la diaria Medio Oriente

Yousef Jabareen, líder de la alianza política Lista Conjunta liderada por árabes de Israel, en la sede de campaña de la alianza en la ciudad de Nazaret, en el norte de Israel, mientras se anuncian por televisión las primeras encuestas a pie de urna.

Foto: Ahmad Gharabli, AFP

Revés electoral de Netanyahu en las elecciones israelíes

La oposición sionista ante la irrupción del votante árabe.

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A partir de este jueves se empezarán a contar los alrededor de 400.000 votos observados de las elecciones parlamentarias israelíes del martes.

De todas maneras, si persiste la proyección de los resultados actuales, el panorama es complejo. En realidad, nadie puede cantar victoria. El sistema electoral es parlamentario y la configuración partidaria y parlamentaria es muy fragmentada, casi tanto como la sociedad de Israel. Por lo tanto, también es difícil vaticinar qué sucederá y quién gobernará. Ninguno de los dos bloques de listas con pretensiones de gobierno podrá hacerlo sin ampliar sus alianzas y sin fracturar las existentes y violar algunas de las promesas de la campaña electoral.

Antes de entrar en los detalles de las listas, sus números, fracasos, éxitos y perspectivas, se impone hacer una aclaración. Israel no es una democracia. En el territorio en el que su Ejecutivo gobierna hay 7,3 millones de ciudadanos israelíes con derecho de voto.

El 18% de los habilitados a votar son árabes palestinos con ciudadanía plena. En cambio, unos 5,4 millones de árabes palestinos en Cisjordania, Jerusalén Oriental y Gaza, que están sometidos al régimen político israelí y a su dominio militar, carecen de derecho de voto al parlamento y se les impide constituirse en la práctica como ciudadanos del Estado palestino, ampliamente reconocido por la mayoría de los países del mundo.

La democracia representativa israelí abarca solo a un poco más de la mitad de los habitantes del territorio que el actual gobierno de Israel considera que está bajo su soberanía.

El líder del partido Yashar, Gadi Eisenkot, en la noche electoral después de que se anunciaran las primeras encuestas a pie de urna, en Tel Aviv.

Foto: Maya Levin, AFP

Dos duros reveses electorales y un indiscutible éxito

El primer ministro Benjamin Netanyahu y su coalición de gobierno, que incluye dos partidos religiosos ortodoxos y dos partidos ultranacionalistas, fueron derrotados. Sumados habían obtenido 64 diputados en noviembre de 2022, lo que les aseguró una estable mayoría parlamentaria necesaria para erigir a Netanyahu como primer ministro y para sostenerse en el poder. Ahora, tras cuatro años de gobierno, los mismos partidos sumados solo obtuvieron 53.

La coalición sionista anti-Netanyahu fue derrotada en su aspiración a obtener más escaños que la coalición rival. Sus cuatro partidos solo obtuvieron 48 escaños, apenas tres más que las configuraciones partidarias paralelas en 2022.

Desde el punto de vista de la cantidad de votos y su traducción a representación parlamentaria, los únicos vencedores son las dos listas que representan a los ciudadanos árabes palestinos de Israel. Ellas suman ahora 19 diputados, mientras que, en 2022, cuando concurrieron a las urnas divididos en tres listas, solo obtuvieron diez.

Una mirada más detenida en los detalles de cada lista arroja algunas conclusiones simples e interesantes: el Likud que surge de estos comicios como la lista más votada pierde un sexto de su bancada y baja de 32 en 2022 a 26; los dos partidos de los ultranacionalistas más fanáticos liderados por Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir compitieron juntos en 2022 obteniendo entonces 14 diputados, mientras que ahora obtuvieron seis y siete, respectivamente. A pesar de haber dirigido las violentas campañas colonizadoras del gobierno desde los influyentes puestos de ministro de Finanzas y ministro de Seguridad Nacional, disponiendo de enormes presupuestos, no lograron ampliar su base electoral.

Por su parte, los partidos religiosos ortodoxos perdieron segmentos de sus votantes debido a la contradicción entre su interés vital por evitar el servicio militar de decenas de miles de jóvenes estudiantes de Torá y las necesidades de reclutamiento general, constantemente reavivada por las iniciativas bélicas del gobierno que integran.

