Para armar esta selección no me fijé en la frialdad de las estadísticas ni en el brillo de las vitrinas. Lo que me importaba era que los jugadores y las jugadoras hubieran levantado la voz por una causa mayor. Algunos se enfrentaron a dictaduras, otros gambetearon opresores y varios sacrificaron sus carreras por una idea de justicia. En fin, deportistas valientes que desde su posición decidieron transformar la realidad.
El mundo, que actualmente se ve envuelto en guerras y desigualdades sociales, necesita de voces comprometidas con la humanidad. Este equipo no nace de la nostalgia, sino de la urgencia. No es solo un repaso histórico; es el recordatorio de que, incluso en los tiempos más oscuros, siempre hay alguien dispuesto a ponerse la camiseta y patear el tablero.
A los misiles que lanza continuamente Estados Unidos, uno de los países anfitriones del mundial, se suma el despliegue de su policía migratoria, que acecha a la comunidad latina. Lejos de espantarse, la FIFA de Infantino aplaude y condecora a Trump con un inventado premio de la paz. Entre entradas impagables y una burocracia de visados que excluye a los hinchas, el torneo se jugará bajo el rigor del sol y el mandato del show business estadounidense.
La convocatoria de La selección de los valientes es un aviso de que, además de estas postales, habrá gestos, declaraciones y todo tipo de manifestaciones de futbolistas que decidan no callarse y combatir cualquier injusticia que se presente en estos casi 40 días de mundial. Como en toda lista mundialista, habrá ausencias. Muchos valientes han quedado fuera de estas páginas por limitaciones de espacio, pero no de memoria. Esta nómina es apenas un recorte de aquellos que entendieron que el fútbol es un territorio en disputa. Dentro y fuera de la cancha. Pasen y lean.
Obdulio Varela
Caudillo. Según la Real Academia Española, caudillo es el «jefe absoluto de un grupo armado». De ahí que el término fuera utilizado para hablar de los libertadores de América, como Artigas, Bolívar y San Martín. Fueron ellos, a su vez, quienes en nuestro continente le imprimieron una nueva capa de sentido a la palabra: el caudillo como líder de una gesta histórica colectiva. Y eso mismo fue Obdulio Jacinto Muiños Varela.
Nacido en el humilde barrio La Teja, el emblema del fútbol uruguayo decidió, por una cuestión de principios, adoptar el apellido de su madre, Juana Varela, una lavandera mulata que, ante un padre ausente, fue quien lo crio a él y a sus nueve hermanos. Desde los 8 años Obdulio comenzó a trabajar: fue canillita, panadero, albañil, cadete, lustrabotas y cuidacoches. Apenas llegó a tercer grado de la escuela, y a salto de mata. Según la leyenda, fue su esposa Catalina quien, años más tarde, terminó de alfabetizarlo usando las letras de los tangos de Carlos Gardel.
En los momentos en que el trabajo le daba respiro, aprovechaba para darle vida a su carrera deportiva. Su estilo de juego, el de un centrojás imponente y combativo, lo forjó desde botija, entre los polvorientos potreros de Montevideo y su paso por la Intermedia con Deportivo Juventud. Debutó en la primera división en 1938 con Montevideo Wanderers para finalmente en 1943 pasar a vestir la camiseta de Peñarol. Fue la estrella del Manya campeón de 1949, el equipo que se convirtió en la base del seleccionado uruguayo que realizó la hazaña más épica del fútbol: ganarle a Brasil el mundial de 1950 en su propia casa.
Pero la leyenda del Negro Jefe, como lo apodaban, no se forjó únicamente en el césped. Afuera, su voluntad era de acero. En 1945, tras tener una buena actuación frente al club argentino River Plate, la dirigencia de Peñarol quiso tener un «gesto» con los jugadores. Decidieron darle a cada uno un premio de 250 pesos, pero a Obdulio, por ser la estrella, le ofrecieron 500. Grave error. Para Varela, eso era un insulto. Sin dudarlo, encaró a los directivos y, con el peso de su personalidad, les lanzó: «Yo no jugué más ni menos que nadie. Si ustedes creen que merecí 500 pesos, les dan a todos 500 pesos. Si ellos merecieron 250 pesos, yo también».
