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Ateneos a las realidades, caballero

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“Pues bien; lo que yo quiero son realidades. No les enseñéis a estos muchachos y muchachas otra cosa que realidades. En la vida solo son necesarias las realidades. No planteéis otra cosa y arrancad de raíz todo lo demás. Las inteligencias de los animales racionales se moldean únicamente a base de realidades; todo lo que no sea esto no les servirá jamás de nada. De acuerdo con esta norma educo yo a mis hijos y de acuerdo con esta norma hago educar a estos muchachos. ¡Ateneos a las realidades, caballero!”.

Así reflexionaba Charles Dickens en su obra Tiempos difíciles. Charles, el mayor novelista inglés de la era victoriana, una de las voces más perdurables de la literatura inglesa del siglo XIX.

La época victoriana es la del reinado de Victoria, que fue del 20 de junio de 1837 hasta su muerte, el 22 de enero de 1901. La época victoriana siguió a la georgiana, que fue de 1714 hasta 1830 a 1837, son los años de los reinados de Jorge I hasta Jorge IV, que precedieron a la época eduardiana, que son los años de 1901 a 1910, que alcanza el reinado de Eduardo VII. La segunda mitad de la época victoriana coincide con la primera parte de la belle époque de la Europa continental.

Las reformas liberalizadoras

La victoriana fue una época “de luz”. Se produjeron en Reino Unido diversas reformas políticas liberalizadoras. Quizás una de las más trascendentes fue la ampliación del derecho de sufragio. Pero también hubo de las otras: la gran hambruna irlandesa causó muertes en Irlanda a principios del período. Para el imperio británico fue un período marcado por relaciones relativamente pacíficas con las demás grandes potencias, aunque también hubo varios conflictos militares, principalmente contra potencias menores. El imperio se expandió y fue la potencia predominante en el mundo.

La moral victoriana

Hablar de la era victoriana es rescatar que la sociedad valoraba un alto nivel de conducta personal. La moral victoriana fue muy diferente a la época georgiana. Impulsó la reforma social, pero también aplicó restricciones a la libertad. En lo que respecta a la economía, la prosperidad fue una característica del período, aunque otros asuntos persistieron, como los severos problemas de malnutrición. La alfabetización y la educación infantil alcanzaron niveles casi universales por primera vez. Aunque fueron asuntos que se intentaron revertir y se hicieron intentos serios por mejorar las condiciones de vida, los tugurios y las enfermedades siguieron siendo un grave problema.

Lo cierto es que al mismo tiempo que la sociedad vivía estas penurias, Gran Bretaña lograba un impresionante desarrollo científico y tecnológico. Estaba avanzada en la industria y la ingeniería en particular. Como consecuencia de ello, su población aumentó rápidamente, en tanto que la de Irlanda se redujo drásticamente.

Una era de mayor intensidad bélica

Durante los primeros años de la era victoriana, la Cámara de los Comunes estaba dominada por dos partidos, los Whig y los Tory. Luego, a fines de la década de 1850, los Whig se convirtieron en los Liberales. Los problemas sin solucionar se acumulaban en este período, particularmente lo relacionado con el derecho al autogobierno de Irlanda, cuestiones que ocuparon la agenda los últimos años de la era victoriana, particularmente por la determinación de William Gladstone de alcanzar un acuerdo político. Fue uno de los estadistas más célebres de la época victoriana, rival de Disraeli, y aún se lo considera uno de los más importantes primeros ministros que ha tenido Reino Unido; Winston Churchill lo citaba como inspirador suyo.

Gladstone fue un político liberal británico, que fue miembro de la Cámara de los Comunes de Reino Unido y luego ocupó varios cargos en el gobierno de “su majestad”. Vale destacar que fue secretario general del Partido Liberal entre 1866 y 1875 y de 1880 a 1894. También fue honrado como primer ministro de Reino Unido en cuatro ocasiones: de 1868 a 1874, de 1880 a 1885, en 1886, y de 1892 a 1894.

