Entonces te miraré con tus ojos / y tú me mirarás con los míos. _Jacob Levy Moreno_
Bryan Ibarán, de 21 años, se toca el pecho con las dos manos al intentar describir lo que lo impulsaba a estar todo el tiempo con los payasos. Tenía 7 años cuando empezó a seguirlos por las calles de su barrio, en la zona baja de Belén, en la ciudad amazónica de Iquitos, al norte de Perú. Veía la misma obra de teatro tres veces en una mañana, en los escenarios que los payasos armaban con telas negras y rojas bajo los horcones de las casas. Se metía al taller que hubiera, aprendía las canciones y los bailes. Esperaba ansioso al siguiente agosto para repetir esa rutina. Cuando tenía 10 años y los más chiquitos le preguntaban cuándo iban a volver los payasos, les decía que en octubre. Entonces se ponía una nariz roja y armaban una obra de teatro o hacían un taller para crear muñecos con papelitos como había aprendido. Jugaban a ser el Festival de Belén.
La zona baja de Belén nació hace más de 100 años como un caserío formado por migrantes indígenas que llegaron desde comunidades ribereñas a la ciudad de Iquitos. Esas familias crearon un barrio de casas flotantes o palafíticas que se adaptan a los ciclos del río, que inunda sus calles entre enero y junio.
Primero fue el Amazonas y cuando este cambió de curso, llegó el río Itaya. Alrededor de 15.000 personas habitan en ese lugar. La mayoría vive de la pesca, la agricultura, el comercio en el mercado, uno de los principales de la ciudad, y otros oficios. La zona baja de Belén tiene un estigma de marginalidad y pobreza que la aísla de una ciudad cuyo centro está a diez minutos en mototaxi.
Taller de hula-hula debajo de una de las casas, en agosto de 2023.
Los payasos que seguía Bryan llegaron por primera vez a Belén en 2005, liderados por Patch Adams y Wendy Ramos. Patch era en esa época el payaso humanitario más famoso del mundo. Siete años antes, Robin Williams había protagonizado una película sobre su vida, enfocada en su convicción de que el amor y la alegría son la esencia de la sanación. Su popularidad lo ayudó a ganar reconocimiento y admiración en muchos países, incluido Perú. Wendy era una de las payasas más famosas de Perú por Pataclaun, un programa de televisión de fines de los noventa con gran éxito. Cansada de la tele, formó Bolaroja, una escuela que dio paso a un grupo de payasos de hospital. Conoció a Patch a través de cartas. Luego, él visitó el país dos veces con un grupo de Gesundheit!, su organización. El vínculo entre ellos se consolidó en Belén. Cuando conocieron el barrio, decidieron volver el siguiente año y hacer más actividades que solo visitarlo como payasos. Así nació el Festival de Belén.
El trabajo que hacían en la Amazonía peruana empezó a ser conocido en Sudamérica. Para 2008, los payasos llegaban y se despedían de Belén con un desfile, hacían talleres con niñas y niños y pintaban murales y también las fachadas de las casas, lo que les permitía conocer a las familias de forma más personal. En mayo de ese año, la organización Payamédicos de Argentina organizó un congreso de payasos hospitalarios en Buenos Aires e invitó a Wendy a exponer sobre el festival. Verónica Urbieta y Vanesa Romano llegaron desde La Plata, donde eran voluntarias en Payamédicos. Verónica, de 23 años, estudiaba Psicología; Vanesa, de 24, Medicina. Ambas vivían una tensión entre sus vocaciones y el camino profesional y técnico que les mostraba la universidad. Se ilusionaron con ir al festival y sobre todo, con la posibilidad de conocer a Patch. En ese momento no sabían que iban a vivir varios años en Iquitos y que iban a tener una relación tan íntima con Belén.
La primera vez que Vanesa visitó Belén llegó con un bombo. Para participar en el festival había que pagar una cuota fija, pero si alguien proponía un taller, la organización cubría parte de sus gastos. Vanesa tenía ocho años como murguera en La Plata, así que propuso enseñar murga. Verónica fue al festival ese 2008, se recibió como psicóloga al año siguiente y en 2010 volvió junto con Vanesa. El taller propuesto sería para el equipo de La Restinga, una organización iquiteña que usaba el arte para reforzar la formación de jóvenes de bajos recursos y que se había vuelto una aliada local del festival. El primer día del taller sonaban el bombo y la tarola en un local comunal del barrio y cuando explicaron «la matanza», la parte de la murga en la que uno baila como ofrenda a su comunidad y a quienes están en la danza, los chicos de La Restinga gritaron: «¡Vamos a la calle!». Verónica y Vanesa se miraron con una gran sonrisa. «Estos pibes entienden todo», pensó Vanesa. El bombo empezó a sonar en las calles de Belén y a partir de ahí, la murga platense sonaría en los desfiles y en talleres para niñas y niños del barrio en cada festival. Bryan aún era muy pequeño, pero unos años después aprendió a bailarla.