Sus principios eran inquebrantables. Poner lo colectivo por encima de lo personal no era una pose, era su código. Los directivos, atónitos ante semejante lección de ética, tuvieron que echarse para atrás. Al final, todos se llevaron 500 pesos. Obdulio era sinónimo de compañerismo y también de valores. Compañerismo: «Vínculo que existe entre compañeros». Valor: «Cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros, denotando osadía, y hasta desvergüenza».
El compromiso que tuvo Obdulio para con los suyos lo llevó directo a la lucha sindical. En 1946 fue uno de los fundadores y el primer vicepresidente de la incipiente Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales. ¿Su objetivo? Que los futbolistas fueran reconocidos como trabajadores y tuvieran libertad de acción. Eran tiempos en que los clubes contrataban de por vida a un jugador y se convertían en sus dueños absolutos. Los dirigentes decidían si jugaban o no, o si los vendían o los cedían a otro equipo, sin importar la voluntad del futbolista. Eran tratados prácticamente como mercancía. A través de la incipiente mutual, los futbolistas iniciaron gestiones para conquistar sus primeros derechos, pero siempre tropezaban con la férrea negativa de los dirigentes, que no querían negociar. Era tal el poder que ejercían sobre los jugadores que ni siquiera reconocían la existencia de su agremiación.
Ante la falta de voluntad constante, la respuesta de los obreros de la pelota fue brutal. Obdulio y sus colegas emprendieron una huelga que duró siete meses, desde octubre de 1948 hasta mayo de 1949. Durante ese tiempo en que el fútbol estuvo paralizado, la subsistencia de los jugadores se hizo dura. Además de disputar amistosos para recaudar fondos, el futuro héroe del Maracaná recorrió las calles de Montevideo vendiendo rifas. Incluso se puso el overol y regresó a su antiguo oficio de albañil. Tres veces intentaron sobornarlo para que claudicara en su lucha, pero no pudieron.
Sindicalista: «Miembro de un sindicato de trabajadores». Sindicato: «Asociación de trabajadores para la defensa y promoción de sus intereses». Trabajador: «Que trabaja». Trabajo: «Esfuerzo humano aplicado a la producción de riqueza». La definición del diccionario es un tanto cruda, aunque precisa. Sin embargo, cabría sumarle que el trabajo dignifica, una máxima más humana y verdadera. En ocasiones, al frío rigor científico de las letras se le escapa el verdadero sentir de las cosas, que muchas veces otorga mejores definiciones. La medida gremial fue tan contundente que el Campeonato Uruguayo de 1948 fue suspendido, al tiempo que la selección tuvo que jugar el Sudamericano con un equipo juvenil. La situación escaló tanto que la participación de los futbolistas en el mundial de 1950 estuvo en duda.
Cuenta la historia que hasta el presidente de la República Oriental del Uruguay, Luis Batlle Berres, fue hasta la casa de Obdulio para convencerlo de viajar a Brasil.
Finalmente, el conflicto se resolvió antes, el 3 de mayo de 1949. El sindicato fue reconocido y si bien no se obtuvo la libertad de acción para los futbolistas, sí se lograron avances significativos que limitaron el control total de los clubes sobre la vida del jugador. Entre ellos, los futbolistas obtuvieron un porcentaje de su propio traspaso, la obligatoriedad del contrato profesional que le daba un marco legal a la relación laboral, la libertad de acción para los menores de 21 años y por otra parte, quedó prohibido que las instituciones los cedieran a préstamo o los transfirieran sin su consentimiento.
La huelga significó un triunfo histórico porque sentó las bases del sindicalismo en el fútbol uruguayo y dignificó la profesión al arrebatarles a los clubes parte de su poder absoluto sobre los jugadores. En homenaje a aquella reivindicación, se declaró el 14 de octubre, día que empezó la huelga, como el Día del Futbolista Profesional Uruguayo.
Al año siguiente, una vez ya resuelto el conflicto, varios de aquellos huelguistas como Varela participaron en el mundial en Brasil y fueron artífices del Maracanazo.
La previa de ese histórico partido contra la Verdeamarela daba por ganador al equipo local. Con un estilo arrollador y una abultada cuenta goleadora, Brasil llegaba a la cita final envuelto en un aura de invencibilidad. Solo le bastaba igualar frente a los uruguayos para coronarse por primera vez en su historia como campeón del mundo.
