Varios portales de noticias argentinos y también intervenciones de académicos en medios uruguayos1 tomaron nota del 80° aniversario de la primera asunción constitucional de Juan Domingo Perón, que marcó el surgimiento de una identidad política nueva en Argentina, cuya vigencia continúa por su enraizamiento popular y por legar una matriz igualitaria.
En efecto, en junio de 1946 Perón se cruzó la banda presidencial, tras las elecciones de ese mismo año. Sin embargo, la actividad política de Perón data de 1943, cuando participa en el elenco ministerial de las dictaduras de Pedro Pablo Ramírez y de Edelmiro Farrell, ambos generales del Ejército. En el lapso 1943-1946, Perón construye un esquema de poder con eje en el sindicalismo por negativa de los empresarios a formar parte de aquel. Más allá del relato histórico, interesa explorar algunos rasgos del peronismo, compartidos por otros populismos contemporáneos, como el de Getulio Vargas en Brasil.
Regímenes populares
Más allá de que no fuera su intención originaria, los populismos clásicos son regímenes de base popular que canalizan la demanda social y promueven la participación de colectivos excluidos hasta entonces por la política liberal. El trabajador era objeto de humillaciones, manipulaciones y castigos por parte de las clases altas y los gobiernos, que normalizaron prácticas de represión. Se ha dicho que Argentina se distingue de otros países latinoamericanos porque durante los gobiernos radicales de Yrigoyen (1916-1922 y 1928-1930) hubo incremento de salarios y medidas de protección social al trabajo urbano. Sin embargo, Yrigoyen limitó esta política a los “nacionales”, aplicó la ley de residencia de 1902 para expulsar a extranjeros que “perturbasen el orden público” –anarquistas–, y perpetró masacres contra sindicatos y fusilamientos de anarcosindicalistas: la Semana Trágica y la Patagonia Rebelde. Bajo el gobierno de su sucesor, Marcelo Torcuato de Alvear, también de la UCR, tuvo lugar la masacre de Napalpí en la provincia del Chaco, promovida por terratenientes de la zona, cuyo saldo fue de 500 indios qom y moqoit muertos. En síntesis, el peronismo cambió un balance de fuerzas donde el trabajador urbano era el “nadie de todos”, canalizando y adelantando sus demandas, aunque sin derogar la ley de residencia de extranjeros. En el medio agrario, tuvo un movimiento pendular: por un lado, alentó las expectativas de las masas rurales; por otro, las mantuvo lejos, a través de la manipulación de los delegados de la Sociedad Rural, con quienes pactó. Cuando a su pesar esas masas entraron en acción, en 1947, Perón manda a reprimirlas, dejando como saldo una masacre.2
Democracia de masas
El primer peronismo asume rasgos de democracia de masas, donde la participación pasa de una cúpula cerrada de notables a un conjunto de actores subalternos, entre los cuales el sindicalismo ocupa un lugar clave en el partido, el Parlamento, el gabinete y las áreas sociales del Estado. Los sindicatos, si bien organizados desde arriba como cadena de mando militar desde el secretario general hasta el delegado de taller, obtienen monopolio y estatus jurídico público por rama de actividad, participan en consejos de salarios y además reciben la gestión de empresas cooperativas, mutuales de servicios y algunas obras sociales, que brindan prestaciones de salud, jardines de infante y lugares de recreación. Esta irrupción de los trabajadores fue irritante para los liberales, que concebían la política como la selección del personal gobernante por parte del pueblo, descartando la participación de ese mismo pueblo en el gobierno.
La intención originaria de Perón no fue soldar una democracia de masas, pero la negativa de los empresarios a integrarse a un pacto y la dinámica entre 1943 y 1946 lo condujeron a edificar sobre la marcha una arquitectura de poder con fuerte representación del sindicalismo: una cuota del 33% para parlamentarios de origen sindical, reducida al 24% en 1987 y al 7% en 1997, bajo el menemismo. Asimismo, Perón integró a puestos de dirección a dos empresarios en su primer mandato. A su regreso del exilio, en 1973, también incorporó, entre otros, a empresarios de la Logia Propaganda 2 a cargos ministeriales. A su turno, el menemismo colocó al mando del Ministerio de Economía a dos ministros surgidos de la multinacional Bunge y Born, y luego a ministros funcionales a los grandes intereses empresariales.
