Sin asomarse al presente, es imposible comprender el pasado. Marc Bloch, L'étrange défaite.
Hace unos meses, leyendo Koljós —por entonces gran candidato al Goncourt, que finalmente perdió frente a La maison vide, de Laurent Mauvignier—, encontré la referencia de un crítico cuyo nombre conocía, pero que nunca me había despertado curiosidad hasta que advertí, en pocas líneas, algo que tenía que ver conmigo. Como pocas cosas son más fuertes que la curiosidad y el narcisismo, finalmente decidí vencer mis reticencias y leer las memorias de juventud de ese escritor que Emmanuel Carrère recomendaba tanto.
A los días, encuentro una cita que me llama la atención, que subrayo y guardo en una nota del celular. En la soledad de mi teléfono, la cita se expande con el tiempo, no porque gane palabras, sino porque sigo pensando en ella y comentándola con amigos que reaccionan con extrañeza o desconfianza apenas suelto el apellido del autor. «De vez en cuando», traduzco, «los hombres de 30 años pierden un poco no el coraje, sino la confianza, la salud moral, y luchan con sus nervios de una forma tan constante que no pueden evitar sentir algún cansancio. Porque, tal vez, en el fondo de sí mismos ya no creen en el milagro, lo cual no es una forma particularmente reconfortante de la esperanza. Saben que las doctrinas razonables no tienen suerte; cumplen con su oficio, su oficio de hombre, de política, mientras esperan algo mejor, y se preguntan si no lo dejarán todo un día por el oficio de la guerra. Y aunque intenten mostrar una cara serena ante el destino, conocen una forma bastante tranquila de no-esperanza».
Desde hace años vengo leyendo y escuchando hablar sobre lo que se ha llamado «crisis de las masculinidades», la dificultad de los hombres para encontrar un lugar en el mundo actual, el problema de los jóvenes que buscan desesperadamente figuras paternas que los lleven por el camino recto, que les digan que tienen que estar limpios y sanos, que tienen que abrazar la disciplina, que valen, que importan, que la fuerza bruta puede ser hermosa, que el poder desencadenado encanta, que el dominio se ejerce. La cita me interpela, como se dice ahora, porque entiendo a ese joven que sufre, porque la guerra está ahí nomás, porque veo por todas partes a mis contemporáneos cansados por vidas que pensaron que eligieron y que los dirigen. Yo —tengo 33 años al escribir estas palabras— veo esa quietud, esa vida tranquila hecha de rutina y felicidades comunes, porque la he perseguido, pero entiendo que a veces se parece mucho a la desesperación, a ceder, de a poco, en lo que nos habita y nos mueve, hasta no reconocernos.
Pero la cita, sobre todo, me perturba porque su autor me incomoda, porque me da pudor entrar a una librería y preguntar, sin más, si tienen Notre avant-guerre, de Robert Brasillach.
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Es uno de los primeros días de temperatura templada del año y decido caminar por el barrio, mi barrio desde hace casi cuatro años. En casa dejo, como siempre, una tonelada de cosas por hacer, pero aprendí pronto que en esta ciudad, cuando hay sol, hay que aprovecharlo, por lo que salgo a dar una vuelta por las calles intrincadas de este antiguo pueblo rural.
Integrado a París en 1860, Charonne conserva todavía las huellas de su pasado campestre, que se ven en el nomenclátor y en la forma misma de sus calles, varias de ellas —como la de Saint-Blaise, que ahora voy subiendo— todavía adoquinadas. En lo alto de una lomada a la que se accede por unas amplias escaleras, la iglesia de Saint-Germain de Charonne recibe los antepenúltimos rayos del sol, pero el cementerio parroquial ya está mayormente en la sombra. Cercano del inmenso y más célebre cementerio del Père Lachaise, este guarda algo íntimo. Cuando llego, unos vecinos charlan sentados en bancos mientras una señora peina a un gato gordo precioso, dueño del lugar. Yo trato de no hacer contacto visual con la tumba que fui a ver. Una chica, que viene del lado contrario, pasa y la mira un rato largo, tal vez interesada por esa placa tan reluciente que, bajo el primer nombre, tiene una sola fecha: 6 de febrero de 1945.
