Leí con atención el artículo del multimillonario documentalista João Moreira Salles en la revista Piauí, de su propiedad. Nos llega con diez años de retraso. Salles podría haberse manifestado cuando Dilma Rousseff sufrió el golpe y Jair Bolsonaro dedicó su voto al torturador Brilhante Ustra. Y llega también con un borramiento que echa por tierra el buenismo del “macho heterosexual, adulto, blanco y rico siempre al mando”: ignora mi acto de resistencia aquella noche tenebrosa en la que, providencialmente, guardó silencio, esperando una década para manifestarse en su revista para intelectuales de conciencia culpable.
Hay, sin embargo, una distinción útil en su artículo: la diferencia entre “creer” y “comprender”. Su objetivo son sectores de la élite económica que conocen a los Bolsonaro y, aun así, optan por acercarse a su candidatura.
Parto de ahí para pensar hasta qué punto la culpa y la vergüenza, movilizadas por las Big Tech, vienen impactando los procesos de toma de decisiones desde la primera elección de Donald Trump, hito del nuevo ascenso de la extrema derecha en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial. En 2018, el triunfo de la extrema derecha en Brasil ocurrió después de las elecciones estadounidenses y mediante métodos similares; aquí, Whatsapp tuvo una importancia mucho mayor.
Propongo agregar la culpa y la vergüenza como materias primas de la subjetivación electoral. Porque el miedo y la rabia pueden producir un enemigo. La culpa y la vergüenza, en cambio, pueden producir al sujeto interpelado por una narrativa que le diga: “fracasaste porque te robaron el mundo; te avergüenza aquello en lo que se convirtió tu familia; perdiste tu lugar; fuiste humillado; eres culpable por haber creído en las personas equivocadas. Pero todavía existe una posibilidad de redención”. Es la narrativa que está en boca de los coaches y otros mistificadores de la extrema derecha.
Las nuevas tecnologías de la subjetividad, materializadas en las redes sociales y en su lógica algorítmica, pueden explotar la culpa y la vergüenza para interferir en las elecciones, favoreciendo a candidatos cuya comunicación interpela esos sentimientos mediante consignas y promesas de redención.
Las redes sociales no son solamente medios de comunicación, sino ambientes de modulación del carácter de los electores. La plataformización, la extracción de datos, los sistemas de recomendación y la economía de la atención permiten segmentar y personalizar mensajes a escalas difíciles de alcanzar mediante la comunicación masiva tradicional. Las Big Tech se vuelven, así, más eficaces en la propaganda negativa que explota el odio y el miedo, pero también la culpa y la vergüenza.
Las nuevas tecnologías de la subjetividad, materializadas en las redes sociales, pueden explotar la culpa y la vergüenza para interferir en las elecciones, favoreciendo a candidatos cuya comunicación interpela esos sentimientos
Esta eficacia ayuda a explicar el fracaso de las encuestas de intención de voto. Una campaña digital que interpele el miedo, el odio, la vergüenza y la culpa dos semanas antes de las elecciones puede derribar a candidatos sólidos. Esto ocurrió en 2018. ¿Por qué los dirigentes de los partidos de izquierda se olvidaron de ello? Vergonzoso.
Podemos sentir vergüenza de la pobreza, del color de piel, del cuerpo, del acento, de la sexualidad o del origen social, no porque haya algo moralmente incorrecto en nosotros, sino porque la sociedad ha transformado determinada característica en motivo de desvalorización. La vergüenza puede ser producida por el poder, haciendo que los sujetos carguen como defecto personal aquello que en realidad es desigualdad social. Puede ser, así, una tecnología social de poder.
La comunicación política de la derecha y la extrema derecha en las redes sociales captura esos afectos y los reorganiza narrativamente, ofreciendo un responsable y una salida. La promesa electoral deja de ser un proyecto de país –como hace Lula– para convertirse en una promesa ilusoria de redención subjetiva. Es en este punto donde veo la aproximación entre las Big Tech, el neoliberalismo, las iglesias neopentecostales y la extrema derecha. Las iglesias neopentecostales, al explotar comercialmente la culpa y la vergüenza, fortalecen la comunicación política de candidatos vinculados a ellas o apoyados por ellas.
La campaña de Flávio Bolsonaro –orientada meses antes por las Big Tech estadounidenses involucradas en el proyecto neocolonial de Donald Trump– pudo ofrecer no un programa de gobierno, sino una narrativa de restauración del yo. De ahí que una conducta pública deplorable como la de Flávio Bolsonaro pueda coexistir con una comunicación redentora sin ser percibida como una contradicción por el elector.
También por eso me preocupa la impotencia de las izquierdas ante este dispositivo y su contaminación por la racionalidad neoliberal. Faltan estrategias que tengan en cuenta los impactos de las Big Tech en las vidas y en el carácter de los electores, y que piensen las campañas colectivamente. Sobra la deriva narcisista.
Del lado de los electores de izquierda, campea la seducción por la performance algorítmica, también impactada por las Big Tech, y un mesianismo que alimenta aquella deriva narcisista. El hecho de que el Partido de los Trabajadores se haya concentrado una vez más únicamente en la campaña de Lula, sin articularla con las campañas de los candidatos al Parlamento, demuestra que el mayor partido de izquierda de América Latina está perdido en el siglo XX.
No basta con comprender lo que les ocurrió a los demás; es preciso comprender lo que hicimos y lo que dejamos de hacer. Tenemos que asumir nuestra cuota de culpa y avergonzarnos de nuestra amnesia y de nuestros errores en una elección movida por ambos sentimientos.
Jean Wyllys es escritor, periodista y artista visual.