—Cuando recién las empezás a largar, una vuela para allá, otra para acá. Y lleva un proceso capaz que de un mes hasta que vos ves que se van juntando cinco, ocho, diez, y de repente ya está. Más de 100 palomas vuelan todas juntas y no se llevan por delante. Recorren el barrio, se van a unas cinco, seis cuadras. Yo me paro arriba de una escalera y las miro. Cuando hacen eso es que ya están «para la ruta», como decimos nosotros.
Osvaldo Dagnino recorre 25 kilómetros hasta la quinta que tiene en Jáuregui, en la provincia de Buenos Aires. Estaciona el auto, prepara un mate. Sale en busca de «las chicas»: abre el palomar, golpea las palmas y alza una caña con una bandera. En menos de un minuto, el palomar queda vacío. Ahora cruzan el cielo unas 150 palomas que vuelan formando bandadas.
—Una vez que se cumple una hora y considerás que fue un buen vuelo, bajás la caña de la bandera. Ellas saben que tienen que volver. Cuando lleguen, está la comida esperándolas. Toman agua y después cada una va a su cuadradito. Cada paloma adquiere una posición: no va hoy allá y mañana acá. Si otra paloma se confunde y va a su lugar, la saca inmediatamente.
Se está preparando para la temporada. Los demás colombófilos —quienes se dedican al cuidado, el adiestramiento y la competición de las palomas mensajeras— están haciendo lo mismo que él, pero cada uno a su manera. Todos quieren ganar. Algunos más que otros. Y este año es especial: la Federación Colombófila Argentina cumple 100 años.
Desde junio hasta noviembre habrá una carrera cada fin de semana, con la excepción del Día de la Madre y el Día del Padre. En Uruguay, donde existe un circuito más pequeño, comenzarán en agosto. Un camión pasará a buscar a las palomas para trasladarlas hasta un mismo punto de partida. Una vez allí, cuando estén todas, se abrirán las rejas. Durante unos segundos, las miles de palomas cubrirán el cielo formando una mancha oscura que rápidamente se disipará. Cada una ya sabrá hacia dónde dirigirse. La que vuele más rápido hasta su palomar será la ganadora.
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La paloma mensajera tiene una apariencia similar a la criolla o de Castilla (las de plazas y ciudades), pero se trata de otra especie de entre las más de 300 que existen: la Columbus lidia. Sus plumas exhiben distintas tonalidades de grises brillantes y se vuelven tornasoladas, con destellos verdes y púrpuras, en las zonas del cuello y el pecho. Lo que la hace única es su sentido de la orientación. Por más que sea trasladada a cientos de kilómetros de distancia, siempre volverá a su lugar de origen. Los colombófilos llaman a esta capacidad «instinto de retorno». Y aclaran, cada vez que pueden, que no es posible enviar palomas con mensajes a cualquier lugar que uno desee. Por eso se molestan o se ríen cuando les consultan por alguna noticia sobre una paloma ingresando a un penal con drogas («¡Es cualquier cosa! Primero que la paloma no puede llevar algo de más de 10 gramos porque en el vuelo le pesa más y la tira al piso. Y segundo, las palomas vuelven, no van al lugar que se nos cante»). Lo que hace la paloma mensajera es volver al lugar donde fue criada, a su palomar.
Palomar de Alejandro Vigil en San Isidro, provincia de Buenos Aires, Argentina.
La colombofilia moderna nació en Bélgica a finales del siglo XIX. Allí se encuentra hoy la Federación Colombófila Internacional y se crían generalmente las mejores palomas. Una de ellas, llamada New Kim, fue subastada en 2020 y adquirida por un coleccionista chino por 1,9 millones de dólares, hasta ahora la cifra más alta por la que alguien pagó por una paloma mensajera. Pero sus usos a lo largo de la historia son mucho más remotos. Desde 3.000 años antes de Cristo, los egipcios se enviaban mensajes a través de ellas y en la antigua Grecia fueron utilizadas para transmitir los resultados de los ganadores de los Juegos Olímpicos. Su uso en batallas y guerras fue ganando terreno en Europa y Asia para brindar información táctica e incluso el Imperio romano contó con palomares móviles. La Primera Guerra Mundial marcó un hito y también su declive: se utilizaron más de 200.000 palomas mensajeras. Con ellas buscaban sortear las dificultades que traía la destrucción de las líneas de comunicación por radio o cable telefónico. Una de ellas, Cher Ami (en francés, «querido amigo»), fue la heroína del batallón perdido de la 77.a División de Infantería estadounidense. Pese a haber sido alcanzada por el enemigo, con heridas en el pecho y en el ojo y casi con una pata amputada, logró llevar el mensaje de auxilio que salvó a 194 soldados.
