El “árbol genealógico” de la extrema derecha que nos dio sus más recientes frutos envenenados de ignorancia y odio –Eduarda Campopiano y Lucas Pavanato, entre los más votados en las elecciones del pasado 4 de octubre en Brasil– es el mismo que produjo, en orden cronológico inverso, a figuras políticas surgidas en el contexto del golpe contra Dilma Rousseff en 2016 y a los Bolsonaro. Sus ramas, sin embargo, son mucho más antiguas: se remontan al ciclo nazifascista europeo, que comenzó a fines del siglo XIX y sobrevivió incluso a la derrota de los nazifascistas en la Segunda Guerra Mundial, prolongándose en las dictaduras criminales de Francisco Franco y António d’Oliveira Salazar, en España y Portugal. “Fanático insípido” es la expresión que el escritor indio Pankaj Mishra emplea para referirse a esta clase de personajes.
Antes de emprender esta genealogía de la estupidez nazifascista, aclaro que utilizo el concepto de genealogía en el sentido que le dio el filósofo francés Michel Foucault: una manera de investigar la formación histórica de nuestras ideas, valores, instituciones y relaciones de poder, mostrando que no proceden de una esencia inmutable ni de una evolución lineal e inevitable.
Volvamos, entonces, al árbol genealógico de los campeones del voto reaccionario en San Pablo.
Campopiano y Pavanato son los frutos más recientes de un populismo político impulsado principalmente por hombres blancos enfurecidos, dispuestos a todo ante la pérdida de sus privilegios, que resurgió en Occidente a comienzos de este siglo. Inspirado en Olavo de Carvalho, el canadiense Jordan B Peterson se convirtió en una de las figuras que popularizaron esta reacción cultural en América del Norte. Con sus 12 reglas para vivir: un antídoto al caos, difundió un compendio de lugares comunes y consignas semejante al execrable Lo mínimo que necesitás saber para no ser un idiota, de Carvalho, que influyó en los militantes del Movimiento Brasil Libre (MBL) y el lavajatismo.
Peterson y Carvalho recurren a una vulgarización del concepto de arquetipos de Carl Jung para defender que la cultura simbólica sería esencialmente masculina y que, por lo tanto, resistirse a la hegemonía del macho sería antinatural. Ese es también el discurso del actor Juliano Cazarré, discípulo de Carvalho, en su curso para machos inseguros, pomposamente titulado “El faro y la forja”.
Pese a invocar la ancestralidad y el mito, Peterson y Carvalho no hacen más que reciclar ideas reaccionarias del siglo XIX, cuando proliferaban charlatanes intelectuales que prometían redención y purificación en medio de las crisis económicas y políticas del capitalismo, del descrédito de la democracia y del miedo a los cambios sociales. Aquellos discursos contribuyeron a crear el clima en el que prosperaron sociópatas como Benito Mussolini, Adolf Hitler y Francisco Franco. Cualquier semejanza con lo que vivimos desde comienzos del siglo XXI no es mera coincidencia.
El éxito electoral de los mistificadores expresa la inseguridad de sectores del electorado ante un mundo que se transforma de forma irreversible, derriba viejas jerarquías y hace visibles nuevas formas de vivir. El voto a estos mentirosos profesionales responde al mismo deseo de restaurar un orden y unos privilegios que se sienten amenazados. También revelan la asimetría entre el conocimiento construido en las universidades –que exige lecturas, experimentos, pruebas, hipótesis, discusión, memoria y consensos basados en la honestidad intelectual– y el adoctrinamiento de estafadores disfrazados de “intelectuales” en Youtube y Tiktok.
Con la ayuda de Meta y de otras grandes empresas tecnológicas, estos estafadores de larga genealogía intentan manipular la opinión pública y las condiciones de la disputa electoral en favor del proyecto neonazifascista.
Las palabras que Romain Rolland escribió en 1910 para describir el clima intelectual de su época sirven para caracterizar a estos gurús y sus herederos: “Con el tren de la religión, pequeñas ráfagas de teosofía, misticismo, creencias esotéricas y ocultismo llegaron para instalarse en el sótano de la mente occidental”. Uno de los ideólogos fascistas que gozaron de popularidad en aquella época fue Julius Evola, referente de Steve Bannon. Otro de estos reaccionarios con barniz intelectual fue Joseph Campbell, cuya obra fue apropiada por ambientes reaccionarios. La llamada red pill, presentada como revelación de una verdad oculta, es una apropiación tan distorsionada del relato de Matrix como la utilización de los arquetipos junguianos para justificar jerarquías sociales.
Donald Trump también construyó su imagen pública dentro de esta tradición de mistificadores y “fanáticos insípidos”. The Art of the Deal (El arte de negociar), publicado en 1987 y escrito en gran medida por Tony Schwartz, contribuyó a fabricar la imagen de Trump como empresario extraordinario y negociador genial. Schwartz reconocería después su participación en esa construcción. La operación consiste en convertir al hombre de negocios en una figura mítica: un triunfador, un hombre bendecido por Dios y un defensor de la patria, la familia y las buenas costumbres. No se trata de una confesión literal de Trump, sino de una maquinaria de autopromoción que convirtió la exageración en marca personal.
Con la ayuda de Meta y de otras grandes empresas tecnológicas, estos estafadores de larga genealogía intentan manipular la opinión pública y las condiciones de la disputa electoral en favor del proyecto neonazifascista que asocio con Trump y Benjamin Netanyahu. Los algoritmos, la publicidad segmentada y la circulación masiva de desinformación pueden favorecer a las fuerzas autoritarias y debilitar la deliberación democrática. No es necesario imaginar una conspiración única y perfectamente coordinada para reconocer el peligro político de plataformas que lucran con la polarización y que no ofrecen garantías suficientes contra la manipulación. La defensa de las elecciones exige transparencia, rendición de cuentas y límites democráticos al poder de estas empresas.
Vemos, por lo tanto, que el árbol genealógico de los actuales reaccionarios misóginos, racistas y homofóbicos incluye las tradiciones políticas responsables del Holocausto, de la guerra civil española y de las atrocidades cometidas durante el ascenso del fascismo y la Segunda Guerra Mundial. Y, del lado de las izquierdas, también hay quienes han convertido las redes sociales en su principal fuente de “conocimiento” y en su escaparate político. Al final, asistimos a la victoria de la mistificación digital.
Debemos temer –sin dejar de resistir– este espectáculo de estafadores mentirosos e intelectualmente limitados. Sus proyectos pueden conducir a campos de concentración, cámaras de gas y fosas comunes. Cada elector debe hacerse responsable de su elección: el mundo que algunos desean restaurar no volverá, ni siquiera mediante toda la violencia que sus representantes predican. Un mundo nuevo nacerá mañana, a pesar de lo que hoy intentan imponer.
Jean Wyllys es periodista, escritor y artista visual.