Pacto corporativo de dominación
La Confederación General del Trabajo, fundada en 1930 como movimiento autónomo, clasista e internacionalista por fuerzas de izquierda, muta, 15 años después, en sindicalismo dependiente del poder y sobre todo del líder, comportándose como representante del Estado frente a los trabajadores más que como representante de los trabajadores ante el Estado, según consigna el sociólogo Juan Carlos Torre. En efecto, desde la secretaría de trabajo y previsión bajo las gestiones militares, Perón sella un acuerdo de mutuo apoyo con el sindicalismo, aunque de naturaleza asimétrica. El desbalance de poder entre líder y trabajadores fue enorme (sobre todo en el período 1943-1952) ya que toda la plana mayor sindical fue designada por el primero.
¿Cómo tuvo lugar esta mutación? En parte, por la represión del sindicalismo en contextos de dictadura (1943-1946), que expulsó de la cúpula a los dirigentes de filiación marxista, facilitó la cooptación de otra parte de esa dirigencia y posibilitó el “copamiento” por un nuevo elenco incondicional de Perón, en expresión del sociólogo Di Tella. Asimismo, hubo una masa de trabajadores disponible para la movilización política, procedente del interior, que se había liberado de los vínculos comunitarios clientelares, pero que carecía de aprendizajes sindicales propios. Una vez constituida esta nueva CGT desde arriba hacia abajo y “sometida a la disciplina del Estado” (según reza la ley de las corporaciones tomada de la Carta del Lavoro del fascismo), Perón encomendó a sus dirigentes sindicales eliminar toda penetración marxista de los sindicatos. Así, un sindicalismo sumiso al poder logra erigirse en pilar del régimen populista junto con las Fuerzas Armadas y la Iglesia católica.
Pacto bifronte con la modernidad y con el atraso
Los populismos del sur expresan el pacto con la modernidad por tres razones. Por impulsar las fuerzas productivas de la moderna empresa fabril, a través de financiamientos, protección arancelaria, paraarancelaria, etcétera; por intervenir en la distribución primaria del ingreso a través de mecanismos de regulación de las relaciones laborales en favor del trabajo, y por intervenir en la distribución secundaria del ingreso, a través de impuestos y asignación del gasto público, también en favor de los trabajadores, que de esta manera acceden a obras sociales y jubilaciones. El pacto con el atraso, a pesar del estatuto del peón rural que aprueba el peronismo, se entabla con una oligarquía terrateniente de tipo rentista e ideología conservadora, que conserva sus propiedades y ciudadelas corporativas.
Nueva ideología de derecha con contenido social
La del populismo clásico en Argentina y Brasil consiste en una nueva ideología de derecha impulsada por dirigencias anti statu quo que rompen con la vieja derecha. Junto con el pensamiento de la derecha elitista de las fracciones liberal-conservadoras, comisionadas de la clase dominante agraria, aparece una nueva derecha de carácter estamental, nutrida en la doctrina social de la Iglesia, admiradora del falangismo y el fascismo, y frontalmente anticomunista en discurso y prácticas. Estos populismos tienden al ejercicio antiliberal del poder, prácticas anticomunistas en los frentes de masas y la imposición de una dictadura doctrinaria en favor del líder, como escribiera el historiador José Luis Romero. El peronismo, por su lado, promovió una sorda histeria anticomunista entre las clases conservadoras, los militares y el clero, al difundir su “convicción” de una revolución comunista inminente. Esto explica el inicial carácter catch all del justicialismo. Así, este se constituyó en polo de gravitación de varios sectores contrapuestos en términos de intereses, pero convergentes en alejar el espectro de la revolución socialista.
Tribuno de la plebe y 1° de Mayo
El Primer Trabajador ejerce el poder sin rendir cuentas porque se entiende que es el pueblo. Esta fusión líder-pueblo se pone de manifiesto en la transformación a la que fue sometido el 1° de Mayo. Escribía Eric Hobsbawm que el sentido de la fecha es que le pertenece exclusivamente a la clase obrera, que se apropia pacíficamente de las calles: ese sentido le fue confiscado. Perón –y antes Yrigoyen, según muestra la socióloga Olga Beltrand– despojó al 1° de Mayo de su significado de lucha internacional contra el capital. Lo convirtió en símbolo nacional, conservando el nombre de “Día del Trabajo” en reemplazo del Día Internacional de los Trabajadores. Además, la fecha adquirió el carácter exclusivo de fiesta patriótica, no de protesta internacional. Perón dio un paso más: como tribuno de la plebe y encarnación de la patria, tomaba la palabra como único orador en Plaza de Mayo, sede del gobierno federal. Así, bajo sus presidencias se nacionalizó una fecha internacionalista, se personalizó en el líder una fecha surgida del colectivo obrero, se estatizó una fecha social, se festivalizó una conmemoración de protesta, se sustituyó la lucha de clases por la concordia nacional, la clase obrera ganó la calle no por sí misma sino por convocatoria oficial, y los trabajadores no hablaron en el acto oficial, sino que fueron hablados por Perón. Mutó la concepción del 1° de Mayo surgido del Congreso de la Internacional en 1889: internacionalista, clasista, anticapitalista, antiestatal, mezcla de protesta y fiesta.
