Hay cosas que pertenecen a la naturaleza y cosas que no. O eso creíamos mi hermano y yo mientras hacíamos planes en la ciudad, contenidos por la geometría muerta de nuestros apartamentos. Pensábamos entonces en la naturaleza como una entidad externa a nosotros, a la que podíamos visitar cada tanto como quien va a una plaza o a cualquier perímetro aislado y donde encontraríamos el tipo de elementos a los que estábamos habituados en nuestras incursiones en montes y cursos de agua del país. Podíamos discrepar sobre algunos, pero de algo estábamos seguros: la Policía no era uno de ellos. Sin embargo, allí estaba en el momento en que salimos al río, como si fuera una falla incrustada en la matriz «natural» del Yi.
Un patrullero pasó a velocidad crucero un par de veces frente al puente de Polanco del Yi cuando descargábamos la canoa y se estacionó a diez metros para iniciar una paciente vigilancia, como si sus ocupantes nos consideraran el espectáculo más interesante de la zona o quisieran memorizar nuestros rasgos para reconocer luego los cuerpos en el río.
A juzgar por los anuncios meteorológicos y la cobertura mediática correspondiente, no les faltaba razón. Ni bien habíamos agendado fecha de salida, las alertas climáticas adquirieron su estilo apocalíptico usual, con toda clase de calamidades previstas para quienes pensaran acampar. Con la paciencia de un Job víctima de las divinidades climáticas que sabe que deberá tolerar la furia injustificada y encaprichada del tiempo sin importar lo que haga para evitarlo, seguimos adelante con los planes.
Nuestro propósito era navegar a remo un tramo de 54 kilómetros del río Yi entre Polanco del Yi y la ciudad de Durazno, tarea que acometimos con el entusiasmo que da la ignorancia, sumado a la confianza de haber salido más o menos ilesos de travesías anteriores por ríos de peor reputación. La alegría se vio moderadamente empañada por un augurio a tono con la presencia policial: el hombre que nos alquiló la canoa nos advirtió que a poco de salir, cuando el río se bifurcara en tres sendas, evitáramos la de la izquierda. «Si van por la izquierda, parten la canoa al medio», vaticinó con tono de metáfora libertaria.
El problema es que el río Yi muchas veces se divide en varios meandros y que, cuando uno ha sido advertido con la seriedad de un mago que custodia un puente en una épica medieval, ve cada giro a la izquierda como una invitación al seguro desastre.
El río Yi tiene su cuota de peligro. Tan solo cuatro años antes de nuestra excursión, un hombre murió en ese mismo tramo en una travesía en canoa tras golpearse la cabeza contra un tronco y ser arrastrado por la corriente. Es un río que forma grandes lagunas en las que el agua corre calma, pero que desagota en tramos estrechos en los que abundan las correntadas y los saltos de agua. Además, está plagado de rocas basálticas enormes con formas curiosas, que a veces te observan desde los márgenes, redondeadas y contundentes como estatuas de Botero, y otras veces aguardan tramposas bajo el agua y se anuncian apenas como un tajo correntoso en la superficie.
Pero ningún anuncio ominoso puede eclipsar la felicidad de salir en canoa y deslizarse por un mundo que pronto te abraza y te protege de los ruidos, la gente y el recuerdo de una vida agitada que en esos momentos parece más lejana de lo que realmente está. En minutos nos vimos cubiertos por montes nativos densos, con Florida a la izquierda y Durazno a la derecha, y avanzamos entre sarandizales que hacían gorgoritos con la corriente.
El «tenebroso» salto Camilo
Con la placidez que da el sonido del río y la aparición de los primeros martines pescadores, pronto me perdí en ensoñaciones poco convenientes para el puesto del remero de atrás, responsable de la orientación de la canoa. Pensé que el río Yi era como la vida cuando uno crece. No es una línea recta que te lleva en una sola dirección, siempre hacia adelante; tiene lagunas, vías engañosas, cursos que no desembocan en ninguna parte, conexiones inesperadas y tramos que te obligan a tomar decisiones difíciles. Era feliz acumulando lugares comunes cuando mi hermano lanzó un «¡Ojo, ojo! Vamos a darle para atrás» que no me pareció aplicable a mi metáfora y sonó urgente.
Habíamos evitado tomar por la izquierda todo lo que pudimos, pero de algún modo estábamos en el medio de un pasaje estrecho, con el río rugiendo y empujando. Y cuando el Yi ruge, es señal de que se viene algo, en ese caso un salto de agua que se parecía sospechosamente al tramo que el dueño de la canoa nos había recomendado evitar.
