Ingresá

Integrantes de la Brigada Patagónica cargan agua para combatir un incendio en el cerro Pirque.

Foto: Denali Degraf

Sin nosotros no hay pueblo

16 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago

Los incendios forestales en la Patagonia argentina se han vuelto cada vez más virulentos y descontrolados. Las explicaciones son muchas, pero la conjunción del cambio climático con la desidia —y los intereses económicos— de los gobiernos se transforma en un combo letal. A esto se le suman la criminalización de las comunidades mapuches y el abandono de los vecinos, que año a año demuestran una organización ejemplar y esperanzadora con brigadas autogestivas. El periodista Denali DeGraf, habitante de la Comarca Andina, escribe una crónica desde el fuego.

Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

En un toldillo a la vera de la ruta 40 a la altura de El Hoyo, un pueblito de la cordillera patagónica perteneciente a la provincia de Chubut, Andrea Baylet, a quien todo el mundo conoce como la Peque, mira un mapa desplegado sobre una mesa con escritos por todos lados. Con la radio en una mano, una birome en la otra, un cigarrillo apretado entre los labios y una musculosa que dice «La revolución será en defensa de la tierra porque si no no habrá dónde hacerla», recorre las anotaciones con el dedo. «Punto de carga: kilómetro 4», «Tanque: escuela 71», «Conexión wifi libre». Está lleno de puntos rojos. Marcan donde hay fuego.

La mesa también tiene una base de handy conectada a una batería de auto con una antena en el techo, además de dos computadoras. En una está el Oso, un joven largo y flaco como cualquier cosa menos un oso, mirando concentradamente el mapa satelital de anomalías térmicas que publica la NASA. Al lado hay otro toldo más grande con provisiones: cajones con frutas, bidones de agua, borcegos, mamelucos y guantes. Hay mesas con sándwiches y barras de cereal y otras con vendas, gazas, colirio y crema para quemaduras.

El lugar es un hervidero de gente. Es la base de operaciones de campaña, el nexo para varias brigadas autogestionadas que combaten un incendio forestal gigantesco que empezó el 5 de enero cerca de aquí. La Peque coordina la Brigada Kume Che («buena gente» en mapuzungún) y el Oso pertenece a la Sacha, agrupación de las sierras de Córdoba que viajó para ayudar en Chubut.

Llega un auto con viandas y enseguida varias manos acuden para descargar todo. «Va una tanda para la escuela 9 y queda el resto para quienes salen desde acá», dice una mujer con un cuaderno en la mano. Llega otro auto. Dos hombres y dos mujeres, todes con ropa ignífuga, van directo al mapa.

«¿Adónde hay que ir?».

La Peque ve que están en auto, no en una camioneta con un tanque, y señala con la birome: «En El Coihue por la zona del aserradero se puede trabajar en seco».

«¿Tienen radio? No hay señal de celu», suma el Oso. «Si no en El Pedregoso la familia Apablaza también solicita ayuda».

«Tenemos handys».

«Genial», dice la Peque y sacude la mano con el pulgar y el meñique extendidos.

Charlan unos detalles y la cuadrilla sale hacia El Coihue. Llega otra, en una camioneta con el tanque jaula de 1.000 litros llamado tótem, y arranca para Epuyén. «Lleven un mameluco grande para allá!», dice la del cuaderno. «Pidieron desde la escuela para Nico». No saben quién es Nico, pero lo van a encontrar. Y así sigue durante todo el día, todo el mes.

*

La palabra emergencia refiere a una situación grave que requiere atención inmediata, pero también significa algo que emerge de un conjunto sin estar presente en ningún componente individual. El movimiento de un cardumen de peces, por ejemplo, o patrones en la forma en que titilan las luces de las luciérnagas. En la Comarca Andina, la zona que abarca El Bolsón, El Hoyo, Lago Puelo, Epuyén, El Maitén y Cholila, una emergencia suscita la otra: ninguna de estas personas era bombero, pero de repente existe una red de brigadas.

En las zonas donde no acceden vehículos se combate el fuego con mochilas.

Foto: Denali Degraf

Aunque tan repentino no fue. Van años de crecimiento. Luis Schinelli es ingeniero forestal y trabaja en el sistema de incendios de la Administración de Parques Nacionales desde 1998. Este año se sumó al equipo coordinador de la Brigada Patagónica, una de estas autogestivas. Él dice: «El piñón creo que fue el incendio en Las Golondrinas, sin precedentes en la historia de Argentina. Ese fue el quiebre».

