El 21 de octubre de 2011 aparecieron los restos de Julio Castro. Fue maestro, periodista y activista por un mundo mejor para todos. Durante décadas fue uno de los cientos de detenidos desaparecidos de nuestro país. Se sabía que había sido secuestrado y que lo habían visto en un centro de detención clandestino, que había sido objeto de todo tipo de torturas. Luego de ser asesinado, su cuerpo fue ocultado. Durante cuatro décadas su cuerpo y su identidad fueron celosamente sometidas al silencio de los responsables. Hoy es posible conocer su peregrinaje antes de ser asesinado y cómo fue el seguimiento que le hicieron desde los servicios de inteligencia de la dictadura.1
Desde la sociedad civil, más precisamente desde los sindicatos de la educación, se toma el 30 de agosto, día de su secuestro, como referencia para recordar el Día Nacional del Docente Detenido Desaparecido. Para los educadores y para la sociedad en su conjunto, no debería ser un día más. Ese día un educador que representa al Uruguay que buscaba y aún busca la justicia social fue secuestrado por los perpetradores de la peor historia del país.
La aparición de sus restos tira abajo los relatos hegemónicos que fueron implantados durante los años de dictadura por las autoridades ilegítimas que tomaron el control del país y en la posdictadura por parte del sanguinettismo, el herrerismo en el gobierno y las altas autoridades del aparato judicial.
Disputas actuales sobre la memoria
La verdad histórica se está pretendiendo negar nuevamente desde los sectores conservadores, que hoy reunidos conforman un bloque que pretende continuar con la desinformación y la manipulación de los hechos del pasado para continuar detentando privilegios. En definitiva, eso fue lo que hicieron muchos de los que llevaron adelante el golpe de Estado: los delitos económicos que cometieron, los hurtos de propiedades, de bienes, fueron parte también de las acciones que impulsaron a quienes participaban activamente en la represión. También existieron empresarios de diversas actividades que encontraron facilidades para desarrollar sus negocios en medio de la dictadura.
Es una realidad también que hubo apoyos desde la sociedad civil en los largos años 60. La última obra de Magdalena Broquetas2 profundiza en la línea de investigación que se viene desarrollando respecto de esos apoyos sociales pequeños, desde abajo.
En definitiva, ese accionar y esas posiciones conservadoras explican que hayan secuestrado y asesinado a Julio Castro. También explican que pasado casi medio siglo de esos acontecimientos hayan surgido posiciones que niegan los episodios o que intentan resquebrajar la verdad histórica. Estas posiciones conservadoras y negacionistas explotaron y toman cada vez más fuerza en América Latina con el avance del gobierno trumpista y con la conformación de la internacional derechista.
Uno de los argumentos para el avance de Estados Unidos sobre la región es la inseguridad en la que viven millones de latinoamericanos a causa del narcotráfico. Para enfrentar esa situación la potencia ideó el Escudo de las Américas, al que se han adherido casi todos los países de América del Sur. La inseguridad y la violencia son parte de la realidad que vivimos los latinoamericanos día a día, y ese avance de los sectores reaccionarios puede tener una conexión con esa violencia que se vive en barrios y regiones enteras. En este contexto surgen las demandas de mano dura y mayor represión, y de esa manera las fuerzas derechistas ganan terreno y espacio en la sociedad.
El maestro y periodista Julio Castro tenía muchos sueños a sus 68 años, cuando sus asesinos decidieron eliminarlo por considerarlo un peligro para el proyecto de sociedad que se estaba imponiendo a tortura, sangre y fuego.
Rita Segato plantea que hay dos realidades: por un lado, la realidad de la legalidad; “transparencia en la gestión pública”, las propiedades inmuebles declaradas, la producción de bienes industriales y de servicios legales. Para todo esto existe una policía y una jurisdicción legal y legítima. Por debajo de esto existe una segunda realidad, con la misma cantidad de circulante y con similares guardianes del capital que la anterior. La corrupción y los fraudes en los altos niveles de la política es lo que muchas veces no se puede investigar porque aparecen juntas esas dos realidades y es fácil pasar de un lado a otro.
El problema principal es que es el Sur latinoamericano el que está dando en sacrificio a millones de jóvenes que mueren en estas pugnas por negocios y acumulación de riquezas. En los territorios controlados por bandas criminales la tortura es algo corriente, las balaceras son un sonido cotidiano. Esa violencia queda “sonando” en la cabeza de la sociedad, en su imaginario: es un mensaje profundo que no puede obviarse por más que lo neguemos.
Los sueños siempre recomienzan
Las noticias de lo que sucede todos los días en la región nos llevan a pensar en un futuro que nos trae poca perspectiva para quienes sostenemos que este modelo de vida es el que lleva al colapso de toda la humanidad. Si pensamos en décadas pasadas, nunca se había sentido esta especie de derrota generalizada en todo el continente sudamericano. Sin embargo, los años de plomo de los 60 y 70 fueron muy duros y tenemos como ejemplo lo sucedido con cientos de miles de desaparecidos, presos políticos, torturados y asesinados.
Hoy lo más difícil es imaginarse un modelo que cambie en algunas aristas este sistema cada día más brutal. Pero los soñadores son seres que divagan y creen. Creen en un mundo distinto, donde cada persona pueda ser libre, donde pueda tener una vivienda y un espacio para desarrollarse, con alimentos todos los días, donde no sea perseguido por no tener papeles o porque no pudo pagar una deuda. Sueñan con noches estrelladas y lunas de colores, con atardeceres y amaneceres transparentes.
En definitiva, los buscadores de una nueva sociedad son soñadores a quienes la vida y la realidad golpean una y otra vez. Pero son curiosos y pronto recomienzan la búsqueda de nuevos sueños. La urgencia en la que viven el día a día siempre los lleva a saltar en busca de otra aventura. Sueñan futuros donde quepan muchos mundos, aunque tienen claro que hay proyectos que son negadores de la humanidad.
Cuando la realidad es avasallante y entierra los sueños, los pisotean las botas o las granjas de trolls los persiguen sin parar, es cuando el puño se debe volver firme como una roca y suave como una rosa. Recrear y transformar lo que se ha hecho en otros tiempos y lugares es fundamental para que los sueños comiencen a concretarse.
El maestro y periodista Julio Castro tenía muchos sueños a sus 68 años, cuando sus asesinos decidieron eliminarlo por considerarlo un peligro para el proyecto de sociedad que se estaba imponiendo a tortura, sangre y fuego. Nunca olvidemos que el objetivo de ese proyecto fue destruir las bases de una nueva sociedad basada en la solidaridad, una sociedad sin explotados ni explotadores y en donde la acumulación de la riqueza dejara de ser el problema central de la sociedad.
Héctor Altamirano es docente de Historia.
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Puede consultarse el documento elaborado por la Secretaría de Derechos Humanos para el Pasado Reciente, Grupo de Trabajo Verdad y Justicia. Actualizado el 28/2/2015 por el Equipo de Investigación Histórica. ↩
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Ganar la guerra. Cultura, sociedad y política en el Uruguay autoritario (1967-1973), 2024, EBO. ↩