A Uruguay no le quedaba otra que ganar. Algo que parecía casi imposible, incluso para los propios directivos orientales, que les pidieron a los jugadores no perder por más de cuatro goles para «salvar el honor».
Improbable para todos, salvo para el Negro Jefe. El capitán y faro de la celeste derribó el discurso derrotista en la charla previa del vestuario. Antes de saltar al campo de juego, les pidió a sus compañeros que no se dejaran llevar por la multitud brasileña, que aquel 16 de julio de 1950 había colmado el estadio Maracaná. Alrededor de 200.000 brasileños se hicieron presentes en lo que fue el partido con mayor número de espectadores en la historia de los mundiales. Varela continuó con su arenga hasta pronunciar aquellas palabras que, desde ese instante, quedaron grabadas a fuego en la mitología del fútbol: «Los de afuera son de palo». Fue un grito de guerra que motivó a sus compañeros, quienes salieron a la cancha para brindar un partido legendario. Las palabras del mediocampista, llenas de carácter, contagiaron de seguridad y confianza a sus compañeros. Con solo mirarlos a los ojos, logró que nadie se achicara. Obdulio, en definitiva, era lo que se dice un líder. Líder: «Persona o entidad que va a la cabeza entre los de su clase, especialmente en una competición deportiva». Si antes de comenzar el partido los brasileños se sentían campeones, aquella sensación se reafirmó cuando a minutos de comenzar el segundo tiempo, Albino Friaça Cardoso puso el 1 a 0 para los locales. El grito eufórico de los asistentes se escuchó a varios kilómetros del estadio. Enfadado, Obdulio, con la pelota bajo el brazo se enfrentó al árbitro y le reprochó que había sido en offside. Como el juez era inglés tuvieron que llamar a un intérprete. El gol lo cobraron, pero el sabio Varela pudo ganar minutos para enfriar el partido y evitar el aluvión brasileño.
A partir de allí, los uruguayos comenzaron a dominar el juego, de tal forma que 15 minutos después Juan Alberto Schiaffino marcó el empate que paralizó a todo el pueblo brasilero. Pero aun así eran campeones. Hasta que faltando diez minutos, en un ataque uruguayo, el puntero derecho Alcides Ghiggia amagó con tirar un centro y pateó directo al primer palo, para la sorpresa y la maldición eterna del arquero Moacir Barbosa. «Solo tres personas silenciaron el Maracaná: el papa, Frank Sinatra y yo», diría Ghiggia al pasar los años. En el cierre del partido la Canarinha tuvo un par de chances más pero no pudo hacer nada para evitar el trágico final. La fiesta terminó y el mundo no comprendía qué había pasado. Hasta el presidente de la FIFA, Jules Rimet, estaba desorientado. Fue el mismísimo Obdulio quien tuvo que encararlo para que le diera la copa. Cual prócer, el capitán uruguayo levantó el trofeo como quien termina de esculpir su lugar en la eternidad.
Cuentan las crónicas, ciertas o no, que el capitán sintió una enorme empatía por el pueblo brasileño, hundido en una tristeza monumental. En medio de la euforia, primó en él una profunda sensibilidad hacia el otro. Una afectividad llena de grandeza. Tras el milagroso Maracanazo, mientras los dirigentes uruguayos, aquellos que no querían reconocerlos como trabajadores, celebraban con champán y vulgar opulencia, Obdulio desapareció. Varela, reciente campeón, decidió sumergirse en las amargas y oscuras calles de Río de Janeiro. «Mi patria es el pueblo que sufre», expresó una vez. Por más que hayan sido rivales, Obdulio se identificó con el dolor del hincha brasileño. Se tomó unos tragos, charló con la gente que lloraba la derrota y entendió que esa conexión era más real que cualquier medalla.
Por eso, al volver a Uruguay, le dio la espalda al glamur y a las fotos del éxito. El Negro Jefe tenía claro que la gloria era otra cosa, algo mucho más simple. Como él mismo supo decir: «La gloria no existe, la gloria es tener amigos que a uno lo quieran».
Amor: «Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo». El amor define cada acto de Obdulio, cuya entrega y valentía se volcaron siempre hacia sus compañeros, su patria y los de su clase: los trabajadores.
Lucas Zalduendo (Buenos Aires, 1989) es periodista deportivo. Desde 2015 dirige el proyecto Fútbol y Política, desde donde nació el pódcast Fútbol rebelde.