Del otro lado, las nuevas conformaciones políticas opositoras (Yashar!, de Gadi Eisenkot, o la unión entre los sectores liderados por Naftalí Bennett y Yair Lapid) no lograron realmente captar suficientes votos de desilusionados con el Likud. Algunos de estos prefirieron no votar o votaron a listas pequeñas que no obtuvieron el piso electoral de representación parlamentaria. Tan solo la centro izquierda del partido Los Demócratas, que surgió de la fusión entre el partido laborista y el fracasado Meretz de la izquierda sionista, logró ocho diputados, que son un poco más que la suma de sus integrantes en 2022 (cuatro laboristas y tres de Meretz, que en 2022 no obtuvo representación parlamentaria al quedarse ante el umbral mínimo).

La inmensa mayoría de los israelíes votaron este martes dentro de los patrones sociológicos conocidos, reflejando que las identificaciones políticas en Israel son mucho más tribales que ideológicas. La inmensa mayoría de votantes de Netanyahu y del Likud son judíos originarios de Medio Oriente y el norte de África, de sectores populares y medios, resentidos por el racismo sufrido por sus antepasados de manos de los gobiernos laboristas que fundaron Israel y que todavía se expresa muchas veces en voceros de las élites culturales mayoritariamente de origen judeoeuropeo identificadas con la oposición.

Luego, los grados de religiosidad o laicidad, reforzados por un sistema educativo segregado, también reproducen los patrones electorales. El único cambio dramático que crea un nuevo escenario es el altísimo porcentaje de votantes árabes palestinos, en niveles inéditos. Si la participación electoral de los ciudadanos árabes rondaba generalmente el 50-60%, ahora ronda el 80%. Este sector de la población obtiene así, por fin, una representación política proporcional a su tamaño. Se trata de palestinos ciudadanos de Israel que comparados con los palestinos sometidos al régimen militar de Israel o en los enclaves de la Autoridad Palestina en Cisjordania, ni que hablar aquellos hacinados en Gaza, gozan de indudables privilegios y oportunidades.

Sin embargo, son ciudadanos estructuralmente discriminados en relación con los ciudadanos judíos del país. Estos últimos cuatro años de gobierno de los sectores de la ultraderecha más racista han sido años muy duros para esta población. La Policía dirigida por Ben Gvir dejó alto grado de inmunidad a bandas criminales siempre y cuando realicen sus chantajes y asesinatos dentro de los poblados árabes.

El número de homicidios y heridos de bala en los poblados árabes en Israel llegó a proporciones latinoamericanas. A eso hay que agregar despidos de lugares de trabajo y represión policial contra expresiones políticas de protesta ante la guerra genocida en Gaza, aunque sean simples posteos en redes sociales.

Las fuerzas políticas que la representan, que incluyen a un amplio arco que va desde el partido comunista, la izquierda nacionalista, nacionalistas pragmáticos e islámicos moderados, evitaron prudentemente caer en las repetidas provocaciones policiales, que se prolongaron incluso en el día de los comicios. Toda la energía, toda la indignación acumulada de esta población fue exitosamente encausada a la campaña electoral y al día mismo de los comicios, obteniendo así un logro inédito que pone un serio desafío a la estabilidad de la arquitectura política del híbrido apartheid israelí.

¿Y ahora qué?

La coalición sionista opositora a Netanyahu debe ahora decidir si para sacarlo del poder está dispuesta a sostenerse parlamentariamente en los votos de los partidos que representan a la minoría de ciudadanos palestinos.

No tiene otra forma para desplazarlo. Con los apoyos de las dos listas árabes (ambas incluyen representantes judíos) pueden tener mayoría absoluta en el Parlamento, echar a Netanyahu y a sus ministros ultras, dar marcha atrás en las reformas autoritarias, frenar la escalada bélica y colonizadora que Netanyahu intentó desatar en los últimos días y sanear la corrupción. Pero eso implica considerar a los partidos que representan a los ciudadanos árabes como socios políticos, considerar algunas de sus demandas y negociar con ellos políticas de Estado.

De acuerdo con la retórica actual, eso sería demasiado para un opositor derechista como Avigdor Lieberman, líder de Israel Beitenu, que obtuvo siete escaños, o incluso para Bennett.

