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Barbarie en pleno siglo XXI

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Le reto a imaginar lo siguiente: es de noche y usted está durmiendo cuando de pronto suena una alarma. No es la alarma antirrobo; es una alarma de aviso de bombardeo. En poco tiempo, comienza a escuchar las explosiones de decenas de misiles y cientos de drones. El sonido de la alarma aturde y aterra. Reúne a su familia y la traslada a toda velocidad a un búnker antiaéreo, donde permanece encerrado con otros vecinos del barrio. Mientras espera, piensa con tristeza que esta realidad de bombas, búnkeres y alarmas se ha convertido en la cotidianidad de su familia; se da cuenta de que ya se cumplen cuatro años de esta guerra brutal y absurda.

En Montevideo, la plaza Independencia está en ruinas. Un enorme agujero marca el lugar donde otrora estaban la estatua y el mausoleo de Artigas. Ya no se ve la torre de Antel iluminada de noche; la apagaron porque los drones la utilizaban como referencia visual. Solo se vislumbra su silueta cuando los destellos de las defensas antiaéreas iluminan el cielo sobre la Aguada.

Salto y Artigas han sido anexadas por otro país, su población desplazada y sus niños secuestrados; Punta del Este y Colonia, bombardeadas hasta quedar destrozadas. Se pregunta: ¿qué hemos hecho para merecer esto? ¡Nada! Solo ser de un país que, según el presidente de otro país, no tiene derecho a existir.

Esto es solo parte de lo que están sufriendo los ucranianos desde el 24 de febrero de 2022, desde que Rusia inició su guerra de agresión. En Uruguay puede parecer un problema lejano, que no le afecta, pero no es así. Se trata de un problema mundial, en el que están en riesgo principios importantes para todos nosotros.

La invasión rusa de Ucrania no es un conflicto lejano ni abstracto. Cuatro años después de su inicio, ha dejado cerca de dos millones de personas muertas, heridas o con sus vidas profundamente afectadas, entre ellas, un número inaceptable de civiles. Las consecuencias de esta invasión criminal se sienten hoy en la vida cotidiana de millones de personas dentro y fuera de Europa.

Esta guerra de agresión ha tenido un impacto devastador sobre la población civil. Comunidades enteras han visto destruidas sus viviendas o sus familias separadas. Un tercio de las escuelas han sido afectadas, haciendo que niñas y niños tengan que enfrentar el crudo invierno ucraniano sin condiciones básicas como la calefacción. Esta realidad no es solo cifras: refleja el costo humano de una invasión que continúa.

Lo que está en juego va más allá de la economía. En Ucrania se defienden principios básicos que protegen a todos los Estados: la soberanía, la integridad territorial y la prohibición del uso de la fuerza para cambiar las fronteras.

Las consecuencias trascienden las fronteras de Ucrania. La invasión rusa ha alterado los mercados globales de alimentos, fertilizantes y energía, y ha generado presiones inflacionarias y mayores costos de producción agrícola en muchas partes del mundo, incluido Uruguay. En un contexto internacional ya frágil, estas disrupciones han afectado el comercio, la estabilidad de precios y el costo de vida de millones de personas.

Pero lo que está en juego va más allá de la economía. En Ucrania se defienden principios básicos que protegen a todos los estados: la soberanía, la integridad territorial y la prohibición del uso de la fuerza para cambiar las fronteras. Estos principios básicos de derecho internacional, recogidos en la Carta de las Naciones Unidas, son esenciales para la estabilidad internacional y para la seguridad jurídica de todos los países.

La Unión Europea (UE) apoya al pueblo ucraniano de manera firme y sostenida, con asistencia política, económica y humanitaria, para que Ucrania pueda resistir la agresión y preservar su derecho a existir como país independiente. Para Ucrania, dejar de defenderse significaría el fin de su soberanía. La responsabilidad de poner fin a este conflicto recae en quien lo inició: el presidente ruso, Vladimir Putin.

Al mismo tiempo, esta guerra ha desviado atención y recursos de desafíos globales urgentes: la lucha contra la pobreza, la seguridad alimentaria, la transición energética y la acción climática. Avanzar hacia una paz sostenible permitiría reorientar esfuerzos hacia estas prioridades compartidas con Uruguay y toda América Latina.

Desde el inicio, Uruguay y la UE han condenado la agresión y han defendido juntos la necesidad de alcanzar una paz justa. Por ello, es imperativo que, al cumplirse cuatro años de esta guerra, se ponga de una vez por todas fin a la violencia y comencemos de forma seria a construir la paz. No podemos permitir que prevalezca la fuerza sobre la justicia, la brutalidad sobre el civismo ni la agresión sobre el diálogo.

Recordemos que los dirigentes rusos que iniciaron la guerra tienen en sus manos el poder de poner fin a esta pesadilla. Si Rusia quisiera, lo podría hacer hoy mismo, retirando sus tropas y poniendo fin a los ataques contra civiles. Deseo de corazón que dentro de un año no tenga que hablar del quinto aniversario, sino de cómo todo Europa se unió para construir la paz. Seguiremos trabajando por ello.

Petros Mavromichalis es embajador de la Unión Europea en Uruguay.

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