El populismo es un animal político distante y distinto de la derecha y la izquierda, que legó una pulsión igualitaria junto a una cultura política cuyo estandarte es la dominación carismática y las figuras totémicas, no los colectivos humanos.
Democracias mayoritarias
La ingeniería de pesos y contrapesos entre los poderes del Estado, la independencia del poder judicial, la función de los organismos de contralor y la autonomía de los actores sociales son cuestionados. La función redentora del líder y el movimiento, de genealogía cristiana, justifican limitar o remover la “democracia formal” en aras de una “democracia sustancial”. Se trata de democracias mayoritarias, donde la mayoría gobierna los tres poderes. De no detentar la mayoría, el gobierno impulsa reformas para que el Poder Ejecutivo gobierne los otros dos poderes. Por ejemplo, la Constitución de 1949 redujo los poderes de la Corte Suprema de Justicia y aumentó los poderes de la presidencia. En efecto, deben eliminarse los poderes contramayoritarios y el control entre ellos.
Prevalencia del movimiento frente al partido
La conversión de una política restrictiva, cupular, excluyente, con formas superficiales de democracia, dominada por partidos de cuadros, donde los movimientos sociales de raíz popular no forman parte del sistema político ni de la toma de decisiones, en una política en la que las masas proletarias y subproletarias logran identificación política y acceso a espacios, bienes y consumos masivos se procesa a través del movimiento más que del partido. Las masas no forman parte del partido porque este se presta cada vez menos a una interna orgánica, se convierte en elástico, carente de estructura burocrática. Funciona al arbitrio de lo que decida el líder, que en general prescinde de él o lo convierte en invisible, salvo para las elecciones, aunque a veces lo saca de escena también en esas instancias, en que aparece inmerso en un “frente”, palabra tomada de la tradición de izquierda, en particular del marxista húngaro Guergui Dimitrov. Esas masas forman parte, en cambio, del movimiento, y de los múltiples movimientos dentro del movimiento. Y el movimiento, a diferencia del partido, suma sectores y demandas contrapuestas, usando “diferentes monedas de cambio” y sombreros políticos, según de quién se trate y de las cambiantes coyunturas, como ha escrito el politólogo Marcelo Cavarozzi.
Desarrollismo sin lucha de clases
Peronismo y varguismo promueven un estilo de desarrollo hacia adentro, donde se suprime el conflicto entre capital y trabajo. Ese estilo de desarrollo, forzado por el repliegue de la economía mundial, se sustentó en una alianza entre Estado, sindicatos y empresas nacionales, formales y urbanas, con el objetivo de “suprimir la lucha de clases, suplantándola por un acuerdo justo entre obreros y patrones, al amparo de la justicia que emana del Estado”, según lo expresó Perón el 1° de mayo de 1944. Al asumir en diciembre de 1943 la Secretaría de Trabajo bajo la dictadura de Pedro Ramírez, Perón dijo: “Los patrones, los obreros y el Estado constituyen las partes de todo problema social. Ellos, y no otros, han de ser quienes lo resuelvan, evitando la inútil y suicida destrucción de valores y energías. La unidad de esas tres partes deberá ser la base de acción para luchar contra los verdaderos enemigos sociales, representados por la mala política y las ideologías extrañas” (2/12/1943). La “mala política” alude a la “década infame”. “Las ideologías extrañas” refieren al comunismo, el socialismo y el anarquismo.
Personalización de la política
El populismo peronista impulsa un culto a la personalidad, en parte espontáneo, en parte inducido y en gran parte orquestado desde el vértice estatal. El líder populista es alfa y omega de la política, prescindente del partido, cultor de una revisión de la historia que lo pone a él en el centro de la escena, afecto a una construcción mítica de sí, proclive al hybris,3 y a un autorretrato mistificado en el que las masas participan, de modo vicario, de su posición privilegiada. Como encarnación del pueblo que postula ser, el líder populista prescinde de la intermediación partidaria en su comunicación con las masas. Se atribuye potestades propias de demiurgo: constituye al pueblo, lo erige en una entidad orgánica, le endosa atributos virtuosos, construye sus demandas, lo identifica con la patria, le hace ver que tiene una voz que no obtuvo por sus propios medios y lo convierte en una esencia difusa: una entidad indeterminada en su naturaleza, aunque con efectos públicos. El pueblo es mutante en su contenido, y consiste en lo que a cada momento el líder defina como pueblo. Todo esto en medio de una puesta en escena y despliegue dramatúrgicos, donde desde la gran escena hasta los detalles mínimos están elaborados y son cuidados por el entorno del líder. Por otro lado, el poder del líder no admite contrapesos por parte de las instituciones representativas. Se entiende que estas no representan al pueblo: su representante único es el líder, y en el caso del primer peronismo, también Evita, quien se declaraba “fervorosa y fanáticamente peronista”, como cuenta en su libro La razón de mi vida.4 Ese duopolio simbólico regresa al unicato tras el fallecimiento de Eva Duarte de Perón en 1951, aunque resurge con la pareja Kirchner en el siglo XXI, con una notoria mayor horizontalidad, al punto de que Cristina Fernández fue electa dos veces presidenta.
