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Lento Ensayo

Club de juegos Ludocracia en Pocitos Libros.

Foto: Guillermo Legaria

Lo viejo funciona

En tiempos de evanescencia, en los que nuestras fotos, nuestra música y nuestros recuerdos más íntimos dependen de la estabilidad de una red de internet y del capricho de corporaciones, el retorno a lo analógico tiene que ver, entre otras cosas, con recuperar una forma de soberanía y ponderar el tacto como un sentido que nos devuelve al presente.

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Las pantallas son, ante todo, un límite táctil, una frontera de vidrio frío que separa al sujeto de la materia, transformando la experiencia cultural en un flujo de luces y bytes que no pesan, no huelen y, fundamentalmente, no nos pertenecen. En este escenario en el que la existencia parece mediada por una suscripción mensual renovable o el capricho —frío, histérico y profundamente asimétrico— de un servidor remoto, surge una urgencia que no puede ser sindicada de nostalgia, sino que necesita —sí o sí, porque así lo está demandando la historia— de anticuerpos de supervivencia. Aquí se yergue la necesidad de resistencia de las cosas.

El objeto físico aparece hoy como el último refugio del tacto, un bastión de soberanía en un mundo que decidió que la propiedad es un estorbo (con Marie Kondo a la cabeza) y que la memoria es un archivo comprimido en la nube. Frente a la saturación del algoritmo y la inteligencia artificial, se gesta una relación artesanal con lo tangible, una liturgia de la materia que busca recuperar la carne y el tiempo en una sociedad que corre hacia la devoción absoluta —más crítica que pop— a lo digital.

Asimismo, esta transparencia no es otra cosa que la forma final del capitalismo de plataformas, un modelo extractivo que ha logrado convertir nuestro derecho a la propiedad en un servicio de alquiler perpetuo. Ya no somos dueños de nuestras bibliotecas ni de nuestra música. La única verdad es la realidad: somos arrendatarios de una nube ajena que puede evaporarse ante el más mínimo cambio en los términos y las condiciones. En este sistema, la desmaterialización es una estrategia de control: lo que no se puede tocar, no se puede defender.

Para Alejandro Aguilera, responsable del club de juegos Ludocracia, esta vuelta a lo físico no se constituye como un acto de rebeldía consciente, sino como una necesidad vital que brota de la fatiga sensorial. En un mundo en el que la interacción es cada vez más «vidriosa», el peso y la textura de una ficha o un tablero ofrecen una cualidad táctil que la actividad digital ha borrado por completo. El juego de mesa invita a una experiencia compartida que rara vez se encuentra en otros consumos culturales: la posibilidad de compartir el tacto y, de paso, la esperada vuelta del encuentro con el otro. ¿Cuándo empezó a crujir todo esto?

En los juegos de mesa no se trata solo de mover piezas, sino de apreciar la nobleza de los materiales. Alejandro, con la mirada entrenada por su formación en arquitectura, se detiene en los detalles que definen la calidad de la experiencia: el gramaje del cartón, el pulido de la madera y el relieve de una carta. «Un sencillo juego de cartas con terminación de lino de alto gramaje y buena elasticidad entre las manos puede marcar la diferencia», sostiene, y subraya que elementos como fichas de baquelita, piezas de madera grabadas y miniaturas de plástico detalladas son, para muchos, el factor determinante entre el mero entretenimiento y la inmersión profunda. Un pequeño triunfo del hombre sobre la máquina.

Y esa materialidad influye directamente en la experiencia emocional. Hay una diferencia ética y sensorial entre lo genérico y lo cuidado. Alejandro sostiene que las cosas, a diferencia de los archivos digitales, tienen la capacidad de envejecer con dignidad. Acá aparece una grieta entre los coleccionistas: están los que preservan el objeto en una burbuja de plástico, ensobrando cada carta para detener el tiempo, y están los que, como Alejandro, dejan que el producto transite su propia historia. Una caja de juego con los bordes gastados no es un objeto dañado, sino una pieza que ha absorbido relatos, un testimonio de que fue habitada por otros. «Una caja con bordes gastados habla de un juego que fue jugado muchas veces y seguro por algo es», afirma, rescatando la idea de que el desgaste es una cucarda como para colgarse.

En este sentido, el tablero se convierte en un refugio, un bastión seguro en el que la vista y el tacto no están mediados por el orden algorítmico, sino por la física pura de los cuerpos presentes y el azar de los dados golpeando la madera. Ludocracia funciona como un catalizador social: un marco de referencia en el que gente que jamás se cruzó en la vida tiene un contexto común para interactuar, donde el objeto físico toma el rol de árbitro de la experiencia.