No quiero olvidar lo sucedido el 13 de noviembre de 1887, cuando decenas de miles de ciudadanos, muchos de ellos socialistas y desempleados, tomaron la Trafalgar Square, una plaza del centro de Londres, construida para conmemorar la batalla de Trafalgar, ocurrida el 21 de octubre de 1805. En la ocasión, la armada británica venció a las armadas francesa y española frente al cabo de Trafalgar, municipio de Barbate, Cádiz, España. El lugar tuvo un cambio de denominación: pasó a llamarse plaza Guillermo IV, cuando George Ledwell Taylor sugirió cambiar el nombre para manifestarse en contra del gobierno, “sin complejos”. El jefe de la policía metropolitana, Sir Charles Warren, ordenó a los soldados armados y a 2.000 policías a reprimir. Al final de aquellos disturbios, cientos de personas resultaron heridas y hubo por lo menos dos muertes.

El desarrollo

Durante el período victoriano, Gran Bretaña continuó siendo eminentemente textil. Junto con la industria de la confección, daba empleo a aproximadamente el 40% de la mano de obra industrial de los años 1880. La mecanización se dio con diferencias en los sectores. En algunos casos, se adoptaron más rápidamente, tal es el caso del algodón, aunque en otros el desfasaje temporal ocurrió con mayor retraso, como en el caso de la lana.

En tiempos de mentiras, de ambigüedad, de confusión y miserias de opulencia como el que nos ha tocado, como lo expresara con contundencia Charles Dickens, “lo que yo quiero son realidades”.

La industria siderúrgica tuvo un fuerte crecimiento, pero luego se desaceleró. Lo cierto es que el índice de exportación británica fue más auspicioso durante la segunda fase de la Revolución industrial, de 1840 a 1860.

Ser feliz

Dicho lo anterior, no puedo terminar esta columna sin rescatar a Aristóteles y su concepción de la ética. Decir, como señaló Stan van Hooft en su estudio Comprendiendo la ética de la virtud, que “la comprensión aristotélica de la ‘ética’ tiene más que ver con lo que hace que la vida merezca la pena que con la obediencia a la ley moral. Dado que los seres humanos tienen propósitos incorporados en su propio modo de ser, la virtud es lo que nos ayuda a alcanzar esos propósitos”. La ética de la virtud de Aristóteles puede resumirse o concentrarse, a riesgo de simplificar en exceso, de esta sencilla manera: el objetivo fundamental es “promover” la eudaimonía, es decir, un estado positivo y divino que la humanidad es capaz de esforzarse y alcanzar felicidad y una buena vida.

Sin embargo, Sócrates parece pensar que la virtud es necesaria y suficiente para la eudaimonía: “Una persona que no es virtuosa no puede ser feliz, y una persona con virtud no puede dejar de ser feliz”. En buena medida, la ética estoica se inspira en esta visión socrática.

Pero volvamos a Aristóteles: nos dice que debemos cultivar caracteres virtuosos y vivir vidas virtuosas y que “debemos usar la razón, ya que es función de los humanos hacerlo... la sabiduría práctica también es necesaria para aplicar las virtudes a lo largo de nuestra vida”. Finalmente, se nos desafía: “En la vida solo son necesarias las realidades. No planteéis otra cosa y arrancad de raíz todo lo demás”. “Las virtudes pueden encontrarse en un espectro entre dos vicios. La virtud está en el centro, como la llamada medida áurea”, completa.

En tiempos de mentiras, de ambigüedad, de confusión y miserias de opulencia como el que nos ha tocado, como lo expresara con contundencia Charles Dickens, “lo que yo quiero son realidades”. De otro modo e igual significado: ¡ateneos a las realidades, caballero!

Ernesto Kreimerman fue presidente del Servicio de Comunicación Audiovisual Nacional y director de Televisión Nacional del Uruguay y de las radios públicas en 2018 y 2019.

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