Hace muchos años, en una galaxia muy lejana, mi amigo Federico Stahl, que lleva perdido demasiado tiempo, me empezó a hablar de los Redonditos de Ricota. Yo no era un converso aún, pero por ignorancia, sobre todo. En ese momento —estábamos en su apartamento en Cordón, tomando no recuerdo qué— sonaba Último bondi a Finisterre, disco que no llevaba ni seis meses de publicado y que Federico se encargaba de ponerme por las nubes como la gran obra maestra del ciberpunk rioplatense. Entonces, de pronto, como si sintonizara una FM diferente, dijo (cito, parafraseo, reconstruyo): «Si alguien establece o sugiere que los escritores tienen una afinidad especial con los gatos, enseguida más escritores van a empezar a sacarse fotos con gatos y eso va a hacer que esa afinidad o conexión quede tan establecida que pronto, en la medida en que más y más escritores la den por sentada y la repliquen, se vuelva una realidad. Y aunque es cierto que esto pasa con muchas ficciones, me parece que las que tienen algo que ver con la identidad son más proclives a volverse realidades, porque necesitamos creer en una identidad, necesitamos creer que somos algo; la identidad nacional, por ejemplo, o la identidad que buscamos en el rock como todo llanto».
El resto de la charla se desdibujó en mi memoria, no así las canciones que la acompañaron —«Las increíbles andanzas del Capitán Buscapina en Cybersiberia», «Gualicho», «La pequeña novia del carioca», «Scaramanzia»—, que se mantienen firmes (o más que firmes) en ese juicio de Federico sobre el disco, enseguida tan convincente para mí —aunque otro Federico, De los Santos, tan añorado siempre, me quiso convencer, años más tarde y en casa de otro muerto no olvidado, Amir Hamed, que Momo Sampler era todavía mejor—. Y ya que han entrado los muertos a la conversación (y los fantasmas no nos buscan: los buscamos nosotros como vampiros, deseosos de conectar nuestros colmillos al circuito de su vida), ahora, muerto el Indio Solari y ante las sobrecogedoras, emocionantes manifestaciones de devoción colectiva, ante la abundancia de recuerdos, datos e imágenes (por no mencionar los discos que hoy, sábado 6 de junio, vengo haciendo sonar en repeat desde ayer), empiezan a aglomerarse algunos pasmos, goces y preguntas —y equívocos: por ejemplo, mientras tecleo escucho «Las increíbles andanzas...» y donde el Indio canta «el fiestero Rey Garufa» yo escucho «el tristero Rey Garufa», como si de pronto la letra se fundiera con La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon, una de mis novelas favoritas de toda la vida... o, mejor, de la vida posterior a ese diálogo de 1999 con cuyo recuerdo elegí empezar este artículo—.
Despedida del Indio Solari, el 7 de junio, en Villa Dominico, provincia de Buenos Aires.
¿Cómo desligar, por ejemplo, la noción de identidad argentina o argentinidad de todo este circo (en el mejor de los sentidos adherible al término), de este cibercirco, de esta proliferación de videos, palabras e imágenes en la cámara de resonancia e intensificación de las redes sociales? Los Redondos, así, pensados como un fenómeno intrínsecamente argentino, dada una territorialización fuerte del significado producido por la banda para sí. Se me ocurre escribirle a Carolina Bello, autora de esa belleza de libro que es Oktubre —sobre (y con) el disco homónimo—. Un rato después me manda un texto por WhatsApp en el que dice, entre otras cosas: «El fenómeno de los Redondos en Uruguay echa por tierra la idea de una pertenencia fundada exclusivamente en la identidad nacional. Lo que parece operar no es el reconocimiento en una patria determinada, ni siquiera en las injusticias de un mismo Estado, fallido y en crisis a lo largo de la historia, sino el reconocimiento en ese plano superior que proponen las canciones y que el propio Indio ha explicitado en más de una entrevista: la defensa no de una identidad, sino de un estado de ánimo como bastión a preservar», y también «la hipótesis de la “argentinidad” no se sostiene del todo. En Uruguay existe un caudal de oyentes de los Redondos —también transgeneracional— proporcional al caso argentino. Y si bien ambos países tienen mucho que contarse, como hermanos que compartieron una misma habitación, con sus afinidades, disputas y diferencias, existe una distancia sustancial en la construcción de las identidades nacionales de cada territorio». Lo leo y releo y pienso en la uruguayez y la argentinidad: ficciones que se vuelven reales. Y en los Redondos, una banda que ha vuelto siempre real la ficción de ese esquivo Patricio Rey, entidad/identidad que pertenece a la misma sociedad de poetas/roqueros (des)vivos que el Rey Carmesí o Jethro Tull, o que Ziggy Stardust, Aladdin Sane y el Duque Blanco de David Bowie.