Entretanto, como bien señaló el filósofo y sociólogo alemán Georg Simmel en sus estudios sobre la sociología de los sentidos, el tacto es el sentido que nos otorga la certeza más profunda sobre la existencia del otro y del mundo. Para Simmel, la modernidad ya amenazaba con una hipertrofia del espíritu objetivo sobre el subjetivo. A la sazón, hoy, esa «tragedia de la cultura» se manifiesta en la pérdida del contacto directo, sustituido por una mediación técnica que enfría el vínculo humano hasta volverlo puramente funcional.

Alejandro Aguilera durante un encuentro sabatino de Ludocracia en Pocitos Libros.

Tocar, coleccionar, estar presente

Esta soberanía de la propiedad es también el motor de quienes defienden el formato físico en el cine y la música. Emilio Silva Torres, del sello uruguayo Godspeed Video Home, desde el que edita y rescata películas atípicas en formato VHS, identifica una tensión política clara: vivimos en un mundo donde ya no compramos, solo alquilamos licencias de uso. La mística de poseer un VHS radica en recuperar el control sobre lo que consumimos. En un mundo en el que todo es volátil, tener un objeto físico y saber que en cualquier momento vas a poder acceder a él es el verdadero acto de resistencia. Emilio advierte sobre la fragilidad de las bibliotecas digitales: incluso si un usuario «compra» una película en una plataforma, si la empresa decide eliminarla unilateralmente de su catálogo por razones de mercado, vencimientos de contratos o censura algorítmica, el acceso desaparece para siempre. Adiós, película comprada en una plataforma digital. Es el fin de la figura del «dueño» y la entronización del «usuario» cautivo.

Para Emilio, existe una gran potencia en el ritual social que rodea al objeto, una especie de ceremonia analógica que se opone al scroll infinito y al feed personalizado. Hay una fuerza distinta en el hecho de reunirse con amigos a mostrar un objeto bello, editado con amor y diseño, con sus portadas chic y sus sorpresas materiales, que en pasar horas navegando menús infinitos de películas que jamás se verán. La propuesta de Godspeed Video Home apunta al descubrimiento y la puesta en valor.

El catálogo del sello se enfoca en películas que fueron pensadas para el video, obras como Acto de violencia en una joven periodista (dirigida, montada y musicalizada por Manuel Lamas), una gema extrañísima y desconcertante del cine independiente uruguayo. Títulos que nunca salieron de ese formato original y que el mercado digital decidió ignorar de cuajo. Hay un hechizo inmarcesible en la oscuridad de un cuarto esperando que comience una película alquilada (o, ahora, comprada) solo porque el póster era maravilloso que define la experiencia cinematográfica analógica: una ansiedad por ver imágenes en movimiento que no se compara con la gratificación instantánea y anestésica del streaming. Es la sensación de viaje hacia lo inexplorado, un descubrimiento que el mercado digital fue domesticando bajo la promesa de una disponibilidad total. De paso: no, en internet no está «todo».

Por su parte, la música ha sufrido un proceso de «acompañamiento» que la ha despojado de su carácter sagrado y de su capacidad de asombro. Gustavo Aguilera, periodista, escritor y coleccionista compulsivo (y hermano de Alejandro, de Ludocracia), reflexiona sobre cómo la digitalización está eliminando la liturgia de la escucha activa. Poseer el disco es, en esencia, cercanía. Antes del imperio de internet y de la democracia de la banda ancha, la búsqueda de un álbum era una meta que implicaba riesgo, ahorro y curiosidad. Te informabas a través de revistas de papel o de lo que compartían tus amistades en grabaciones piratas, y el objeto era la recompensa final de esa cacería de meses. «Tener el objeto era una forma de llegar a la meta: lo encontré, lo conseguí, ahora a escucharlo y ver con cuánto de lo que leí coincido», recuerda Gustavo, evocando una época en la que el riesgo de que el disco no te gustara era una parte fundamental del juego.

Hoy no hay que ser muy sensible para advertir que la música en plataformas carece de contexto y de concentración. Y, con este envión, sí, se volvió un vehículo sonoro útil para cuando hacemos otras cosas. En cambio, a contrapelo de los vínculos exprés y desechables, al tocar el disco, al llegar a casa y encontrar el momento especial para escucharlo sin interrupciones, recorriendo el arte de tapa y el booklet para saber dónde y quién grabó esas notas, se establece una conexión íntima con el esfuerzo creativo del artista. Gustavo no ve esto como un fetiche vacío y ya está, sino —en su reverso— como una representación física de la historia personal.