Más tarde, leyendo los libros sobre ríos de Uruguay que escribieron los hermanos Raúl y Ricardo Praderi junto con Jorge Vivo y Daniel Muñoz, supimos que existe en ese tramo del Yi el «tenebroso salto Camilo», un escalón de piedra de un metro de altura en el que las canoas suelen volcar o romper, que cuenta con un misterioso canal paralelo que permite eludirlo pero que no estábamos en condiciones de explorar.
Privados de esa información valiosa, solo atinamos a saltar de la canoa para vadear el salto a pie, algo que el río no nos quería facilitar. Primero sufrimos una pérdida. Mi remo, quizá cansado del trato arbitrario que le había dispensado hasta entonces, decidió recuperar su merecida libertad, se zafó de mi mano y se fue alegremente río abajo. Luego, la fuerza del agua hizo que la canoa diera un giro de 180 grados, decisión manifestada con tanta fuerza que no quisimos contrariarla; solo nos dejamos llevar tropezando o flotando torpemente a los costados y logramos pasar el salto sin que se nos diera vuelta. Volvimos a subir a la canoa ni bien superamos el salto y unos 200 metros más adelante nos encontramos con el remo flotando manso contra unos sarandíes y sin poder escapar. Su decepción debe de haber sido mayúscula.
El Yi es bastante tramposo en esos primeros kilómetros. Los arenales te dan un respiro pero las correderas te obligan a estar atento. No mucho después del salto Camilo hay un tramo largo de rápidos salpicados de rocas emergentes, que decidimos hacer sin bajarnos de la canoa. Pasamos exitosamente la primera parte, pero la corriente era tal que la canoa volvió a dar un giro de 180 grados y perdimos toda posibilidad de control sobre su dirección. Nos deslizamos río abajo de espaldas, como niños que no logran permanecer derechos en un tobogán, con la diferencia de que lo que nos esperaba no eran las manos seguras de nuestros padres, sino un montón de rocas que asomaban amenazadoras en la superficie. Pero la canoa parecía ir en piloto automático y milagrosamente esquivó todas las piedras hasta depositarnos sanos y salvos en un remanso de aguas más calmas, donde pudimos volver a redireccionarnos.
Cuando llevábamos unos 32 kilómetros de recorrido, decidimos hacer campamento en un arenal extenso y lo bastante elevado como para evitar que el Yi, conocido por sus crecidas repentinas, nos tapara si los pronósticos resultaban acertados. Armamos las carpas entre varios sauces criollos para protegernos del viento y observamos en el mapa que era improbable que alguien nos molestara: estábamos rodeados por medio kilómetro de monte espeso y no se veían construcciones por ninguna parte. Sin embargo, es casi imposible huir de los rastros de los cazadores en Uruguay.
Dos cráneos y cueros podridos de carpinchos nos esperaban al borde del campamento, como la tenebrosa cabeza de chancho del libro El señor de las moscas. Más tarde, al caer la noche, escucharíamos tiros. Nos habíamos acostumbrado a que eso se convirtiera en un clásico de nuestras travesías por ríos del país, porque acampar o andar en canoa es para mucha gente sinónimo de caza y pesca. Cada vez que le contábamos a alguien sobre nuestros planes de navegación, nos recomendaba tal o cual lugar excelente para pescar o cazar. «Es que no cazamos ni pescamos», decíamos. «Pero ¿qué hacen?», nos preguntaban. Bueno, esa noche mi hermano gourmet hizo una ensaladita de cuscús, lo que a mi juicio sería lo más peligroso y adrenalínico de nuestro viaje. Estaba seguro de que si un cazador aparecía en la noche y nos veía comiendo ensaladita de cuscús, nos iba a rematar piadosamente ahí mismo.
Los rastros de caza acentuaban la misma sensación del comienzo de nuestra travesía: la impresión de estar sufriendo una intrusión de lo «artificial» en lo que nosotros considerábamos «natural», como si nosotros mismos no estuviéramos contribuyendo a eso con nuestras carpas y canoa.
Al caer la tarde nos bañamos en el río, algo que no volveríamos a hacer en el resto del recorrido. Dice el refrán que un hombre no puede bañarse dos veces en el mismo río, aunque Augusto Monterroso asegura que cuando el río es lento y se cuenta con una buena bicicleta o caballo sí es posible bañarse dos veces en el mismo río (y hasta tres, de acuerdo con las necesidades higiénicas de cada quien). Nosotros teníamos la canoa pero no el interés en comprobarlo ni la pulsión sanitaria, que a decir verdad era bastante moderada.
