Vivimos un tiempo marcado por una expansión inédita de las capacidades tecnológicas y de comunicación, pero también por una profunda erosión de los vínculos colectivos. El malestar social contemporáneo ya no se organiza alrededor de grandes confrontaciones ideológicas ni de proyectos históricos claramente definidos. Por el contrario, se expresa muchas veces de manera fragmentada: irritación cotidiana, cansancio permanente, sensación de abandono, miedo a caer, precariedad afectiva, agresividad en los vínculos o percepción de que nadie escucha ni comprende la experiencia propia. Detrás de esas molestias aparentemente pequeñas se juega, sin embargo, algo mucho más profundo: una crisis de comunidad y de sentido compartido.
Hace casi un siglo, Sigmund Freud advertía en El malestar en la cultura que toda vida social está atravesada por una tensión irresoluble entre las necesidades individuales y las exigencias de la convivencia colectiva. Y retomando la célebre parábola de los puercoespines de Arthur Schopenhauer, ilustraba la dificultad constitutiva de la vida en común: los puercoespines necesitan acercarse unos a otros para darse calor durante el invierno, pero cuando se aproximan demasiado terminan lastimándose con sus púas, alejándose nuevamente hasta encontrar una distancia tolerable. La metáfora conserva enorme actualidad. Necesitamos de los otros para construir pertenencia y sentido, pero las sociedades contemporáneas parecen haber debilitado los marcos colectivos capaces de tramitar esa tensión sin caer en el aislamiento o la hostilidad permanente.
En este contexto, resulta especialmente sugerente el análisis de François Dubet en El nuevo régimen de las desigualdades solitarias. Dubet sostiene que las desigualdades contemporáneas ya no son vividas principalmente como experiencias colectivas, sino como trayectorias profundamente individualizadas. Allí donde antes existían identidades relativamente estables capaces de transformar la injusticia en experiencia compartida –la clase, el sindicato, el barrio o los grandes movimientos sociales– hoy muchas personas experimentan las dificultades sociales como fracasos personales o experiencias solitarias de desprotección. El resultado es una sociedad donde el sufrimiento se privatiza y donde la incertidumbre y la competencia erosionan la posibilidad de construir horizontes comunes.
Eso ayuda a comprender por qué buena parte de los malestares actuales aparecen desconectados de grandes proyectos políticos o cosmovisiones compartidas. No porque hayan desaparecido las desigualdades estructurales, sino porque se debilitaron las experiencias sociales capaces de interpretarlas colectivamente. La fragmentación del trabajo, la precarización de las trayectorias vitales y el deterioro de las mediaciones comunitarias producen sociedades donde muchas personas sienten que enfrentan solas problemas que en realidad son profundamente sociales.
En Uruguay, este clima de época también comienza a expresarse con claridad en el vínculo entre ciudadanía y política. Las últimas encuestas muestran niveles relevantes de desaprobación y desencanto con la gestión de gobierno, incluso en un contexto institucional relativamente estable. Pero probablemente sería un error interpretar esos datos únicamente como evaluación coyuntural de políticas públicas específicas. Lo que parece emerger es una creciente distancia entre la experiencia cotidiana de amplios sectores sociales y las expectativas que construyen sobre su futuro y el de la sociedad. Cuando la política deja de ofrecer horizontes inteligibles de transformación, la vida cotidiana tiende a quedar atrapada en la administración de frustraciones inmediatas.
No se trata de prometer armonías imposibles ni futuros idealizados, sino de reconstruir una expectativa común capaz de volver a conectar la vida diaria de las y los uruguayos con una idea de futuro compartido.
Reconocer esas preocupaciones sociales no implica necesariamente consentir miradas que reducen funcionamientos profundamente sistémicos a problemas percibidos únicamente en el metro cuadrado sobre el que cada uno pisa. Allí existe una tensión central de la política contemporánea: cómo reconocer y politizar los malestares de la vida cotidiana sin caer en la demagogia de validar lecturas fragmentarias que pierden de vista las estructuras sociales que producen esos mismos problemas. Porque si toda experiencia social es reducida a percepción individual inmediata, la política corre el riesgo de transformarse en simple administración emocional del descontento.
Reconstruir un proyecto colectivo tampoco implica negar las tensiones, desigualdades y conflictos de intereses que atraviesan toda vida social. Por el contrario, uno de los problemas del debate público contemporáneo es la tendencia a presentar la sociedad como un espacio armónico donde todo podría resolverse únicamente mediante buena gestión, acuerdos técnicos o estrategias comunicacionales eficaces. Pero las sociedades democráticas están atravesadas por disputas reales acerca de la distribución de la riqueza, el ejercicio del poder, las condiciones de vida y las oportunidades. Invisibilizar esos conflictos no los elimina; simplemente alimenta formas más agresivas de resentimiento, antipolítica o frustración social.
Por eso resulta problemático que muchas veces la idea misma de “proyecto” quede reducida a la noción de “relato”, entendida apenas como estrategia narrativa o recurso de marketing político. Un proyecto histórico no es un eslogan ni una técnica de posicionamiento electoral. Implica ofrecer una lectura de la sociedad, reconocer los intereses en disputa y proponer una orientación ética y material sobre cómo organizar la vida colectiva. Cuando la política sustituye esa tarea por operaciones puramente comunicacionales, corre el riesgo de vaciarse de espesor histórico y transformarse en simple administración de percepciones.
Y es probable que sea precisamente allí donde la idea de proyecto adquiere hoy una relevancia decisiva. Porque una sociedad que logra construir un horizonte compartido puede reducir la brecha entre la experiencia cotidiana de las personas y sus expectativas de futuro. Cuando existe una perspectiva colectiva inteligible, las dificultades y tensiones dejan de percibirse únicamente como frustraciones individuales aisladas y pasan a inscribirse en una experiencia social con dirección y sentido. No se trata de prometer armonías imposibles ni futuros idealizados, sino de reconstruir una expectativa común capaz de volver a conectar la vida diaria de las y los uruguayos con una idea de futuro compartido.
Recuperar la idea de un gran proyecto transformador no implica nostalgia por viejas certezas ni negación de la complejidad contemporánea. Implica reconocer que las sociedades necesitan horizontes compartidos para no quedar atrapadas en la fragmentación permanente del malestar. Y significa también comprender que esos horizontes solo pueden construirse elaborando democráticamente los conflictos reales de la vida social, articulando justicia, igualdad, comunidad y esperanza en una experiencia colectiva capaz de devolverle sentido al futuro.
Nicolás Lasa es licenciado en Psicología y director nacional de Desarrollo Social.
