No hay certeza sobre cuál va a ser el resultado de la segunda vuelta por la presidencia de Brasil el domingo, y muchas personas se desvelan por cada medio punto porcentual de variación en las encuestas, aunque sus márgenes de error superen ampliamente a las pequeñas distancias de intención de voto que registran entre Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva. Sin saber lo que va a suceder en pocos días, podemos y debemos tratar de comprender lo que ya sucedió en Brasil.
La ultraderecha había sido derrotada por escaso margen en las elecciones anteriores, en 2022, y desde julio del año pasado tiene preso por intentar un golpe de Estado a su principal líder, el expresidente Jair Bolsonaro, padre de Flávio. Sin embargo, se ha consolidado como la mayor fuerza política del país, con una amplia base social de seguidores firmes, un peso parlamentario sin precedentes desde la salida de la dictadura en 1985 y la emergencia de potentes figuras jóvenes.
Esto no solo ubicó a Flávio Bolsonaro como favorito para el balotaje. También abre perspectivas de futuro contra un progresismo en el que, por el contrario, los votos por el Partido de los Trabajadores (PT) están desde hace tiempo por debajo de los logrados cuando Lula ganó por primera vez la presidencia en 2002, la inserción social se ha debilitado y no hay relevos a la vista para un líder que cumplirá 81 años la semana que viene.
En estos últimos días de campaña, los esfuerzos de análisis y las iniciativas priorizan, como es lógico, la disputa de cada posible voto. Con una mirada estratégica, importan los factores de fondo que han propiciado el ascenso del bolsonarismo, y la capacidad de las fuerzas democráticas y progresistas para rediseñar su acción política.
Mentiras verdaderas
Un punto de partida indispensable para no engañarnos es descartar que todo se debe a influencias arteras sobre gente ignorante. La habilidad técnica en el manejo de redes sociales ha sido y es, sin duda, una herramienta muy potente para la formación de opiniones conservadoras y reaccionarias, y recién en los últimos días la campaña de Lula ha recuperado competitividad en ese terreno, pero la herramienta no sería tan eficaz, en Brasil como en muchos otros países, si no aprovechara hechos, creencias y sentimientos preexistentes.
La narrativa derechista brasileña, de inspiración transnacional, plantea una visión de la sociedad en la que las personas están amenazadas por la inseguridad y privadas del ascenso social por la incompetencia y el peso del Estado. Es un relato engañoso, pero la inseguridad y la frustración de expectativas existen y van en aumento, aunque sus causas tengan más que ver con la desigualdad, la precarización del trabajo, el endeudamiento de los hogares y la desorientación existencial propia de este cambio de época. También es real y justificada la decepción popular ante prácticas corruptas en gobiernos del PT, no porque hayan sido inéditas en Brasil, sino porque hirieron la esperanza en que el partido de Lula iba a ser distinto de los demás.
En el debate del domingo pasado entre los candidatos a la presidencia brasileña, quizá las dos promesas más reiteradas de Bolsonaro fueron las de protección y prosperidad. En el contexto del país vecino, esto implica una sintonía profunda con la prédica de sectores evangelistas conservadores cuya influencia popular ha crecido muchísimo en este siglo, y de hecho le adjudica al líder características semejantes a las de la divinidad en esa corriente religiosa. Más allá de estos datos de contexto, el libreto es similar al de muchas otras fuerzas regresivas, incluyendo a las uruguayas.
Tareas y riesgos
La cuestión no es solo “ilustrar” a las personas sobre los intereses que están detrás de la prédica derechista, alertándolas sobre los peligros de que aumenten el enriquecimiento de la minoría, el intervencionismo imperialista estadounidense, la depredación ambiental, el autoritarismo violento y el recorte drástico de programas sociales. También se trata de reconocer problemas reales, asumir que a menudo los gobiernos progresistas no han frenado siquiera su agravamiento, abandonar la ilusión vana de reconstruir las tramas sociales del siglo pasado y abordar, con empatía e inteligencia, tareas de largo plazo para promover nuevos estilos de vida con vínculos solidarios.
En los países donde hay elecciones, se ha vuelto muy frecuente un vaivén de alternancias, vinculado con el crecimiento de las insatisfacciones y las impaciencias, pero no es novedad que resulta más sencillo prometer desde la oposición que lograr resultados desde el gobierno. Si Bolsonaro gana el domingo, va a decepcionar a muchos, pero el asunto no va a ser apenas aprovechar nuevas ansias de cambio, por dos motivos relevantes.
Por un lado, los Bolsonaro ya intentaron perpetuarse en el poder por la fuerza, y en un segundo gobierno tendrían mayores recursos para ello. Por otro lado, el vaivén va desgastando a todo el sistema partidario mientras las necesidades populares siguen insatisfechas, y lo que urge no es aprovecharlas, sino resolverlas.