La iglesia marca, supuestamente, el lugar en el que santa Geneviève, patrona de París, se encontró con san Germain l'Auxerrois y su construcción, leo, fue comenzada en el siglo XIII. Según un curioso libro que encontré hace unos días en una librería de viejo y que habla de ella, publicado por René Héron de Villefosse en 1946, en la época de Napoleón, en Charonne vivían 600 habitantes. «Fue un amigo de Lucien Rebatet el que me llevó un día a Saint-Germain de Charonne, que alza, en lo alto de la calle de Bagnolet, su campanario pueblerino, adornado con un gallo, sus muros reparados con cemento, su maravillosa simplicidad campesina», escribe Brasillach, que iba a manifestar su deseo de ser enterrado allí, donde ahora yacen sus restos frente a los de su cuñado y su hermana y no lejos de los de parte de la familia de André Malraux, ícono de la Resistencia panteonizado en 1996.
Refiere, en el fragmento, a Rebatet, escritor de una novela que muchos —entre ellos, Albert Camus— consideran una obra maestra y que quedó en la sombra de sus ideas más repulsivas, que dejó por escrito en el panfleto antisemita Les décombres y luego en sus «memorias de un fascista», publicadas en dos gruesos volúmenes. «Una generación en la tormenta» es el subtítulo que Brasillach da a sus recuerdos de juventud: una generación de hombres muchas veces talentosos, cultos, tentados por unas ideas por las que estuvieron dispuestos a morir. Rebatet, sin embargo, fue perdonado; de ellos, solo Brasillach cumplió la sentencia capital. Su cuñado, Maurice Bardèche, que era algo mayor, lo sobrevivió 52 años.
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Al terminar, fascinado, Koljós, leo Una novela rusa.
En este libro, Carrère narra en paralelo varias historias que a menudo convergen. La que más me importa es la que se centra en la vida de su abuelo materno, un exiliado georgiano probablemente fusilado tras la liberación por haber colaborado con los nazis —en sentido estricto, no se sabe cuál fue su destino, pues desapareció aparentemente llevado por un grupo de resistentes y nunca se encontraron sus restos—. En uno de esos momentos en que las varias narraciones se encuentran, el narrador comenta con su pareja de la época (el final de esa relación, que ocupa buena parte del volumen, es un desastre) una película de Louis Malle que vi hace años. A Sophie, cuenta, no le gustan ese tipo de relatos que, «como Lacombe Lucien, muestran que uno se puede volver miliciano —o resistente— por azar o por ignorancia». El argumento es lógico: «Dice que estos relatos son falsos y falsificadores, que niegan la libertad, que son de derecha». «Para mí», agrega Carrère, «son justos»: «Eso es porque vos sos de derecha», le responde, tajante, Sophie.
En su ucronía personal Aurais-je été résistant ou bourreau?, Pierre Bayard comenta la película de Malle y la polémica que provocó en los años setenta en Francia, principalmente por la negación del director a condenar al protagonista, un campesino desideologizado que termina por colaborar con los ocupantes. En un país que había vivido «en el mito de una oposición general» propagado por el general Charles de Gaulle, comenta Bayard, el film de Malle, que, como afirma Carrère, presentaba la posibilidad de que ser resistente o colaboracionista podía deberse meramente al azar y no a cuestiones más profundas, resultaba, por usar otro término actual, problemático. Para Bayard, en cambio, la película demuestra lo que llama la «personalidad potencial» de cada uno, es decir, «esta parte de nuestra personalidad que no surge y no se desarrolla sino en circunstancias excepcionales, incluso si podemos presentir su existencia en ciertas situaciones de la vida cotidiana».
