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Blanca Luz Menéndez en el sitio de memoria La Tablada.

Foto: Guillermo Legaria

Cuánto podemos sentir sin vernos

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En el marco de la reclusión clandestina y el terrorismo de Estado, personas de ambos lados de las rejas interactuaron durante la dictadura civil militar, habitando las más íntimas formas de sentir, conocerse y confiar. En este reportaje, Blanca Luz Menéndez cuenta sobre la complicidad entrañable con Yolanda Yolita Catalina Ibarra Chave y con un soldado a quien llamaban el Apache.

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Mientras el terrorismo de Estado campeaba en el Uruguay de los setenta, hubo personas que aprendieron a confiar sin verse las caras, a sostenerse sin saber sus nombres, con gestos mínimos. En ese mundo en el que todo invitaba a desconfiar, se tejieron vínculos desde la desobediencia y la resistencia que ensancharon, a escondidas, una intimidad nacida a ciegas, sostenida solo por una lealtad auténtica, por la memoria genuina del cuerpo: afectos que inventaron sus propias reglas para hacerse fuertes incluso en donde todo estaba pensado para romperlos.

Cuando Blanca Luz Menéndez, Lucy, fue detenida en plena dictadura civil militar a manos de las Fuerzas Armadas por su militancia en el Partido Comunista de Uruguay, la llevaron al centro clandestino de detención y tortura La Tablada. Con los ojos tapados por vendas transitó tres meses, desde el 29 de agosto de 1978, de plantón, parada, recibiendo torturas, agresiones, presión, manipulación psicológica e interrogatorios diarios.

El plantón se cumplía en el patio, al que se ingresaba por la entrada trasera y estaba rodeado de pequeñas habitaciones, devenidas celdas, donde reposaban otros detenidos mientras se recomponían de las torturas. Allí conoció sin querer a dos personas que marcaron su supervivencia a las torturas físicas y psicológicas: una compañera y un soldado.

¡6008! ¡5089!

En la caída de Lucy hubo alrededor de 30 compañeros. A pesar de las vendas, agudizando sus sentidos fue registrando toda la información que podía. «Yo vichaba a los compañeros que estaban adelante hasta que una vez me pescaron y como castigo nos apretaron la venda a todos. Tuvimos conjuntivitis, nos reventaron los ojos, fue terrible. Cada vez que pestañeabas sentías que te rascaban el ojo», contó.

«En el patio, yo nunca me pude comunicar con nadie», lamenta. Pero recuerda que al lado suyo sentía los lamentos de una mujer. Como no las dejaban solas casi nunca, cuando la soldado que estaba a cargo de vigilarlas salía, intentaban entablar un diálogo imposible a causa de dos radios encendidas a todo volumen, todo el día. «Cuando la milica iba al baño o se ausentaba de su puesto, yo le gritaba “¿cómo te llamás?” o ella me preguntaba algo, pero nunca logramos escucharnos», recuerda.

Durante tres meses de torturas intermitentes, Lucy solo supo su número de reclusa, porque los vigilantes les gritaban para notificar que les tocaba subir las escaleras para ser interrogadas y torturadas: 6008 era el de Lucy y 5089 el de la mujer en cuestión, Yolanda Catalina Ibarra Chaves, también conocida como Yolita.

«¿Con respecto a Yolita qué te puedo decir? Con ella compartimos el infierno», comienza Lucy y continúa: «No pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de que Yolita hacía meses que estaba ahí. Te dabas cuenta por el manejo, por cómo la trataban los soldados, por distintas cosas. Me acuerdo cantado, estaba parada en la puerta de su celda mientras ella se recuperaba vendada en cama».

Lucy supo con el tiempo que Yolita era de la caída anterior y que hacía «como seis meses» que estaba allí cuando ella llegó, sin embargo no lograron interactuar de ninguna manera, por más que lo intentaron.

