Los resultados de las elecciones brasileñas realizadas el domingo tuvieron, sin duda, un fuerte impacto político en Uruguay, tanto en el oficialismo frenteamplista como en la oposición. El desempeño de las fuerzas alineadas tras Flávio Bolsonaro le aseguró una gran fortaleza parlamentaria y lo dejó muy cerca de ganar la segunda vuelta por la presidencia el 25 de este mes. Es obvio que un cambio de gobierno en el poderoso vecino alteraría profundamente la situación de nuestro país.
Lula y su peso en el mundo le han proporcionado al gobierno uruguayo, hasta ahora, cierto margen de maniobra para no ceder ante las demandas más chocantes de Donald Trump y mantenerse en la defensa del multilateralismo, el comercio basado en acuerdos y el derecho internacional humanitario.
Que se pierda ese resguardo es malo desde el punto de vista del Frente Amplio y bueno para gran parte de la dirigencia opositora, que aboga desde hace tiempo por un alineamiento “pragmático” con las posiciones del presidente de Estados Unidos. Lo que no dice, si lo ve, es que un mayor control de Trump sobre América Latina no resolverá los conflictos regionales de intereses, sino que probablemente los agravará, con perjuicios para los países menos poderosos.
En todo caso, la perspectiva de que sea derrotado el mayor emblema del progresismo latinoamericano desmoraliza a sus simpatizantes y envalentona a sus adversarios, aquí como en toda la región.
Quedan tres semanas de campaña y, si bien el resultado más probable hoy es un triunfo de Bolsonaro en el balotaje, Lula es un político colosal y no parece prudente considerarlo desahuciado. Pero prepararnos para lo que puede ocurrir exige comprender bien los procesos históricos y la coyuntura, sin caer en el autoengaño ni en excesos de pesimismo.
Luces y sombras
El Partido de los Trabajadores (PT) brasileño, fundado en febrero de 1980 y reconocido legalmente dos años después, surgió como una confluencia contra la dictadura militar instalada en 1964, con participación de sindicalistas, intelectuales de izquierda y comunidades católicas progresistas influidas por la Teología de la Liberación. Una larga y difícil trayectoria con el liderazgo de Lula lo forjó como el mayor partido de Brasil (aunque nunca estuvo cerca de contar con mayoría parlamentaria propia), y perdió tres elecciones presidenciales antes de ganar en las de 2002.
Durante el casi medio siglo transcurrido, tanto la sociedad brasileña como el PT han cambiado mucho, con procesos que disminuyeron el arraigo en las bases de la fuerza política y su capacidad de sintonía directa con el estado de ánimo y las demandas de vastos sectores populares. Era muy difícil, por supuesto, que mantuviera esa capacidad a medida que se masificaba y se convertía en una formidable maquinaria electoral, cada vez más consustanciada con el aparato del Estado brasileño, del que asimiló no solo rutinas burocráticas, sino también la naturalización de alianzas difíciles de tragar, criterios ideológicos conservadores e incluso prácticas corruptas.
Pese a ello, sus gobiernos mantuvieron una orientación progresista, que combinó el crecimiento económico y las cuentas públicas saneadas con políticas sociales muy potentes, y entre otros logros notables sacó a unos 40 millones de personas de la pobreza.
De todos modos, persisten grandes trabas al desarrollo humano en democracia. Entre ellas, la primarización de la economía con encumbramiento del agronegocio, la desigualdad, la criminalidad y el endeudamiento en alza, cuyas causas van mucho más allá de las apuestas mediante internet.
Ausencias
El petismo se transformó en lulismo, el antilulismo en el común denominador de medio Brasil y el PT en una fuerza decreciente. Ha perdido vitalidad y herramientas necesarias para convencer del otro lado de la grieta, donde se potencia la tendencia mundial a votar contra el gobierno de turno. Que Lula deposite gran parte de sus esperanzas para la segunda vuelta en las más de 33 millones de personas que no votaron el domingo es un síntoma de dos problemas muy graves.
El primero de esos problemas es que no parece viable remontar la ventaja de Bolsonaro ganando apoyos entre quienes lo votaron o prefirieron a partidos menores, reducidos a un apoyo muy escaso por la polarización nacional. Además, el electorado bolsonarista no es apenas “pueblo ingrato”, ni una multitud confundida y manipulada mediante los grandes medios de comunicación tradicionales y las fake news en redes sociales. Las fuerzas reaccionarias han desarrollado un trabajo de base en gran escala, y no es sencillo penetrar en sus bastiones.
El segundo problema es que la abstención del domingo fue muy semejante al promedio histórico, y apostar a reducirla significativamente en tres semanas sugiere una riesgosa desconexión con la idiosincrasia brasileña.
Hay lecciones que aprender, en Brasil y en toda América Latina. Ojalá seamos capaces de ver cuáles nos corresponden, gane quien gane la segunda vuelta brasileña.