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La tercera mitad: novela social del colombiano Giuseppe Caputo

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Clase e identidad se ponen en juego en La frontera encantada

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La última novela del escritor colombiano Giuseppe Caputo propone una cartografía afectiva de la clase social que rehúye tanto el miserabilismo como la condescendencia. La frontera encantada no es una novela sobre la pobreza ni sobre la movilidad social, sino una exploración formal de cómo el cuerpo y la memoria registran esas fracturas, cómo habitan las líneas divisorias entre mundos, a través del punto de partida del personaje, un niño de Barranquilla en los años 1980, que descubre que, si traza líneas imaginarias, todo podría estar dividido en mitades opuestas y complementarias.

La idea de mitades no solo refiere a dos partes diferenciadas que conviven y se contaminan mutuamente, sino también como unidades que cuentan con un límite que todo el tiempo está siendo corrido, flexibilizado, permeado. Pensar en mitades no solo indica que algo es algo, sino que no es otra cosa, pero ser algo o alguien en un momento determinado implica también ser varias cosas a la vez, o no ser nada. Ese uso de lo uno y lo otro, de lo propio y lo ajeno como dos caras de lo mismo, de la otredad como algo muy personal y también colectivo es una de las dinámicas que articulan el relato, donde nada es una sola cosa, donde nada es lo que a primera vista parecería ser.

En ese sentido, en muchos momentos La frontera encantada se vuelve una novela de exploración y aventura. Esa otredad, por más propia que pueda ser, sigue siendo desconocida e impredecible, por su mismo carácter de ajenidad y porque a un nivel social comienza a mezclarse y vincularse con otras otredades. Por eso gran parte de lo dicho proviene de lo no dicho, y mucho de lo que se termina sabiendo es fruto del desconocimiento absoluto.

A raíz de esta ambigüedad, el tema de clase y movilidad social se vuelve aún más intrigante y complejo. En esta novela aparece con un matiz que impide etiquetarlo claramente, que deja siempre espacio al escape y el movimiento, a las contaminaciones y la contradicción. Viven en un barrio popular, pero no pasan las mismas penurias que sus vecinos; se vinculan con sus vecinos más pobres, pero de parte de la abuela acceden a gente más aristocrática; los niños van a un colegio caro, pero son los más pobres del alumnado y, por lo tanto, para sus vecinos son los ricos del colegio privado, pero para sus compañeros de clase son la chusma becada. La movilidad no para y siempre es conflictiva, muchas veces a pesar de los propios involucrados. El narrador deja Barranquilla, se va a Bogotá a estudiar, y termina siendo de ninguno de los dos lados. Las dos mitades no terminan importando tanto como al final termina preponderando la línea divisoria entre ambas: el limbo, la grieta, la frontera. Es allí donde acontece lo importante: en lo ambiguo, lo difuso.

Porque quizás esa línea divisoria sea una herida y el propio relato sea la exploración de esa herida, el recorrido en que profundizar ante la imposibilidad de que cierre y cure. Esa herida nunca es personal e individual, sino que nace, se construye y se mantiene abierta por la relación interminable entre lo público y lo privado, lo colectivo y lo individual, lo íntimo y lo político.

El tono se aleja del cinismo o de una pretenciosa inteligencia, y oscila entre la melancolía y la ternura, con una voz que controla la narración sin ejercer sobre ella un yugo autoritario, que sabe maniobrar la corriente para dejarla ser torrencial o bajarle la intensidad según los vaivenes de su fluir. Eso no implica que no haya en el relato momentos sórdidos y brutales, dolor y muerte, violencia en todas sus formas y sufrimiento. Pero estos, en esta dinámica de mitades que se mezclan, no son bloques cerrados de significado, y se vuelven energía intangible y difícil de capturar.

Se puede ser otro, es genuino buscarlo, no es una deslealtad o traición, porque esa acción de terminar siendo otro no implica (no podría, de hecho) la posibilidad de dejar de ser lo anterior, generándose, más que un cambio de máscaras o disfraces, un palimpsesto, una acumulación. Así se enfrenta al conservadurismo tradicional de lo incambiado, de la permanencia, que termina articulando la existencia en torno a una única máscara, pero también a cierto tipo de reinvención capitalista que promete que uno puede ser lo que se proponga, abandonando por completo lo anterior, en una suerte de zapping desenfrenado de distintas máscaras.

A su vez, los cuerpos de los personajes (individuales y colectivos, niños, adultos, familia, barrio) de alguna forma cumplen un rol de archivo del trauma y la salud mental. Desde la bipolaridad del padre a un clasismo castrante de la abuela, es en esos cuerpos donde se experimentan variadas violencias, encierros, represiones, que encuentran puntos de fuga en imágenes recurrentes como las de las bandadas de pájaros o los dibujos infantiles del narrador. De este modo, la escritura sería un intento de recomponer el cuidado y la libertad a través de lo sensible, del deseo, de lo corporal.

La frontera encantada no ofrece, entonces, resoluciones ni reconciliaciones. Su apuesta es sostener la tensión, habitar la grieta, hacer de la herida no un trauma clausurado sino un territorio narrativo fértil. Caputo construye una novela que encarna la clase, que no teoriza sobre la identidad, sino que la experimenta en su devenir contradictorio, sin certezas, sin respuestas.

La frontera encantada, de Giuseppe Caputo. 320 páginas, Random House, 2025.

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