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Ilustración: Ramiro Alonso

Habermas ha muerto; el debate público (todavía) no

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En torno a las actuales transformaciones de la esfera pública.

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Las lecturas sobre Habermas podrían dividirse grosso modo en dos: las que lo endiosan y las que lo condenan, corriéndolo por derecha y por izquierda. Es uno de esos autores que parece más criticado que leído. Y a veces pasa como con Kant: es difícil leerlo y la irritación que nos genera esa dificultad puede dirigirse a las limitaciones propias o al autor. La proliferación de obituarios que se han sucedido en todo el mundo en los últimos días no escapa totalmente a estas tendencias.

Aquí propongo algo un poco distinto: rescatar qué de Habermas puede sernos útil.

Tres razones para no tirar los libros de Habermas

Hay por lo menos tres razones por las cuales creo que el trabajo de Habermas puede seguir siendo útil para democracias como la nuestra.

En primer lugar, porque Habermas fue muy crítico con las sociedades contemporáneas, pero a la vez no se quedó en la mera crítica, sino que centró sus esfuerzos en buscar cómo se podría mejorar concretamente las situaciones que critica. A diferencia de posturas como las de su antiguo mentor Theodor Adorno, siempre mantiene abierta la posibilidad de que haya una luz al final del túnel.

En segundo término, porque construyó un marco teórico muy sólido que viene muy bien en tiempos de incertidumbre. Lo que aportó fue objetivamente bastante. Raramente una sola persona logra conceptualizar una noción cuyo uso luego se generaliza, con provecho, en más de una disciplina. Eso es lo que pasó con la noción de esfera pública.1

Finalmente, porque su teoría habilita la posibilidad de construcción colectiva, en torno a la cual han surgido aportes críticos con peso propio, como por ejemplo los de Nancy Fraser, Seyla Benhabib, Jean Cohen, Iris Marion Young, por mencionar solo algunos nombres. Digo “aportes críticos”, porque se trata de trabajos que incluyen duras críticas, algunas con razón y otras atravesadas por malentendidos. Por su parte, Habermas a veces incorporó algunas de esas críticas y a veces se incorporaron a pesar suyo.

Esto no es un obituario

Lo que sigue no es exactamente un obituario, sino una revisión del diagnóstico habermasiano sobre la esfera pública actual –formulado en su último libro, de 2022– y un señalamiento, desde una postura que tiene coincidencias pero también diferencias con el filósofo alemán, de algunos recursos para pensar los problemas que permanecen abiertos.

La preocupación por la esfera pública atraviesa toda la obra de Habermas, desde su primer trabajo sobre el tema, de 1962. Entonces diagnosticó que la esfera pública surgida a mediados del siglo XVIII había sufrido luego una transformación estructural de signo negativo, una “refeudalización”.

En su libro de 2022, Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa, Habermas sostiene que recientemente ha habido una nueva transformación estructural, también de signo negativo. La aparición de internet –que Habermas identifica, junto con la escritura y la imprenta, como una de las tres grandes revoluciones de la comunicación en la historia humana– ha producido una fragmentación en espacios aislados entre sí, asociada a tendencias que denomina “semipúblicas”.

Aspectos de este fenómeno –como las echo chambers (cámaras de eco), rabbit holes (madrigueras de conejo), filter bubbles (filtros burbuja o burbujas de filtro), etcétera– han sido abundantemente documentados y analizados. Desde la teoría habermasiana, si estas tendencias se agravan, la esfera pública se fragmentaría en una serie de compartimentos estancos. En un escenario de máxima fragmentación no se podría hablar, entonces, de una esfera pública.

En efecto, por definición, la esfera pública está constituida por personas reunidas formando un público. Para ello son centrales la selección de temas de interés común, su agrupamiento, su entrada en la agenda pública. La esfera pública digital fogonea fallos en este proceso que podríamos llamar “centrípeto”, de articulación y tratamiento públicos de temas de interés común.

Este punto está asociado al riesgo para la democracia, ya que para Habermas lo que caracteriza a la democracia moderna radica en el equilibrio entre el ejercicio interesado de las libertades subjetivas y la orientación hacia el bien común, que es funcionalmente necesaria. Esa tensión solo puede tramitarse en el proceso de formación conjunta de la opinión y la voluntad en la esfera pública política. Solo si los actos electorales surgen de la participación de los ciudadanos en una comunicación común, esas decisiones serán tomadas individualmente por cada cual como resultado de un proceso de toma de decisión común. Es por esto que Habermas sostiene que el carácter público –es decir, no semipúblico– de la comunicación forma el vínculo necesario entre la autonomía política de cada individuo y la voluntad política común de toda la ciudadanía.

El diagnóstico de 2022 es entonces más pesimista que el de trabajos anteriores. Habermas distingue entre los cambios políticos circunstanciales –el ascenso de las nuevas derechas populistas, por ejemplo– y un cambio de carácter estructural, que afecta las condiciones mismas en que se forma la opinión y la voluntad políticas. Es esta distinción la que vuelve al libro particularmente inquietante.

