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Opinión Posturas
Foto principal del artículo 'Del degüello al coalicionismo' · Ilustración: Ramiro Alonso

Ilustración: Ramiro Alonso

Del degüello al coalicionismo

El sábado, en Durazno, los partidos Nacional (PN) y Colorado (PC) conmemoraron juntos 190 años de la batalla de Carpintería, ganada por fuerzas del gobierno que presidía Manuel Oribe contra rebeldes comandados por Fructuoso Rivera, su antecesor en la presidencia. Ambas fuerzas políticas se han aliado electoralmente contra el Frente Amplio desde el balotaje de 1999, pero es extraño que hayan elegido esa fecha para expresar su acercamiento. De todos modos, tanto han cambiado que quizá no debería llamar la atención la creciente confluencia entre quienes tenían como seña de identidad, en 1836, la voluntad de matarse mutuamente.

Lanzas, trabucos y colores

Como se enseña en nuestro país desde los últimos grados escolares, la batalla de Carpintería fue la primera en que los bandos se diferenciaron con divisas blancas de un lado y coloradas del otro. Por ese motivo y con exageración, el 19 de setiembre de 1836 se ha considerado la fecha fundacional conjunta del PC y el PN.

Hacía solo seis años y un par de meses que Uruguay se había constituido como un país independiente. Antes y después del 18 de julio de 1830, el proceso histórico fue complejo y accidentado, con bandos en pugna por el poder que no eran todavía lo que hoy llamamos partidos, sino más bien grupos político-militares alineados tras caudillos, muy vinculados con los de los países vecinos. Oribe y Rivera eran apoyados, respectivamente, por los federales y los unitarios de Argentina, cuyas principales figuras eran en ese entonces, también respectivamente, Juan Manuel de Rosas y Juan Lavalle.

Cada bando armado y sus fracciones internas se identificaban ante todo por la referencia a líderes, más o menos asociada con idearios e intereses económicos, pero a la hora decisiva del enfrentamiento armado eso no servía para distinguir a quiénes había que eliminar. A falta de uniformes diferenciados, se usaban divisas, o sea trozos de tela, muy a menudo como vinchas o sujetas a los sombreros, pero también en otras ubicaciones.

Las divisas blancas fueron impuestas por un decreto de Oribe para manifestar el apoyo a su gobierno, pero la opción por las coloradas fue, según se cuenta, consecuencia del azar. Dice la tradición que las fuerzas riveristas venían empleando unas celestes, como los unitarios argentinos, pero estas desteñían y podían ser confundidas durante el combate con las del enemigo, de modo que optaron en aquella ocasión por cortar tiras de la bayeta teñida de rojo con que estaban forrados por dentro los ponchos y luego adoptaron el color definitivamente. Cabe señalar, de paso, que las divisas federales argentinas eran rojas: este dato no ha sido el único desconcertante en una historia llena de virajes, mutaciones, pactos y deslealtades.

Casi todo cambia

En 1836 Oribe gobernaba desde la capital y suprimió el cargo de Comandante General de la Campaña, que consolidaba el predominio rural de Rivera. Este se fue a Brasil después de Carpintería, volvió con apoyo militar brasileño, se adueñó del interior, sitió Montevideo (bloqueada por la flota francesa) y forzó la renuncia de Oribe. Los roles no fueron los que se les suelen adjudicar históricamente a blancos y colorados.

Unos años después, durante la Guerra Grande, fue Oribe quien, con apoyo de Rosas, controló el Interior y le puso sitio durante casi nueve años a Montevideo, donde los colorados resistieron con apoyo de Reino Unido y Francia, pero cuando estaban al borde de la derrota lograron el respaldo de Brasil y del argentino Justo José de Urquiza. Esa alianza internacional determinó el fin de la Guerra Grande y derrotó a Rosas en 1852.

En un Uruguay que quedó devastado y muy subordinado al imperio brasileño, se intentó sin éxito dejar atrás los conflictos entre el bando colorado y el blanco, e incluso extinguirlos, pero continuaron las insurrecciones y los cambios de gobierno mediante la violencia. En esos vaivenes se terminó consolidando el predominio del PC y su identificación con lo estatal, primero con la dictadura de Lorenzo Latorre y luego con el ascenso de José Batlle y Ordóñez, quien derrotó a la insurrección de Aparicio Saravia y comandó un período de cambios muy relevantes para el país, cuya continuidad ideológica con el riverismo es muy discutible.

El legado del batllismo impregna la sociedad uruguaya hasta hoy, pero dentro del PC persistieron fuertes corrientes con orientaciones muy distintas. A su vez, en el PN hubo grandes tensiones entre caudillos y dirigentes urbanos, y se desarrollaron corrientes a cuyos programas económicos cuesta mucho llamar nacionalistas.

Los relatos de blancos y colorados sobre sí mismos se han modificado con el paso de los años, zurciendo contradicciones y construyendo continuidades, pero es enormemente difícil que eludan con éxito el hecho, muy básico, de que cada una de las dos identidades se fundó y se desarrolló en el conflicto con la otra. La actual narrativa coalicionista, que se contrapone con las raíces de ambas fuerzas políticas, solo puede imponerse dejándolas sin sustancia.