Lo cierto, en todo caso, es que la crítica que se le hizo en su momento a la película de Malle es (salvando las distancias) muy similar a la que recibió Hannah Arendt por las conclusiones a las que llega en su cobertura periodística del juicio a Adolf Eichmann en Israel y que el concepto de banalidad del mal condensa. ¿Cómo puede el mal ser simplemente banal? Esa pregunta, esa discusión vuelve ahora en relación con otra película que generó polémica en Francia: Les rayons et les ombres, de Xavier Giannoli. El film, que dura 195 minutos —me enteré de esto cuando ya estaba en la fila para entrar a la sala—, sigue la vida de Jean Luchaire y de una de sus hijas, Corinne, que encarnan la frivolidad y la perversión de una parte importante de los collabos. Él, pacifista de izquierda en su juventud —y amigo íntimo de Otto Abetz, otro propulsor de la amistad germano-francesa en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, que terminará siendo embajador del Reich en París—, va a convertirse en patrón de la prensa y defensor, a través de su diario Les Nouveaux Temps, de las ideas de los ocupadores. Ella, actriz de cine y diva en ciernes a partir de su debut a mediados de los años treinta, seguirá a su padre hasta el final, en veladas que mezclan fastuosas cenas en Maxim's y ataques de una tuberculosis heredada que Giannoli retrata hasta el punto de volverla casi un símbolo, como lo fue largamente en las novelas decimonónicas, de una enfermedad del alma.
La crítica, sobre todo en el periódico Libération, no perdonó esta obsesión por la salud de los protagonistas, que según algunos reseñistas estaría ahí para hacernos sentir pena y atenuar un comprensible desprecio por sus vidas infamantes, su crueldad vulgar. La película produciría así una suerte de limpieza de cara de la colaboración y sería «una masterclass en gaslighting histórico», como escribió el crítico Luc Chessel. El título de la película, tomado de un poema de Victor Hugo —«Los rayos y las sombras»—, anuncia ya, para varios reseñistas, el problema: la idea obvia de que en todo ser humano conviven la luz y la sombra. En el film, los versos clave se recitan en el camino a Sigmaringa, el último reducto de la colaboración francesa: «Todo hombre sobre la tierra tiene dos lados, el bien / y el mal. Condenar todo es no comprender nada».
Para Chessel, el problema no es contar la historia de los colaboradores, sino cómo se la cuenta: con el lenguaje del melodrama, de las lágrimas. Así, sostiene Michaël Mélinard en L'Humanité, la película toma a los protagonistas como muñecos que se dejan llevar por el flujo de la historia, como si otra cosa no hubiera sido posible. Giannoli, por su parte, se defendió invocando la complejidad. En una entrevista con Le Figaro, distinguía entre su personaje —«un hombre que se equivoca»— y los otros, convencidos, viscerales, antisemitas «de siempre». François Reynaert, columnista de Le Nouvel Obs, planteó otra preocupación, más inmediata: que el origen político de Luchaire se instrumentalice para sostener que la colaboración fue un fenómeno de izquierda, como ya se hace habitualmente con el argumento de que fue el Frente Popular el que, en 1940, votó los plenos poderes del mariscal Philippe Pétain.
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Atraído por estas figuras, me intereso en Corinne Luchaire, muerta en 1950, a los 28 años, que en su autobiografía, Ma drôle de vie, explica su devenir de una forma que se ha considerado ingenua y peligrosa a la vez, apoyándose a menudo en las presiones externas de su padre y llamando «nuestro drama», como si fuera un tema privado, al «drama de Europa» para explicar el accionar familiar. En una carta a Thierry Laurent, Patrick Modiano (guionista, por otra parte, de la película de Malle) se refiere a la actriz, que aparece mencionada en Libro de familia, como «una hermana».
«En cierto sentido», escribía en 1996 el novelista en su carta, «ella fue víctima de la aventura en la que su padre se había involucrado entre 1940 y 1944, una aventura que no tenía nada que ver con la de un Rebatet o un Brasillach». Y explica, en la línea que años después tomaría Giannoli: «Luchaire venía de la izquierda; no era en absoluto antisemita [...]. Pertenecía a un ambiente abierto, universitario, “artista”, “parisino”, que no era en absoluto el de Brasillach y Rebatet. Se extravió en la colaboración por cierta debilidad de carácter, su gusto por la vida fácil [...] y la urgente necesidad de dinero, dinero que, por cierto, solía usar para ayudar a otros, porque era generoso y estaba dispuesto a interceder ante los alemanes para salvar a alguien. [...] Luchaire pagó su ligereza con su vida». Ese es, en cierto modo, un resumen de la visión de la película, que si bien no se detiene en Brasillach y Rebatet, sí se fija en la figura de Louis-Ferdinand Céline, quien aparece como una especie de bufón sádico que dice la verdad del modo más desagradable posible, en una imagen que él mismo perpetúa en libros como De un castillo a otro, en el que evoca, entre otras cosas, su propio periplo alemán en Sigmaringa.