Una luz al final del túnel

A pesar de este diagnóstico sombrío, Habermas había reconocido antes el potencial de apertura de la esfera pública, y en la década de los 90 apostó fuertemente –junto a colegas como Jean Cohen y Andrew Arato– al rol de los movimientos sociales y la sociedad civil en general para revitalizar las democracias occidentales. Incluso en algunos puntos de su libro de 2022 afirma que la desintegración de la esfera pública podría ser “temporal” y reconoce que la esfera pública digital ha sido también utilizada por las “valientes mujeres bielorrusas” en sus protestas. A esto le suma cierta actitud propositiva, centrada en algunas regulaciones que podrían aplicarse a las grandes plataformas digitales.

Con Habermas y contra Habermas, creo que es posible proponer una lectura ligeramente menos pesimista que la del filósofo alemán. En efecto, creo que es posible construir una interpretación que haga pie en que la idea emancipatoria de igualdad asociada a internet actúa como “aguijón interno”: en tanto idea, permanece operando en la realidad de la que es parte. En ese sentido, si bien es indudable la relevancia de las eco chambers, rabbit holes, filter bubbles y demás, la esfera pública digital no se reduce a ellas. Y sobre todo, hay mecanismos que nos han sido útiles en el pasado –la independencia de la prensa es uno de ellos– que pueden fungir como auxiliares para atravesar este proceso de aprendizaje desde ser lectores hacia ser autores.2

En última instancia, la clave está en la utilización del mecanismo que propone la teoría de la democracia deliberativa, a saber, procesar las creencias y prácticas en la esfera pública. En otras palabras, el curso de acción recomendable desde este marco es involucrarse en el debate público. Este puede incluir a diferentes tipos de actores, desde la academia, pasando por la prensa, los partidos políticos, hasta la sociedad civil organizada y no organizada. En concreto, puede involucrar desde a una persona experta que participa mediante una columna de opinión en un periódico masivo, hasta una ciudadana de a pie que interviene en una conversación en la calle.

Efectivamente, la concepción habermasiana de esfera pública abarca lo que se denomina “la esfera pública informal” e incluye, ya en sus primeras formulaciones, hasta conversaciones ocasionales y privilegia como puente hermenéutico un uso del lenguaje que, lejos de la jerga, pueda ser comprendido por cualquier persona. Un ejemplo de este tipo de debate público, muy concreto y local puede constituirlo el proceso de formación de opinión pública respecto a las personas desaparecidas en la dictadura uruguaya.

Final abierto

En cualquier caso, quizás lo más relevante es que la teoría de Habermas nos devuelve a nosotros, simples mortales, cierta capacidad de agencia, cierto margen de acción. Fundamenta teóricamente la existencia de ese margen de un modo muy sólido, que no cabe desarrollar aquí, pero del que creo haber presentado algunos elementos. Además, la teoría sugiere un curso de acción: debatir públicamente.

Desde ahora, la persona Jürgen Habermas, el intelectual, no volverá a pronunciarse, en el acierto o en el error, sobre asuntos públicos. Nosotros todavía sí tenemos la posibilidad de la palabra, la escucha, la conversación pública.

Está en parte en nuestras manos no solo continuar el debate público, sino también contribuir a su transformación estructural. Esta puede darse en dos sentidos opuestos: o bien hacia la mayor fragmentación que Habermas auguraba, o bien en sentido contrario, hacia un fortalecimiento del debate público en sí mismo.3 Si se diera esto último, en un círculo virtuoso de retroalimentación, podría hipotéticamente tener como efecto que ese carácter semipúblico que detectó Habermas evolucionara hacia un carácter más público; en ese caso, representaría otra nueva transformación de la esfera pública, esta vez de signo positivo.

Esta nota se basa en una investigación más amplia que incluyó mi tesis doctoral sobre Jürgen Habermas, la esfera pública y la esfera pública digital (apoyada por la Comisión Académica de Posgrados de la Udelar), y actualmente se enmarca en mi Plan de Trabajo del régimen de Dedicación Total de la Udelar, titulado “Teoría de la democracia deliberativa y esfera pública: conceptualizando los discursos de odio, ‘noticias falsas’ y sociedad ‘incivil’ en torno a los feminismos latinoamericanos contemporáneos”. El texto incluye fragmentos de mi artículo “Deliberación en entornos digitales y tolerancia: repensar la esfera pública digital, con Habermas y más allá de Habermas”, publicado en Daimon Revista Internacional de Filosofía, (93), 37–54, y de sendas conferencias que fui invitada a dictar en la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad de Valencia.

Agradezco esos apoyos institucionales. AC


  1. Aunque el punto de partida es el espacio público de Hannah Arendt, es justo decir que es la versión de Habermas la que funcionó como piedra fundamental de toda una teoría de la democracia –la deliberativa– y la que atravesó las guardias fronterizas entre disciplinas. 

  2. Desarrollo esto en los artículos “Desinformación y discursos de odio como problemas de la esfera pública: dos herramientas conceptuales para enfrentarlos” (parte de La opinión pública digital: Retos éticos y políticos, editado por Pedro Jesús Pérez Zafrilla. Publicado por Editorial Comares, Granada), “Deliberación en entornos digitales y tolerancia: repensar la esfera pública digital, con Habermas y más allá de Habermas” (en el número 93 de Daimon Revista Internacional de Filosofía) y “Uncivil Society: To Debate or Not to Debate? A Criterion and Two Types of Politics” (en el número 25 de la revista Critical Horizons: a journal of philosophy and social theory). 

  3. También desarrollo estos puntos en los trabajos mencionados en la nota anterior. 

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