First we take Manhattan, then we take Berlin. Leonard Cohen
Es cierto que Berlín todavía no tiene un alcalde socialista. Pero Die Linke, la fuerza de izquierda que ganó el domingo las elecciones regionales de Berlín, está en una posición sólida para encabezar el próximo gobierno. Mientras la extrema derecha avanza en toda Alemania, Die Linke se ha distinguido por su firme defensa de una sociedad multiétnica y por mantener el foco en el costo de vida y la vivienda. Muchos berlineses se lo reconocieron en las urnas.
El resultado supone una reivindicación para un partido que hace apenas dos años estaba al borde de la desaparición, después de atravesar turbulentos conflictos internos. Muchas de las condiciones para su crecimiento ya estaban presentes entonces. Los berlineses llevaban mucho tiempo viendo aumentar sus alquileres; la centroizquierda tradicional lleva décadas recortando las protecciones sociales y los derechos laborales; tampoco es nueva la necesidad de movilizarse contra el creciente nacionalismo. Sin embargo, solo recientemente Die Linke se convirtió en una fuerza con mayor capacidad de intervención social, capaz de galvanizar la resistencia frente al actual giro reaccionario de la política alemana.
La campaña de Die Linke se centró en el costo de vida y, en particular, en los alquileres. Históricamente, Berlín Occidental era más barata que las principales ciudades de la República Federal y, aun después de la reunificación, la capital disponía de mucho espacio vacío. Pero la venta del parque de viviendas públicas a inversores privados durante las décadas de 1990 y 2000, sumada a la escasa construcción de nuevas viviendas, hizo subir los costos. Aunque en un referéndum celebrado en 2021 los berlineses votaron a favor de volver a poner bajo control público buena parte del parque de viviendas, el gobierno de la ciudad no aplicó el mandato popular. En estas elecciones, Die Linke prometió hacerlo.
Conseguir que sus posibles socios de coalición acepten esa medida puede resultar más difícil. La anterior coalición “rojo-rojo-verde”, entre 2021 y 2023, en la que Die Linke y Los Verdes respaldaron un gobierno encabezado por la alcaldesa centrista del Partido Socialdemócrata (SPD), Franziska Giffey, no cumplió esa promesa. De hecho, las encuestas sugieren que buena parte del éxito de Die Linke el domingo se debió al desplazamiento hacia sus filas de votantes berlineses de izquierda que antes apoyaban a Los Verdes y al SPD, además de quienes votaban por primera vez. Aunque resulta fácil imaginar Berlín como una fortaleza progresista, lo cierto es que, sumados, todos estos partidos obtuvieron apenas el 52% de los votos.
Los desplazamientos dentro de este electorado fueron importantes. Los partidos alemanes de izquierda moderada han gobernado habitualmente con los conservadores y hoy subordinan la política fiscal al rearme militar y mantienen un alineamiento irrestricto con Israel. Die Linke se ha mostrado más firme que estas fuerzas nominalmente progresistas en la defensa de principios humanitarios básicos. No sorprende que obtuviera un resultado extraordinario en un distrito multiétnico como Neukölln, donde alcanzó el 53%, y entre los berlineses de 25 a 34 años, donde llegó al 48%. Esta posición también ayuda a explicar la renovación de su base militante durante los últimos dos años y su capacidad para convertirse en una fuerza atractiva para un electorado amplio.
Revés para el gobierno
Die Linke estaba entre los favoritos para las elecciones del domingo, pero su resultado superó todas las encuestas. Encabezado por su candidata a la alcaldía, Elif Eralp, el partido obtuvo el 26% de los votos, más del doble de su resultado en las anteriores elecciones, de 2023. La coalición gobernante fue castigada: tanto los democristianos conservadores (CDU), con un 19% y una caída de 9 puntos, como el SPD de centroizquierda, con un 12% y una caída de 6 puntos, perdieron votos.
El binomio CDU-SPD, que también encabeza el actual gobierno federal bajo el canciller conservador Friedrich Merz, pierde terreno en toda Alemania. Más allá de la ceguera política del discurso de Merz, las promesas de su gobierno tienen poco atractivo popular: propone elevar la edad jubilatoria, aumentar los copagos de los medicamentos recetados y competir con China endureciendo las medidas contra las licencias por enfermedad. El discurso anterior sobre una revitalización de la economía mediante la transición ecológica también ha perdido impulso.
Esto forma parte de un declive estructural más amplio de lo que alguna vez se denominó “partidos de masas”. Durante las décadas de posguerra y hasta la crisis de 2008, estas dos fuerzas reunían a la gran mayoría de los votantes alemanes. Hoy, ni siquiera uno de cada tres electores apoya a alguna de ellas. En las elecciones celebradas el domingo en paralelo en el estado nororiental de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, la CDU de Merz cayó por debajo del 5%, por lo que no consiguió ingresar en un parlamento regional por primera vez en la historia de la República Federal.
El principal desafío a estos partidos en el plano federal proviene de la fuerza de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD). En Mecklemburgo-Pomerania Occidental superó por poco al SPD gobernante y quedó en primer lugar con el 38% de los votos. Es la tercera victoria de la AfD en unas elecciones regionales, aunque todavía no ha logrado gobernar en ningún estado, y es probable que el SPD consiga mantenerse en el poder en esta región del noreste. La mayor posibilidad del partido de extrema derecha de formar gobierno se encuentra en Sajonia-Anhalt, donde obtuvo una victoria más contundente en las elecciones del 6 de setiembre. Aunque la AfD consigue sus porcentajes más altos en la antigua Alemania Oriental y el domingo quedó tercera en Berlín con un 16% –7 puntos más que en 2023–, la mayoría de las encuestas federales la sitúan en torno al 30%, claramente por encima de cualquier otro partido a escala nacional.
Un dato preocupante es que, mientras muchos partidos de extrema derecha europeos han conseguido avanzar en un contexto de caída de la participación electoral, esto resulta menos cierto en el caso de la AfD. En algunas elecciones regionales recientes llegó a obtener la mayoría absoluta entre los nuevos votantes, y en las elecciones del domingo la participación aumentó considerablemente. El voto a la AfD es especialmente fuerte en las zonas rurales y las pequeñas ciudades, entre los hombres jóvenes y de mediana edad y entre quienes afirman atravesar dificultades económicas. Pero incluso en Berlín fue la fuerza más votada entre los trabajadores manuales, con un 30%, frente al 26% de Die Linke. Aunque los demás partidos siguen negándose a gobernar con ella, no cabe duda de que la combinación de políticas identitarias nacionalistas, medidas sociales favorables a las familias y recortes de impuestos que propone la AfD, junto con el fin de las sanciones contra Rusia, ha seducido a amplios sectores de la sociedad alemana.
Próximos pasos
Die Linke vuelve a representar una fuerza esperanzadora en la política alemana, y las actuales encuestas a nivel federal la sitúan en torno al 12%. Sin embargo, aunque su popularidad aumenta entre distintos grupos de votantes y se está volviendo más competitiva en los estados occidentales, todavía no está en condiciones de disputar con la AfD el lugar de principal fuerza de oposición en toda Alemania. Durante las décadas de 1990 y 2000, los antecesores de Die Linke solían obtener resultados enormes en las pequeñas ciudades de Alemania Oriental, canalizando la protesta contra los efectos de la desindustrialización. Hoy su apoyo allí es mucho más irregular, mientras que la extrema derecha ha avanzado.
También en Estados Unidos los socialistas se han enfrentado a la cuestión de cómo hacer algo más que reunir apoyo en los distritos urbanos más sólidamente demócratas y cómo proyectarse más allá de Nueva York. Ese fue el sentido de la reciente gira Fighting Oligarchy, de Bernie Sanders: en lugar de descartar regiones enteras como intrínsecamente conservadoras, el senador de Vermont defendió el poder de la solidaridad de la clase trabajadora y de la intervención pública. Sin embargo, conseguir que este mensaje resulte convincente en todo Estados Unidos también depende de que los socialistas que ganan elecciones en determinados lugares sean capaces de conseguir resultados concretos que puedan generalizarse.
En Berlín esto puede resultar difícil por varios motivos. En primer lugar, todavía no está claro si Los Verdes y los socialdemócratas apoyarán a Eralp, de Die Linke, como alcaldesa o si, en cambio, se alinearán detrás de la conservadora CDU. El domingo de noche, la copresidenta de Los Verdes afirmó que su partido no gobernaría con “antisemitas de Neukölln”, en un ataque apenas velado contra las poblaciones turca y palestina de este distrito del sudeste berlinés donde Die Linke obtiene resultados especialmente fuertes.
El Consejo Central de los Judíos en Alemania también ha advertido contra una coalición de este tipo. Hoy abundan las acusaciones temerarias sobre una supuesta amenaza de la izquierda contra la vida judía en Alemania, apoyadas en episodios como el de un rapero que coreó “Yalla, yalla, intifada” y “Muerte a las FDI” durante un acto electoral. Incluso en lo relativo a Israel, buena parte de Die Linke se limita a críticas de Benjamin Netanyahu propias del sionismo liberal, y el partido ha sancionado a miembros que expresaron su solidaridad con la resistencia armada palestina; la propia Eralp criticó los cánticos del acto. Sin embargo, los centristas alemanes recurren con frecuencia a las acusaciones de antisemitismo como arma arrojadiza para demonizar a Die Linke y, en especial, a su electorado musulmán.
Incluso si Die Linke consigue encabezar una coalición “rojo-rojo-verde”, la tarea no será sencilla. Los socialdemócratas se han negado a aplicar el resultado del referéndum de 2021 sobre la vivienda y forman parte de una coalición federal que ha planteado la posibilidad de prohibir este tipo de expropiaciones. El histórico partido de centroizquierda sufrió una dura derrota el domingo, pero podría ofrecer resistencia desde dentro del gobierno berlinés. También cabe esperar un goteo de acusaciones y revelaciones destinadas a presentar a Die Linke como “estalinista” o “antisemita” y obligarla a ponerse a la defensiva. Sin embargo, el domingo ya vimos que estos ataques no consiguieron derrotarla. Y el referéndum ya demostró que, en materia de socialización de la vivienda, la mayoría de los berlineses está de su lado.
No toda Alemania es Berlín, ni en todas partes del país el alquiler de la vivienda constituye el principal problema. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, un estado mucho más rural y menos poblado, donde Die Linke actualmente respalda un gobierno encabezado por el SPD, el partido incluso perdió votos frente a esta fuerza de centroizquierda, que aparecía como la mejor posicionada para frenar a la AfD. En este sentido, incluso esta victoria histórica en Berlín constituye apenas un nuevo hito en el intento de Die Linke por convertirse en una fuerza nacional capaz de recuperar a antiguos votantes y movilizar a otros nuevos. En última instancia, derrotar a la AfD dependerá no solo de agrupar a todos los demás partidos en su contra, sino de convencer a millones de personas en toda Alemania de que una alternativa socialista capaz de ofrecer respuestas concretas es mejor.
Este artículo, traducido por Natalia López, se publicó originalmente en Jacobin.