El 9 de marzo de 2021 hubo ráfagas de hasta 70 kilómetros por hora y a las 16:00 el viento hizo que unas ramas sin podar golpearan el tendido eléctrico en el paraje rural ubicado entre El Bolsón, Lago Puelo y El Hoyo. Las chispas cayeron donde hacía seis semanas que no caía ni una gota de lluvia. La explosión fue apocalíptica. En ocho horas se quemaron 500 casas, galpones y talleres, más plantaciones frutales, vehículos y miles de hectáreas de bosque. Sin la lluvia que cayó a la medianoche, El Hoyo hubiera desaparecido. En promedio, esa tarde ardió una hectárea cada 3,5 segundos. Fallecieron tres personas. Ese día, cualquiera que pudiera salir a dar una mano lo hizo. La gente mojaba casas o ayudaba a sacar cosas y evacuar ante el avance de las llamas, pero todo era improvisado.

En los años siguientes hubo incendios forestales, pero sin viviendas comprometidas. Después llegó 2025. Primero el fuego arrasó con unas 70 casas en una amplia zona rural de Epuyén. Tres semanas después empezó un incendio en Mallín Ahogado que azotó el paraje durante 20 días. Si el episodio de Las Golondrinas fue como una bomba, el de Mallín fue una larga batalla de trincheras, con un saldo de casi 4.000 hectáreas y 220 casas quemadas. Y un poblador muerto.

Pero a esa batalla la gente llegó más preparada. «Ya no es salir corriendo con lo que tengo puesto a apagar lo que puedo», dice Schinelli. «Hay cuadrillas con roles asignados, que saben qué tarea le toca a cada persona, que tienen equipamiento, que estuvieron practicando para saber cómo se maneja, que tienen comunicación».

La célula básica, la cuadrilla, está compuesta por una camioneta, un tótem, una motobomba y un puñado de personas con machetes y motosierras. Las cuadrillas se van organizando en brigadas, cada una con su forma particular. La Brigada Patagónica se caracteriza por una estructura bien marcada. Hay hasta diez cuadrillas, más comisiones de comunicación, administración y mantenimiento. «En caliente», como dicen, arman una base fija con radio y conectividad para coordinar los movimientos. Manejan una presencia importante en redes sociales, con un logotipo propio que también figura en brazaletes para identificarse en el territorio ante cualquier poblador o autoridad.

La Kume Che tiene muy poca estructura definida, aunque la centralidad de la Peque es indiscutible. Existen algunos roles, pero son más fluidos. No tiene presencia en línea, si bien su capacidad de gestión y acción en el territorio es notable.

Hay brigadas surgidas desde la Unión de Trabajadores de la Tierra, del Comité de Auxilio en la Montaña, de grupos practicantes de biodanza, de barrios y parajes de toda la zona. Salen hacia el frente mozos, enfermeras, arquitectos, albañiles, docentes, agricultoras. Vuelven sucias, agotados, de cara tiznada y ojos llorosos.

Hace pocos años nada de esto existía.

Antes, la temperatura era menor. Ahora, en el verano de 2025-2026 la zona tuvo temperaturas promedio de tres grados por encima de lo normal.

Antes, una tormenta eléctrica era una rareza. Ahora, según el meteorólogo Thomas Kitzberger, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas en Bariloche, la caída de rayos ha aumentado tanto a raíz del cambio climático (y caen en bosques cada vez más secos) que provocan 1.700% más igniciones anuales que hace 70 años. Uno de esos rayos este verano inició un incendio en el Parque Nacional Los Alerces que consumió más de 30.000 hectáreas de bosque.

Tareas de despeje en el borde del fuego para evitar la propagación.

Foto: Denali Degraf

Antes el verano era la estación esperada. Tras el invierno lluvioso, llegaba el momento de los mates en el lago o el asado del domingo en musculosa. Ahora es la temporada del fuego y aun cuando no arde nada, es la temporada del miedo. El calor y la sequía producen un temor que vibra siempre bajo la piel. Se escuchan cada vez más comentarios como «en verano no nos vamos muy lejos de casa por las dudas». El fuego se mete en todas las charlas. Una vecina, mate en mano, dice: «Es bravo pinchar la ilusión de poder escaparte a un lugar donde todo va a estar bien. O de ya haberlo hecho».