Desfile de inicio del festival de 2023. Al centro, Vanesa Romano.
La conexión con La Restinga fue inmediata. Durante ese viaje, los payasos visitaron su local y vieron a los adolescentes exponer lo que lograban en talleres de arte, audiovisual, zancos, capoeira o serigrafía. «Tengo el recuerdo de cómo me conmovió lo que sucedía», dice Verónica, que se dio cuenta de que quería estar en Belén más que solo dos semanas al año y que quería trabajar con La Restinga. El camino hospitalario no era el suyo y vio la posibilidad de vincularse con su profesión desde el arte, el juego y lo comunitario. Volvió en enero de 2011 y se quedó hasta finales del año siguiente.
Este canto tienes que escuchar
Cuando Bryan empezó a seguir a los payasos, el festival iba por su séptima edición y convocaba a decenas de artistas de todo el mundo. Varios volvían cada agosto y formaban vínculos que se profundizaban con los años. Bryan nunca había hecho arte. Recuerda el taller en el que aprendió que con papel y agua podía crear sus muñecos, lo que replicaría luego con los niños del barrio. O la letra de «Tapa, tapa», una canción creada para el festival de 2012. Meses antes, una crecida del río mayor de lo habitual provocó un brote de leptospirosis, una enfermedad transmitida por la orina de ratas. La canción recomendaba lavar y tapar los cubiertos, entre otros mensajes de prevención, y se repetía en cada actividad frente a decenas de niñas y niños de Belén. «Si tú quieres gozar, esta vida cuidar, este canto tienes que escuchar», recita Bryan.
Patch, John y Carl fueron los viejos maestros durante la primera década del festival. Un año, Patch decidió participar en una obra de teatro que tocaba el tema de la alimentación saludable personificando a una abuela. Cada mañana salía con un vestido floreado y una máscara de jebe con pelo blanco, nariz grande y ojeras. Permanecía en personaje por cuatro horas hasta que volvía al hotel bajo un sol de 30 grados. Los niños de Belén lo llamaban Abuela Nutrición. Carl Hammerschlag solía aparecer con un tutú rosado y un gorro de flamenco, lo que, con sus casi dos metros, lo volvía el pájaro más grande de Belén. Había trabajado durante décadas como psiquiatra con comunidades indígenas norteamericanas. Aprendió de pueblos como el navajo y el apache la importancia de narrar. Su voz grave tenía tanta sonoridad como sabiduría. John Glick, médico, músico y payaso, tenía la capacidad de hacer sentir valiosa a cualquier persona con su mirada. La primera vez que se vistió de payaso, en un orfanato de Rusia, entendió que no se trataba de hacer reír o imponer sus sentimientos y que lo mejor que podía ofrecer era su presencia.
Vista de la zona baja de Belén desde el río Itaya durante la época de creciente, en mayo de 2025.
Por las noches de festival, eran comunes los encuentros entre Patch, John, Carl y los más jóvenes. Patch podía recitar un poema o despotricar contra el culto al dinero. John respondía las preguntas de payasos a los que les costaba procesar su encuentro con Belén. Las conversaciones podían durar hasta tres horas. Carl solía empezarlas diciendo: «Aquellos que cuentan las historias definen la cultura».
El vínculo entre el festival y Belén se profundizó en 2015, cuando Patch obtuvo una donación para que cuatro personas del festival trabajaran en el barrio durante todo el año. Casi al mismo tiempo en que se debilitó la relación entre Gesundheit! y Bolaroja. Las diferencias sobre jerarquías, estructuras y formas de organizar el trabajo habían estado en segundo plano por una década, pero se trasladaron a la cotidianeidad. Ese año Bolaroja dejó de organizar el Festival de Belén. En diciembre del año siguiente la escuela cerró sus actividades.
Vanesa aceleró su titulación como médica para poder viajar. Ese 2015, ella y Verónica se mudaron a Iquitos. Cuando preguntaron qué esperaban que hicieran, Patch dijo: «Vayan a hacer amigos». John, más pausado, les dijo que a medida que pasaran más tiempo en Belén y conocieran a más gente, podrían ir definiendo su trabajo.
Armaron un equipo con Julio Guerrero y Luis Chumbe, conocido como el Flaco, quienes se habían formado en La Restinga desde adolescentes. Comenzaron visitando las casas. Conocieron a las mujeres del barrio. Jugaban al bingo, cocinaban. Conversaban con ellas sobre la crianza de sus hijos, sobre sus parejas. Hicieron amigas que les confiaron el cuidado de sus chicos por varias horas a la semana. Con los más pequeños creaban historias usando situaciones o personajes de Belén. Como la del cahuara, el pez al que le salía un pelo y sufría cuando su mamá le exigía peinarse. Lo llamaron La Alfombra Mágica. En la época de creciente recogían a los niños e iban sobre canoas. Cuando el río bajaba, recorrían el barrio y se ubicaban bajo los horcones de las casas para protegerse del sol.