Por su rol histórico en la defensa nacional, muchos países mantienen hasta hoy palomares al resguardo de su Ejército. Entre ellos, Uruguay conserva su Palomar Militar en la Brigada de Comunicaciones n.o 1, en Montevideo, y Argentina en Campo de Mayo, en Buenos Aires. La colombofilia oficial estuvo ligada en sus inicios al ámbito militar. Luego de la llegada de los primeros colombófilos belgas a la Argentina en 1886 y su consecuente desarrollo, el presidente de la nación, Marcelo Torcuato de Alvear, en 1926 creó la Federación Colombófila Argentina (Fecoar), cuyas primeras autoridades fueron militares. «Nosotros, los colombófilos, cuando ingresamos con nuestras fichas de asociados a los clubes, en una letra muy chiquita dice que las palomas son de tu propiedad, pero si en algún momento el Ejército requiere de ellas y de usar el palomar, puede hacer uso de las palomas para llevarlas a donde las necesite», comparte con Lento Dagnino, quien es el actual presidente de la Fecoar.
Aunque está lejos de los parámetros de países como Bélgica, Países Bajos y China, Argentina es una de las potencias de la colombofilia en América Latina y se trata del país de América del Sur donde la actividad se encuentra más desarrollada. Cuenta con 3.500 colombófilos activos y más de 140 clubes asociados; además, integra el Comité Olímpico Argentino. Asimismo, la colombofilia fue reconocida en 2015 como una actividad deportiva a través de la ley 27.171. A lo largo de los años, esta normativa permitió a sus practicantes ejercer la actividad y tener un marco legal que los avalara. Sin embargo, actualmente crece la preocupación entre los colombófilos. El gobierno nacional envió en marzo un proyecto de ley al Congreso, conocido como Ley Hojarasca, que busca derogar un conjunto de normativas que considera «obsoletas». Entre ellas, la Ley de Colombofilia, que cuenta con 11 años de vigencia.
«Cada vez entiendo menos. Nos costó mucho sacar esta ley y es importante porque visibiliza el deporte y lo protege en cierta medida. Si vos me dijeras que nosotros cobramos un subsidio de 200 palos por año, bueno… estarían haciendo un recorte. Pero no es el caso. La ley habla de la práctica del deporte, del cuidado de la paloma y del tema sanitario», explica Dagnino. Un colega suyo, Alejandro Vigil, otro colombófilo argentino, resalta la economía que se mueve detrás de esta actividad. «Hay mucha gente que trabaja de esto: los acopiadores de cereales, que hacen bolsas para el alimento de las palomas; las empresas de transporte que las llevan a las carreras; los veterinarios».
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Vigil se levanta temprano todos los días. Alrededor de las seis de la mañana camina hasta el palomar que tiene en el parque de su casa, en San Isidro. «Miro cómo durmieron, cómo ensuciaron, si digirieron la comida del día anterior. Agarro cuatro o cinco para ver si tienen el buche vacío. Después les abro y salen a volar», le cuenta a Lento. En la espalda del piloto azul que lleva puesto se lee «Paraíso de las palomas». Él, a diferencia de otros colombófilos, les da de comer dos veces al día: cuando vuelven de ese primer vuelo comen liviano y al regresar del segundo, por la tarde, lo hacen de forma abundante. «No me gusta que estén 24 horas sin comer», se explica.