Antes, la zona solía invitar a hacer comparaciones con paisajes de El señor de los anillos. Los valles bucólicos con cultivos pintorescos y cabañas de madera, rodeados de montañas imponentes, llevaron a mucha gente a ponerles nombres tolkienescos a sus emprendimientos e incluso a sus hijos. Ahora también se habla de la Tierra Media pero ya no por la Comarca, sino por la semejanza a Mordor.

Antes, explica Schinelli, «los incendios eran netamente forestales, nuestro trabajo rara vez involucraba casas o riesgo de viviendas y los bomberos voluntarios se ocupaban de los incendios estructurales». Ahora hay incendios de interfase, en los que la población y el bosque se superponen, y los incendios forestales afectan viviendas, talleres y cultivos. «Los fuegos eran otros. Rara vez, cada equis temporadas, teníamos incendios grandes. En esa época, para nosotros eran incendios grandes. Porque estos son incendios grandes. Y me da miedo lo que viene».

*

Temporada de miedo la de 2021: una madre con sus dos hijos, más el vecino, cuando el fuego les corta todas las rutas de escape, pasan dos horas en una pileta pelopincho con medio metro de agua apenas asomando las caras al aire para respirar.

Año 2026: de madrugada se forma un enorme tornado de fuego a orillas del lago Epuyén, un vórtice rojo que sube girando con un rugido atroz. Horas más tarde, brigadistas defienden casas en la angostura del río Epuyén, pero el fuego corre tan rápido que abandonan sus herramientas y se meten al agua para escaparse.

Tres días después, una caravana de brigadistas de otra provincia avanza por la ruta, pasando por campos carbonizados y todavía humeantes, hacia el frente. Alrededor se escuchan gritos de aliento que evocan a los soldados en la película Dunkirk, emocionados al ver a la flotilla de pesqueros que viene a rescatarlos.

Esta es nuestra guerra, nunca declarada, en la cual la diferencia primordial es que no hay otro ejército con otra bandera y nadie lastima a nadie. Igual, a Schinelli se le mojan los ojos al decir: «Mi objetivo personal cada vez que voy al fuego es que no se queme nadie. No hay nada por lo que valga la pena perder a una persona».

No hay bandos con uniformes distintos enfrentándose, matándose los unos a los otros. Al contrario, hay muchos uniformes diferentes pero todos del mismo lado.

Una tarde, la Brigada Kume Che enfría un flanco del fuego para que no baje hacia Cholila. Un equipo arma una motobomba y una pileta infantil como vejiga. Desde allí enfría el borde del quemado mientras la camioneta va y viene con el tótem para abastecer la vejiga. Otros grupos salen a trabajar el perímetro en seco. Se suma un vecino de unos 60 años, Héctor, de mameluco azul y pala en mano, porque está allí. Selva, una joven delgada con antiparras y la cara envuelta en una remera, arranca su motosierra y va desramando el límite entre las brasas y el bosque aún verde. Héctor la sigue, despejando las ramas cortadas. Se conocieron hace minutos, pero trabajan a la par y van dejando una faja limpia para que el fuego no pase al bosque intacto.

A la vejiga se acercan unos uniformados. Saludan y ayudan a correr la manga a un nuevo sector. Como el día va terminando y lo más urgente ya pasó, se charla. Son del Equipo Técnico de Acción ante Catástrofes, enviado por el gobierno de Córdoba.

«Qué buen sistema ese», dice uno señalando la pileta.

«Sí, es nuevo, recién lo estamos implementando».

«¿Dónde compraron esta manga?», pregunta otro, deslizándola entre sus dedos como quien admira la calidad de una seda.

«Ah, no sé, tenés que preguntarle a la Peque eso».

Desde cierta distancia, detrás de unos árboles, otra voz cordobesa: «Che, por acá se está prendiendo un poco».

«Pedile acá al equipo de agua», contesta su compañero, «yo ya me quiero anotar para trabajar con ellos mañana». Empiezan a acomodar las mangas para llevarlas adonde señaló el cordobés.

Aparece el que pide agua. «¿Dónde está el jefe?».

«No hay jefe».

«Mejor», dice el primero.

«Bueno, igual hay roles, está quien coordina, cada uno tiene su lugar», aclara uno de la Kume Che.

«Pero no es lo mismo que un jefe», agrega otro.

«No, claro que no», responde un cordobés con cara de veterano, anteojos espejados y una sonrisa cálida.

El que había dicho «mejor» señala a ese último y dice: «Él es mi jefe». Todos se ríen.

Una avioneta de combate de incendios en el cordón montañoso que separa Epuyén de Cholila.