Actores mixtos
En la arena sindical emergió una figura poliédrica, que condensa sindicato, partido y Estado. El dirigente sindical era representante de los trabajadores, a quienes intentaba beneficiar en términos de salarios y condiciones de trabajo. Pero más que representante del trabajo, era hombre de confianza del líder populista, designado por él para la función. Asimismo, era responsable de cogestionar políticas públicas, como un conjunto de programas vinculados a colonias de vacaciones y comedores. El dirigente sindical era tres en uno: sindicalista, político y hombre de Estado. Asimismo, constituía un “socio fantasma” del gobierno, cumpliendo la función latente de amedrentar a los círculos de la política conservadora y las clases altas, según el sociólogo brasileño Francisco Weffort.
Política polarizada
En Argentina, la polarización discursiva tiene larga data, y adquiere alto voltaje durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas: “¡Mueran los inmundos salvajes unitarios, el pardejón Rivera, manco Paz, imbécil Ferrer y el traidor Mascarilla!”. La propaganda rosista destacaba dos rasgos inmorales en los unitarios –el salvajismo y el desorden– mientras que se adjudicaba dos bondades simétricas: el orden y la defensa de las leyes. Frente a los “anarquistas unitarios”, Rosas era el “Restaurador de las Leyes”.5 También Domingo Sarmiento polarizó con sus enemigos sobre la base de “civilización y barbarie”, donde la “barbarie” era una categoría catch all que contenía todo lo que el político rechazaba: negros, indios, legado hispánico, etcétera. Perón retoma un discurso polarizado y polarizador, con fuerte carga afectiva, que ambienta una “política caliente”. Un discurso adversativo, desplegado sobre el espacio político, con contenido nacional-popular, en que el Uno condensa simbólicamente al Pueblo, la Nación, la Patria y la Soberanía, mientras que el Otro expresa al enemigo: la Antipatria, la Antinación y la Oligarquía, interesados en mantener el statu quo y entregar la soberanía popular al extranjero: el imperialismo. Así, la construcción discursiva necesita de patriotas y antipatriotas, héroes y antihéroes, de Braden y de Perón.
¿Referente de izquierda?
La izquierda latinoamericana, a diferencia de lo que sostiene el politólogo brasileño Emir Sader, jamás tuvo como referente los gobiernos de Perón y Vargas: “El modelo soviético, que se caracterizó por la mejora de las condiciones de vida del pueblo, con un régimen autoritario, fue un referente internacional para la izquierda. Los gobiernos de Vargas y Perón, caracterizados también por la combinación del autoritarismo político y la conquista de mejores condiciones de vida para el pueblo, fueron el referente nacional y latinoamericano”, escribió Sader en Página 12, el 23 de febrero de 2021. Salvo las organizaciones guerrilleras peronistas, y por poco tiempo, ninguna agrupación ni partido ni guerrilla de izquierda en la región tomó como referencia ni a Perón ni a Vargas. Y no lo hizo porque el populismo es un animal político distante y distinto de la derecha y la izquierda, que legó una pulsión igualitaria junto con una cultura política cuyo estandarte es la dominación carismática y las figuras totémicas, no los colectivos humanos.
Fernando Errandonea es sociólogo y profesor de Historia.
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Entrevista del periodista Martín Rodríguez al politólogo Gabriel Delacoste en la diaria Radio, 5 de junio de 2026. ↩
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Di Tella, Torcuato. S (2003). Perón y los sindicatos. Ariel: Buenos Aires. ↩
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El hybris entre los griegos significaba “exceso”, y se configuraba cuando los hombres se conducían en la vida terrenal como si fueran dioses. ↩
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El libro fue escrito por Manuel Penella de Silva y reescrito por Raúl Mendé, por encargo de Perón. ↩
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“El enemigo unitario en el discurso rosista (1829-1852)”, de Javier Domínguez Arribas, en Anuario de Estudios Americanos, tomo LX, 2, 2003. ↩