Hay un cuarto en su casa destinado a trofeos que parece que le queda chico: dos mesas abarrotadas, un mueble y el piso exhiben sus condecoraciones. Con una de sus palomas, Stephan, llegó a ganar una moto y la paloma salió en la tapa de PIPA (Pigeon Paradise), la revista más importante de colombofilia, con sede en Bélgica. A otras de sus palomas les puso de nombre Catalina, Antonella, Pampita, Messi.
Palomar de Alejandro Vigil en San Isidro, provincia de Buenos Aires, Argentina.
Hoy tiene 73 años y el tiempo para poder dedicarse a ellas. Su padre era colombófilo y a los 4 años ya tenía una paloma en la mano. «No había tantas cosas como ahora: los chicos a la edad nuestra íbamos a pescar, a cazar pajaritos. Ahí empecé. Me fui asesorando con colombófilos amigos. Los escuchaba. Esto es un arte, cada paloma es distinta y cada colombófilo también», cuenta. Participó en las competencias hasta los 27 años, cuando su esposa quedó embarazada y decidió dedicarse de lleno al trabajo.
—Estuve muchos años sin correr. Cuando te agarra este bichito de la colombofilia es increíble, pero no se te va nunca. Las extrañaba siempre, vos sabés que soñaba y todo. Pasaron los años, mis hijos se hicieron grandes, tengo cinco nietos. Ellos empezaron a meterse en la empresa y di un paso al costado. Me empezó a sobrar tiempo y ahí tuve la posibilidad de hacerme el palomar. Arranqué de vuelta a los 62 años.
En comparación con otros colombófilos, tiene una cantidad más reducida de palomas: alrededor de 15 casales (parejas de palomas) y entre 60 y 80 pichones. «Me gusta observarlas bien, conocerlas. Prefiero tener poco y bueno. Esto te lleva mucho tiempo si querés competir a un alto nivel. Yo soy muy obsesivo del cuidado. Ellas viven como vedetes. Hace frío, las tapo. Hace calor, les pongo la bañera para que se bañen».
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Algunas de las palomas de Dagnino ya compiten hace años, otras lo harán pronto por primera vez. Son las que nacieron el año pasado. Cuando cumplieron los siete días de vida les colocó un anillo en la patita derecha, que de ahí en más pasó a ser su documento de identidad. Cualquier persona que se encuentre con una de estas palomas podrá saber a cuál palomar y a qué colombófilo pertenece gracias a él. Lo llevan puesto todas las palomas que compiten.
A partir de que nacen los pichones, inicia un proceso de unos dos meses antes de estar listas «para la ruta». Viven con sus padres hasta alrededor de los 25 días, cuando se destetan y comienzan a comer solos. En ese momento pasan a vivir en el palomar, junto con otras palomas, y comienzan con el entrenamiento.
«Los primeros vuelos son de unos 10, 15 minutos, hasta que adquieren el estado deportivo de un atleta y vuelan 45 minutos, una hora. A esos pichones desde muy chiquitos se los saca arriba del techo y se les enseña con hambre. No se les da de comer durante el día. A la tarde, cuando los vas a entrar, les marcás poniéndoles los granitos por dónde tienen que entrar. Es un animal de costumbre y de rutina», dice Dagnino. Además de los vuelos diarios, traslada a sus palomas a algunos kilómetros de distancia del palomar y allí las suelta para que logren regresar y reconocer la zona solas. Como sus pichones ya vuelan formando bandadas, los prepara para su primera competencia:
—Las hago dormir en canastos especiales de mimbre. Pongo unas 9, 10 por canasto. Es para que se desestresen, porque nunca estuvieron en una jaula encerradas. Las dejo en el quincho del palomar. Al otro día están desesperadas. Las saco afuera. Están como inquietas. A los dos, tres días les hago lo mismo. Ahí ya saben que no pasa nada. Todos esos miedos se los tengo que hacer perder para que cuando vayan en el camión enjauladas yendo por la ruta estén tranquilas.
A lo largo de los meses, las distancias de las carreras van en aumento. Las primeras son de unos 100 o 200 kilómetros. La última es Zapala, una localidad de la Patagonia argentina, sin montañas, cruzada por dos rutas e intensos vientos, a unos 1.100 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires.
