo habitando ese espacio. En la obra no me pasaba de atravesar esa incomodidad. El contexto escenario le daba otro sentido a mi desnudez y a la representación de lo íntimo expuesto. Eso es muy distinto a mi experiencia en el día a día». Hourcade también lo vive de esa manera: «Cuando pongo mi intimidad al servicio de una película, tiene un sentido. Permitirte el pasaje de lo privado a lo público. Pero para eso es necesario trabajar en confianza y con seguridad».
Lo bello, lo crudo, lo desnudo
«La piel es la frontera hacia adentro del ser humano. Hay algo de exponer eso con autenticidad que es casi un tubo directo al alma de la persona», dice Neukirch. «Creo que son escenas elegidas para una búsqueda de la belleza, para mostrar algo del ser humano, de su desnudez como ser», dice Tort. «Te permiten ver al personaje sin su gesto social y eso es muy valioso narrativamente», dice Ipar.
Porque puede generar belleza y líneas narrativas que de otra manera no serían posibles, es importante pensar colectivamente para qué se está contando esa escena y qué idea de sexualidad se está abonando con ese gesto. Kolukizian y Rojas afirman que su trabajo como coordinadoras puede aportar mucho en este sentido. Ellas como especialistas saben coreografiar la intimidad, hacer trucos y generar artificios que aporten verosimilitud a las escenas, pero además construir representaciones más reales y más diversas.
«Hemos logrado que sea más representativo el placer de una mujer, que no se muestre solamente en posiciones sexuales en que el disfrute por nuestros cuerpos está en el varón exclusivamente», dice Kolukizian. Rojas agrega: «Cuando se habla de sexualidad, la mayoría del sexo es heteronormativo y desde una mirada hegemónica masculina. La coordinación de intimidad viene a proponer la diversidad en general, la diversidad sexual y también la diversidad de cuerpos».
Campo, como actriz, coincide con las coordinadoras: «A lo largo de la historia la mayoría de las veces el cuerpo femenino fue mostrado desde un lugar sumiso. En el caso de las personas no binarias, existen menos historias contadas y las narraciones de la intimidad han sido, en su mayoría, desde un lugar de patetismo y vergüenza». Dice Marichal en relación con esto: «Las escenas de intimidad son experiencias distintas según las identidades. Imaginate lo que es para los cuerpos que no entran en las estructuras binarias, un cuerpo con pene y pechos como el mío. Ahí está la potencia transversal de exponer un cuerpo trans». Eli Aurora Garrone, performer trans y directora de la obra en la que actúa Gaia, agrega: «Cuando podemos presentar ese despojo y ese acercamiento a la piel, pueden aparecer cosas vinculadas a la belleza del cuerpo humano. Eso permite construir otras narrativas y también nuevos erotismos».
Las actrices, los actores y las coordinadoras piensan parecido. El problema no está en exponer el cuerpo en escenas de intimidad, sino en cuáles son las condiciones en que esa exposición ocurre y cuál es el aporte narrativo y simbólico de esa escena en la construcción de sentido.
Gustavo Kreiman escribe y hace teatro. Sus últimos trabajos como director y dramaturgo fueron El plan de las plantas y Díptico de los padres. Como periodista cultural entrevista a artistas y gestores. Colaboró en LatidoBeat e ideó y conduce el programa Atardecer naranja, en el que conversa sobre procesos creativos con diversos referentes culturales.