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Opinión Posturas

NAZA y el genocidio: si yo no lo hiciera, habría otro que lo haría

“NAZA” es el acrónimo con el que la Fuerza de Defensa Israelí (FDI) denomina a los daños colaterales, un término que se popularizó en aquella guerra quirúrgica (segunda guerra del Golfo, 1990-1991) que vimos retransmitida en pantallas verdes de la imagen generada por los visores nocturnos. NAZA o daños colaterales es lo mismo: civiles muertos en operaciones militares porque estaban allí. NAZA es el título de la película de los israelitas Yuval Abraham y Rachel Szor, que lleva mucho más allá el término: NAZA son las víctimas de un genocidio, un genocidio que se está produciendo ahora.

Las imágenes finales de un padre gritando los nombres de su esposa y sus hijos entre las ruinas de un edificio bombardeado, en un barrio bombardeado, con las piernas de los cadáveres de niñas y niños asomando entre los escombros te dejan claro que los 24 testimonios que acabamos de escuchar en el documental no son fantasías ni líneas de un guion interpretadas por actores. Los testimonios corresponden a oficiales de inteligencia, operadores de dron o miembros de fuerzas de élite del ejército israelí que explican cómo llevaban a cabo la eliminación de objetivos de Hamas.

Primero explican cómo se localiza al objetivo usando la inteligencia artificial y la ubicación de los teléfonos móviles; durante un seguimiento de meses se determina el domicilio de la familia o los lugares frecuentados por el miembro de Hamas; después, mediante escuchas telefónicas, que podían ser de los teléfonos de su familia, incluso de los hijos –uno de los testimonios relata cómo interceptan la llamada de una niña de 12 años–, se establece cuándo ha llegado el objetivo y se da la orden de su eliminación aceptando que conlleve la muerte de quien esté cerca o la destrucción de todo un edificio.

La destrucción se convierte en sistemática. El objetivo pasa de ser eliminar a mandos de Hamas a arrasar y empujar a la población fuera de sus casas. Las nuevas tecnologías facilitan el trabajo, pero realmente no serían necesarias, se destruyen barrios enteros y se establecen líneas que al ser traspasadas suponen la muerte. No hay barreras, no hay señales, todo el mundo lo sabe, pasar de un punto es la muerte inmediata. Los francotiradores también disparan sobre cualquiera que salga de la fila para recibir comida. No hay piedad.

¿Cuántos?, pregunta Abraham. Cientos, miles, las respuestas son tan imprecisas como la rutina de matar. ¿A partir de cuántos se pierde la cuenta? Las cifras las proporciona el Ministerio de Salud de Gaza: 73.000 muertos; la Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de palestina en Oriente Próximo afina la cifra en su informe del 10 de setiembre pasado a 73.658 personas asesinadas y 174.622 heridas desde octubre de 2023. 1,98 millones de personas necesitan vivienda, el 94% de la Franja, 200.000 edificios han sido destruidos, el 82%.

¿Cómo es posible? “Es como un videojuego”, “la rabia de los ataques del 7 de octubre lo justificaba todo”. Uno de los entrevistados recuerda su viaje a Polonia cuando era estudiante, cuando se preguntaba cómo era posible que aquellos nazis volvieran a sus casas y siguieran con sus vidas después de haber acabado con miles de otras vidas. “Ahora sé cómo”, reconoce en el documental, “acabar con la vida de cientos y luego seguir estudiando psicología clínica”. La banalidad del mal, de Hannah Arendt, se confirma en las azoteas de Tel Aviv, a apenas 70 kilómetros de Gaza.

NAZA no habla solo del genocidio de Gaza. NAZA nos pone un espejo y nos obliga a escuchar a personas que no vemos pero adivinamos que no son distintas a nosotros mismos.

“Si no lo hiciera yo, habría otro que lo haría”. ¿Es tan sencillo como eso?, ¿siempre habrá alguien que lo haga? Sí, pasa ahora mismo en Gaza, en Cisjordania, en Líbano; una parte de la población ha quedado deslegitimada para vivir y la otra tiene permiso para matar impunemente, ocupar tierras, expulsar a quienes no comparten su religión. ¿Es un tema de israelitas y palestinos, judíos y musulmanes? ¿Los ataques de Hamas del 7 de octubre de 2023 lo justifican, como señalan algunos de los testimonios?

La última pregunta invita a otra que exige respuesta. ¿Sabía Israel que sería atacado? En setiembre, una investigación del diario israelí Haaretz afirmaba que el presidente de Emiratos Árabes Unidos, el emir Mohamed Bin Zayed, avisó a Benjamin Netanyahu mediante una llamada telefónica sobre la intención del liderazgo de Hamas en Gaza de realizar un gran ataque. El mismo medio también hablaba de la advertencia de Egipto por medio de su jefe de inteligencia, Abbas Kemel. Informaciones previas del New York Times apuntaron en la misma dirección, un conocimiento de que Hamas preparaba un gran ataque. La consiguiente pregunta sobrecoge más: ¿la brutalidad y crueldad del ataque palestino es el elemento oportuno que necesita Israel para ampliar sus fronteras, aunque el instrumento para hacerlo sea un genocidio?

Veo en la pantalla de un cine lo que pasa ahora mismo en Gaza y me pregunto: ¿pasaría en cualquier otra parte? ¿Pasaría en Europa? ¿Pasaría en España? En Europa ya pasó; las guerras balcánicas mostraron cómo el odio anidaba en el corazón de una población que para alimentarlo y justificar el asedio y matanza de civiles recurría a las guerras otomanas que atravesaron Europa durante siglos o a las alianzas durante las guerras mundiales del siglo XX. “Tu abuelo violó a mi abuela”, odios latentes en sociedades que parecían haberlos superado. En España, jóvenes nacidos en el siglo XXI muestran nostalgia por la dictadura de Franco. Y no es un fenómeno únicamente español, el mundo gira hacia un debilitamiento de los valores democráticos, que son vistos como muestras de debilidad.

NAZA no habla solo del genocidio de Gaza. NAZA nos pone un espejo y nos obliga a escuchar a personas que no vemos pero adivinamos que no son distintas a nosotros mismos. Primero les dieron motivos, luego órdenes. Jonathan Glazer, productor junto con James Wilson del documental, lo fue también de Zona de interés, que dirigió en 2023 y narra la vida cotidiana del comandante de Auschwitz y su familia, que viven junto al campo. Ninguno de los dos títulos muestra monstruos, muestran personas que cometen monstruosidades siguiendo órdenes. ¿Podríamos ser nosotros? Yuval Abraham se alistó al ejército israelí cuando tenía 19 años y fue destinado a una unidad de inteligencia; a la semana renunció, cuando entendió en qué consistía su misión. Su ejemplo podría ser el clavo ardiendo al que sujetar nuestra esperanza.

Juanjo Fernández es periodista español.