Los análisis sociológicos siguen estando mayoritariamente impregnados de la lógica cartesiana, que coloca a la razón como base de todo conocimiento y como fundamento de la toma de decisiones de los sujetos. Como es sabido, las condiciones materiales de existencia no alcanzan para explicar los comportamientos políticos de los sujetos –tampoco las preferencias electorales–, por lo que comprender estos comportamientos exige analizar otras dimensiones de la existencia y recorrer las grietas más arraigadas de las tradiciones de pensamiento.
Las condiciones materiales de existencia de la gran mayoría de la población mundial no son las mejores. Según advirtió un informe reciente de la organización Oxford Committee for Famine Relief (Comité de Oxford para el Alivio de la Hambruna, Oxfam) sobre las desigualdades mundiales, la concentración de la riqueza en el mundo actual es extrema y creciente. El 10% más rico de la población controla cerca del 80% de la riqueza mundial, mientras que el 50% más pobre apenas posee el 2%.
En las últimas décadas esta realidad no ha hecho más que empeorar. Los niveles de crecimiento de las fortunas de los multimillonarios son mucho mayores a los niveles de crecimiento a los que cualquier economía nacional puede aspirar. En ese informe, Oxfam revela algunos otros datos sobre el panorama mundial en relación con la distribución de la riqueza. Se dice allí que el 1% superior acapara gran parte de la nueva riqueza producida. El estrato de súper ricos, un 0,001% de la población mundial, o sea, una élite muy reducida, no para de engrosar sus fortunas y de aumentar su participación en la riqueza global. La élite de súper ricos controla tres veces más de riqueza que la mitad de la humanidad y, además, esto es una tendencia al alza, llevando los indicadores de desigualdad a cifras inauditas. Si a ese panorama le agregamos otras desigualdades estructurales como la raza, el género y las exposiciones diferenciales al cambio climático, la desigualdad no hace más que profundizarse, hasta configurar situaciones lacerantes.
La crisis no sucede solo en términos de la distribución de los bienes materiales. El informe también afirma que el 10% de las personas más ricas del mundo es responsable del 77% de las emisiones mundiales; mientras que únicamente el 3% de las emisiones corresponde a la población pobre, aunque paradójicamente son quienes están más expuestos a las catástrofes climáticas y menos pertrechados se hallan para hacerles frente. Por otra parte, un informe de Naciones Unidas sobre cambio climático y medio ambiente, de enero de 2026, advierte que el mundo entró en “la era de bancarrota hídrica global”, con pérdidas irreversibles. Según este informe, la humanidad no solo ha gastado el ingreso anual de agua de ríos y lluvias, sino que ha vaciado los ahorros milenarios guardados en glaciares, humedales y acuíferos. La auditoría global dibuja un panorama desolador: 75% de la población mundial vive en países donde el agua escasea o es insegura para su consumo.
Como si fuera poco, el planeta está desbordado de conflictos y tensiones bélicas, de guerras eternas y de genocidios. 2026 se estrenó con ya viejos enfrentamientos entre Rusia y Ucrania. En Oriente Medio la invasión israelí a los territorios palestinos se profundiza con el genocidio al pueblo gazatí. En el continente africano, los territorios subsaharianos y el norte del continente mantienen focos críticos en Somalia y Nigeria, y los conflictos internos y enfrentamientos intestinos son parte de la vida cotidiana de esos pueblos. Mientras tanto, en Asia y el sudeste asiático recrudecen las guerras civiles y contextos de fuertes violencias.
En América Latina se puede identificar un quiebre en la intervención estadounidense a Venezuela, con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, y las amenazas desembozadas a Cuba. Según varios estudios de política internacional, desde la Segunda Guerra Mundial no se registraba un panorama bélico tan devastador. Más de 50 conflictos armados nutren la industria mundial de la guerra.
Los campos de refugiados, los contingentes de familias desplazadas, los niños y niñas deambulando por rutas migratorias llenas de peligros, desazón e incertidumbres se naturalizan a golpe de imágenes que circulan sin ningún contexto o marco interpretativo. Según un reporte de Naciones Unidas de 2025, el número de personas que vive de modo forzado, en un país distinto a su país de nacimiento, es mayor que nunca antes. En 2024, cerca de 304 millones de personas vivían como migrantes.
Las transformaciones de las últimas décadas parecen haber modificado profundamente esa relación entre experiencia, sensibilidad y horizonte histórico. El creciente protagonismo del mercado como principio articulador de la vida social puede rastrearse desde fines del siglo XX, en paralelo con el ascenso de las fuerzas neoconservadoras. En ese proceso, el ciudadano es progresivamente desplazado por el individuo pragmático. Mientras tanto, la economía reemplaza a la política como espacio privilegiado para organizar la vida colectiva. La lógica del mercado deja ya de limitarse al intercambio económico para convertirse en un principio general de producción de subjetividad.
No hay manera de entender los comportamientos políticos y las elecciones de la ciudadanía si no incluimos los avatares del alma colectiva en el análisis general.
Resulta difícil no reconocer que estas transformaciones producen efectos sobre la forma en que vivimos el presente e imaginamos el futuro. Lo que caracteriza a nuestro tiempo no es únicamente la presencia de numerosas crisis, sino la manera en que ellas terminan componiendo una determinada experiencia común, una trama de sentimientos y sensaciones que se tejen capilarmente, individual y colectivamente. Esa experiencia particular aparece condensada en imágenes que adquieren una fuerte potencia simbólica.
Desde la posguerra existe el llamado Reloj del fin del mundo. Este reloj, elaborado por el Comité Científico Atómico, sintetiza múltiples indicadores relacionados con el peligro nuclear, la crisis ambiental y las amenazas tecnológicas. Según las últimas mediciones, hoy se encuentra a 85 segundos de la medianoche, condensando la imagen de que la humanidad se aproxima a límites inéditos y de que los márgenes de control de estas crisis parecen cada vez más estrechos.
En la medida en que la realidad social no organiza solamente las condiciones materiales de existencia, sino que instituye sensibilidades, produce maneras de sentir, de interpretar el mundo y de proyectarnos, cabría preguntarse: ¿qué impacto tienen estas condiciones de existencia en la construcción de subjetividad, en las formas de estar en el mundo, de concebir la vida juntos y de cohabitar este tiempo y espacio? Las transformaciones de la subjetividad no ocurren de manera súbita ni obedecen exclusivamente a acontecimientos excepcionales. Se producen lentamente, mediante desplazamientos que modifican los modos de experimentar la vida colectiva, alteran los vínculos sociales y reorganizan aquello que una sociedad considera posible, deseable o imaginable.
La subjetividad de una época no es una construcción monolítica y acabada, se moldea en los interregnos y está colmada de umbrales. Lo que se trastoca es el propio horizonte desde el cual las personas interpretan su lugar en el mundo y las sociedades producen sentido. Toda época instituye una determinada economía de los afectos, una forma de organizar las sensibilidades y expectativas.
La experiencia colectiva comienza a estructurarse alrededor de una creciente sensación de incertidumbre, desorientación y pérdida de referencias compartidas. Los sujetos se sienten abrumados, privados de mapas capaces de orientar el rumbo y de horizontes suficientemente estables para construir sentido. El pensador argentino Diego Sztulwark propone pensar esta transformación como la consolidación de una nueva “agenda anímica”.
El capitalismo tardío deja de presentarse únicamente como un régimen económico para convertirse en un régimen de producción de sensibilidad. Quizás esa sea una de sus mayores victorias: haber logrado intervenir sobre las esferas emocionales y simbólicas, reorganizando la experiencia cotidiana mediante la producción de una nueva ecuación afectiva. Esta observación resulta particularmente relevante para comprender la producción contemporánea de esperanzas y desesperanzas. El problema ya no consiste únicamente en la mercantilización de los bienes, sino en la colonización progresiva de los deseos, de las aspiraciones y de las maneras de vivir.
Las grandes corporaciones y las derechas políticas han entendido esto prematuramente y han puesto manos a la obra en intervenir sobre los modos de percepción y las formas de nombrar. La posibilidad misma de desear ha experimentado una profunda transformación, quedando atrapada al poder individual, al consumo y a la acumulación. Mientras que el deseo se activa como una pulsión mercantilista que busca satisfacer la inmediatez, la posibilidad de sostener proyectos abiertos a mediano o largo plazo se vuelven vitalmente más onerosos y desgastantes.
Volviendo al inicio, no hay manera de entender los comportamientos políticos y las elecciones de la ciudadanía si no incluimos los avatares del alma colectiva en el análisis general. Será imposible entender que grandes contingentes de damnificados por los altos niveles de injusticias y sojuzgamientos elijan “contra sus propios intereses” y no se rebelen para exigir una vida digna para los más si no ponemos en entredicho la agenda anímica de la época. Hay una tarea inmensa por delante.
Angélica Vitale Parra es socióloga.