“Intemperie” sugiere mundos diversos. Quien sale de la comodidad de su hogar buscando la orilla del mar, o para practicar senderismo, la persigue felizmente. En cambio, desde la ilustración de la portada de la compilación de artículos, editada por Alter, nos enteramos de que, claramente, no se trata de esa intemperie. Es la de los que perdieron el resguardo del amparo social y transitan expuestos por el mundo. Como mucho, son los que habitan refugios temporales que hacen poco más que dejar en evidencia el desapego de la sociedad hacia estos sujetos a los que quisiera no ver porque interpela sus sentimientos, y no sabe qué hacer con ellos.
Intemperie es una obra colectiva, editada por cinco antropólogos y sociólogos; quienes escriben son unos cuantos más. Su intención de escapar del formato académico es explícita: la complejidad de la temática (o las temáticas) y el sentimiento de impotencia empujaron a los autores a un formato polifónico, reflexivo e inquietante que pone de manifiesto que la realidad tiene múltiples caras y que cualquier mirada parcial resulta insuficiente para aprehenderla.
Como toda obra multiautoral, reúne estilos diversos, algunos más fluidos que otros. La fuga del estilo académico acerca el lenguaje a lo literario, y en ocasiones lo denotativo deja espacio para lo connotativo. La precisión y la interpretación unívoca son sustituidas por una subjetividad muy presente y por un lenguaje que ronda, por momentos, lo poético. La inquietud que dicen sentir los autores es contagiosa.
En su visión, las herramientas clásicas de la sociología, la antropología y la psicología ya no sirven para dar respuestas o plantear preguntas nuevas sobre la población que vive en la calle. “No hablamos de un problema moral, sino de uno metodológico, que nos invita a preguntarnos sobre cómo hacer para trabajar cuando tenemos delante situaciones ajenas a nuestra capacidad perceptiva, lenguajes que no entendemos. ¿Qué percibimos cuando sabemos de algo que está pero que no sabemos cómo nombrar, ordenar, definir? ¿Cómo lo contamos? ¿Resolvemos el problema, percibiendo? ¿Invocamos otros sentidos?”, afirman.
Entre otras cosas, se cuestiona el término situación de calle y se propone condición de calle, ya que el primero nombra un estado pasajero, casual, casi accidental y del cual se puede salir, que queda espacio para la esperanza, mientras que pensar en “condición de calle” parece adecuarse más a la realidad de permanencia en esas intemperies. La alternancia con la prisión, que afecta a más de la mitad de las personas, no hace más que intensificar el desamparo: encierro e intemperie alternados, ambos forzados y con pocos matices.
El miedo y la violencia están presentes en toda la urdimbre, la que sufren y la que ejercen los “de calle”, la sociedad, el Estado y sus trabajadores sociales.
“El miedo deshumaniza un poco todo. El del usuario que se vuelve peligroso, el de los otros usuarios que se vuelven punitivistas y poco solidarios, el del educador al usuario y al coordinador que le exige trabajar con un tipo al que le teme”, se afirma en uno de los textos acerca de las personas que concurren a los refugios. “Ninguna institución establece la cantidad de violencia que tenés que bancar o ejercer; ¿cuántos insultos tenés que asumir, cuántas amenazas desoír?”, agrega el testimonio. Si los especialistas sienten miedo, ¿cómo no va a estar el miedo en la calle?, ¿cómo romper esa barrera entre ellos y nosotros?
Un protagonista recurrente en el libro es la organización Nitep, un “techo organizativo” que intenta suavizar la intemperie y proveer de agencia a quienes la sociedad solo percibe como víctimas o como sujetos temibles. Proyectos de casas comunitarias y de baños públicos gestionados por ellos mismos iluminan un camino de salida no carente de conflictos y dificultades.
Intemperie tiene poco menos de 400 páginas y no solo se ocupa de la gente en situación de calle en nuestro país. Hay reflexiones sobre la adopción de niños desde el punto de vista de las madres gestantes, sobre los migrantes que van hacia Estados Unidos o hacia Europa, sobre la cárcel y sus violencias degradantes, sobre el acceso a la salud y las enormes trabas burocráticas que sufren los usuarios comunes (mucho más las personas “de calle” con sus dificultades de desplazamiento y de relacionamiento con la documentación y los mostradores estatales). Hay incluso reflexiones sobre la escritura y la capacidad de enunciación de quienes tienen poco acceso a la palabra escrita.
Un capítulo refiere a distintas situaciones de desaparición: personas con identidad perdida, vivos o muertos, síndrome de gente descartable. Son aquellos que ni siquiera sirven para ser explotados o consumidores y cuya participación en el mercado es marginal.
Lo que vemos en las calles despierta sentimientos diversos: odio, lástima, asco, rechazo, impotencia. El Estado actúa con sus dos manos, reprimiendo e intentando dar cobijo u ofreciendo salidas. Son las “inquietaciones” de las que hablan los autores.
El diseño del libro, por su parte, rompe el esquema básico de letras negras sobre fondo blanco. Hojas completamente rojas y negras para separar capítulos, textos insertados en diferentes niveles con distintos tonos de gris o en tinta roja, subrayados, recuadros que parecen hechos a mano, flechas, fotos, esquemas. Todo en un diseño armónico que resalta el trabajo de los autores. La carátula es despojada como la intemperie a la que alude: un cartón corrugado roto enmarca el título y un dibujo lineal. Suficiente.
El resultado es una obra necesaria para aquellos preocupados por las consecuencias sociales de un sistema que día a día muestra sus fisuras: académicos, trabajadores, militantes sociales, lectores comunes. Se puede abordar de manera fragmentaria, en desorden, dejando que sus distintos enfoques nos interpelen; sea como sea, es un libro al que uno vuelve y cuya lectura no pasa de largo.
Intemperie, Sebastián Aguiar, Gabriel Gatti, María Martínez, Natalia Montealegre Alegría y Marcelo Rossal (eds.). 376 páginas. Alter Ediciones, 2025.
