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2 de marzo: primer día de clases

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Plancho la camisa y la túnica como quien prepara un pequeño ritual civil. No es vanidad: es disposición. Me visto con una mezcla rara de ansiedad y gratitud. Mientras la tela se alisa, yo también me ordeno. Porque en unas horas voy a estar parado en la puerta de una escuela, y lo que ahí sucede –aunque parezca apenas “inicio de clases”– es, en realidad, una escena social completa.

Llego temprano. Abro el salón. Apoyo la computadora en el escritorio. Busco el marcador. Miro el pizarrón vacío como se mira un muelle antes de que arribe un barco: ese espacio todavía no es clase, no es grupo, no es año. Es posibilidad.

Y entonces escribo la fecha. Ese gesto mínimo –poner “2 de marzo”– no lo hago solo. Nunca. Cuando escribo la fecha, escribe conmigo una sociedad entera: la confianza de las familias, el trabajo de quienes limpiaron el aula, el esfuerzo de quienes sostienen el sistema público, la memoria de los maestros que estuvieron antes, la expectativa de quienes llegan por primera vez. La escuela pública es eso: un lugar donde lo común se hace visible. Donde una comunidad se mira a sí misma y dice, sin decirlo: “Acá van nuestras niñas y niños, acá nos jugamos algo”.

Me gusta pensar que el comienzo de clases no es una “vuelta”. Es una entrada. Se cruza un umbral. Y el umbral importa. Porque la escuela no es solamente un edificio donde se transmiten contenidos: es un espacio social que se construye cada día para que las niñas y los niños puedan desarrollarse. Desarrollarse no solo como estudiantes, sino como personas: aprender a leer y a escribir, sí, pero también aprender a conversar, a esperar turno, a cuidar lo propio y lo ajeno, a sostener una diferencia sin convertirla en pelea, a habitar un mundo con otros.

Eso es más que instrucción. Es formación democrática en el sentido más concreto: la experiencia cotidiana de una vida compartida.

A veces se habla de la escuela como si fuera una maquinaria que “da” educación. Yo la veo más como un trabajo colectivo que “hace” escuela. Y “hacer escuela” no es automático: requiere condiciones materiales, equipos, tiempo, formación, cuidados. Requiere también un horizonte ético. Que cada niña y cada niño cuente. Que nadie sea expulsado del derecho a aprender por la historia que trae puesta, por lo que le falta, por lo que vive en su casa, por la manera en que habla, por cómo se comporta cuando todavía no sabe estar.

Como cada marzo, empezar las clases es volver a apostar por una idea sencilla y enorme: que las niñas y los niños merecen un espacio público donde crecer.

Porque la escuela pública no está hecha para seleccionar: está hecha para abrir.

Ahí es donde mi rol de maestro se vuelve, sin exagerar, un oficio público. Soy el adulto que recibe. El que da la bienvenida. El que pone el cuerpo y el tono. El que, con gestos pequeños, va diciendo: “Este lugar es tuyo también”. A veces eso se logra con una palabra; otras veces con una mirada; otras con una rutina; otras con límites claros. El cuidado no es blandura: es sostén. Es estructura con humanidad.

Después empiezan a llegar. Los veo entrar de a uno, en grupos, con mochilas nuevas o gastadas, con risas, con timidez, con energía desbordada, con sueño. Algunos vienen con una historia que se nota; otros la esconden en el cuerpo. Yo no puedo saberlo todo –y no debo–, pero sí puedo hacer algo esencial: recibir.

Ahí, en la puerta, se decide parte del año. Se decide si la escuela será para ellos un lugar de temor o un lugar posible. Si será juicio u oportunidad. Si será intemperie o resguardo.

Vuelvo al pizarrón. La fecha está escrita. El aula ya no está vacía. Y entiendo, como cada marzo, que empezar las clases es volver a apostar por una idea sencilla y enorme: que las niñas y los niños merecen un espacio público donde crecer, aprender y ser acompañados; y que la escuela, con todas sus dificultades, sus tensiones y sus límites, sigue siendo uno de los pocos lugares capaces de convertir esa idea en experiencia cotidiana.

No hay magia. Hay trabajo. Hay encuentro.

Juan Pedro Mir es maestro y fue director nacional de Educación.

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