Cayó una noche cálida, despejada y sin luna sobre el Yi. El cielo se encendió de luciérnagas y, salvo por un par de tiros y los graznidos misteriosos de algún ave no identificada en los bosques, solo escuchamos el río. Ya en la carpa, me pregunté si se cumpliría el cliché de la calma y la tormenta, pero me dormí antes de comprobarlo. Soñé que remaba hacia atrás desesperado para evitar una cascada, lo que al final resultó bastante profético.
Un Caronte trasnochado
En la madrugada del segundo día, el viento sopló y sopló y sopló, pero como en la proverbial fábula de los tres chanchitos, las carpas resistieron gracias a los recaudos del hermano mayor. En este caso, no ladrillos sino un buen sistema de cuerdas. La tormenta no fue la culpable de que esa noche no pudiera dormir bien, sino el bosque. Dormir al lado de un bosque tan cerrado y ancho como aquel es una experiencia sonora envolvente, como una prueba de naturaleza con surround. Un zumbido bajo y compacto de trinos y ululares comienza antes de la salida del sol y va creciendo hasta llegar a una intensidad difícil de creer a la madrugada. Pensé: «Hoy no es día de remo, así que dormiré de tarde en este paraje desolado que garantiza la siesta más tranquila de mi vida».
El plan me costó más de lo que pensaba, pero a eso de las tres de la tarde me tiré en la carpa y sentí que mi insomnio crónico cedía y que, por fin, dormiría el sueño de los justos. Fue entonces cuando una voz se abrió paso entre mi duermevela incipiente. «¿Hay vida? ¿Hay vida ahí?», gritaba la voz, que atribuí a un inoportuno sueño existencialista. Insistió hasta que abrí los ojos y descubrí que la voz era real y provenía de una canoa que comandaba una larga travesía de al menos 20 embarcaciones. La voz tenía un cuerpo, que, no conforme con el timing horrible de su arenga innecesaria, desembarcó como un Caronte trasnochado y se puso a conversar con mi hermano sobre tormentas y destinos de navegación. Renuncié al descanso y pasé el resto de la tarde con mi hermano explorando los bosques, en cuyos árboles dejamos marcas al estilo Pulgarcito para no perdernos en el camino de regreso.
Para nosotros, el éxito de una travesía en canoa es inversamente proporcional a la cantidad de gente y huellas humanas que vemos en el trayecto. Si bien el Yi está en mitad de tabla en ese sentido, es posible remar durante varias horas desde Polanco del Yi en dirección a Durazno sin toparse prácticamente con nadie. El encuentro con los canoeros nos mostró que eso estaba a punto de cambiar.
Regresamos al río en la mañana del tercer día para completar los 22 kilómetros que nos faltaban para llegar a Durazno. Me sentía feliz de no haber perdido los bidones de agua que llevábamos atados en la canoa, porque sabía que la calidad de agua del río mermaría notablemente a medida que nos acercáramos a la ciudad. Incluso mi hermano, muy dado a filtrar agua de río despreocupadamente, quiso evitar que bebiéramos té de arsénico y apeló a los bidones para el desayuno.
Los monitoreos de calidad de agua del Yi del período 2019-2023 mostraron que en las inmediaciones de Durazno hay incumplimientos de concentraciones de casi todas las sustancias analizadas: fósforo total, amoníaco libre, coliformes termotolerantes, arsénico y varias más. La situación es peor aguas abajo de Durazno, pero al menos no pensábamos llegar tan lejos. Cuentan que unos kilómetros abajo vivía un hombre al que apodaban el Robinson del Yi, que hizo su casa en un islote en medio del río, donde vivía solo y en forma frugal. Sospecho que los vertidos de las fábricas, de la agricultura y de la ganadería, que ocupan un tercio de la cuenca, lo han echado hace mucho.
Las campanas espectrales
Mi hermano había mostrado cierto entusiasmo por bajarse de la canoa a los 40 kilómetros del recorrido en busca de una placa conmemorativa de aspecto poco impresionante y por escuchar el sonido de unas campanas fantasmales, deseos que intenté disuadir y acicatear respectivamente. La explicación hay que buscarla en la historia del lugar al que estábamos por llegar luego de remar en la mañana: San Borja. Un puente y una cantera marcan la única actividad del lugar hoy en día, pero hace 180 años allí vivían 8.000 indios guaraníes misioneros.