Federico Stahl creía que el pensamiento de la identidad cataliza el proceso de viralización de ciertos conceptos, esos éxitos meméticos tan intensos, la identidad nacional entre ellos, y tomo memes en el sentido que le dio Richard Dawkins al término, luego depurado de rémoras humanistas —y rebautizados virus culturales— por los teóricos de la Unidad de Investigación de Cultura Cibernética de la Universidad de Warwick inglesa. Y creo que es cierto que, desde la idea de desear una identidad, los uruguayos hemos construido ese deseo en gran medida desde una problematización de nuestra relación con Argentina: sea desde el deseo de no ser exactamente argentinos o desde dar por sentada la diferencia para afirmar que deberíamos ser un poco más como los argentinos. Posiblemente los grandes circuitos que definen (que han definido, que siguen definiendo, que habrán de haber definido siempre) la uruguayez o uruguayidad hay que rastrearlos, a nivel de obras de arte, en El pozo, La tregua, «Guitarra negra», Mediocampo, obras que nos han convencido siempre de que ser uruguayo era de antemano eso (monocromático, resignado, civilizado, desgarrado, austero) y que esas novelas o canciones o discos no han hecho más que representarlo, cuando en realidad lo que han hecho es replicarlo, acelerarlo, volverlo real.
Despedida del Indio Solari, el 7 de junio, en Villa Dominico, provincia de Buenos Aires.
Pienso entonces (y esto empieza a querer parecerse a un ubi sunt escrito por alguien ya más cerca de los 50 que de los 40) en que mi generación pudo tener —y no solo en mi generación: pienso en el under ochentero y noventero, pienso en la gente que nos llevaba apenas diez años de vida o poco más y producía cómics y escribía ciencia ficción tras el fin de la dictadura— sus reservas con respecto a esa realidad o esa creencia y que, finalmente, quizá terminamos aceptando alguna de sus formas. Pienso también (o escribo, mejor dicho) que en los Redondos pudimos ver muchas facetas de esos circuitos de producción. Y, más allá de las generaciones —o más acá—, pienso también en las diferencias de clase, en los paisajes urbanos, en la psicogeografía montevideana, y lo digo como alguien que vivió su adolescencia en el barrio Atahualpa y miraba con recelo a los chicos de Pocitos que insistían tanto en hablar de rock nacional. Recuerdo entonces los referentes angloparlantes que tantos de nosotros dábamos por sentados como el ABC de la educación rockera y en el lugar que podía tener el rock en español más allá de los fundamentos —de esos The Doors, Led Zeppelin, Pink Floyd y Rolling Stones de los que no podíamos ni sabíamos ni queríamos despegarnos—: podíamos dudar de algunos y apreciar a otros, podíamos sentir qué uruguayez (la que nos gustaba o, más bien, la que no) se colaba en Tango que me hiciste mal o Maraviya o Gargoland (acto II) y ansiar movernos hacia el rock espacial de Siamese Dream o el sonido industrial de The Downward Spiral, pero nada se volvía conclusivo, como si esa uruguayez que algunos ansiábamos evitar nos atrajera irremediablemente con su gravedad gris. Y en esas órbitas había un lugar especial para los Redondos. Podíamos sospechar de otras bandas o solistas; podíamos rechazarlas, luego redescubrirlas, atribuirles la —entonces— dudosa etiqueta de pop —o de nada más que rock and roll, en tanto cliché—; podíamos pensar que merecían una categoría aparte y que poco tenían que ver con nosotros, del mismo modo que tanto de esa argentinidad que encontrábamos en la televisión y en las revistas era algo distinto tanto a lo que no teníamos más remedio que ser (lo supiéramos o no, lo sintiéramos así o no) como a lo que queríamos ser. Pero, insisto, los Redondos reclamaban otra categoría.
Despedida del Indio Solari, el 7 de junio, en Villa Dominico, provincia de Buenos Aires.
Y me parece bastante claro también que, más allá de esa argentinidad tan fácilmente atribuida a las letras, la música, la imagen y el sonido de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (y ahora me pregunto: ¿la percibíamos así desde Montevideo en los noventa o me dejo engañar por la resignificación retrospectiva y mi condición de fan tardío? ¿Es que no todo significado se da siempre así, colonizando el pasado, reescribiéndolo? ¿No es toda construcción de identidad una reconstrucción de lo que fue?), en los Redondos hay, y evidentemente de manera especial en las letras del Indio, una suerte de —en la línea de lo que me escribió Carolina— universalidad (no se me ocurre un término mejor), ese conjunto de referencias y alusiones que abarcan una cultura que desborda todo intento de centrarla en lo que sea que pensemos como «lo argentino» (¿y no es esta titubeante desargentinización un gesto también uruguayo?). Aprendimos a leer a William Burroughs en algunas canciones, a Joseph Conrad, la tradición de la psicodelia —desde Huxley hasta McKenna, desde Artaud hasta Leary, desde Blake hasta Morrison—, a Aleister Crowley, a Jack Kerouac, la ciencia ficción, las «calles inteligentes», el «hiperfútbol», el «robocop sin ley, un crono-rock japolicía hecho en Detroit» y, sobre todo, ese futuro que «ya llegó», como también lo dijera William Gibson cuatro o cinco años más tarde (y él añadiría «solo que no está distribuido equitativamente»). En ese sentido Último bondi a Finisterre cristalizó todo eso y dividió aguas: los fans conservadores, los que se aferraban a «La bestia pop» y «Jijiji» o proclamaban Un baión para el ojo idiota como el cenit de la discografía (quizá tenían razón), miraban con recelo a quienes de pronto descubrían o redescubrían o fingían no haber escuchado antes a los Redondos y cantaban «Scaramanzia, cábala de amor virtual / Scaramanzia para un Sony samurai» con los ojos entrecerrados, fingiendo (o metabolizando) éxtasis. La oposición, quedó claro después, era ilusoria.