Allí, en efecto, terminaron Jacques Doriot —antiguo alcalde comunista de Saint-Denis devenido colaborador—, Luchaire y Zizi (así, cuenta Simone Signoret, le decían en el liceo a Corinne, que se llamaba Rosita), junto a la plana mayor de la colaboración, encabezada por Pétain y Pierre Laval, que habitaba, por disposición de Adolf Hitler, el castillo.
En 1968, Modiano hace que Raphael Schlemilovitch, narrador judío y collabo de La plaza de la estrella, describa a Brasillach como «la señorita de Núremberg», y lo presenta, con un lenguaje sexual, maravillado por los cuerpos nazis que conoció en uno de los famosos Reichsparteitage, al que asistió. El lenguaje es una imitación del que usaron en su momento quienes lo conocieron, desde Jean Guéhenno a Pierre Drieu la Rochelle. En su libro The Collaborator, Alice Kaplan describe, siguiendo de cerca sus ideas, la relación de Brasillach con un intelectual alemán como «una alianza franco-alemana en miniatura» y analiza cómo el fiscal usó, en el juicio, alusiones metafóricas a su homosexualidad como arma.
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Me resulta tentador empatizar con este hombre, este egresado de la École normale supérieure nacido en Perpiñán, estudiante en París gracias a una beca estatal, amante del cine y la literatura. No puedo dejar de pensar en su sexualidad instrumentalizada contra él, en su lugar de nacimiento, su clase de pertenencia, que impregnan comentarios como el de Modiano, que lo excluye, en la carta que comenté antes, del medio «parisino» en el que, aunque nacido en Italia, brillaba Luchaire, hijo de escritor y nieto, por su madre, de una editora y un filósofo.
Sigo metiéndome en la madriguera. Libro tras libro, película tras película, crítica tras crítica. Leo artículos sobre Koljós que le reprochan a Carrère casi lo mismo que otros le reprochan a Giannoli: que la distancia se vuelve cómplice cuando se aplica a personajes que, según los críticos, retrata con demasiada familiaridad y benevolencia. Miro El dolor y la compasión, de Marcel Ophüls, que se convirtió en un hit en 1971 y fue considerada —en un mundo pos mayo del 68— una pieza fundamental en la ruptura del mito de una Francia resistente. El documental me hace pensar en los tiempos de la recepción, en cómo, unos años antes, su mera existencia habría sido una blasfemia y en cómo, de hecho, la televisión nacional se rehusó a difundirlo hasta varios años después. El ejército de las sombras, una de las obras maestras de Jean-Pierre Melville, corrió, por su lado, una suerte inversa: adaptación de un libro de Joseph Kessel, fue recibida con frialdad y desconfianza en 1969, cuando la imagen del general De Gaulle estaba en caída libre, como si el retrato de la resistencia que pintaba resultara, de repente, sospechoso.
Recuerdo entonces una frase de Paul Valéry —«Es imposible comprender y castigar al mismo tiempo»— que tiene toda la elegancia y la ambigüedad de los aforismos. En principio parece justa, pero pronto puede leerse como una excusa, una manera de desplazar la cuestión moral hacia un terreno más cómodo, en el que la inteligencia siempre encuentra motivos para detenerse antes de juzgar. Modiano, en La ronda de noche, complica la situación. Escrita en 1969, su protagonista es a la vez collabo y resistente: traiciona a quienes lo protegen, protege a quienes traiciona, pero la novela no lo absuelve ni lo condena porque no puede separarlo en dos. Hace algo más, aunque de modo lateral, en su forma espiralada: lo entiende, busca explicarlo, lo rodea de una corteza de nombres que son su contexto, el sustrato del que surge. En cierto punto, en efecto, el narrador refiere a Alexandre Stavisky como «mi padre»: verdadero o falso, lo cierto es que el caso Stavisky —famoso estafador de principios de los años treinta que entró triunfalmente en el tango «Cambalache», de Enrique Santos Discépolo, escrito apenas un año después de su caída— se puede pensar como un momento bisagra en la consolidación de la extrema derecha francesa de la época, que intentó un asalto a la Asamblea Nacional en lo que se conoce como «la crisis del 6 de febrero de 1934».