La alternativa es caer en la trampa de la “unidad nacional” ya utilizada por Netanyahu en ocasiones anteriores, cuando sin mayorías forzó empates electorales. Basta ver cómo Netanyahu engañó en 2020 a Benny Gantz sin cumplir el acuerdo de rotación en el cargo de primer ministro, cómo compró parlamentarios electos por sectores opositores para forzar mayorías parlamentarias que no obtuvo en las urnas, para entender que lo que busca ahora es ganar tiempo, proclamar un empate y procurar atraer a algún integrante derechista del bloque opositor.

El supuesto empate se deriva de no contar los votos árabes. Incluso se proclama vencedor al tener una leve mayoría de los “votos judíos”, sacando de la ecuación al 20% de los ciudadanos del país.

Los voceros de su partido, el Likud, ya denuncian que “las elecciones han sido robadas por partidos árabes que actuaron de manera criminal” y exigen a los servicios de seguridad iniciar una investigación criminal. En otras palabras, amagan con no reconocer los resultados. Ahora hay que ver qué dice y cómo actúa Eisenkot, un actor político relativamente nuevo, que, como líder de la lista opositora más votada, puede tratar de marcar la cancha a sus socios menores.

Si no se apoya en los partidos árabes para ser primer ministro y si no negocia la unidad con Netanyahu, la alternativa sería concurrir a nuevas elecciones dentro de unos tres o cuatro meses. Tampoco depende enteramente de él porque va a estar condicionado por Lieberman y Bennett.

Por su parte, el partido Los Demócratas de centro izquierda ya lo invita abiertamente a formar gobierno sosteniéndose en los votos árabes. En cambio, voceros de derecha en los medios de comunicación masiva advierten contra lo que sería una traición a las aspiraciones de los votantes a quienes se les prometió un gobierno “sionista”, o sea, excluyendo tanto a los ciudadanos árabes como a los sectores religiosos más ortodoxos. En realidad, están tocando con la partitura que le conviene a Netanyahu, que pretende forzar un acuerdo con Eisenkot o con otro líder opositor que le permita mantenerse en el poder.

Muy probablemente, el proceso de definición hasta la formación de un nuevo gobierno o hasta la decisión de celebrar nuevas elecciones va a ser lento y con muchos vericuetos. Los resultados finales, incluyendo los votos observados, estarán recién el viernes o el domingo. A partir de ello se disparan dos procesos paralelos.

Una ronda de consultas del presidente Isaac Herzog con los jefes de lista electos en la cual estos le indican a quién están dispuestos a apoyar para formar gobierno. Tras ella, Herzog designa a quien acumuló más recomendaciones y le da un plazo para conformar un gobierno que luego será presentado a votación parlamentaria. Mientras tanto, la Knesset se reunirá y la oposición tendrá la oportunidad de colaborar con los partidos árabes para deponer al actual presidente de la Knesset (absolutamente obediente a Netanyahu) y poner en su lugar uno propio.

Si este paso tiene éxito, la Knesset ya puede iniciar la derogación de algunas de las reformas judiciales impulsadas por Netanyahu e incluso tomar iniciativas legislativas acordadas entre el bloque de partidos de oposición sionista y los partidos árabes, iniciando una cooperación de facto antes incluso de designar gobierno. El peligro de esta variante es que si se avanza lentamente, desde el Poder Ejecutivo le quedaría a Netanyahu, como primer ministro provisorio, la capacidad de iniciativa, incluyendo iniciar acciones bélicas, para lo que ya ha demostrado no tener escrúpulos.

Sobre esto advirtió Eisenkot en su discurso de la noche del martes, llamando a los comandantes de las distintas fuerzas de seguridad a evitar que estas sean usadas de manera irresponsable y asegurándoles que tendrán su respaldo si actúan con lealtad al Estado y no con lealtad a un primer ministro provisorio que no tiene mayoría de votos. Es este otro signo de la profundidad de la crisis del sistema político israelí.

La polarización dentro de la mayoría sionista en torno al apoyo o rechazo a Netanyahu, la imposibilidad de proseguir con el expansionismo bélico sin ampliar sustancialmente el reclutamiento de jóvenes ortodoxos y ni hablar del costo de la guerra, todo eso lleva a los opositores a Netanyahu y al fanatismo nacionalista mesiánico a la encrucijada de abrir una brecha en el muro de apartheid político construido en torno a los representantes de la minoría árabe en Israel.

Por su parte, Netanyahu juega a la defensiva, tratando de convertir su derrota en un empate y ganar tiempo, para lo cual siempre ha demostrado ser un hábil y peligroso manipulador.

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