Ingresá

Ilustración: Lucía Franco

Fantasmas en las redes

13 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago

En medio de la cultura del exhibicionismo, los adolescentes, y un poco más grandes también, crean códigos de ocultamiento en sus redes sociales, en parte para evitar la vigilancia adulta, en parte por una necesidad de control de su propia imagen. Esta «estética fantasma» convive con consumos problemáticos de plataformas, madres y padres que no saben qué hacer y proyectos de ley regulatorios.

Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Swipe, scroll, swipe, scroll. Un pulgar se desliza con cadencia mecánica, una lacónica coreografía de la insatisfacción que se repite en miles de dormitorios de Montevideo, de Punta Carretas a la Curva de Maroñas. De acá, de allá y de más acá. No hay sonidos ni excitaciones: apenas el resplandor azulado que rebota en las pupilas de un adolescente que no busca ser visto, sino —probablemente— desaparecer mientras mira.

En la pantalla de su teléfono, su perfil de Instagram es una suerte de páramo digital: cero publicaciones, una biografía críptica o inexistente y una foto de perfil que es, en realidad, un plano detalle de algún absurdismo aesthetic, como le dicen estas generaciones a todo lo que indique cierta armonía visual, un fotograma de un animé de culto de los años dos mil o una simple mancha de color. O nada de nada. Ante los ojos de un adulto, esa cuenta probablemente se yergue muerta, como un error del sistema o como una invitación a despertar alertas por depresión. Para la generación que hoy transita entre los 15 y los veintipocos, esa cuenta está en su estado más puro y funcional. Ese es su código (ellos dirían coded), aquel que los expertos bautizaron informalmente «estética fantasma».

Estamos ante el fin de la era de la exhibición total que inauguraron los millennials y el nacimiento de un narcisismo inverso, una forma de vanidad que se alimenta de la ausencia. Como señala el filósofo surcoreano Byung-Chul Han como tesis central de su libro La sociedad de la transparencia: «El exceso de visibilidad no produce luz, sino ceguera». Aquí anida «algo» de recoger ese guante.

Si para los nacidos en los ochenta y los primeros años noventa ser era acumular un archivo digital de felicidad mostrable, horizontes con filtro y platos de comida perfectamente iluminados, para los nuevos dueños del código el prestigio es el gatekeeping; así le dicen, en inglés, al acto de controlar con celo quién puede ver sus contenidos. Por ahí, la soberanía del silencio y el refugio en los «mejores amigos», ese círculo verde que funciona como un club privado digital donde el contenido es sucio, mal encuadrado, efímero y rabiosamente real, lejos de la mirada ploma de los padres, de los algoritmos de venta y, sobre todo, a años luz del cringe, otra forma de decirle a la vergüenza ajena.

Cualquiera que haya sobrevivido a la adolescencia sabe que crecer es, esencialmente, un ejercicio de demolición controlada. Esto canta la estrella pop generación Z Billie Eilish en «Getting Older»: «Cosas que antes disfrutaba / Ahora solo me mantienen empleada / Cosas por las que estoy agradecida / Me persiguen durante toda la noche». Eilish conjura el problema estructural de la época. Esto sostiene Olivia Rodrigo, otra coetánea, en «Making the Bed»: «Me hago la víctima con una seriedad mortal / Conseguí todo lo que quería, pero mentiría si dijera que ahora soy feliz / [...] Yo soy quien apretaba los gatillos, así que intento que no se note / Pero estoy cansada de mis juegos, y estoy cansada de mis canciones, y estoy cansada de ser yo». Nada nuevo bajo el sol de quienes adolecen.

Y hoy, en este preciso instante de la historia, el sol es el resplandor de una pantalla que no perdona. Los jóvenes necesitan destruir versiones de sí mismos cada seis meses para poder seguir adelante. El problema de esta década es que esa demolición queda registrada en alta definición y almacenada en una nube que no olvida.

Pablo López Gómez, coordinador de Género, Sexualidad y Salud Reproductiva de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República (Udelar), lo disecciona con una precisión que incomoda: «Guardo de mi adolescencia un video de Bariloche y algunas fotos de cumpleaños de 15. Todas me dan cringe. Pero un gurí de hoy se está viendo permanentemente en un registro insoportable de su vida, de cada minuto, que lo tienen subido o no, pero está ahí. Se avergüenzan de sí mismos porque están en pleno desarrollo y es lógico que a los 15 te parezca vergonzoso lo que hiciste a los 14 o a los 17 te parezca vergonzoso lo que hiciste a los 15». Y así. Y asá. Juventud, divino tesoro.

Cambiaron la onda

La estética fantasma surge entonces no como una pose, sino como un botón de pánico preventivo, una limpieza de sangre digital. Si no hay archivo, no hay prueba. Si no hay prueba, no hay juicio diferido. Así las cosas, el experto explica que, a pesar de los fantasmas del pánico moral adulto, los adolescentes uruguayos han desarrollado ideas muy sofisticadas acerca de cómo protegen su privacidad. Esa sobreexposición que a veces asusta al mundo de los mayores, esos casos de viralización extrema o de exposición imprudente representan apenas a 20% de la población joven. La mayoría utiliza el perfil vacío como una trinchera, una forma de marcar una frontera identitaria infranqueable. «Estas son mis palabras, no hables como yo, no me imites», parece ser el mantra que subyace a la pantalla en negro.

Esta es una lucha generacional que se libra en el terreno minado de la vergüenza ajena. El cringe es el nuevo muro de Berlín, una frontera estética que separa a los que entienden el código de los que intentan comprarlo. Esto pasa desde la irrupción de la cultura joven (el nacimiento de «lo teenager» es de 1944) hasta nuestros días. Los pibes ven a los adultos —especialmente a los políticos en campaña y a sus propios padres— tratando de imitar su jerga, usando términos como basado, skibidi o six-seven de forma anacrónica o subiendo memes que caducaron hace tres actualizaciones de sistema, y sienten una especie de náusea estética. Ya lo señaló el abuelo Simpson con una precisión quirúrgica que duele: «Yo sí estaba de onda, pero luego cambiaron la onda. Ahora la onda que traigo no es buena onda y la onda de onda me parece muy mala onda. Y te va a pasar a ti».

En Argentina sucedió una escena tremendamente pop que viene a cuento: en 2019, los jóvenes andaban copadísimos con la irrupción de los traperos y su referente, Duki, había popularizado el concepto «skere», una estilización canchera de let's get it. Hasta que el conductor Marcelo Tinelli lo usó en televisión, ante una audiencia de mayores de edad. Delante de un público que, a ojos de los traperos y sus pequeños seguidores, definitivamente no iba con su flow. De sopetón, el mismísimo Duki lo jubiló al instante. Hubo anticuerpos para la popularización de un código salmodiado entre ellos.

A la sazón, López Gómez señala que este sentimiento de rechazo hacia lo adulto es histórico y necesario para la formación de la identidad, pero ahora cuenta con un registro técnico que lo vuelve omnipresente y cruel. El adulto que publica una foto dándole un beso a su hijo en la puerta del liceo porque ganó una medalla o el que filma un video haciendo un baile de TikTok en un casamiento está cometiendo, ante la mirada joven, una violación de su soberanía digital y una exposición al ridículo que no tiene vuelta atrás.

«Antes eso no pasaba, no teníamos la opción de comentar en tiempo real que un profesor es un ridículo. Ahora los ven subiendo contenido y tienen el medio técnico para criticarlo y decir que les da vergüenza ajena. El mundo adulto se volvió ridículo porque ahora lo vemos todo el tiempo en circunstancias que antes eran privadas», afirma el psicólogo. Hay una inversión de la mirada: ya no es solo el adulto el que vigila al joven, sino que el joven juzga la falta de lectura de contexto de un adulto que postea como si estuviéramos traficando el mismo código epocal del Facebook de 2010.

Cada vez más chicos, cada vez más separados

Pero detrás del humo de las stories, el vacío de los muros y el doomscrolling de TikTok, hay datos duros que exigen una lectura menos emocional. Ana Laura Pérez, periodista especializada en tecnología y plataformas, advierte que la conversación pública en Uruguay suele estar viciada por una mirada adultocéntrica que simplifica el uso del dispositivo como una mera pérdida de tiempo o una adicción lineal. El estudio Kids Online Uruguay 2022 revela una realidad más matizada: las redes son entornos de aprendizaje y socialización fundamentales que no pueden medirse solo por el reloj.

Para ella, el inicio del vínculo con las plataformas ocurre en edades asombrosamente tempranas. YouTube es la puerta de entrada para niños de 2 o 3 años, y para cuando llegan a los 8 o 9 ya habitan TikTok o Instagram a través de cuentas prestadas o teléfonos de sus padres. Es una inmersión profunda en un océano de estímulos antes de tener la capacidad de procesar qué es contenido real y qué es una construcción algorítmica.

Manuela Costa, socióloga e investigadora, exintegrante del núcleo interdisciplinario sobre adolescencia, salud y derechos sexuales de la Udelar, aporta la dimensión estadística que ancla el relato: en Uruguay, siete de cada diez niños y adolescentes se conectan incluso desde sus centros educativos. Las redes más usadas son Youtube (95%), Whatsapp (87%), TikTok (77%) e Instagram (66%). Lo fascinante para la sociología es que este consumo no es una masa informe. Está profundamente segmentado por intereses y género. Mientras los varones se sumergen en el mundo del streaming, los videojuegos en Twitch y los discursos de la «manosfera» —que van desde el estoicismo y el fitness hasta ideologías más conservadoras o misóginas, escuelas de seducción y filosofías de éxito individual—, las mujeres habitan un Instagram dominado por rituales de skincare, belleza y la construcción de una feminidad hipercurada.

Y este consumo segmentado no es inocente. López Gómez advierte que los varones jóvenes están siendo captados por material vinculado a la manosfera que llega a través de algoritmos de recomendación. No siempre es la oscuridad total. A veces se enganchan por el lado del estoicismo, la mejora física o tácticas para ser «atractivos», pero ese contenido a menudo sirve de puerta de entrada para discursos misóginos o ideologías conservadoras que resuenan con su necesidad de pertenencia, esa validación externa que en la adolescencia adquiere un peso vital.

Del otro lado, las niñas y las adolescentes se ven empujadas hacia las tradwives (influencers que dicen que llevan un estilo de vida de esposas tradicionales) o la obsesión con el cuidado de la piel desde los 10 años, lo que favorece una hiperfeminización que también responde a una búsqueda de identidad en un mercado de atención feroz. Costa utiliza una metáfora que resuena con la fragilidad de la época: «Los adolescentes saben cómo funciona el barco, pero no saben navegar seguros en altamar».

Cómo se regula un consumo

El mar digital uruguayo tiene corrientes algo sinuosas: 35% de los menores declaró que vivió algún episodio negativo en internet durante el último año y la mitad sostuvo que el tiempo en pantalla ha afectado su sueño, su alimentación o sus vínculos. Sin embargo, el problema no es la red en sí, sino la desregulación y la soledad de esa navegación. Según una investigación de EnRed, que estudia los vínculos de los adolescentes con los entornos digitales, 90% de los adolescentes declaró que los docentes emiten mensajes sobre sexualidad de forma poco frecuente, a pesar de que ellos consideran que esos mensajes son importantes. Hay una brecha insalvable entre lo que pasa en el aula y lo que los adolescentes buscan —y encuentran— en sus dispositivos: desde memes que funcionan como recursos gráficos de educación sexual hasta pornografía que se consume a edades cada vez más tempranas.

En este contexto, el Parlamento uruguayo anunció en febrero que pondrá en marcha una comisión bicameral para avanzar en una regulación de plataformas digitales orientada a proteger a niñas, niños y adolescentes. La iniciativa cuenta con «amplias mayorías», según le dijo a la diaria el diputado del Partido Nacional y presidente de la Cámara de Representantes, Rodrigo Goñi.

Por otro lado, el debate sobre la regulación de los celulares en los liceos uruguayos ha pasado de ser una charla de pasillo a una urgencia con resonancia legislativa. Roberto Balaguer, psicólogo y experto en educación, sostiene que la discusión de fondo es cultural y no puramente técnica. Existen dos polos: la prohibición absoluta, que busca rescatar el aula como un templo de atención, y la integración, que pretende educar en el uso. Balaguer explica que, desde el punto de vista neurobiológico, las redes trabajan sobre circuitos de recompensa —dopamina, anticipación, refuerzo variable— similares a otros comportamientos potencialmente adictivos y a la ludopatía. «Pero reducirlo solo a eso es simplificar demasiado. También hay una dimensión psicológica clave: las redes muchas veces funcionan como reguladores emocionales, como objetos de sostén o identidad», afirma.

Para Balaguer, la «estética fantasma» es una sofisticación de los usuarios más jóvenes que han aprendido que lo millennial es «demasiado»: demasiado expuesto, demasiado intencional, demasiado transparente. El nuevo poder consiste en gestionar con exactitud milimétrica quién tiene permiso para mirar y quién queda fuera del círculo verde de la intimidad. De nuevo, no es un rechazo a la red, sino una huida hacia espacios cerrados, hacia una circulación de mensajes que no deja huella para el escrutinio público. Es, en palabras de Balaguer, un cambio en la lógica de la vanidad: de la exhibición abierta al control absoluto de la imagen, a veces incluso desde la ironía o el bajo perfil. Es la gestión de la visibilidad como un activo de poder.

El gran obstáculo para cualquier intento de educación digital es la hipocresía estructural del mundo adulto uruguayo. López Gómez es implacable al cuestionar la autoridad moral de una generación que pretende regular el consumo ajeno mientras padece una dependencia similar. «¿Quién los va a educar? Los adultos lo estamos haciendo permanentemente mal en las familias. La gente de 40 años tiene una cantidad de horas de pantalla que es una locura y ellos mismos manifiestan que no pueden dejarlo, pero no lo viven como un problema de aprendizaje, sino como una fatalidad», reflexiona.

Esta falta de criterio adulto se traslada a la política: dirigentes que miden su relevancia por la repercusión de un post o que intentan captar el voto joven con campañas que generan un cringe sistémico. De hecho, la campaña 2024-2025 tuvo muchísimo de este sustrato, con Andrés Ojeda y los spots musculando, Yamandú Orsi montándose a los trends de TikTok, Álvaro Delgado y sus vlogs de campaña, Juan Sartori vendiendo su política como si fuera un producto de Silicon Valley y la edición saltarina de los videos de Laura Raffo. La ecuación da como resultado la muerte del código, el triunfo del cringe y el movimiento de adolescentes mudándose a nuevas trincheras, más difíciles de rastrear.

López Gómez señala que el mundo adulto ha suspendido la discusión sobre lo que es humano, verdadero y valioso. Cuando un político intenta «hablar joven» o utilizar un meme que ya caducó —el equivalente digital a vestirse de pendejo a los 50—, el adolescente no ve cercanía, ve una máscara mal puesta de alguien que le teme a la opinión pública digital. «Hay que valorar más cuando te distanciás y ellos saben que están escuchando otra cosa, no cuando tratás de imitarlos, porque les parece ridículo», sentencia el psicólogo. Además, advierte sobre el diseño adictivo de los shorts de Youtube y los videos de TikTok: esa promesa de «mirá uno más, mirá uno más», una búsqueda de recompensa variable que impide incluso la interacción con los amigos que están presentes físicamente. Es un fenómeno de aislamiento en conjunto que afecta la capacidad de generar un pensamiento sustentado y puesto en cuestión a partir del debate de ideas. Y una maña de época: los jóvenes suelen tener una cuenta de Instagram A para caretear entre amigos y familiares y una B para unos pocos, muy, muy pocos. Y otra maña más: muchas veces, los padres suelen estar bloqueados de esas redes sociales.

Mientras tanto, la educación pública uruguaya todavía no tiene una política unificada, pero la presión social crece. Pérez señala que algunos colegios privados ya han hecho públicos sus «experimentos» de restricción total, buscando mitigar problemas de atención que parecen epidémicos. Sin embargo, la brecha persiste. Mientras los adultos temen por la violencia digital o el engaño —fantasmas que, según López Gómez, son muy reales y dolorosos—, la respuesta pedagógica suele burocratizarse.

«Los niños y las niñas de menor edad, entre los 9 y los 12 años, son quienes manifiestan que saben menos qué hacer si alguien hace algo que no les gusta en internet», explica Costa. Es decir, los más chicos tienen menos recursos de respuesta ante un entorno que los bombardea con estándares de éxito, belleza y popularidad medidos en likes. La estética fantasma surge aquí como una armadura invisible. Si no hay rostro, no hay blanco para el ataque. Si no hay historia, no hay pasado que pueda ser usado en contra. Es una forma de resistencia pasiva ante la vigilancia constante de una sociedad que ha convertido la atención en la moneda más cara del mercado.

Territorios soberanos

La estética fantasma es, en última instancia, la única forma de soberanía posible ante un sistema que exige la transparencia total para poder convertir la identidad en un activo publicitario. Al vaciar el feed y no dejar rastro, los pibes les quitan al algoritmo la materia prima de su juicio y a los adultos la posibilidad de la vigilancia. Es una declaración de principios que no necesita palabras. Costa recuerda que acompañar significa que los adultos sean ejemplo, estableciendo límites que fomenten el equilibrio entre lo digital y lo analógico, como excluir pantallas de las comidas o del dormitorio o simplemente generar conversaciones sobre lo que consumen sin juzgar.

Pero en un entorno en el que los padres compiten con sus hijos por el tiempo de atención frente a la pantalla, en el que la política se ha vuelto un espectáculo de comentarios en X y el debate de ideas ha sido reemplazado por la reacción inmediata, el ejemplo escasea. La clave no parece ser la prohibición por la prohibición misma, sino la construcción de una ciudadanía digital que les permita a los jóvenes navegar sin naufragar, entendiendo que el derecho a la intimidad es también el derecho a no ser un contenido permanente.

Mientras el Estado uruguayo debate leyes y los centros educativos ensayan restricciones —con resultados mixtos que van desde el rechazo total hasta la integración tutelada—, el pibe de 17 años en su cuarto apaga la luz, ignora las notificaciones del mundo exterior y se refugia en un grupo de Whatsapp o en una historia efímera que solo verán sus elegidos. Y otro dato más que viene a cuento: algunos jóvenes se apropiaron de las stories de Whatsapp, un territorio históricamente dominado por «las tías y los tíos». Ahora bien, para el resto del mundo, para los políticos que buscan su voto, para los sociólogos que analizan su comportamiento y para sus propios padres, que intentan descifrarlos, los jóvenes han elegido ser unos fantasmas. Cerrar la sesión, borrar el rastro, habitar el silencio.

La estética fantasma no es timidez ni falta de interés. Al contrario, se asume como la última trinchera de la libertad en un siglo que decidió que la privacidad era un error de software. En esa pantalla en negro, en ese perfil sin fotos, en ese anonimato activo de X se está gestando la verdadera identidad de una generación que entendió que la única forma de no ser usada por la red es, a veces, dejar de existir.

Al final de este ovillo, el rastro de ceros y unos es lo único que queda: la señal concreta de que alguien estuvo ahí, pero ya se fue a un lugar donde nadie puede seguirlo. Swipe, scroll, swipe, scroll. Y mientras el mundo adulto grita para ser escuchado en los vacíos y cada vez más huecos caireles de internet, ellos permanecen callados, observando desde las sombras de un feed que no tiene nada que decir, porque lo más importante siempre está pasando en otra parte.

Hernán Panessi es periodista argentino especializado en cultura popular. Nació en Lanús, en 1986, y escribe a diario desde una cafetería del Centro de Buenos Aires. Publicó cuatro libros y un fanzine. Tiene un canal de Youtube. Además, es parte del staff del suplemento NO de Página|12 y desde hace más de una década colabora con la diaria y Lento.

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

¿Te interesó este artículo?
Suscribite y recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Suscribite
¿Te interesó este artículo?
Recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Recibir
Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura