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Opinión Posturas

La voz de Lula: un eco necesario por la soberanía y el humanismo

En su décima intervención ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) este martes, Luiz Inácio Lula da Silva proyectó su voz mucho más allá de Brasil. En plena crisis del multilateralismo y con una ONU cada vez más cuestionada ante conflictos globales, el mandatario optó por relegar la coyuntura nacional para interpelar a la comunidad internacional sobre los desafíos urgentes que amenazan a la humanidad.

En pocas horas pudimos observar dos concepciones diferentes sobre el orden internacional. Por un lado, la intervención del mandatario estadounidense, Donald Trump, marcada por un tono imperial, amenazante y con advertencias dirigidas a quienes se apartan de ellas. Por otro, un discurso que puso el acento en la autodeterminación y la soberanía de los pueblos, en la defensa del multilateralismo y en la necesidad de preservar la democracia y las libertades allí donde se encuentran amenazadas.

La voz de Lula fue también una voz en defensa del ambiente. Se posicionó frente al negacionismo climático y defendió un modelo de crecimiento económico capaz de compatibilizar al progreso con la reducción de emisiones. Instaló la importancia del desarrollo con perspectiva nacional y la utilización de los recursos naturales en beneficio de la sociedad brasileña, bajo la premisa de que las riquezas de Brasil pertenecen a su pueblo y deben contribuir a su bienestar.

Sin necesidad de evocarlo explícitamente, esa mirada dialoga con una de las enseñanzas más profundas de Chico Mendes: la defensa de la naturaleza nunca estuvo separada de la defensa de las personas que la habitan. Quizá un discurso no pueda salvar por sí solo a la humanidad, pero puede contribuir a construir los cimientos sobre los cuales las próximas generaciones encuentren referencias para luchar por un mundo más justo y solidario.

Ante un mundo que enfrenta una nueva forma de dependencia (la tecnológica), Lula tampoco omitió los desafíos de nuestro tiempo. Su discurso cuestionó la concentración de poder en manos de grandes empresas tecnológicas y planteó la necesidad de establecer reglas, transparencia y soberanía sobre los datos y las nuevas tecnologías. En ese planteo aparece una discusión que excede largamente a Brasil: ¿quién controla las herramientas que intervienen cada vez más en nuestras decisiones, en nuestras relaciones sociales y en la circulación de la información?

La pregunta no es menor. En un escenario donde un número reducido de actores privados concentra capacidades tecnológicas y económicas de dimensiones inéditas, el pensamiento crítico y la regulación democrática se vuelven instrumentos necesarios para evitar nuevas formas de concentración de poder. La tecnología puede ampliar nuestras libertades, pero también puede profundizar desigualdades y alimentar dinámicas de fragmentación social si queda completamente subordinada a intereses particulares.

Lula ya no es patrimonio exclusivo del pueblo brasileño, sino de una América Latina que no quiere ser el patio trasero de ningún imperio, sino construir una patria común en beneficio de toda la humanidad.

Su intervención también invita a reflexionar sobre la democracia como principio político fundamental. Defender la soberanía y la autodeterminación de los pueblos no debería implicar silencio frente a las desviaciones autoritarias allí donde estas se produzcan. La defensa de la democracia debe sostenerse como un principio universal, tanto frente a las presiones externas y las prácticas de dominación como frente a los retrocesos internos que puedan producirse en nuestros propios países.

En ese mismo sentido, Lula no eludió la dramática situación de Medio Oriente. Reivindicó la necesidad de una paz verdadera y duradera, alzó su voz contra el genocidio y fue implacable con el rechazo a toda forma de terrorismo. La gravedad de la situación exige, precisamente, una mirada capaz de defender la vida humana sin relativizar el sufrimiento de ningún pueblo.

La voz de Lula proyecta, además, una determinada concepción del futuro para nuestro continente basada en el desarrollo, la justicia social, la distribución del ingreso, el empleo de calidad y el fortalecimiento de las capacidades nacionales. Son discusiones que adquieren especial relevancia en una región atravesada simultáneamente por desigualdades persistentes, problemas de seguridad y nuevas formas de concentración económica y tecnológica.

En las elecciones del 4 de octubre, el pueblo brasileño tendrá la oportunidad histórica de revalidar este discurso y erigirse como un faro de humanismo y esperanza en medio de un contexto dominado por la confrontación, la violencia y la descalificación del adversario convertido en enemigo. Aquellos mismos actores que ayer, de forma golpista, intentaron resquebrajar la democracia hoy se presentan con fachadas renovadas y apoyos internacionales para vencer a un modelo humanista que vela por cuidar a los más vulnerables y proteger los intereses soberanos de Brasil. Por eso tenemos la obligación política y moral de respaldar a Lula, porque al hacerlo estamos dando voz a quienes pretenden proteger el futuro de la humanidad: nuestro propio futuro.

Más allá de lo que acontezca en los próximos días en Brasil, la voz de Lula seguirá encendida en cada rincón de una América resiliente a la violencia; en los sectores más postergados y vulnerados, en los jóvenes y jubilados, en las mujeres y los trabajadores; en todos los pueblos que levantan la bandera de la justicia social. Porque Lula ya no es patrimonio exclusivo del pueblo brasileño, sino de una América Latina que no quiere ser el patio trasero de ningún imperio, sino construir una patria común en beneficio de toda la humanidad.

Gastón Castillo es diputado suplente de Montevideo por Encuentro Sur (Espacio 609, Frente Amplio).