La violencia machista es uno de los principales problemas que afectan a mujeres, niños, niñas y adolescentes en Uruguay. Los números son escandalosos: casi ocho de cada diez mujeres mayores de 15 años han sufrido alguna forma de violencia de género. La violencia sexual afecta a casi uno de cada tres niños, niñas y adolescentes; la mayoría de los abusadores sexuales son varones y personas conocidas de las víctimas. Uno de cada cinco niños, niñas y adolescentes viven en hogares donde su madre u otra mujer a cargo de su cuidado ha sufrido violencia de su pareja o expareja en los últimos 12 meses.
Como sociedad, muchas veces reaccionamos frente a las formas más extremas de violencia, los femicidios, las violaciones grupales, los asesinatos de niños, niñas o adolescentes o cuando las víctimas matan a sus agresores. Casos como el de Moisés, por ejemplo, han generado grandes debates, desacuerdos e indignaciones. Y mientras seguimos trabajando a brazo partido para que se haga justicia y Moisés sea absuelto, un nuevo caso ocurre hace poco más de un mes. Ocurrió en zona de frontera, del otro lado de la línea, donde vivía una familia uruguaya que soportaba una violencia crónica y extrema del pater familia. El adolescente de 14 años mata a su padre en defensa de su madre y de su hermana. Su padre empuñando un cuchillo atacó a su madre, diciendo que los iba a matar a todos, y el adolescente lo mató de un hachazo. Casos como el de Matías, que defendió a unos niños pequeños de un abusador sexual y enfrenta un juicio de homicidio. Casos como los de Jonathan, Luna, Alfonsina y Francisco, asesinados por sus padres. Casos como el de Milagros, desaparecida a sus 15 años, y Rocío, asesinada a sus 14 años, ambas en contexto de explotación sexual. Casos como el de Nadia, asesinada por una ráfaga de narcobalas que ingresaron a su casa de forma fortuita, mientras ella hacía los deberes.
Pero con el paso de los días, el fervor y la indignación se van apagando y nos queda una sensación amarga de que no vamos a poder frenar el próximo. ¿Qué hacer frente a esto?
Una de las claves es poder comprender que estos hechos tan extremos y aberrantes se producen socialmente. No son provocados por la locura, el despecho, la pasión o alguna extraña patología. Son producto de un orden político patriarcal, clasista, racista, que seguimos reproduciendo sin darnos cuenta. Es tan sutil, capilar y omnipresente que no lo vemos así nomás.
Frente a esta realidad que nos espanta, deberíamos estar exigiendo que en escuelas y liceos se enseñe a nuestros hijos e hijas a construir igualdad, cuestionando y transformando modelos hegemónicos que naturalizan y legitiman la opresión y dominación. Desmontar los mandatos de una masculinidad que se construye y afirma desde el dominio, la opresión y la apropiación del cuerpo de las mujeres, de las infancias y adolescencias.
Deberíamos estar exigiendo que, gobierne quien gobierne, desarrolle políticas revolucionarias, que apunten a desmantelar el orden patriarcal. Que todo aquel que ingrese a la función pública reciba formación continua en derechos humanos, igualdad de género y prevención de violencias. De ese modo garantizaríamos que todo juez/a, fiscal, defensor/a público/a, actuario/a receptor/a, policía, legislador/a, ministro/a y tantas otras funciones y cargos que se pagan con los dineros públicos reciban la formación necesaria para esa transformación social que es urgente.
Desafiar ese orden político opresivo, patriarcal, clasista, racista se convierte en una acción peligrosa: trae consecuencias para las víctimas, para quienes las defienden, para quienes las acompañan. Desafiar el orden implica a veces perderlo todo (casa, trabajo, amistades, estatus, credibilidad, seguridad, tranquilidad, estabilidad, dormir en paz). Las mujeres que huyen con sus hijos para evitar que sean entregados a sus agresores dejan atrás toda su vida para andar errantes por algún país del mundo, viviendo como refugiados de guerra, con los ojos en la nuca temiendo ser encontrados. Porque el mundo no los protege, no los ampara, los abandona a su suerte.
Desafiar ese orden político opresivo, patriarcal, clasista, racista se convierte en una acción peligrosa: trae consecuencias para las víctimas, para quienes las defienden, para quienes las acompañan.
Desafiar el orden implica arriesgarse a caer en manos de los denunciados. A los niños, niñas y adolescentes que se animan a confiar en sus madres, maestras, pediatras y cuentan lo indecible, muchas veces, el sistema los abandona, no les cree, los etiqueta como mentirosos, manipulados, y los tortura con revinculaciones forzadas. Quienes levantan la voz en defensa de esos niños, niñas y de sus madres muchas veces son desacreditadas, desautorizadas, presionadas para que desistan.
Las que pelean por cambiar este orden desigual, opresivo, patriarcal son estigmatizadas, perseguidas, sometidas a violencia mediática, política, económica. Un fuego cruzado que viene desde muchas trincheras, porque para defender los privilegios de género, para defender abusadores sexuales, para poner en tela de juicio las denuncias, para minimizar el sufrimiento de las víctimas no hay clases sociales, no hay partidos políticos, no hay profesiones, no hay género, no hay amistades ni familia que valga. Y esa es una verdad que necesitamos asumir. Porque quienes estamos luchando por la igualdad, por una vida libre de violencia y por la vigencia plena de los derechos humanos de todas las personas tenemos que poder diferenciarnos de aquellas personas que pudiendo no lo hacen, de quienes son indiferentes, de quienes no quieren perder sus privilegios, de quienes violentan, se creen superiores y consideran que el orden político existente es el que debe continuar vigente.
Hace unos días encontré en Instagram el testimonio y las reflexiones certeras y profundas de una joven que sufrió abusos sexuales a los 12 años y nuevamente a los 15 años. Todos sabían, nadie la protegió; por el contrario, la amenazaron, la agredieron, la culparon, la trataron de mentirosa. Ella cuestiona con gran firmeza a los terceros, a los testigos directos que estuvieron alrededor mirando este abuso. Cuestiona a los “opinólogos”, a los que se rasgan las vestiduras diciendo que defienden causas, pero en las pequeñas acciones cotidianas no eligen participar en lo que es correcto para no incomodarse. Plantea que es más fácil decir que las víctimas mienten, que no vimos nada, decir que son culpables o apoyar al violento porque es un colega, un amigo. Su testimonio nos enseña el verdadero concepto de la integridad: “Todo un sistema eligió el silencio para no alterar el orden. [...] nadie estuvo dispuesto a arriesgar el orden o a alterar su estatus. [...] pienso que esta decisión, la que es difícil, la que nos cuesta algo, es lo que marca esa integridad, y la integridad no sucede de un día a otro, es una cosa que se va haciendo día a día, en las pequeñas acciones. Admiración y respeto por las madres que destruyen el orden familiar contra un tío, un padre, un abuelo abusador. Admiración y respeto por las personas que pudieron defender a otras, pudieron confrontar, pudieron no quedarse calladas”.
Ojalá cada día más personas podamos ir por la vida haciendo lo correcto, podamos tener la integridad de alterar el orden, de no quedarnos calladas. Ojalá cada día más personas podamos seguir a pesar de la hostilidad, de las respuestas vacías, burocráticas, violentas, a pesar de quedar expuestas, a pesar del miedo, de los pesares.
Estas reflexiones van dedicadas a todas aquellas personas que se animan a alterar el orden desde el lugar en el que estén.
Andrea Tuana es licenciada en Trabajo Social, magíster en Políticas Públicas y Género, y directora de la ONG El Paso.