Sin conocer sus nombres ni sus caras, con versiones parciales de su identidad, pero con la certeza de la humanidad y el infierno compartidos, el destino y el sistema de reclusión dictatorial quisieron que se volvieran a encontrar tiempo después, aún presas: «Supe que se llamaba Yolita el día que me trasladaron a Punta de Rieles, entré en el sector C y me recibió todo el mundo con un abrazo», narra Lucy con vividez.

En ese momento habían juntado a las comunistas en el sector C, en la capilla de Punta de Rieles, prisión donde solo había mujeres, con una reja y dos puertas de madera grandes que se abrieron de par en par. Lucy lo recuerda como un aluvión de esperanza: «Entro y se me viene todo el mundo arriba, se me vino todo ese mujererío arriba a abrazarme y de repente hay un grito».

—¡6008!

—¡5089!

«Ahí nos fundimos en un abrazo y nos conocimos los nombres y las caras, porque hasta ese día éramos solo eso, un par de números», sostiene y concluye: «Nunca supimos que ella era Yolita y yo Luz. Nunca supimos quién era la otra».

En ese momento comenzó otro nivel de amistad. Lucy dice que llegó al penal «muy rayada» a causa de las torturas y las manipulaciones de varios militares, entre ellos Jorge Pajarito Silveira: «Los torturadores lograron que yo, que no les di ni un nombre, saliera sintiéndome una traidora». Fue en ese entonces que Lucy se apoyó en su compañera, que «en ese momento se transformó en un pilar». Se acuerda de las palabras exactas que le dijo: «Lucy, en el momento que corresponda se va a analizar todo. Ahora hay que ponerse firmes, entendelo: estamos entre las muelas del lobo, no podés dudar. Si vos dudás en este momento, si te ponés mal, te van a hacer puré».

Pero el tiempo compartido se vio interrumpido por una reestructura en la que las separaron y Lucy fue trasladada a otro sector. No obstante, esta esquiva amistad siempre encontraba la forma de hacerse sentir cerca, más allá de la distancia: «Un día en el infierno habían pasado la canción “Tú eres mi hermano del alma realmente mi amigo”, de Roberto Carlos. Desde ahí, cuando una veía que el sector de la otra salía formado para la cocina o el recreo, se acercaba a la banderola del baño y le chiflaba o le cantaba esa canción», recuerda feliz, y termina: «Yolita sabía que era yo que le estaba cantando a ella y yo sabía que era Yolita que me estaba cantando a mí».

Siempre estuvieron conmigo

La música, la amistad y los momentos compartidos tomaban otro valor en ese contexto. Lucy dice que «es muy de las canciones», pues estas le quedan atadas para siempre en su mente a las personas, los lugares y los momentos de la vida.

«Ah, era increíble. Escuchar la melodía, sentir el abrazo, sentir el mimo; era saber que Yolita estaba allí y me tenía presente. Era mi amiga», describió Lucy, un sentimiento que perdura hasta hoy. Esa canción quedó atesorada junto a su amistad.

De la misma forma, las canciones pueden marcar determinadas ocasiones. «A fin de año vi el penal de Punta de Rieles a lo lejos, no estaba planificado. Fue impresionante porque empecé a cantar “las tierras, las tierras, las tierras”», expresó Lucy, en referencia al inicio del poema «Galope», escrito por el poeta Rafael Alberti durante la guerra civil española, que era cantado por todo el penal cada 31 de diciembre. Lucy llegó el 28 de diciembre y tres días después quedó deslumbrada ante ese gesto de rebeldía.

¡A galopar, / a galopar, / hasta enterrarlos en el mar! «Galope», de Rafael Alberti

«Era la única oportunidad en que cantaba todo el penal. Temblaba el penal, imaginate, levantábamos los techos. Yo casi morí de emoción, desde ese día digo que creo que de un infarto no voy a morirme, porque me hubiera muerto ahí», bromea, pero cuenta que la dimensión de aquel canto era reconocida por los vecinos del barrio del penal.

Blanca Luz Menéndez en el sitio de memoria La Tablada.