Llegaron al lugar siguiendo a Fructuoso Rivera tras la conquista de las Misiones Orientales, pero a los gobiernos posteriores no les hizo gracia que su ocupación diaria fuera, según el jefe político de Durazno Bernardino Arrúe, «bailes, torneos, fiestas, borracheras y peleas». Hoy en día ese podría ser el eslogan turístico de más de un pueblo, pero fueron argumentos suficientes para que las autoridades sacaran a la fuerza o exterminaran a los indios. Antes de ser desterrados, supuestamente arrojaron varios objetos de valor en una laguna que forma el río en la zona, entre ellos una gran campana de bronce que —dicen— suena en forma fantasmal algunos días. Lamentablemente, todo lo que queda del último asentamiento guaraní en Uruguay son unas vasijas rotas, que pudimos ver en el Museo Histórico Casa de Rivera de Durazno un día antes de partir.
Cuando pasamos bajo el puente y doblamos el recodo de San Borja, charlé de trivialidades y exageré potenciales peligros de navegación para evitar que mi hermano recordara la placa conmemorativa de los guaraníes. Estaba ubicada a varias cuadras del río y, por lo que había visto en internet, su única característica era la fealdad geométrica habitual en cualquier homenaje oficial.
Por suerte, pasamos por San Borja sin necesidad de bajar a ver ninguna placa culposa y sin escuchar campanas espectrales. El viaje en ese tramo se ve bastante afeado por los ruidos y la visión de las máquinas de la cantera, pero poco después el paisaje vuelve a aislarte. Aparecen carpinchos, pequeños grupos de espátulas rosadas y, sobre todo, miles de torcazas y cientos de gavilanes langosteros que planean sobre el río como cazas bombarderos.
Toda la belleza de esos últimos paisajes más o menos prístinos es necesaria para compensar la decepción que supone llegar a una ciudad en canoa. Comienza a verse basura, tomas de agua, torres de electricidad, caminos y construcciones poco armónicas con la naturaleza que las rodea. También gente saqueando arena en carreta de las playas como si fuera 1920, tal cual pudimos observar en dos ocasiones. Pero nuestra idea de lo que significa la «intrusión» de la ciudad en la naturaleza estaba por ponerse a prueba de forma definitiva.
Abbott y Costello llegan a Durazno
Nos habían dicho que debíamos pasar por al lado de una represita antes de llegar a nuestro destino, la playa El Sauzal, en Durazno. Suponíamos que era una construcción visible, debidamente señalizada y con un paso apto para la canoa, pero nos dimos cuenta de que nuestra intuición era incorrecta cuando comenzamos a sentir el rugido cercano del agua sin que notáramos cambios en el curso del río.
«¡Ojo, ojo!», dijo mi hermano, que, tal como ha quedado demostrado, siente gran apego por esta interjección de advertencia. «Eso es ruido de agua y de mucha agua que cae. Es ahí nomás», agregó mientras remaba hacia atrás. Distinguí entonces una línea espumosa casi imperceptible a 20 metros. Sin aviso, el río caía más de un metro en una cascada artificial, producto de una represa de OSE que ya no tiene ningún uso excepto engañar a incautos en canoas y botes. La manía de las autoridades de pequeñas ciudades por plagar sus ríos de obstáculos insalvables para embarcaciones, como habíamos comprobado años atrás en el Santa Lucía, es digna de estudio.
Llevamos la canoa hacia la izquierda, donde la corriente era menos intensa y la caída menos pronunciada, pero no por ello menos peligrosa. Del otro lado varias rocas parecían ansiosas por abrir en dos la canoa ni bien nos atreviéramos a lanzarnos por ahí remando, así que bajamos de nuestro vehículo y empezamos a maniobrarlo para superar la represa con seguridad. El estruendo del agua hacía muy difícil la comunicación, lo que quedó en evidencia muy pronto.
Me causó curiosidad que, en vistas de lo difícil que era la situación de por sí, mi hermano decidiera complicar el asunto orientando la canoa hacia atrás, como si quisiera lanzarse en plan suicida. «¿Pero la querés pasar al revés?», le pregunté. Ignoró mi duda y siguió adelante. Yo tomé su silencio como una afirmación y lo dejé hacer, porque no en vano es el sujeto práctico de la familia. Seguro tenía alguna razón que mi falta de pragmatismo no me permitía adivinar. Cuando estábamos por bajar la canoa con cautela por la caída de agua y ya no había margen para cambiar la maniobra, se dio vuelta y gritó ofendido: «¡Pero la canoa está al revés!». Mi cara emuló el emoji de párpados lánguidos, una sutileza que se perdió entre las gotitas espumosas que salpicaban el aire entre los dos. «¡Pero te avisé que estaba al revés!», le grité. «¡No te escucho!», respondió, pero lo adiviné más por lectura de labios que por otra cosa, porque a esa altura el agua era una barrera sonora casi insalvable.