Los fines de semana de carrera, los colombófilos acercan las palomas que eligieron para competir hasta la sede de la sociedad a la que pertenecen. Luego, un camión las recoge para transportarlas por ruta durante kilómetros hasta el punto de partida. Cada colombófilo compite con quienes se encuentran en su misma zona, en un rango de 150 kilómetros. Si el tiempo es bueno, una vez que llegan los camiones de las distintas regiones, se abren las rejas e inicia la competencia. Gana la paloma que registre el promedio de vuelo más rápido en volver a su hogar. Cada una lleva un anillo que al pasar por un reloj electrónico con un sensor ubicado en el ingreso al palomar marca la hora de su arribo y el tiempo que tardó en llegar. Pueden volar hasta 140 kilómetros por hora con viento a favor y recorren distancias de hasta 1.200 kilómetros de un tirón.
—Por la mejor paloma que tuve, que sigue actualmente en el palomar y es una de mis preferidas, me ofrecieron 10.000 dólares, pero se va a morir en mi casa. Esta paloma ha hecho cosas que no te puedo explicar —dice Dagnino y se emociona—. Se competía por el anillo de oro en el 2020. Ganaba la paloma que más puntos sacaba en cuatro carreras especiales de entre 700 y 900 kilómetros, que se corrían cada 15 días. La primera la ganó, después salió segunda, la tercera ¡la volvió a ganar! y en la última salió cuarta. ¡No me entra en la cabeza! Gané varios anillos de oro, pero ese es el que más quiero. En Bélgica esta paloma puede salir un millón de dólares.
Palomar de Alejandro Vigil en San Isidro, provincia de Buenos Aires, Argentina.
Este año, por el centenario que cumple la federación, tendrá lugar la Carrera de la Amistad a mediados de agosto. Competirán duplas de colombófilos que estén en distintas partes del país: uno llevará sus palomas a Valcheta (Río Negro) y el otro a Curuzú Cuatiá (Corrientes). «Se suman los tiempos y la dupla que conforme el menor tiempo se lleva el premio: cinco millones de pesos. Es una forma de unir el norte con el sur y que se promueva la amistad».
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Aunque la mayoría de los colombófilos son varones, también hay mujeres. Fernanda Dumunzet es consciente de esta falta de visibilidad y desde hace algunos años organiza carreras de damas al interior de la sociedad a la que pertenece, La Viajera Sampedrina.
—Detrás de un colombófilo siempre hay una mujer que lo ayuda a cuidar: una mamá, una hermana, una hija. Yo empecé cuidando las palomas de mi marido hace 25 años. Al final me quedé con el palomar y con el dueño de las palomas y hoy soy socia de él. Pero no es fácil, sobre todo si tenés familia. Porque no es algo de un feriado, son los siete días de la semana. Yo tengo la suerte de que tanto mi marido como yo somos colombófilos, nos encanta y nos repartimos tareas.
En su casa en Alsina, partido de Baradero, Dumunzet habla por teléfono mientras ve bajar a las palomas adultas que ingresan a su palomar de madera. Desde chica le apasionan los animales y además de colombófila es proteccionista. Rescata perros de la calle y en este momento vive con nueve de ellos. Se considera, además, una fanática de las palomas: «Esa emoción de cuidarla, criarla, tenerla y de saber que viene a tu casa no te la quita nadie». Es propietaria de un gimnasio que montó en el patio de su casa para no perderse de verlas volar. Por esa misma razón tampoco se va de viaje. «Soy medio mezquina y celosa de mis palomas. No estoy tranquila si las cuida otra persona», dice.
En diciembre de 2025 recibió una placa de parte de la federación en reconocimiento a «su tarea como dirigente, organizando concursos especiales para la colombofilia femenina». Además de las carreras de damas, también creó un grupo de WhatsApp para colombófilas mujeres de Argentina, Uruguay, España y Cuba.