Hablando de todo un poco, Lucy confiesa que no solo sus amigos y el colectivo de presas de Punta de Rieles quedaron grabados a fuego en su memoria musical: «A mí [Alfredo] Zitarrosa me acompañó hasta el último rincón en cada momento, nunca no estuvo con nosotros, lo cantamos allá adentro y lo que él sostuvo con las letras de sus canciones, con aquel adagio que nos llegó, no tiene nombre».

El exilio forzado de Zitarrosa entre 1976 y 1984 debido a la dictadura fue algo que marcó la carrera del cantautor y poeta uruguayo, que a su regreso aseguró: «Si algo me juré cuando decidí regresar fue que de este país nuestro yo no vuelvo a salir». Ante esto, Lucy le replica en un diálogo que nunca se dio: «La timidez y la estupidez me impidieron decirle a Zitarrosa que siempre estuvo acá, porque él se sentía culpable. Él, que sufrió tanto, cuando dice “falta mi cara en la fila, falta en la cara preocupada de mis compañeros”, él sentía que a nosotros nos dolía eso», lamentó.

«Fue impresionante y nunca logré arrimarme y decirle: “Mirá que no te fuiste nunca”. Porque sufrió el exilio, él se sentía como que nos había abandonado, cosa que nunca sucedió, porque siempre estuvo peleando junto a nosotros», reivindicó.

Falta mi cara en la gráfica del pueblo / Mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar / Mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo / Los siete ojos míos en la contemplación del mañana / Mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra / Mi lengua en el idioma de todos / El gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos. «Guitarra negra», de Alfredo Zitarrosa

Sin embargo, se detiene para apreciar una vez más su pluma: «Las letras de este hombre... Es como si hablara a través de tu boca, en una canción encontrás condensado todo. “Para tanta soledad me sobra el tiempo”; son esas cosas que vos las viviste y él te permitió cantarlas, cosas que sentiste y que nunca pudiste poner en palabras. Él nos dio una canción para cada momento, para cada situación».

Para tanta soledad / Me sobra el tiempo / Y el tiempo sí que te olvida / Cuando volvamos a vernos / No sangrarán tus heridas / Yo he pagado tu dolor con el infierno / Tu amor con toda mi vida / Para tanta soledad / Me sobra el tiempo Dile a la vida que viva. «Dile a la vida», de Alfredo Zitarrosa

Sororidad

En una de nuestras charlas, a Lucy se le escapa una gran frase: «Yo aprendí sobre sororidad antes de conocer la palabra, porque la viví con tal intensidad que en momentos jodidos de mi vida después de salir extrañé el penal». Cuenta que al llegar al penal «te envolvía el colectivo. Las mujeres tuvimos ese privilegio: vivir en colectivo. Claro que existió aislamiento y te mandaban al calabozo a veces tres meses, pero volvías al conjunto. Y eso fue invaluable».

En Punta de Rieles, dicen que «aun presas condenadas, procesadas, estábamos colgando de un hilo; nunca sabías qué te podía pasar mañana. El penal me enseñó algo que no existe en la vida normal, porque vos no vivís 24 horas con nadie», analizó Lucy.

«Te levantabas y todos los días, a toda hora, estaba el conjunto sosteniéndote y vos sosteniendo a las demás, que es algo que no se puede imaginar, porque en la vida no se dan esas situaciones límite», contrastó, ya que «los milicos hacían lo imposible por socavar, por serrucharte las patas como pudieran». Como había dicho Yolita, estaban «entre las muelas del lobo» y, según Lucy, eso hizo que desarrollaran «una capacidad de sostener a la gente y que la gente nos sostenga a nosotros que es lo más extraordinario que pasó allí dentro, lo más extraordinario que conocí en mi vida».

Y en medio de ese colectivo se enaltece, una vez más, la figura de esa compañera de infierno. «Para mí Yolita fue el salvavidas, porque yo estaba hecha mierda. Ellas piensan que yo era una heroína por aguantar todo aquello y yo me sentía esquizofrénica porque una parte de mí estaba alerta; les había visto la cara a todos los torturadores, estaba segura de que yo no salía de ahí, de que a mí me iban a matar».

De hecho, Lucy cuenta que al quedar en libertad tuvo un intento de suicidio porque «sentía que era una porquería». «Ahora no lo siento más, eso me abrió la cabeza». Al salir del penal continuaron su amistad: «Luego del intento de suicidio, allá apareció Yolita en mi casa. Ella falleció en 2018, pero algunas veces fui a su casa, pasando el arco de Salinas. Ya estaba jodida, ella tenía enfermedad pulmonar obstructiva crónica, fumaba como una bestia y esa fue la causa de su partida».

Cuidame

En medio de todo el horror vivido en La Tablada, Lucy cuenta que nunca perdió el humor. «Nosotras estábamos a cargo de soldados femeninas y supuestamente no podíamos hablar con los soldados varones, que estaban cuidando al resto», recuerda y añade: «A nosotras nos subían dos soldados; cuando decían “6008”, me agarraban de los brazos y marchaban para arriba».

Pero con el tiempo y a través de pequeñas interacciones, Lucy desarrolló un vínculo especial con uno de los soldados: el Apache. «Yo me daba cuenta: era un bayano, bien del norte, se pasaba jodiendo y hacía bromas. Los compañeros de mi caída le pedían a él un tabaco, un jarro de agua caliente a las tres de la mañana, cuando estábamos congelados de frío en el plantón», recuerda Lucy y ya se empieza a reír por lo que contará a continuación.

«Te puedo contar mil cosas del Apache», comienza. Una noche el clásico entre Nacional y Peñarol lo escucharon todos. Al terminar, los soldados se quejaban de que el juez había favorecido a Nacional y había echado a Fernando Morena, delantero histórico de Peñarol. En el fondo del patio, en la última fila, Lucy no pudo aguantarse la risa.

«Me tenté, no ganábamos un clásico hacía cuatro años», admitió Lucy. Esto ocasionó que su cuidadora alertara al resto: «La 6008 se ríe, debe de ser de Nacional». «Ahí mismo se me vinieron todos al humo, pero un poco jodiendo, en broma. Me decían: “Ah no, gorda, no te damos más de comer si no te cambiás de cuadro. Hoy te cambiás de cuadro porque si no no te damos más de comer”», narró.

Mientras se reía, Lucy les respondió: «No me den más de comer, ¿qué me importa? Cuatro años que no gana Nacional y yo me voy a cambiar de cuadro hoy, ustedes están como locos». Y antes de que la cosa pasara a mayores, el Apache cerró el debate: «Si la gordita es de Nacional, le voy a dar de comer yo».

Dicho y hecho: «A partir de ahí me daba de comer él. Yo pasé un hambre mortal en ese infierno porque tenía terror de que me hicieran el submarino con el estómago lleno. Entonces, tomaba todo el caldo y comía un poquito», sostuvo Lucy. Ante esto, el Apache, que la había observado, cuando le servía, le decía: «Bastante caldo para la gordita, así le quedan los cachetes rosados». «Me ponía pila de caldo y yo tomaba todo; también me traía unos colchones gloriosos, porque nos daban jergones que tenían piedras que se te clavaban, y él me traía un colchón y ponchos: “¿Estás bien, gordita, o querés otro poncho?”», recuerda Lucy imitando la tonada del norte del país.

Blanca Luz Menéndez en el sitio de memoria La Tablada.

Solo estoy haciendo mi trabajo

«Un día, [un torturador que podría ser José Antonio Puppo, alias] Rodrigo me dijo: “¿Vos te creés que acá vas a tener un protector, gorda? Vos no hablarás, pero te vas a morir acá parada; cuando alguien te mande sentar, decile que tenés órdenes de Rodrigo de morirte parada. No te sentás nunca más”», recordó Lucy, y apenas se fue Rodrigo se acercó el Apache «todo compungido»:

—Ay, gordita, ¿por qué no les decís algo? Deciles un nombre. Fijate todo el tiempo que hace que vos estás acá. Ya no debe de haber nadie. Les das un nombre y te vas. Mirá cómo te tienen, te van a hacer hablar al final.

—No, Apache, yo no puedo darles un nombre de un compañero, esto es demasiado horrible. ¿Sabe una cosa, Apache? Alguien dijo una vez que más vale morir de pie que vivir de rodillas. Y eso es verdad.

—¿Sabés qué? Tenés razón, gordita.

Ese intercambio fue para Lucy «lo más genuino» que le pasó en La Tablada: «Había mucho más en esa relación. Sentí que me lo dijo con el alma», subrayó; en un contexto en el que recibía presiones y manipulaciones diarias de los militares, parecía que podía confiar tímidamente en alguien.

Al persistir su negativa a aportar información a los militares, Lucy recibió la orden de cumplir un plantón con cuatro baldosas entre pie y pie, que «es la distancia exacta en que te resbalás hacia afuera y tenés que volver; todo el tiempo extendida e inestable, era mortal el plantón con las cuatro baldosas», apuntó. Por si eso fuera poco castigo, recalcó que «había milicas que me pateaban los tobillos; los tenía por explotar. El Apache venía y a las hijas de puta que me pateaban les charlaba, les contaba que había hecho esto o aquello, les daba charla toda la tarde y me dejaban en paz».

Había otras cuidadoras que no lo dejaban hablar con ella, relata Lucy: «Era tan cómico, porque él paseaba por la otra punta del patio y cantaba un aviso que había de pantalones Porteño: “Mirá, mirá qué pinta me da, mirá, mirá qué pinta me da. Pantalones del Porteño, ni naná. Me lo pruebas y me lo llevo, ni naná”. Y yo me reía a carcajadas. Las milicas le gritaban: “¡Apache, no le hables a la 6008, no hagas reír a la 6008!”».

«Además, se defendía y las dejaba rabiando: “Ella se reirá de las cosas que ella está pensando. ¿Qué tengo que ver yo que estoy acá lejos, que no le dije nada?”», emuló Lucy y acotó: «Cosas así, que me hacían reír a una cuadra. Él me hacía reír».

«Nunca, pero nunca supe quién era. Supongo que tenía alguna hija de mi edad, siempre me dio esa sensación, hasta que un día le pregunté: “¿Usted tiene hijos, Apache?”, y me dijo que sí, entonces le prometí: “Cuando esté en Punta de Rieles, le voy a tejer algo para sus hijos”», señaló Lucy, aunque aclaró que luego de salir de La Tablada, «en Punta de Rieles no había forma de que una reclusa tuviera contacto de ningún tipo con un soldado de la guardia externa».

«No sabemos las cosas que hacían algunos soldados, lo que se jugaban ellos para sacar un mensajito avisando que vos estabas bien o cosas así», valoró Lucy, que además argumentó que «había de todo y más en los milicos de campaña, donde a veces no hay otra fuente de trabajo. Los derivaban para acá y terminaban metidos sin tener nada que ver con esto».

«Estoy convencida de que el Apache en el fondo no avalaba todo eso que estaba pasando allí, pero él no podía quedarse sin su laburo, tendría a sus hijos, su mujer, es la historia de muchos en la frontera», concluyó.

En otra charla, hace mucho, Lucy contaba que lo que más la horrorizó fue que «detrás de los oficiales que nos estaban torturando había seres humanos», pero hoy vemos la otra cara de esa misma moneda: «Detrás de los mismos guardias que nos estaban controlando había algunos que estaban allí porque no tenían otro laburo, se estaban ganando la vida como podían», afirmó. «No los culpo. Al pueblo uruguayo en 12 años de dictadura nos hicieron pelota 500 veces y nos paramos de nuevo para seguir adelante».

Facundo Verdun es periodista en la diaria y escribe historias en las que el pasado reciente se cruza con el deporte, la memoria y la política.

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