Un sueño real
A medida que avanzaba el proyecto y cuando se sumaron más payasas al equipo, formaron grupos definidos. Los más chiquitos se nombraron Los Michis y llegaron a tener una murga con trajes negros y dorados con la que bailaban en los desfiles del festival. Una vez, los adolescentes llegaron al local comunal para uno de los talleres y vieron a una rata tirada en una esquina. Semanas después, cuando les pidieron escoger un nombre, decidieron llamarse Rata Muerta. Con esas ganas de jugar encaraban todas las actividades que les proponía el equipo. Empezaron a crear historias del barrio. En un taller hicieron una animación con stop motion en la que mostraban los distintos métodos con que los niños de Belén aprenden a nadar. Como Bryan, que aprendió a flotar abrazado de un botellón de plástico. Cada agosto, el festival reforzaba el trabajo del año y se nutría de este.
Goyito Pacaya, vecina de Belén, luego del baño de florecimiento en la bienvenida de los payasos al festival de 2024.
Vanesa describe la experiencia en Belén como un sueño real. Allí descubrió que el trabajo también podía tener matices amorosos. «Belén fue mi último tramo de formación», dice. Volvió a encontrar el sentido de la medicina y a entender lo complejo que puede ser la salud. Como cuando una madre no puede llevar a su niño al hospital para una cita porque si lo hace deja de vender en el mercado y no puede sostener a su familia. Situaciones que la desbordaban y en las que solo acompañaba mientras las personas encontraban capacidades para sobreponerse a la adversidad. «Siento que aprendí a ser médica ahí, que me encontré siendo médica ahí, en ese cotidiano». Verónica y Vanesa volvieron a sus ciudades en Argentina cuando la donación que había permitido sostener el proyecto terminó.
El festival se interrumpió en 2020 y 2021 por la pandemia de covid-19. Iquitos fue una de las ciudades más afectadas del país, sobre todo durante la primera ola. Los vecinos de la zona baja de la ciudad se apoyaban con los recursos que tuvieran, como siempre lo han hecho. La red de payasos organizó una campaña, llamada Contigo, Belén, para recibir donaciones de dinero. En la ciudad, jóvenes payasos de Iquitos que participaban en el festival desde hacía varios años compraban alimentos y materiales. Coordinaban con vecinas del barrio para definir lo que hacía más falta.
La vuelta pospandemia fue un encuentro con menos payasos que en los festivales anteriores. Montaron un desfile, algunas visitas y una noche de cine. Verónica y Vanesa fueron parte de ese grupo. Se encontraron con sus amigas, con algunos Michis, ahora adolescentes, y con Ratas Muertas, ahora jóvenes. Como Joissy Vela y Livia Silvano, quien presentó su corto a unos metros de su casa. Parecía tan cercano el tiempo cuando las vieron por primera vez manejar una cámara de video en los talleres de Belén con el Flaco. Livia y Joissy se dedican al cine y trabajan en varias producciones que se filman en la ciudad. «El Festival de Belén siempre fue una invitación al encuentro, a darse la posibilidad de apostar por abrazarse, por jugar juntos. Contagiar gente, conocer a gente que sume son formas de cambiar pequeños mundos», dice Vanesa. Se habían convertido en referentes para los más jóvenes. Durante ese retorno a Belén, encontraron una nueva generación en el barrio y en la ciudad que podía sostener el festival.
Proyección de películas animadas, en agosto de 2023.
Ese año, Bryan, ya adolescente, estuvo siempre en las actividades. Dejó atrás la timidez, empujado por payasos a quienes había seguido desde niño, para decir que quería ser parte del equipo del festival. Lo invitaron a sumarse para el año siguiente. Empezó apoyando en la convocatoria. Se paseaba por las calles del barrio anunciando la vuelta de los payasos. «¿Cuándo van a venir? ¿Qué van a hacer? ¿Dónde van a ir?», le preguntaban niñas y niños con la misma expectativa que él había tenido al comienzo.
La zona baja de Belén ahora tiene dos festivales internacionales por año: el Festival de Belén cada agosto y desde 2024, el Muyuna Fest, un festival de cine flotante del que Livia es codirectora y en el que Joissy diseña las luces del escenario principal. Este mayo, durante la clausura, Bryan bailó toada. Luego le habló al público y se dirigió a jóvenes que, como él, crecieron escuchando críticas o burlas sobre el barrio. «No dejes que otros te hagan sentir menos», dijo, proyectando la voz mientras sujetaba el micrófono con las dos manos. «Nosotros conocemos el verdadero Belén, el Belén trabajador, el Belén luchador, el Belén alegre, el Belén lleno de talentos». Ahora eran ellos quienes contaban la historia.
Alfonso Silva Santisteban (Lima, 1977) es médico investigador en salud pública y periodista freelance.