Su biblioteca, a la que llama La Mediateca, es su baticueva personal, con más de 3.000 obras que funcionan como un mapa de su propia vida. El objeto físico absorbe recuerdos de personas, lugares y sensaciones que un archivo digital es incapaz de retener. Evoca, por ejemplo, cómo escuchar Amor amarillo, de Gustavo Cerati, lo retrotrae inevitablemente al tiempo de gestación y nacimiento de su hija, una magia que los informáticos ceros y unos no pueden imprimir.

Gustavo Aguilera.

Foto: Guillermo Legaria

El disco físico es un ancla temporal que permite viajar sin perder el cuerpo. La diferencia de sonido que sintió al pasar del casete al CD —ese tótem frente al cual se sentó con un amigo a escuchar a The Doors para descubrir, estupefacto, que la canción tenía tumbadoras que antes no se oían— es una metáfora de lo que perdemos en la compresión digital: la profundidad y el relieve de la realidad.

El tiempo es un privilegio

Sin embargo, esta búsqueda de lo tangible no es solo una cuestión de placer individual o coleccionismo para entendidos. Está atravesada por tensiones sociológicas que definen nuestra época. La socióloga Sol Scavino plantea que la reivindicación de lo analógico puede ser vista como una forma de recuperar el «tiempo propio», pero invita a preguntarse quién tiene realmente la posibilidad de elegir esta lentitud.

En el capitalismo digital, en el que las aplicaciones de «productividad» colonizan incluso el tiempo de ocio, convirtiendo el descanso en una labor invisible de curación emocional, elegir el vinilo o el papel es reclamar un ritmo autónomo. Es una resistencia al tictac compulsivo de las pantallas que nos exigen estar siempre presentes, siempre produciendo, siempre visibles. El espejo cibernético nos devuelve una imagen cuya figura —nuestra carne, nuestra alma— siempre está online y nunca offline. El mundo aún sigue buscando esos porqués.

Pero esta distinción, advierte Scavino, puede ser también un rasgo de privilegio. El tiempo es hoy uno de los principales marcadores de desigualdad. Reclamar el ocio como espacio de soberanía personal y derecho a la intimidad es una lucha necesaria en una sociedad de hiperconexión que, paradójicamente, produce un aislamiento creciente y una vulneración de la salud mental. Scavino señala que el algoritmo extrae no solo datos, sino el mismísimo tiempo de reflexión y deleite desinteresado.

Ya lo sabemos: los algoritmos operan como «trampas de dependencias emocionales», y frente a eso, el tiempo analógico —lento, imperfecto, finito— resulta más estimulante para la imaginación y la creatividad. En este contexto, la vuelta a lo físico es un refugio frente a una civilización de la urgencia que ha desequilibrado hasta los afectos y nuestra vitalidad. La economía de plataformas, al eliminar la espera, borra la posibilidad de que el sujeto se reconozca en su propio deseo. Es una lucha histórica por los tiempos que dedicamos a vivir, un síntoma de una sociedad que empieza a notar que la falta de alegría y de encuentros reales es el gran mal de nuestro siglo.

Pero siempre hay un horizonte, un más allá, espacios físicos de sociabilidad que resisten la lógica de la eficiencia y la inmediatez. La argentina Martina Alfuso, desde el proyecto cultural y social porteño Bar de Viejes, sostiene que estos lugares operan como zonas liberadas del algoritmo. En un bar, las personas se encuentran por razones que no están asociadas a una métrica de redes sociales o a un match: están allí para perder el tiempo frente a las puertas de la eternidad (concepto que salmodió en su momento el escritor y periodista Enrique Symns), para encontrarse con sus vecinos y amigos o simplemente para estar al margen de la mirada multipestaña del celular.

En este sentido, Montevideo emerge como una suerte de reserva natural, la capital mundial del bar de viejes. Es una ciudad que funciona a contramano de la gran metrópolis acelerada, donde la estética de la madera gastada, la grapamiel y el termo bajo el brazo custodia una rítmica humana que parece ignorar las notificaciones del celular y las redes sociales. Es un territorio en el que la vecindad sigue siendo un valor de cambio real.

En los bares de viejes existe el volumen y existe la voz, cosas que la pantalla, en su bidimensionalidad, todavía no tiene chances de ofrecer. El bar custodia una forma de vida en peligro de extinción, asociada a la idea de territorio y de barrio. «Las pantallas no tienen volumen, no existe el cuerpo. Todas las cosas que tienen volumen y voz suceden en el bar», afirma Martina, y destaca que el bar es un recordatorio de que en la vida no es todo a demanda. El bar es un espacio de cuidado afectivo para personas que están solas, un bastión antialgoritmo que preserva una memoria común y una lógica humana que se están horadando con la mediación extrema de los dispositivos.

En la misma línea, el ajedrez presencial en lugares como el bar Finisterre (en el Cordón) demuestra que lo analógico es la herramienta definitiva para el encuentro humano sin etiquetas. Ignacio Linn, organizador del club, explica que la corporalidad en el juego no es solo la mente procesando jugadas: es el movimiento físico, la postura, la forma de agarrar las piezas con las manos y hasta la manera de golpear el reloj y de mirar al rival a los ojos. En el bar, la partida de ajedrez convive con la porción de pizza, la cerveza y el ruido ambiente de los parroquianos. A diferencia de los torneos oficiales y del juego en línea contra vaya a saber quién, aquí se dialoga, se discute de política, de historia o de fútbol mientras se mueven los peones. Y el peón mueve otro tendal de cosas ligadas —todas— al triunfo de la humanidad sobre la máquina.

Ignacio señala que el juego en el bar le saca la solemnidad al ajedrez y lo devuelve a su función social primordial. No hay algoritmos emparejando a jugadores por su Elo (Elo es el puntaje que se tiene en función del desempeño, una suerte de ranking), hay encuentros fortuitos entre personas que buscan evitar la soledad cuando no se la quiere. «Buscamos jugar, pero también encontrarnos, charlar, saber en qué andamos», comenta Ignacio. Nacido en medio de la pandemia como una respuesta a la necesidad desesperada del contacto físico, el club se sostuvo porque las ganas de tener espacios de pertenencia son más fuertes que cualquier comodidad digital. En el bar uno no es un avatar, sino un cuerpo presente en un espacio cooperativo en el que la excusa es el tablero imantado o profesional, pero el fin es la conexión humana sin filtros.

Foto: Guillermo Legaria

Entonces, esta resistencia analógica se manifiesta en el aroma de un libro nuevo, que se emparenta con el de un juego recién abierto, en el ruido mecánico de una cinta de VHS entrando en el cabezal del reproductor o en el peso satisfactorio de una ficha de baquelita golpeando la mesa. No es una marcha atrás caprichosa ni un fetiche de élites nostálgicas, sino una forma de defender lo que nos hace humanos. Simmel advertía que el dinero y el intelecto tienden a nivelar todas las cosas en una equivalencia cuantitativa. Lo físico, en cambio, preserva la cualidad. El objeto que podemos tocar tiene un valor que no es el del mercado, sino el de la experiencia pura. En última instancia, el fetiche por el objeto es un fetiche por la realidad misma, por aquello que tiene volumen, que huele, que se rompe y que envejece con nosotros.

Así las cosas, cada objeto en el estante se convierte en una puerta a un mundo que no puede ser apagado con un clic. El papel de una revista y el grano de una película proyectada desde una cinta analógica son marcas de una verdad física que se resiste a ser codificada. Las cosas físicas permanecen como anclas. Son pruebas materiales de que estuvimos ahí, de que algo nos conmovió lo suficiente como para querer tocarlo y conservarlo contra el viento de la obsolescencia.

Las cosas físicas son el último refugio frente a la disolución de lo humano. Son el mapa de nuestra historia, el perfume de nuestros archivos y, fundamentalmente, la garantía de que el mundo, a pesar de las pantallas, sigue siendo algo que podemos tocar, oler y compartir. Por lo tanto, el objeto físico se configura como garante de que el tiempo pasó, de que el encuentro sucedió y de que la cultura no es solo un servicio etéreo que consumimos pasivamente, sino una materia vibrante que transformamos y que, en ese proceso artesanal de manipulación, nos permite seguir siendo, contra todo pronóstico, soberanos de nuestra propia experiencia. En la textura de la materia encontramos el recordatorio de que la vida tiene volumen, tiene bordes gastados y tiene un aroma que ninguna inteligencia artificial podrá sintetizar jamás. Al menos por ahora.

Hernán Panessi (Buenos Aires, 1986) es periodista especializado en cultura popular. Escribe a diario desde una cafetería del Centro de Buenos Aires. Publicó cuatro libros y un fanzine. Tiene un canal de YouTube. Además, es parte del equipo del suplemento NO de Página|12 y desde hace más de una década colabora con la diaria y Lento.

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