El problema que propone Modiano me resulta afín y me tienta denominarlo como un esquema borgiano. Interesado por la dualidad humana, Jorge Luis Borges estudió de cerca la traición, sobre la que escribió memorablemente en textos como «Tres versiones de Judas» y «Tema del traidor y del héroe», en el que traición y heroísmo no son opuestos: son el anverso y el reverso de una misma figura. En sus cursos, Ricardo Piglia anotó que la idea de un dios que no distingue entre las dos caras de una misma moneda «complica tanto desde el punto de vista filosófico, como resuelve desde el punto de vista literario». Hay algo exacto en esa distinción. La paradoja no se deja resolver con facilidad filosóficamente y es eso lo que la vuelve tan incómoda fuera de la ficción. Pero esta paradoja me persigue.
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En su libro, Bayard se pregunta qué habría hecho si hubiera tenido que vivir los tiempos terribles de la ocupación. Y, creo yo, todos nos lo preguntamos en estos tiempos. Al final, él se absuelve: no se pone como héroe, pero siente que tampoco habría colaborado. Quién sabe.
Yo no me eximo tan rápido. Comprendo al joven cansado de Notre avant-guerre y también al entusiasta que decide dedicar su vida a las letras. Pero ese joven no es todo el hombre: el mismo que escribió esos pasajes idílicos en los que se mezcla el arte con la vida, justo cuando comenzaba la guerra, escribió también, en el periódico Je suis partout, expresiones repugnantes y usó su talento para propagar el odio y condonar la destrucción de miles de vidas. Por eso, tal vez, haya que dar vuelta la frase de Valéry sin negarla del todo: es cierto que no se puede comprender y castigar al mismo tiempo; el propio Valéry, coherente consigo mismo, firmó junto, entre otros, a Paul Claudel, François Mauriac y Camus —que explicó que no lo hacía por Brasillach, a quien despreciaba, sino contra la pena de muerte— un pedido de gracia que De Gaulle no concedió. Pero quizás sea imposible castigar con justicia sin haber comprendido antes. La condena que no comprende se me aparece como un reflejo higiénico y solo la que comprende, pienso, puede ser algo parecido a un juicio. A la vez, si condenar todo es no comprender nada, como dicen los versos de Hugo, comprenderlo todo no obliga a no condenar nada.
Vuelvo, antes de que cierre, al cementerio de Charonne. Esta vez miro la tumba de frente. La placa reluciente, el nombre, esa única fecha, como si del hombre solo quedara su muerte: 6 de febrero de 1945. En Notre avant-guerre, Brasillach había evocado con emoción aquella otra jornada, la de 1934, cuando se intentó tomar la Asamblea: la recordaba como una noche de sacrificio, casi como un poema. Exactamente 11 años después, lo fusilaron en el fuerte de Montrouge. La simetría es tan perfecta que parece literatura y por eso mismo me produce desconfianza: «Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso», dice el narrador del cuento de Borges, «que la historia copie a la literatura es inconcebible...». Pero ahí está la fecha, sola en la piedra.
La miro un instante más y me alejo cuesta abajo por la rue Saint-Blaise mientras el sol termina de irse.
Francisco Álvez Francese (Montevideo, 1992) es crítico literario, escritor, traductor y editor. Colaborador habitual de la diaria y Lento, reside desde 2018 en París, donde está haciendo un doctorado sobre Jules Supervielle y Felisberto Hernández. Es autor del poemario Los restos del naufragio (2019), el ensayo literario La noche americana (2020), la novela breve Las invasiones (2023) y Luz prestada, ensayos sobre poesía diurna (Pez en el Hielo, 2025).