Despedida del Indio Solari, el 7 de junio, en Villa Dominico, provincia de Buenos Aires.
Ahora pienso que los Redondos, en ese 1998 claramente, significaron esa ansiedad de futuro tan propia de fines de los noventa: la misma que llevó a Bowie a grabar Earthling y a los Smashing Pumpkins a tocar «Ava Adore» y que incluso produjo Pop, de U2 —a quienes pronto querríamos desterrar de nuestras vidas, aunque supiéramos muy bien que habían grabado Achtung Baby y Zooropa—. Así llegaban al mainstream montevideano (el under posiblemente ya lo sabía bien, pero algunos andábamos perdidos sin nuestra estupidez) los ecos de las raves londinenses, del jungle o el drum and bass, y empezábamos a entender (algo que, en rigor, ya nos debía haber enseñado el candombe) que los golpes infrasónicos hacían que nuestro cuerpo procesara afectivamente el sonido y la música antes de que aflorasen las palabras para disputarse la sensación: vimos allí música alien, música que miraba hacia una exterioridad a lo banalmente humano, y si los Redondos habían significado para toda una generación una historia de puentes entre Montevideo y Buenos Aires (esa Buenos Aires idealizada y detestada, anhelada y repelida), una historia de conciertos míticos, ya icónicos o emblemáticos del relato del rock rioplatense, de pronto algunos pensamos que nos habíamos hecho un lugar nuevo allí, que podíamos forjar una identidad nueva hecha de cromo quemado. Otras bandas ya lo habían hecho o sugerido (Comfort y música para volar lo prometía tímidamente: en su belleza atmosférica, carecía de la misma ansiedad que estallaría después en «Eso es to-to todo amigos!» o en «Drogocop»; Chaco hablaba de un mundo que algunos entenderíamos demasiado tarde), pero de pronto los Redondos apuntaban a un futuro en que esas identidades que queríamos y no queríamos construir, que se volvían reales nos gustasen o no, estallaban en una supernova tecno. Ahí, por un momento, no importaba Argentina, no importaba Uruguay. Ninguna identidad ya construida saldría con vida del futuro. Ese futuro que, sin embargo (irónicamente quizá), después perdimos, durante la larga década de los dos mil y poco más allá, los años del realismo capitalista (como lo diagnosticó Mark Fisher), de las advertencias de JG Ballard vueltas su peor faceta real; pero si de hauntología se trataba, si todo pasaba por el ambiente por el que deambulaban los fantasmas de esos futuros que no llegaron a ser, también empezamos a pensar cómo los Redondos se habían anticipado también a eso, y de pronto Oktubre —y los ecos en esos pasillos retumban ominosamente en la novela de Caro Bello a la que aludí antes— nos llevó por una incómoda vía de recirculación a Chernóbil y su zona de exclusión, con sus stalkers socavados, limados, tan parecidos a muchos espectros uruguayos sobrevivientes de los ochenta.
Despedida del Indio Solari, el 7 de junio, en Villa Dominico, provincia de Buenos Aires.
¿Y ahora? El futuro llegó (hace rato), pero no es el que esperábamos ni el que queríamos ni tampoco el que temíamos: no es el que habíamos previsto para defendernos de sus embates, sino algo más allá de toda calibración del monstruo. Seguimos, entonces, en el pasmo, con los ojos del ciervo proverbial aplanados por las luces de un auto en la carretera. Y recaemos fácilmente —¿qué otra cosa es el afectadísimo, histriónico rechazo esencial a la inteligencia artificial que representan tantos artistas últimamente?— en el reflejo de aferrarnos a lo que somos, a lo que hemos deseado ser y haber sido, a esa humanidad engañosa que nos quiere atraer a su trampa de sirena (a responder «míos» o «nuestros» a las preguntas «Estos ojos / ¿de quién son? / ¿De quién son mis deseos de hoy? / ¿Y este insomnio / de quién es?»). Porque sea lo que sea, una cosa está clara: hay por ahí una canción de los Redondos que, suene desde donde suene —y desde esa voz insondable, de plasma, de descarga eléctrica, de ruido de fondo en nuestros nervios—, nos deja leerla como si hablara, con gran elocuencia, de todo este desconcierto.
Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978) es escritor, ensayista y traductor. Su literatura gira en torno a su Proyecto Stahl, un universo literario con coordinadas fijas y muchas permutaciones. Autor de más de 20 libros entre novelas, cuentos y ensayos, es un representante local del género ficción extraña.