—Me gusta promocionar la colombofilia porque es un deporte muy sano que une a las familias, a la gente. Se dice mucho eso de «son locos», pero no somos locos: amamos lo que hacemos y a las palomas las tratamos con lo mejor que podemos. Tengo muchos amigos y conocidos que pasaron a ser prácticamente familia. Ahora las chicas se están animando más. Antes no les gustaba, les daba vergüenza porque eran todos varones.
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Para Juan Piquerez, veterinario y expresidente de la Federación Colombófila Uruguaya, esta actividad se basa en cuatro pilares. «Una es la alimentación, que siempre debe ser de buena calidad. Esto aporta los nutrientes que debe tener según la etapa de desarrollo en la que esté la paloma: crecimiento y competencia de corta o larga distancia. El otro tema es la sanidad. Es fundamental que una paloma esté sanitariamente en perfecto estado, que tenga las vacunas necesarias, vitaminas y reciba un tratamiento si está enferma. El otro pilar es la genética. Las palomas que ganan suelen comprarlas luego para que sean reproductoras y así mantener esa genética. Y el último es el manejo: las decisiones de cada colombófilo en relación a cuánto las deja volar, cuándo las suelta, cómo las alimenta, cómo hace el palomar».
Piquerez tenía 5 años cuando sus hermanos mayores empezaron un vínculo con Roberto Sáenz Gallinal, un reconocido colombófilo e impulsor de la actividad, asesinado en 1978, durante la dictadura civil militar uruguaya. «Él nos consiguió las primeras palomas para empezar con nuestro palomar», recuerda. De adolescente comenzó a trabajar para él en el cuidado de sus palomas, mientras en paralelo empezó a mantener un palomar propio. Al terminar la secundaria tuvo que abandonar la actividad, pero continuó con su convicción: se formó en veterinaria. Aunque se dedicó a otros animales, es un estudioso nato de las palomas mensajeras. Le interesa especialmente entender cómo se orientan.
—Hay videos que muestran a las palomas después de que las largan, a unos 700 kilómetros, y de repente ves que se dan vuelta, se ve que se orientan, encuentran la dirección a seguir y salen disparadas. Me da la impresión de que están siguiendo una huella o algo que está en el vuelo.
Palomar de Alejandro Vigil en San Isidro, provincia de Buenos Aires, Argentina.
Piquerez considera que la teoría más certera es la variación de campos magnéticos, según la cual las palomas se orientan utilizando sensores magnéticos que se encontrarían en su pico, en los ojos o, de acuerdo con la última investigación, de mayo de 2026, publicada en la revista Science, en el hígado. Otras teorías consideran que la paloma se guía a partir de la posición del sol, por el olfato o por la percepción visual del entorno y su memoria. «Es una suma de cosas: el campo magnético, el sol, la visión, el olfato son elementos en los que se basa la orientación de la paloma», sostiene Piquerez.
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«Muy buenos días, colombófilos. Hoy comienza una nueva temporada [...]. Tenemos nada más que ocho sueltas. Desde Oliveros a las 9:30. Desde Maipú, 9:30. Colón, Entre Ríos, 10:00 horas. Carlos Casares, 9:30. Campana, 9:30. General Alvear, 9:30. Pergamino, 9:30. Venado Tuerto, 9:30. Diecisiete mil palomas transportadas. Muchísima suerte, muchachos, y hasta la próxima», dice el comisario deportivo a través de un video que llega por Telegram y muestra la suelta de palomas.
Los domingos de competencia, Dagnino pasa temprano por la carnicería, compra gaseosa y maneja hasta su quinta. Recibe a su ayudante y a algún amigo del barrio, prepara un asado y se dispone a esperar. Agarra una lapicera, toma mate, de a ratos tantea su teléfono para ver si alguien ya recibió a sus palomas. De pronto, su paloma buchona empieza a saltar: ve que está llegando una de las competidoras. Se posa sobre el techo y, sin dar vueltas, entra como un trompo al palomar. «Es una emoción indescriptible ver que la paloma regresa con vos».
Agustina Ramos (Buenos Aires, 1996) es periodista y se dedica a temas vinculados al género y de interés general. Trabaja en la agencia Presentes y en medios públicos de Argentina.