Foto: Denali Degraf

No hay jefes. El cardumen se mueve. En centros comunitarios, escuelas y clubes se cocinan cientos de viandas diarias para brigadistas. Pastafrola por metro. Granola a granel. Se cargan autos con esas viandas, luego mochilas, y se camina horas por la montaña hasta los brigadistas en el frente. Otra gente se ocupa de la logística, del mantenimiento de los equipos o de la comunicación. En Mallín, la topografía complicaba tanto que los bomberos oficiales pudieran enviarse mensajes que un grupo de radioaficionados montó una base en la escuela agropecuaria y repitió todas las comunicaciones para mantener a todo el mundo conectado.

A los residentes de la zona se nos llenan los teléfonos de mensajes. Van desde lo muy específico —«Se donaron 2.000 borcegos y buscamos flete desde La Plata»— a lo más general —«Pasame contactos confiables adonde mandar donaciones»—. Circulan afiches por redes sociales con nombres y alias para hacer transferencias. La noticia recorre el país y el mundo y llega el dinero. Nadie dona a través del Estado; todos saben que lo mejor es un contacto humano. Si estás lejos, es más confiable mandarle a quien te haya dicho, ponele, la prima del exnovio de tu vecina, que vive en la zona.

Michelle Naistat colabora con la campaña de una influencer vegana que juntó millones en donaciones. «Tengo mi living lleno de herramientas. Ahora sé lo que es un Pulaski, un McLeod, lo que es un acople rápido para las mangas o un acople Storz, cosas que ni idea antes». En el Centro Cultural Eduardo Galeano, Mercedes Casal coordina la Brigada Morfi. Dice: «Es una magia infernal en la cual todo se va organizando, lo que necesitamos llega». Según Schinelli, «no hay nadie que entienda cómo funciona todo, por suerte. Es una gran visión repartida en muchas cabezas. Uno hace viandas, otro habla por radio, otro maneja una motosierra, otro toma decisiones, otro va y viene con la moto trayendo cosas o dando información. Todos tenemos el mismo poder de voz y voto. Me decía alguien ayer que eso es la democracia real. No votamos por un dirigente y nos bancamos la que nos venga después. Hay una horizontalidad real en la toma de decisiones».

Como resume la Peque, «muchos piensan mejor que uno».

*

Que quienes salen a la batalla peleen todos del mismo lado no quita que haya malos de la película. Durante décadas, el Estado fomentó talar el bosque nativo para poner plantaciones de pinos exóticos, muchísimo más inflamables. No hubo seguimiento para asegurar la poda y el raleo necesarios para bajar el riesgo de incendios. Hoy los pinares abandonados cargan un combustible denso que es un polvorín. La presión inmobiliaria de lotear los bosques aumenta la población que vive en la zona de interfase, con su peligro consecuente. Recientes cambios legales eliminaron las normativas que prohibían la venta de tierras fiscales quemadas, habilitando la quema intencional como modo de abrir vastas extensiones de tierra al negocio. La provincia no mantiene los tendidos eléctricos como corresponde y hay frecuentes principios de incendio a causa de la falta de poda. Debajo de todo está el cambio climático, impulsado por la industria extractivista de combustibles fósiles. Aquí no se trata de una población que se juntó para paliar el efecto de una erupción volcánica o un terremoto; la gente se organiza para enfrentar una crisis de fabricación humana.

Tras los incendios de 2025, cuando cientos de personas de Epuyén quedaron a la intemperie, el gobernador Ignacio Torres prometió ayuda para los damnificados. Sin embargo, un año después mucha gente sigue sin techo y sus movilizaciones para reclamar que llegue efectivamente la ayuda prometida pasan casi desapercibidas. Mientras tanto, una investigación del diario Tiempo Argentino revela que el mismo gobierno de Torres que retiene la asistencia a las víctimas también congeló fondos de cooperación internacional que llegaron para trabajos de prevención. Es decir, no se ocuparon antes ni después. ¿Y mientras? Se dedican a culpar a las comunidades indígenas.

La estrategia de estigmatización está bien aceitada desde hace años.

Trabajo conjunto de los servicios provinciales, el servicio nacional y brigadas autoconvocadas en las cercanías del lago Epuyén.

Foto: Denali Degraf

En 2024, tras un incendio en el Parque Nacional Los Alerces, el gobernador Torres señaló con nombre y apellido a un mapuche como responsable del fuego. Pero solo en los medios, no judicialmente. Dos días después el mismo Torres ofreció una recompensa importante para quienes aportaran datos de cómo se originó el incendio. Si ya sabía quién lo hizo, ¿por qué haría falta eso?

