Hay lugares que no se recorren: se descifran. O quizás, más precisamente, nos descifran mientras avanzamos por entre ellos. A lo largo del camino, el viajero va atesorando una intuición persistente: ciertas geografías, en principio sustantivamente distintas entre sí, comparten una lógica profunda, subterránea y emergente a la vez. No es una forma visible ni una estructura reconocible de inmediato, sino una experiencia: la del extravío.
El laberinto, más que una figura arquitectónica heredada de la Antigüedad, fluctuando entre lo lúdico y lo carcelario, puede pensarse como una condición perceptiva, como un laboratorio de probabilidades, sombras y misterios. No se trata necesariamente de muros, bifurcaciones o centros ocultos, sino de una forma particular de relacionarse entre el cuerpo, el espacio y el sentido. He ahí la magia.
Derivemos entonces entre lugares que encarnan, cada uno con sus mañas, esa lógica: medinas, ciudadelas, grandes urbes, bosques, archipiélagos y desiertos interpelan la posibilidad misma de orientarse, como sólidas prefiguraciones del concepto de lo laberíntico, alegorías de lo hipnótico.
El laberinto como organismo
En las medinas de Marruecos, el laberinto no es metáfora: es experiencia inmediata, tangible y divisible. Las bellas callejuelas peatonales no siguen una lógica cartesiana ni obedecen a una planificación que las arree hacia un objetivo concreto. Este burgo chúcaro, esta especie de urbe amurallada, maltrecha en su obscenidad compositiva, se despliega como un tejido vivo, resultado de siglos de indómito crecimiento. Pasajes estrechos que se bifurcan sin aviso, callejones que parecen conducir a una salida y se repliegan sobre sí mismos, puertas anónimas, escaleras y desniveles desconcertantes como en un cuadro de M. C. Escher, muros engañosos, sombras que borronean las referencias espaciales. Su atmósfera vibrante, acompasada por la artesanía y el comercio, resulta el goce del viajero, la frustración del turista.
En Fes, Tánger y Marrakech el recorrido por las arterias que se sumergen bajo los parapetos, entre las ratas, el olor penetrante y las telas señoriales, emerge ora en el zoco de los herreros, ora en el de los carpinteros, ora en el de los panaderos. En Chefchaouen, además, el azul que cubre paredes y calzadas desdibuja sus confines, haciendo del transitar una vivencia casi onírica.
Aquí el mapa pierde autoridad. Lo único que orienta es el cuerpo: el olfato que reconoce especias o humedad, el oído que distingue una plaza cercana, la memoria breve que ensaya trayectorias y las corrige sobre la marcha, mientras esquiva un burro o a un viejo barbudo de capucha respingada vestido como un druida. Perderse no es un accidente, sino el quid de la experiencia. La medina no sugiere un centro claro, sino que se ofrece a ser recalculada cuantas veces pueda el pie del caminante: desplazada la hegemonía de la centralidad, impera la de las ganas y la intuición. Y la de los gatos, que abundan y se mimetizan en el entramado sensorial.
Las sinagogas, los mausoleos, los kasbahs (fortalezas), las medersas (escuelas centradas en la enseñanza coránica) y los minaretes de las mezquitas que se alzan como centinelas salen de modo sorpresivo al paso del caminante, que se las ingenia para avanzar, por momentos, por pasillos que parecen de favelas. Las medinas son un gran mercado, expansivo con cada latido, en que la oferta de curiosas vestimentas, artículos típicos, ropas y calzados truchos y alimentos expuestos al aire se encima a la gran cantidad de restaurantes que expulsan los tentadores aromas del hummus fresco y de la kefta con tahini (albóndigas). Por allí se convierten en un húmedo tugurio de donde brota un cafecito, concurrido por hombres fumando, tomando té con menta; algunos jugando al parchís (nuestro ludo), otros mirando a los transeúntes, como en París. Por allá emergen los riads (alojamientos) con habitaciones palaciegas de puertas para gigantes, monumentos, patios que se esconden en lugares en que todo parece ser un solo derrumbe y luego las terrazas a las que se accede por rincones inenarrables, subiendo largas escalinatas enrevesadas que atraviesan talleres de costura y cocinas de casas particulares. Todo siempre alcanzado por la vibrante música que se cuela por las nervaduras como savia y por lo ojitos y los cuellos que se asoman de los nidos de cigüeñas, y más pasadizos, y el berebere de la cartelería que colabora en el mareo.
Esta raza rebelde de casco antiguo se construye a partir de la acumulación de decisiones mínimas, cotidianas, repetidas durante generaciones. Sin embargo, esa complejidad, de algún modo inextricable, funciona. Funciona, precisamente, desde el desacierto.
El laberinto como acumulación
En las ciudadelas europeas —como Dubrovnik (Croacia) y Tallin (Estonia), entre tantas otras—, primas hermanas de las medinas, el fenómeno actúa de un modo ligeramente diferente, porque el laberinto adopta otros estatutos. A primera vista, todo parece más ordenado: calles empedradas, plazas delimitadas, recorridos que podrían dibujarse con relativa claridad. Sin embargo, esa aparente domesticabilidad se fractura en la experiencia y así nace el conjuro de su encanto.
Escaleras que conectan niveles invisibles desde abajo, pasajes laterales que desvían el flujo principal, giros inesperados que rompen la linealidad, puentes levadizos, mazmorras y murallas que, lejos de simplificar el espacio, lo intensifican. Al delimitar e interiorizar un espacio, al separarlo caprichosamente de un afuera, se lo densifica de forma irremediable, y allí es que se dibuja una cara otra del extravío, de hecho, más cercana a la idea arquetípica del laberinto.
Su fisonomía no llega a asfixiar como algunas medinas porque, si bien cada ciudadela tiene la impronta que los procesos históricos particulares le han impreso, su conservación con fines turísticos las convierte en bellos centros urbanos que nos hacen viajar a escenas que la ficción ha depositado por ahí. Un punto interesante son las torres, que la herencia medieval ha dejado (como en San Gimignano, Italia) para elevarnos sobre el laberinto e intentar decodificarlo desde las alturas, así como para recorrer sus murallas captando tantos detalles de lo bello. Y, hablando de legado, es la gastronomía la que premia el esfuerzo de la orientación, en pequeñas y oscuras tabernas en las que se puede degustar jabalí, ciervo, cordero, conejo o pato, especiados a niveles sublimes. Con suerte, alguna feria de época puede potenciar el encanto, sumergiéndonos en músicas, vestimentas y prácticas del medioevo, para que el extravío sea completo.
Aquí el intríngulis es el resultado de capas superpuestas: reconstrucciones, ampliaciones, adaptaciones defensivas, cambios de uso, destrucciones en el fragor de la batalla. El tiempo no se limita a pasar, se sedimenta, y esa sedimentación produce complejidad.
El extravío en la ciudadela no es inmediato, sino progresivo. Se instala en la sospecha de que la orientación nunca es del todo segura. El recorrido lineal se ve constantemente interrumpido por pequeñas desviaciones que, acumuladas, desdibujan la totalidad y ponen en alerta tanto a Teseo como al Minotauro.
El laberinto como flujo
Sea Nueva York, Yakarta, San Pablo o El Cairo, en las grandes ciudades contemporáneas el laberinto se expande y se transforma. La irreverencia ya no se cristaliza en calles o recorridos físicos, sino en los flujos que las atraviesan: de información, de imágenes, de lenguajes, de normas, de velocidades, igual que un típico bar gringo en el que plasmas con diversos deportes, rocola, pool y luces de neón cheese crean un tapiz intenso.
A diferencia de la medina o la ciudadela, aquí la grilla urbana puede ser perfectamente legible. Sin embargo, sumergirse en ella no se agota en esa transparencia, porque su sazón distintiva reside en las señales luminosas, las pantallas, el tráfico incesante, las multitudes que se cruzan al roce, los idiomas que se superponen. El conjunto configura un entorno demandante y frenético en el que la orientación espacial no garantiza la orientación simbólica.
El extravío ya no consiste tanto en no saber dónde estamos, sino que se desplaza a la imposibilidad de fijar un punto asible de sentido. Cada esquina remite a otra cosa, cada trayecto es una transición, los signos nos atraviesan y la ciudad se vuelve interfaz, una superficie de conexiones múltiples y reverberaciones infinitas.
En la metrópoli el caos se alimenta de patrulleros y ambulancias, sirenas, esmog, el atropello de los transeúntes, el bombardeo de medios de transporte con sus usuarios fluyendo como convoyes de uno a otro, museos masivos imposibles de procesar, embotellamientos y los pequeños guetos que observan el todo, como si de Leviatán se tratase. Miles de turistas sacando fotos, puestos callejeros emanando tufos diversos, decoraciones comerciales, carreteras enmarañadas con los cables, la suciedad, las ratas, las cucarachas y los bocinazos infernales de estas monstruosas ciudades que hemos construido como una sobredosis de actualidad. Y, por supuesto, la omnipresencia del manojo de normas, como una lluvia de espinas: no se puede comer, tomar, fumar, andar con perros, apoyarse ni besarse en los trenes... y así.
El laberinto aquí no se cierra sobre sí mismo, sino que se abre lujuriosamente. Caminamos por la locura y notamos que no hay centro ni periferia claros, sino una multiplicidad de nodos que reorganizan constantemente la experiencia del caminante, pues a cada paso debemos seleccionar, filtrar, ignorar para poder avanzar (si es que cabe la noción). Perderse es, por lo tanto, dejarse llevar por esa sobreabundancia. Pero, como venimos tratando de decir, allí reside el arte del viajero, aprender a perderse. O enloquecer con la letanía de fondo que me cantaba aquel taxista en Kuala Lumpur mientras dábamos vueltas sin encontrar el destino: you are in trouble, you are in trouble («estás en problemas»).
El laberinto como repetición
En los bosques, y pienso en las arboledas de secuoyas, entre los helechos y las zarzas, en el Parque Nacional Redwood en California o en las formaciones rocosas de Kunming (China), el laberinto parece desaparecer, se camufla y se vuelve más sutil. No hay arquitectura ni planificación, fenómeno similar al que ocurre en el monte y en la selva, porque no hay código humano que lo preexista, pero sí una lógica (algunos dirán «natural»; otros, «divina») de repetición casi espejada que también desorienta. Como si aquí la creación hubiese aplicado un copy and paste furioso.
Troncos que se reiteran en el microclima húmedo, entre la niebla, o afiladas agujas de piedra caliza; senderos que se bifurcan apenas, una luz filtrada que uniforma el paisaje y le da el tinte sombrío mágico: todo conspira contra la singularidad de los puntos de referencia. El ojo busca matices que no encuentra con facilidad; el cuerpo avanza, la percepción duda y la confusión ocurre. La empalizada que se intuye se desmiembra en barrotes que inauguran nuevas líneas de fuga y la aparente oferta de sendas es una meta o un barranco.
El laberinto no se impone, se insinúa y nos va envolviendo. Sin intención aparente, porque la naturaleza produce su forma propia de ocultamiento, se va desviando a sí mismo y no al paso intruso. Las direcciones se van blureando en un difuminado que se va extinguiendo en el tapiz natural.
El extravío adopta un cariz casi hipnótico, sin ansiedad inmediata. Una deriva suave, fractal, en la que el tiempo se va dilatando. Perderse en el bosque es, en cierto sentido, disolverse en su repetición.
El laberinto como fragmento
En los archipiélagos como Indonesia, que de tantas islas es imposible de recorrer, o como Guna Yala, el territorio recuperado por los nativos en Panamá, el espacio se desgrana y se vuelve inconmensurable. Ya no se trata de transitar una superficie continua, sino de navegar entre discontinuidades, piezas desgastadas de un rompecabezas milenario. Las variables y los agentes del desconcierto son otros por estos lares. A las islas que se parecen entre sí y las distancias que engañan se agregan rutas que dependen del agua, del clima, de corrientes invisibles cuyas ondas distorsionan, aportan y arrebatan, espejan, refractan luminosidades y texturas otras.
El dédalo se vuelve líquido; no hay paredes y sí hay límites difusos. La orientación no se basa únicamente en puntos fijos, sino en las relaciones cambiantes entre islas, entre mareas, entre tiempos, entre escenarios solares y lunares. Sin embargo, a diferencia de las anteriores, debe ser la variante del laberinto más bella, sobre todo si se puede disfrutar a vuelo de pájaro: vistas espectaculares e infinitas por sobre los tornasoles, las variantes del azul, del verde, del turquesa que nuestro idioma no posee, las piscinas naturales, las faunas en sus danzas migratorias, los pelícanos pegándose los propios clavados para llevarse su pescado al buche que invitan a zambullirse en su herencia confusa y visitar las marañas y los tesoros de sus abismos.
Aquí el extravío no es tanto interno como relacional. No se trata de perderse dentro de un lugar, sino en un entramado de lugares. La navegación introduce una dimensión temporal más marcada: no solo importa dónde ir, sino cuándo y cómo, pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
El archipiélago propone un laberinto abierto, disperso, en que la unidad es siempre tentativa, azarosa, provisional. Cada isla es un significante, pero el significado emerge en el tránsito entre ellas.
El laberinto como exceso
En el emporio de dunas, sea en Egipto, en Jaisalmer (India) o en Atacama (Chile), la paradoja alcanza su forma más radical, como demuestra notablemente Borges en «Los dos reyes y los dos laberintos» (1936).
A diferencia de las otras texturas reseñadas, aquí no hay complejidad visible: no hay calles ni bifurcaciones, engaños, falsas perspectivas, repeticiones evidentes. Todo es abierto, homogéneo, ilimitado. Y esa apertura es precisamente la trampa. Sin hitos claros, sin diferencias marcadas, la orientación se vuelve casi imposible. El horizonte se repite, las huellas se borran, el viento redefine constantemente el paisaje.
El laberinto aquí no es falta de espacio, sino su exceso llevado al desparpajo más revulsivo. No es encierro lo que supone, sino la exposición más descarnada. El sujeto, sin referencias externas, debe recurrir a otras formas de orientación: el sol, las estrellas y una memoria abstracta del trayecto que se acomode y reacomode como un cubo de Rubik.
Los primeros kilómetros son de rutas medio destruidas o que quedaron a medio destruir, escombros. Un paisaje ralo que bien podría ser La Rioja, pero circundado por camellos y con asentamientos nómadas. Luego la nada: sin pueblos, estaciones de servicio, árboles, animales, un cosito, nada nada. Las dunas van presionando el borde de un camino que ya ni trae autos de vuelta. El beduino sol irradia desolación cuando ya solo quedan los camellos entre dunas y más dunas pintarrajeadas por un entramado atigrado de rizaduras que se esparce hasta el fin de los tiempos. Mirar hacia todas las direcciones y no notar la diferencia; la piel ardiente y el vapor que brota de las arenas dibuja algo que no es. Así hasta que la temperatura empieza a bajar considerablemente, cenar, sobre de dormir y dos pesadísimas pieles de camello que permiten pasar la helada noche en paz. A lo lejos los aullidos de los lobos del desierto.
Perderse en el desierto no es desviarse, sino no poder fijar dirección alguna. El extravío es absoluto porque la noción misma de camino, en su sentido más laxo, se disuelve. La inmensidad es la trampa, la ausencia de obstáculo alguno es más terrible que su sobreabundancia. Vacío mata complejidad.
Así se vengaba el rey de Arabia del de Babilonia, quien lo había sometido a un entramado metálico tupido de puertas, escaleras y muros, como testimonia el endemoniado y ciego bibliotecario argentino. El desierto, que es el punto final del monarca derrotado, es la representación más terrible del caos y el vacío existencial, porque la perplejidad infinita proviene de lo inmenso y de lo simple.
Habitar el laberinto
A través de estas geografías diversas, el laberinto se revela no como una forma única, sino como una experiencia transversal. Puede surgir de la complejidad, de la repetición, de la fragmentación o incluso de la aparente simplicidad. En todos los casos, lo que se pone en juego es la relación entre el cuerpo y el espacio, entre el movimiento y el sentido.
Viajar, entonces, podría pensarse como una práctica del laberinto. No en busca de una salida —esa obsesión moderna por resolver—, sino de una forma distinta de atención. Una disposición a perderse que no implica renunciar al sentido, sino transformarlo.
Habitar el laberinto es aceptar que orientarse no siempre significa avanzar en línea recta. A veces implica girar, repetir, errar. Y en ese errar, descubrir que el espacio no es algo que simplemente atravesamos indemnes, sino algo que nos transforma mientras lo recorremos.
Pablo Trochon es escritor, docente y viajero uruguayo, autor de La viudita (Malisia, 2024).