Muy pronto los dos nos pusimos a gesticular con vehemencia mientras nos decíamos cosas que el otro no escuchaba, como en una pelea entre dos imitadores mediocres de Marcel Marceau. Seguimos adelante, pero la cosa solo empeoró. Sentí que mi hermano gritaba con insistencia algo así como «pero hacé fuerza». Supuse que la canoa se había trancado en alguna piedra y necesitaba que la empujara, así que me dediqué con ahínco a ayudarlo. El resultado no pareció muy auspicioso: mi hermano tropezaba y se iba poniendo cada vez más colorado, la canoa seguía sin avanzar y su rostro no mostraba el agradecimiento que yo esperaba, considerando mi esfuerzo sin pausa por catapultar al otro lado la embarcación curiosamente trancada.
Gritó más fuerte y descubrí que la frase completa, cuyo final no había escuchado, era «pero hacé fuerza para aguantarla», porque el agua amenazaba con arrastrar la canoa río abajo con él incluido. Así que ejercí fuerza exactamente en el sentido contrario que el aplicado hasta ese momento y entre los dos logramos estabilizar la embarcación como para hacerla descender intacta entre las piedras. Ya del otro lado, convencidos de que las dificultades se habían debido exclusivamente a la imbecilidad del otro, nos dimos cuenta de que el ruido insoportable del agua era responsable de haber convertido todo el operativo en una rutina de Abbot y Costello.
Luego supimos que esa represita inútil era una fuente continua de problemas para los navegantes, justamente por su capacidad para pasar inadvertida. El dueño de la canoa nos dijo que una vez, distraído mientras escuchaba un partido de Peñarol en su bote, se había comido la cascada y había volado por la borda con la radio, la silla y muchas otras cosas más, lo que me pareció una gran metáfora para el año de Peñarol. Nuestro amigo Ramiro Pereira nos comentó que un conocido suyo también salió lanzado de la canoa al caer allí y quedó atrapado en el sifón de la represa un buen rato, hasta que pudo salir sin ahogarse.
Inmediatamente después de la represa viene el puente de la ruta 5. Frente a la orilla, en la margen izquierda, se encuentra el Monumento al Amor, donde dos figuras de hormigón se amasijan impunemente con vista al río, aunque quedan castamente resguardadas de la vista de quienes navegan sobre el Yi. Creo que mi hermano desconocía esta información y yo no hice nada por corregirlo ni por incitar su pulsión turística. Luego del asunto de la represa, solo quería bajar de la canoa en el destino.
Remamos los últimos 500 metros con displicencia y llegamos a la playa El Sauzal a la hora en la que los duraznenses se instalan en la vuelta con el mate. Una actividad muy popular, a juzgar por lo que experimentamos cuando arribamos con la canoa y descargamos todo, es acercarse en auto o moto hasta la playa, observar a todas las personas con curiosidad durante cinco minutos y luego irse sin hacer aparentemente nada de provecho. No los culpo. Nuestros atuendos y equipajes incentivaron esta conducta durante la hora y media que esperamos para que vinieran a buscar la canoa. En especial nuestro equipaje desperdigado, porque los viajes en canoa parecen reavivar la caduca teoría de la regeneración espontánea de la materia; aunque uno ordene los mismos objetos que al comienzo de la travesía en el mismo orden, adquieren otro volumen: se inflan, se expanden, se multiplican e invaden los espacios libres.
En el momento en que nos íbamos de El Sauzal y dábamos por terminada nuestra más reciente incursión en la naturaleza, llegó un hombre con un pequeño barco que incluía un moderno sistema de sonido, más apropiado para una fiesta de casamiento que para una embarcación. La música de los parlantes se extendió por el río a un volumen mayor que el ruido de la represa y nos hizo extrañar el sonido narcotizante del agua contra los sarandizales, el despertar del bosque en la madrugada y la calma del Yi al llegar la noche. El río, pensé, había sido piadoso después de todo.
Martín Otheguy (Montevideo, 1978) es periodista de la sección Ciencia y la publicación infantil Gigantes de la diaria. Es también escritor y autor de obras de divulgación. Su novela más reciente es Al final de todas las cosas (Fin de Siglo, 2025).