En 2025, fuerzas federales hicieron 15 allanamientos simultáneos en comunidades y domicilios, en los que golpearon a ancianos y secuestraron el ADN de 40 personas a la fuerza. Hubo enormes repercusiones mediáticas. La ministra de Seguridad Nacional, Patricia Bullrich, salió en un video mostrando imágenes del operativo, exponiendo la cara de una detenida y hablando de «terroristas». Pero la causa no tiene nada que ver con los incendios forestales y hubo una sola detención, con graves irregularidades y casi nula evidencia.

En 2026, el incendio en El Hoyo empezó al lado de una comunidad mapuche, la Lof Pulgar Huentuquidel. Días después, el mismo gobernador acusó a integrantes de la comunidad de haberlo iniciado intencionalmente. ¿La evidencia? Se vio una camioneta saliendo con muebles y electrodomésticos. Parece que si uno es mapuche, evacuar con las pertenencias ante el avance de las llamas es incriminatorio.

La táctica de desviar la atención es muy obvia. El peritaje oficial del incendio de 2021 indicó que en Las Golondrinas la causa fueron las ramas sin podar sobre el tendido eléctrico. En 2026 el fiscal contradice al gobernador y admite que el tendido también es un sospechoso en El Hoyo.

Por otro lado, el sueldo básico de un brigadista nacional es de 660.000 pesos (420 dólares), mientras que la canasta básica para una familia de cuatro ronda los 1.300.000 pesos (920 dólares) para no estar debajo de la línea de la pobreza. Hernán Ñanco trabaja en la sede de Las Golondrinas del Servicio Nacional del Manejo del Fuego y dice que los fondos ya designados para el organismo, pero que no se ejecutan desde 2023, suman 21.000.000.000 pesos (15 millones de dólares). Siguen usando equipos, vehículos y ropa que se tendrían que haber cambiado hace dos años y ahora reciben donaciones de la gente. «No me parece correcto. Ya pagaste el impuesto para que yo tenga eso y encima das más guita para que yo tenga una camisa». Continúa Ñanco: «Obviamente, la gente necesita suplir las necesidades que el Estado no le da, la seguridad de que se está combatiendo con todos los recursos que se tiene, entonces ahí es cuando entran las brigadas voluntarias». Según Schinelli, «el pueblo está demostrando que al Estado no le alcanza. La humedad promedio es menor, la temperatura promedio es mayor, hay más viento que antes, hay más tormentas eléctricas que antes. El entorno cambia, el problema cambia. Y la respuesta de las instituciones no. Lo que sí aparece como novedad es este nuevo escenario de respuesta vecinal al problema».

El escritor estadounidense Barry López, en su libro de ensayos Abrazar sin miedo el mundo en llamas, escribe: «El cambio viene rápido en múltiples frentes. Alguna vez contábamos con saber responder a las preguntas importantes... Para sobrevivir lo que se nos aproxima... y perdurar, tendremos que estirar nuestras imaginaciones. Tendremos que confiar los unos en los otros porque hoy es como si cada lugar seguro se ha fundido en algo tan indistinto como el agua. Estamos buscando los barcos que nos olvidamos de construir».

*

En estos años de fuego aprendimos que todo puede ser muy rápido. En 2021 el incendio de Las Golondrinas empezó a solo un kilómetro de mi casa. En menos de una hora pasé de amasar pan a intentar pelear con pala y balde y huir corriendo por el bosque de atrás con mi vecino, flanqueados por llamaradas de 25 metros de altura. Cuando el tiempo es tan fugaz, ayuda mucho tener una lista de lo que hay que llevar en ese momento y hasta tener el bolso armado para la evacuación. Solo lo imprescindible.

Esta respuesta social a los incendios es como un bolso de evacuación. Se acciona lo esencial y se deja atrás todo el resto. A la escala de todo un pueblo, lo esencial puede abarcar mucho. Aparecen espacios de contención infantil. Veterinarios atienden animales heridos y coordinan para alojar ganado evacuado. Terapeutas ofrecen masajes. Una red de psicólogos trabaja con el extenso trauma sufrido. Talleres de costura reparan la ropa de brigadistas. Mecánicos arreglan motosierras y motobombas. Todo gratis.

