Llega un nuevo Día Internacional de los Trabajadores y antes de que se empiece a armar el estrado para el acto central del PIT-CNT sabemos que, como es habitual, buena parte de la cobertura informativa va a dar cuenta de un intercambio entre el movimiento sindical y el sistema partidario. A saber, qué mensajes y reclamos al gobierno nacional y al conjunto de los partidos se plantearán en la oratoria, y qué comentarios habrá luego desde el Poder Ejecutivo, la dirigencia política del oficialismo y la de la oposición.

Todo eso es muy pertinente y útil, pero no debería hacernos perder de vista el contexto histórico que determina el intercambio. El movimiento sindical uruguayo mantiene una orientación que excede los límites de lo laboral, elabora e impulsa propuestas programáticas en escala nacional y se involucra en la defensa de intereses muy diversos. Allí radica una de sus características más distintivas y valiosas, que lo diferencian –junto con la unificación desde los años 60 del siglo pasado– de muchos de sus homólogos en nuestra región y en el resto del planeta.

Nada le es ajeno

En los actos del 1º de Mayo de cada año, como en sus demás manifestaciones públicas, el PIT-CNT no se dirige solo a las personas que integran sindicatos y a la contraparte patronal, sino al conjunto de la población, y dentro de ella al sistema partidario y a los gobernantes de turno. No interviene en el debate público con valoraciones e iniciativas referidas exclusivamente al empleo y el salario, sino también a las políticas de desarrollo, el sistema tributario, la protección social, las relaciones internacionales y muchos otros temas de interés estratégico para la población trabajadora.

Esto, que algunas personas ven como una intromisión en asuntos que no le incumben a la central sindical, lo hacen también las cámaras empresariales, con algunas diferencias muy relevantes. Por ejemplo, ante el proceso autoritario que condujo al golpe de Estado de 1973.

La Convención Nacional de Trabajadores, antecesora del PIT-CNT, previó a tiempo y llevó a cabo cuando debía una huelga general para defender el sistema democrático, identificándolo como un valor esencial para el futuro del país. Las patronales no enfrentaron aquel golpe, ni estuvieron en la primera fila de la lucha contra la dictadura cívico-militar, ni pagaron por ello el alto precio de la ilegalización, la persecución, la clandestinidad y el exilio, con un terrible saldo de encarcelamientos, torturas, asesinatos y desapariciones forzadas. Por el contrario, se beneficiaron con la dictadura y a menudo colaboraron de buen grado con ella, porque el golpe atentó con saña contra los derechos conquistados por el sindicalismo.

Hoy como ayer, la conciencia política del movimiento sindical es un aporte sustancial a la calidad de nuestra democracia. Esto no significa que todas las decisiones del PIT-CNT sean acertadas e indiscutibles. Significa que estaríamos mucho peor con una central sindical que solo se ocupara de intereses corporativos inmediatos.

Rivales y hermanos

El sindicalismo está muy emparentado con la izquierda. Así sucede en casi todo el mundo; en Uruguay los vínculos históricos son tan profundos como intrincados, pero a la vista está que el PIT-CNT no es lo mismo que el Frente Amplio (FA) y en especial que tiene discrepancias importantes con el actual gobierno frenteamplista.

Cuando los partidos que formaron el FA eran muy minoritarios, la militancia sindical de sus integrantes los insertaba en un “frente de masas”, donde interactuaban con un conjunto de personas mayor y más heterogéneo que el de quienes se identificaban con la izquierda política. Luego se invirtieron los papeles: los votantes del FA pasaron a ser, en forma creciente, un conjunto mucho más amplio y más diverso que el de las personas afiliadas a sindicatos.

En un tiempo, la dirigencia de la izquierda partidaria asumía que su pensamiento político estaba más y mejor desarrollado que el de la población trabajadora, a la que se proponía “concientizar”. Desde hace décadas, gran parte de la militancia sindical –por lo general afín a sectores electoralmente minoritarios del FA– se siente más homogénea y avanzada desde el punto de vista ideológico que el electorado frenteamplista, e incluso que la dirigencia del FA, sobre la que intenta influir.

Antes, en la plana mayor sindical muchos sabían que limitarse a transmitir directivas de la izquierda partidaria era impropio y perjudicial para el desarrollo de las organizaciones de trabajadores. Ahora, gran parte de la dirigencia frenteamplista quiere representar a una mayoría ciudadana que no siempre comparte por completo los puntos de vista del PIT-CNT.

Las tensiones son tan inevitables como beneficiosas para la convivencia democrática colectiva, en la medida en que se procesen con franqueza y seriedad. No puede haber diálogo productivo ni acuerdos sólidos sin posiciones diferenciadas: así funciona la dialéctica.