Para entender el título de este artículo, deberemos remitirnos a declaraciones realizadas días atrás por el Ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone, respecto al cambio que el gobierno realizó a lo acordado en el “diálogo social” sobre las modificaciones que se realizarían a las AFAP.
“Como en un avión que va a aterrizar, quienes saben si hay visibilidad o no, si puede aterrizar o no, son el presidente de la república y el ministro de Economía. No es el pasajero de la fila 33 que dice: ‘Voy a aterrizar, que no pasa nada’”, dijo Oddone a El Observador.
De acuerdo a Oddone, las y los pasajeros de la fila 33 seríamos la clase trabajadora o el pueblo, por lo que sus declaraciones no parecen ser las más felices en términos democráticos. Bien que estos pasajeros de la 33 son los que votan en las elecciones con la ilusión de que el partido al que eligen cumpla con lo que prometió en campaña o cuando menos con su programa.
Entre esas promesas se encontraban, justamente, aspectos vinculados a las AFAP y, particularmente, la eliminación del lucro en el sistema. Se planteó una “solución” del estilo de la que se acordó en el Diálogo Social, bien distante de la propuesta y bandera del PIT-CNT y organizaciones sociales respecto a la eliminación de las AFAP y el lucro de la seguridad social.
El diálogo de los pasajeros de primera clase
Apenas terminado el “Diálogo Social” y a pocos días del acto del 1 de Mayo, el gobierno desoyó olímpicamente los contenidos de las oratorias, así como las críticas que desde la clase trabajadora se realizaron; el Ministerio de Economía y la Oficina de Planeamiento y Presupuesto redoblaron la apuesta y se definió instalar una mesa de diálogo del gobierno con las AFAP.
Se iniciaba, así, entre las sombras, el diálogo de la primera clase, en un avión que desde las alturas mira al pueblo como hormiguitas, ajenos a la vida real y las condiciones que transcurren debajo.
Del diálogo VIP no se supo nada, ni siquiera trascendidos, hasta que el Poder Ejecutivo comenzó a declarar sus planes de cómo “aterrizar” las propuestas del diálogo social, allí se vio el verdadero resultado.
Las AFAP ganaron y dieron vuelta al acuerdo alcanzado en el diálogo social. Apenas si reducirán sus comisiones (que no son lo más nocivo del sistema), que oscilan entre el 4 y el 6%, con una rebaja del orden de apenas 10% de dicho porcentaje. Moneditas. Pero, además, lograron lo que ni siquiera pudieron con la ley 20.130: ampliar su radio de inversión aún más, para jugar ahora de forma masiva, invirtiendo con mayor potencia en el exterior. Recordemos que las AFAP ya tienen habilitado poder invertir hasta el 15% de nuestros aportes en el exterior. Ahora será más, solo resta saber cuánto.
Esto ya de por sí es un grave problema, principalmente por la volatilidad de los mercados internacionales, la falta de control que podrá haber, la exposición a crisis y problemas de otros países sobre los que no se podrá tener el menor control o poder de decisión. A todo ello se suma que estas inversiones solo tenían sentido para los aportantes (los verdaderos dueños del dinero) si se realizan dentro del país, en proyectos o empresas que puedan generar empleo (aquí sí pecamos de ingenuos). Pero, en pos de cumplir con el capital multinacional y sus exigencias, entre las que se encuentran las tasas de interés que nos aplicarán cuando se pida un préstamo (habría que ver para qué), una vez más, y con una soberanía nacional disminuida a la mínima expresión, el Poder Ejecutivo toma la determinación de aumentar la cantidad de inversiones que puedan hacerse en el exterior.
Las inversiones de las AFAP
Pasada la mitad de la última década del siglo XX, nos vendieron las AFAP en Uruguay como una gran idea y, a 30 años de su aplicación, los resultados son notorios: rentas vitalicias míseras, con pérdida de promedio de 20% de nuestros aportes, que son descontados entre primas, seguros y comisiones.
Este es el verdadero y gran problema de este sistema privado, si dejamos de lado el concepto fundamental de solidaridad en la seguridad social. Si se pierden 20% de los aportes y la rentabilidad promedio fue de apenas 5,5%, además de que el trabajador perdió casi el 15%, al momento de la jubilación se calcula que, años más, años menos, la persona vivirá hasta los 90 años. No cuesta mucho entender por qué la clase trabajadora lucha por eliminar las AFAP y volver al sistema de solidaridad.
Pasada la mitad de la última década del siglo XX nos vendieron las AFAP en Uruguay como una gran idea y a 30 años de su aplicación los resultados son notorios: rentas vitalicias míseras, con pérdida de promedio de 20% de nuestros aportes, que son descontados entre primas, seguros y comisiones.
Si los aportantes pierden, ¿quiénes ganan?
Tenemos que pensar en las AFAP como una chequera en blanco siempre disponible para el gobierno de turno, el poder político y económico, ya que compran deuda pública y otorgan préstamos blandos al sector privado. Todo eso con nuestros aportes, que, recordemos, desde el vamos se disminuyen en un 20% en promedio.
Es una chequera en blanco y muy suculenta, por cierto, porque al día de hoy manejan nada menos que 27.000 millones de dólares. Estamos hablando de más del 30% del Producto Interno Bruto de Uruguay. Haciendo un ejercicio teórico, y solamente hablando de transferencias, este dinero eliminaría la pobreza total en el Uruguay por entre 35 y 45 años. No solo las migajas que el gobierno declara implementará para el combate de la pobreza infantil, en la que solamente priorizarán a niñas y niños de 0 a 3 años y que supondrán apenas una rebaja del orden del 25% de la pobreza infantil en ese rango.
Estamos hablando de aportes de trabajadoras y trabajadores que fuimos obligados a realizar a empresas privadas que lucran con ese dinero (no sin antes rapiñarnos el 20%). Estos dineros supuestamente “nuestros” en realidad no lo son, ya que no tenemos ningún tipo de libre disponibilidad, ni siquiera cuando nos jubilemos, ya que apenas si nos darán una renta vitalicia, cual mesada, de 10.000 pesos en promedio (la mayoría cobra mucho menos), mientras el promedio de jubilaciones del Banco de Previsión Social es de 39.000 pesos. Casi cuatro veces menos en promedio.
Las y los pasajeros de la fila 33 seguimos peleando por derechos, no por beneficios, también para los que viajan en primera clase, que viajan allí justamente por nuestro trabajo, nuestro esfuerzo y, para colmo, nuestro dinero.
¿Qué pasará cuando la fila 33 deje de pagar el combustible de este siniestro avión en que viajamos? ¿Qué pasará con el aterrizaje?
Como pueblo debemos tomar plena conciencia de que todos en este avión tenemos que tener control y decisión sobre lo que pasa, porque, en resumen, es nuestro avión; ellos de momento son solo los que creen que lo controlan. Quizás vaya siendo hora de que Oddone y el poder político comiencen a pensar en esto.
Gonzalo Moreira es trabajador del Banco de Previsión Social y secretario de Prensa y Propaganda de la Asociación de Trabajadores de la Seguridad Social.