Se desarman los esquemas normales. Hay gente que no va a trabajar porque sale al fuego; hay gente que vuelve de trabajar a la tardecita, se cambia y sale al incendio hasta la madrugada. Dormís en el piso de una casa ajena o alojás a una familia entera en tu living. El dinero, la comida, las herramientas y los vehículos cambian de mano con una fluidez insólita. Un desastre suspende las reglas normales porque estas son las que impone el ser humano, o, mejor dicho, el ser humano con poder. Nos recuerda que podrían ser diferentes. El fuego nos desviste del orden convencional y vuelve a imponer las reglas naturales. Las personas redescubrimos un modo de funcionar regido por ellas y no por las inventadas.

Brigadistas autoconvocados trabajan en el paraje El Coihue.

Foto: Denali Degraf

Un desastre natural nos saca de la ficción individualista. Nos recuerda que todo es colectivo. La ensayista estadounidense Rebecca Solnit, en su obra maestra Un paraíso en el infierno, dice: «La vida cotidiana en muchos lugares es un desastre que estas rupturas a veces nos dan la oportunidad de cambiar. Son una grieta en los muros que normalmente nos encierran, y lo que entre cuando caigan puede ser muy destructivo o muy creativo. Las jerarquías y las instituciones son inadecuadas para estas circunstancias; muy seguido, son lo que fracasa en las crisis. La sociedad civil tiene éxito... solo esta fuerza dispersa de tantas personas tomando tantas decisiones está a la altura de una crisis mayor. La ciudadanía en estos momentos constituye el gobierno —el cuerpo que toma decisiones— como la democracia siempre promete y rara vez cumple. De esta manera los desastres muchas veces ocurren como si ya hubiera ocurrido una revolución».

*

Cuando finalmente terminó el incendio de Mallín, se hizo una juntada de brigadistas para compartir aprendizajes.

«Veía entrar a heroínas, héroes, gente que se le notaba en el cuerpo, en el caminar, en la ropa, en la cara, que había estado muy cerca de las llamas, cuerpos cansados pero fuertes», dice Delga Narváez, radioaficionada que hizo guardias de comunicación durante todo el incendio. «Cuando me presento como parte del equipo de radio empiezan a aplaudir. No podía creer. Se pelearon cara a cara con las llamas, pusieron en riesgo su existencia y ellos nos aplaudían. Sabía lo que habíamos hecho pero no lo había dimensionado hasta ese momento. Después cuando nos invitaron al cuartel de bomberos para compartir una torta frita y un mate, abrazarnos con las bomberas y los bomberos, nos dijeron “sin ustedes no hubiéramos podido” y nosotros les miramos y dijimos: “Sin ustedes no hay pueblo”», me cuenta llorando.

*

Este verano dejó 64.000 hectáreas monocromáticas. Troncos carbonizados y el suelo gris de pura ceniza. Ahora va llegando el otoño. Llueve. Si en verano salimos a enfrentar la emergencia, en lo que queda del año nos toca reponer lo perdido. Guardamos las mangas (aunque quedan siempre a mano), pero jamás los guantes. Las mingas, las jornadas de trabajo colectivo y solidario, nunca pararon. Todavía no se terminan las obras de reconstrucción tras 2025 y hasta hay cosas que nunca se repusieron después del fatídico 2021. Ahora ya hay más casas que reconstruir, más gente que quedó con lo puesto. Además de las reconstrucciones, suceden encuentros de capacitación en combate de fuego, de psicología de emergencia, de erradicación de pinos y de siembra de árboles nativos. Pero pese a todo el esfuerzo, cada año hay menos bosque y más escombros.

Voy a la obra de una amiga que perdió su casa en Mallín hace un año. Allí pasamos gran parte del año pasado con la Peque y varios más de la Brigada Kume Che, construyendo. Mientras colocamos machimbres en las paredes de lo que será el cuarto de su hija mayor, me cuenta que a la vez que corre para terminar la casa y meterse en ella con su familia puso su cuenta bancaria para recibir donaciones para la Brigada Confluencia y pasó el verano gestionando equipos. «Y sí», me dice. «Es lo que hay que hacer. Sé lo que significa el esfuerzo de una en todo esto».

Es que sin nosotros no podemos. Sin nosotros no hay pueblo.

Denali DeGraf es periodista, escritor y fotógrafo y sigue de cerca los conflictos vinculados con la tierra en la Patagonia desde 2006. Vive en Lago Puelo, Chubut, con su familia.

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

¿Te interesó este artículo?
Suscribite y recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Suscribite
¿Te interesó este artículo?
Recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Recibir
Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura